Sánchez despidió 2020 y a su ‘ministro catalán’: le sustituirá este enero

"Con la próxima marcha de Illa del Departamento de Sanidad en La Moncloa se abre en teoría una operación política en toda regla, que incluye la negociación con Catalunya"

Todo el mundo sabía, cuando Salvador Illa fue nombrado ministro de Sanidad, que iba a ocuparse de muchas cosas, pero ninguna de ellas relacionada con los temas sanitarios. Este Ministerio siempre ha sido un premio de consolación para que el titular de la cartera se dedicase a otras cosas. Lo de Illa iba a ser la ‘negociación con Catalunya’, poner en marcha esa mesa negociadora con el Govern y con la Generalitat  que jamás iba luego a funcionar, buscar terrenos de entendimiento con los dos lados de la plaza de Sant Jaume, buscar qué hacer con los presos del ‘procés’… Luego, súbitamente, vino la pandemia y entonces Illa tuvo que encabezar, con mejor o peor acierto, la muy difícil gestión del combate contra el virus, mientras que  la negociación –o lo que fuera—con la  Generalitat catalana, indultos incluidos, quedaba aplazada para mejor ocasión.

Y de pronto, sorpresivamente, cuando todo el mundo pensaba que el viejo rumor que situaba a Illa como opción frente a la de Iceta para candidatarse a la presidencia de la Generalitat había quedado para siempre descartado, entre otros por el propio Illa, héte aquí que Iceta se aparta a un lado para dejar paso al que aún, pero ya no durante mucho tiempo, sigue siendo ministro de Sanidad.

No deja de resultar chocante que el hombre bajo cuya responsabilidad estaba poner en marcha y desarrollar el proceso de vacunación de más de cuarenta millones de personas quede relevado precisamente ahora de este encargo para convertirse en el ‘número uno’ en la lista de los socialistas catalanes en las elecciones que en principio se celebrarán el 14 de febrero. A estas alturas, no estoy seguro de si la abrupta maniobra proviene del seno del PSC –no lo creo, aunque en el socialismo catalán achacan la decisión al propio Iceta— o de La Moncloa, que es donde radica el cuadro de mando de tantas cosas que suceden en España.

Pero sí sé que la ¿dimisión? de Miquel Iceta se produce en un momento extraño: cuando la pandemia rebrota y las vacunaciones comienzan y apenas un día después de que Pedro Sánchez, en su rueda de prensa de final de curso político este martes, diese a entender que no pensaba producir remodelación alguna en su Gobierno, quizá durante toda la legislatura.

Esta afirmación era algo difícil de creer, desde luego. Pero incluso así cuesta pensar que el viraje sobre lo que dijo el presidente el martes se haya producido tan rápido como el miércoles. Ya digo: la palabra de Pedro Sánchez vale lo que vale. Y todos los datos en mi poder ahora indican que el relevo de Iceta por Illa era algo que seguramente ya estaba pensado desde hace, al menos, cuatro semanas y que el entorno monclovita guardaba celosamente en secreto. Se entiende mal, entonces, que el propio Illa, en declaraciones a Televisión Española la víspera de anunciar su pase a la candidatura a la Generalitat, es decir, el pasado martes, también asegurase que el candidato sería Iceta. Ya digo que la verdad, en política, tiene un valor que cotiza a la baja.

Quizá Illa ya hubiese agotado el límite de su  resistencia al frente de Sanidad: ha sido un año muy duro. Puede que al presidente del Gobierno central esta salida le venga bien para proceder a una crisis ministerial mucho más amplia (la necesita). Puede que los sondeos hayan obligado a dar el paso, porque el PSC aún confía, un poco a la desesperada, en hacerse con la presidencia de la Generalitat (¡y sin pactar con Esquerra, dicen!).

Lo que sí  está claro es que Sánchez se queda sin ‘su ministro catalán’ y que tendrá que sustituirlo por otro, más concretamente dedicado a una negociación territorial que, sobre todo tras los previsibles resultados de las elecciones catalanas, va a ser muy difícil. Quizá Iceta, sin duda todo un activo político, que no pudo llegar a convertirse en presidente del Senado, pueda llenar el cargo desde el Ministerio de Administración Territorial, del que sería desplazada la desconocida y discreta Carolina Darias, quizá, dicen los rumores, para sustituir a Illa en Sanidad. Quién sabe: los designios de Pedro Sánchez son inescrutables. Veremos hasta dónde llega el terremoto en el Consejo de Ministros. Que puede, claro, quedarse en un leve seísmo, porque Sánchez aborrece el término ‘crisis de gobierno’.

Lo que también parece claro es que desde La Moncloa se están diseñando planes políticos muy específicos. Unos, relacionados con el futuro de la Monarquía. Otros tienen que ver, creo, con una importante negociación sobre el futuro territorial de España. Sería muy torpe minusvalorar la capacidad de maniobra de Pedro Sánchez: me parece que tiene bastante clara su hoja de ruta inmediata, tanto en lo que se refiere a su papel como defensor del Monarca, incluso frente a la parte ‘podemita’ de su partido, como en sus afanes por llegar a una ‘conllevanza’ orteguiana en Cataluña y, si posible fuera, también en Euskadi.

En todo caso, con la próxima marcha de Illa del Departamento de Sanidad en La Moncloa se abre en teoría una operación política en toda regla, que incluye la negociación con Catalunya –y el capítulo de los indultos no cabe duda de que esta incluido–, el respaldo  a la Monarquía frente al ‘socio republicano’ Pablo Iglesias y una remodelación ministerial que, sin embargo, casi  nadie cree que llegue a afectar al vicepresidente primero, por mucho que el mismísimo Sánchez lo desease. Y no cabe desconocer que las inminentes elecciones catalanas pueden ser la mecha que haga saltar todo el entramado de los partidos –constitucionalistas e independentistas—en Catalunya. De momento, desde la otra orilla, ya estamos viendo que comienzan los trasvases desde Ciudadanos –Lorena Roldán– hacia el Partido Popular, tenga eso las consecuencias electorales que tenga, que no creo que sean muchas, la verdad.

Así, con esta noticia política tan importante, el paso de Salvador Illa a la cabeza de candidatura del PSC, se despide un 2020 convulso, que dará paso a un 2021 que políticamente promete ser más trepidante aún. Pedro Sánchez, guste más o menos a unos u otros, es quien pilota un avión cuyo destino final nadie sabe muy bien cuál es. Puede que Sánchez, a quien ya digo que no conviene minusvalorar, sí lo sepa. Pero, hoy por hoy, yo no estoy muy seguro de que sea consciente de que está caminando por un sendero extraño, dinamitado y lleno de lobos. 2021, repito, se presenta apasionante, al menos para cualquier observador del surrealismo en la política.

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