Ya hay quien habla de repetir elecciones

"Tengo la convicción de que todo el tablero, el nacional y, desde luego, el catalán, se va a mover tras este 14-F"

La sombra de la ingobernabilidad se cierne, da la impresión, sobre Cataluña. He tenido la oportunidad de ir preguntando a todos los candidatos a la presidencia de la Generalitat más o menos lo mismo que los demás periodistas: ‘y después de las elecciones ¿qué?’. Tras participar ayer en una entrevista con Salvador Illa y escucharle sus promesas de que jamás pactará con independentistas, que es más o menos lo mismo que los partidos independentistas dicen que no harán con Illa, he optado por poner el titular que encabeza este comentario; y es que todos andan angustiados por el futuro inmediato, pero aquí no hay quien se aclare acerca de cómo puede ser ese futuro.

Porque todo el mundo habla del día después de las elecciones, pero nadie encuentra respuestas seguras sobre qué pasará ese día y los que le siguen. Ni siquiera los tres candidatos con mayores posibilidades de alzarse con la victoria saben en estos momentos ni qué será de ellos este lunes ni si podrán mantener sus compromisos de que no pactarán con unos o con otros. Las encuestas, la totalidad de las que conocemos, aunque la absurda legislación prohibitiva nos impida divulgar las más recientes, insisten en que o hay un acuerdo ‘a tres’  o, con los números que ahora se barajan, no habrá gobierno.

Lo cierto es que, si los tres candidatos principales insisten, a la hora de la verdad, en sus vetos, tendrán bastante difícil hacerse con una mayoría suficiente como para establecer un poder estable. Y eso aboca a Catalunya a una repetición de las elecciones de este domingo, que probablemente nunca debieron celebrarse ni ahora ni de este modo. Porque, según los cánones clásicos, unas elecciones habrían de servir para clarificar un panorama político, no para oscurecerlo ni complicarlo aún más. Y eso, la oscuridad, es lo que ha venido sucediendo en las elecciones españolas, y es lo que bastante probablemente va a suceder, salvo sorpresas mayúsculas, en las catalanas: es posible, muy posible, que no solucionen nada.

¿Y entonces? Pues yo sigo apostando por un acuerdo entre independentistas y PSC, quizá con una presencia mínima de los Comuns, digan lo que digan ahora los cabezas de lista. Tal acuerdo, aunque sea frágil, sería preferible a tener que ir a unas elecciones dentro de algunos meses, con la ingobernabilidad a la que llevaría una situación provisional como la que ya se padece ahora. Hay demasiadas cosas que arreglar en Catalunya como para permitirse un período más de indefinición, de desencuentros y de hostigamiento: desde la situación de los presos hasta la manera de relacionarse la Generalitat con el Gobierno central, pasando por una lucha coordinada contra la pandemia y contra la catástrofe económica que nos llega, todo, pienso, invita ahora al acuerdo y no a la guerra. Sospecho que hay que ‘conllevar’, como decía Ortega, no porque guste más o menos una cierta ‘conllevanza’, sino porque aquí y ahora tal vez no quede otro remedio.

¿Puede ser Illa quien arme ese acuerdo, puede ser Aragonés, podría hacerlo Laura Borrás? En este momento, ya digo, casi víspera de que los catalanes acudan a las urnas, y cuando todos los candidatos emplean un lenguaje más bien de rechazo que de acercamiento –lo que puede resultar hasta lógico a pocas horas de una votación–, es muy complicado ver la luz. No quiero ser pesimista: entiendo que el pacto es imprescindible, pero también percibo que está muy lejano. Excepto, insisto, que se produzca una movilización ‘rara’ en el electorado, sin que ni las encuestas ni los observadores más perspicaces hayan podido detectarla.

Estamos ya demasiado acostumbrados a afrontar elecciones que traen aparejadas más incertidumbres que certezas. No ocurrió así ni en las gallegas ni en las de Euskadi –ambas tenía un ganador seguro–, pero sí ha venido sucediendo en las legislativas, que inevitablemente han propiciado una crisis política en España que dura ya más de cinco años. Tengo la convicción de que todo el tablero, el nacional y, desde luego, el catalán, se va a mover tras este 14-F: forzosamente tiene que ser así. Lo tremendo es no saber en qué dirección se va a desplazar ese tablero, o si alguien le pegará una patada y todas las piezas de este complicado ajedrez saltarán por los aires. Y entonces, qué. Pues jaque.

Nou comentari