Un Govern para hablar (o más bien no) con el gobierno central

"Cataluña, para España, se está convirtiendo en una especie de enfermedad crónica, que muchos españoles, que para nada somos independentistas, quisiéramos que tratase de resolverse"

Reconozco que he tratado vanamente de sondear en ámbitos gubernamentales españoles cuál es el sentimiento profundo ante la creación –finalmente—de un Govern en Catalunya. El silencio es espectacular: apenas me he topado con esas frases de conveniencia que, por ejemplo, dicen que ‘ojalá’ el equipo de Pere Aragonés “sea capaz de mantener la Mesa de diálogo” con el Gobierno central. Pero nadie en los círculos gubernamentales de Madrid me ha podido asegurar categóricamente si la Mesa se mantendrá, se potenciará o, más previsiblemente –en mi opinión–… decaerá. O, si sigue, para qué serviría.

Así que, como me decía un amigo (bastante alto cargo socialista, por cierto), parece que el Gobierno central se refugia ahora “en la futurología”. En cómo será el país en 2050. Hablar de cómo será España en 2050 es hoy lo más parecido a hablar del sexo de los ángeles. Las cuestiones a medio y largo (y hasta a corto) plazo se multiplican. Y una de estas cuestiones, la más importante políticamente a mi juicio, es cómo va a derivar lo que esos cenáculos y mentideros madrileños llaman ‘el problema catalán’. Sin embargo, los ciudadanos viven absortos por los interrogantes que van a encontrar una vez que, vacunas mediante, podamos superar la pandemia. Y Cataluña no parece encontrarse oficialmente entre tales interrogantes.

A estas alturas, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha sido incapaz de producir una reacción más o menos digna de titulares acerca de lo que piensa sobre cómo y para qué se forma el Govern catalán. O, sobre todo, cómo convivir con él.  No sabemos si le gusta o, más bien, le disgusta mucho (o muchísimo). Ni una voz se ha escuchado desde La Moncloa, o desde la sede del PSOE en la madrileña calle de Ferraz, reivindicando la memoria de un tal Salvador Illa, que un día fue ‘la esperanza’ para evitar un Govern netamente ‘independentista’. Un Govern  “en el que Junts tendrá tanta influencia como Esquerra, al menos”, añade mi amigo socialista, que es de los (muchos) que piensan que con ERC “podría haber un cierto diálogo, pero con Junts y la CUP, ninguno”.

Es decir, la ‘resignación’, si así puede decirse, ante la hegemonía política en Catalunya está generalizada en los mencionados e inquietos cenáculos y mentideros madrileños. Sería temerario aventurar qué piensa Pedro Sánchez, o qué piensa el propio ‘ministro de la cosa’, Iceta, sobre lo que será de las relaciones entre este Govern que nace y el Gobierno central de un Sánchez que aspira a mantener el actual ‘statu quo’, es decir, a mantenerse en el poder, al menos –al menos—dos años más.

¿Hubiese La Moncloa preferido una repetición de elecciones en Cataluña? No lo creo: saben perfectamente que el ‘efecto Illa’, es decir, la aparición del ministro de Sanidad en las televisiones todos los días, con la cuota de popularidad que ello conllevaba, ya no existe. Lo probable es que los resultados del 14 de febrero más o menos se repitiesen, o incluso que el PSC bajase un poco, con lo que la situación actual se repetiría. O sería aún peor para los intereses del PSOE que gobierna en España.

De momento, Sánchez parece escapar del ‘problema catalán’, y lo mismo podría decirse de la opinión pública (y publicada) española: bastante lío tiene el presidente con lo de Ceuta y, además, preparando plataformas para tratar de adivinar cómo estaremos en 2050. Cataluña, para España, se está convirtiendo en una especie de enfermedad crónica, que muchos españoles, que para nada somos independentistas, quisiéramos que tratase de resolverse de una manera satisfactoria para todas las partes. Pero eso nadie ve cómo podría conseguirse, estando las cosas como están. Ya no se hacen ni diagnósticos: simplemente se mira hacia otro lado y a esperar a ver cómo discurren los acontecimientos.

Desde luego, no es este Gobierno central, ni, me parece, este Govern, quien será  capaz de desatar el nudo gordiano. Demasiada provisionalidad, demasiado aferrarse al poder efímero, para conseguirlo. Hoy, vistas las cosas a seiscientos kilómetros de distancia, comienza una nueva etapa para Catalunya que me parece que es algo más que una repetición del período anterior. Constato que en la plaza de Sant Jaume, igual que en La Moncloa, en la calle Génova, en La Zarzuela, en todas partes, saben que esto podrá ser mejor o seguramente peor que antes. Pero que no será más de lo mismo, aunque ni en un lado ni en otro haya trazada una estrategia para saber hacia dónde ir.  Así que sigamos atentos a la pantalla, que la trama de esta película aún ni ha comenzado a desarrollarse, pero promete muchas emociones.

Nou comentari