Eran las dos y media de la tarde, en la sede del Departamento de Educación, y la mesa sectorial no se reiniciaba. No comenzaría hasta casi dos horas más tarde, ya pasadas las siete, y con un acuerdo encaminado. Un receso de cuatro horas lleno de conversaciones paralelas con todos los sindicatos lo desbloqueó todo, después de una última jornada –la del jueves– en la que las organizaciones decidieron encerrarse toda la noche en la consejería. 

En esa larga pausa, el departamento se reunió con los sindicatos críticos con el acuerdo de marzo, entre ellos la USTEC y Profesores de Secundaria, que acabaron firmando el anexo. Pero también, después, con CCOO y UGT. Habían sufrido las críticas del colectivo docente durante las manifestaciones y defendían –defienden, más bien dicho– que las mejoras en escuela inclusiva –unas 6.500 dotaciones más en cuatro años– eran fruto de otra mesa que se ha reunido desde el primer pacto, siempre sin los críticos, para mejorar el despliegue de su pacto. 

A tres horas del preacuerdo, dos relatos pendientes todavía de encontrarse. “El principal obstáculo ha sido en la redacción”, admitía después la portavoz de la USTEC, Iolanda Segura. “Se debe agradecer la generosidad de todas las organizaciones”, añadía el secretario de Mejora Educativa, Ignasi Giménez, interlocutor principal del departamento durante las negociaciones. El acuerdo, ahora sí, suma el 80% de las organizaciones sindicales. “Ha sido lento”, reconocía a los periodistas. “Lento y que ha costado”. Más tarde, el departamento confirmó que el Gobierno deberá invertir 726 millones más de lo que tenía previsto el consejero Albert Dalmau en el acuerdo de marzo.

El pacto del palacete

En esta última jornada, de más de doce horas, el ejecutivo apostó por un cambio que ni periodistas ni sindicatos saben todavía si responde a una cuestión organizativa o táctica. Los sindicatos, que amenazaban con continuar encerrados en el departamento si no había acuerdo, saltaban de la sala de plenos del departamento –en el edificio señorial de la Via Augusta– al palacete anexo

Volvía la negociación, pero todos apretujados en una sala pequeña, sin mesas y casi sin espacio para escribir. La imagen, más cercana a la de una academia privada con sobreoferta que a la de una negociación con la Generalitat, sorprendía casi más que la paciencia estoica con la que los periodistas televisivos aguantan, en el exterior del palacete, el sol de las transmisiones en directo.

La sala donde se reunieron los sindicatos el último día de la negociación | ACN

La mesa se reanuda después de una pausa de cinco horas. Primero bajan la USTEC y Profesores de Secundaria. Después, la CGT y la Intersindical. Y, antes de ver rostros de CCOO y UGT, se anticipa Ignasi Giménez. Es el piloto del proceso, otro hombre sosegado que pasea por la Generalitat; modera las negociaciones cuando no está la consejera y hace de mensajero cuando sí está. Las conversaciones son distendidas, en la puerta del palacete, pero se percibe cierta tensión porque «todo pende de un hilo», dicen desde el Gobierno.

Finalmente, entran todos los sindicatos y aparece la consejera Esther Niubó y su carpeta, que incorpora una nueva oferta –que sabríamos después– con más salario. Solo 50 euros mensuales más, eso sí, que la oferta “definitiva” del día anterior. En líneas generales, la nueva negociación ha permitido sumar 170 euros mensuales a los incrementos pactados en otras negociaciones. Entre todas las subidas acordadas en Cataluña y en Madrid, los docentes cobrarán en cuatro años 600 euros mensuales más.

La consejera de Educación, Esther Niubó, llegando al encuentro por la tarde | María Belmez (ACN)

La CGT se marcha y aplausos en la sala

Para sorpresa, la CGT se marcha antes de tiempo. Es el cuarto sindicato con más representación en la escuela pública y planteaba una cláusula de revisión salarial como uno de sus “mínimos” para llegar a un acuerdo. Estaban dispuestos a ceder, comentan, pero no tanto porque la cláusula no existía en ninguna de las múltiples formas que estaban dispuestos a aceptar. La Intersindical, que participaba de la negociación convocada por la USTEC, también se marcha por la “falta de compromiso” del Gobierno en la inmersión lingüística del catalán. 

Ya negra noche, con algunos simpatizantes de CGT e Intersindical cortando la Via Augusta, las persianas del palacete caen y de dentro salen gritos y aplausos. El acuerdo es un hecho. “Ya no podrán decir que la USTEC no pacta nunca nada”, bromea con los periodistas uno de ellos, el único que está afuera. «Que no es verdad», puntualiza después. Al día siguiente de aquellos aplausos, el presidente Salvador Illa, que meses atrás describía como “acuerdo histórico” el pacto con CCOO y UGT, ha celebrado el “preacuerdo histórico” de este viernes. En una guerra de relatos, cada palabra es importante.

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