Se me ocurre decir en ciertas tertulias que, la verdad, quince millones de euros, que es lo que le va a costar a los Presupuestos del Estado el hecho de que Netflix y otras plataformas internacionales inviertan un mínimo de sus ingresos anuales en la producción de sus contenidos en catalán, euskera y gallego, no me parece gran ‘concesión’, la verdad. Es un precio razonable para conseguir que Esquerra Republicana de Catalunya apoye las cuentas estatales y se pueda seguir pensando en esa Mesa, prácticamente sin estrenar, de negociación entre el Gobierno central y el Govern catalán. Que me aseguran, y confío en que así sea, que iniciará en serio sus trabajos este enero, como comienzo de un año que ojalá sea más fructífero en todos los órdenes de lo que lo han sido sus cinco predecesores.

Lo malo son algunos integrantes de esas ciertas tertulias, empeñados en la confrontación. Esos que dicen que esos quince millones de euros son una “vergonzosa cesión” al  separatismo catalán. No voy a insistir aquí en que el separatismo catalán no es mi opción –ni siquiera soy catalán, ¿cómo iba a ser separatista catalán?–, pero sí insistiré en que creo que aún se pueden hallar caminos de encuentro y de futuro razonable muy distintos a la aplicación de ‘ciento cincuentaycincos’ lingüísticos o de otra cualquier especie. Ni creo que ayude mucho la declaración unilateral de algo que, en mi criterio—y me parece que en el de más de uno en la cúspide de la Generalitat, por lo que me informan– , es inalcanzable a corto plazo.

Creo que la solución al problema de la convivencia no pasa por jueces, ni por mossos d’escuadra, ni por la guardia civil. Ni por desplantes, desafíos o planteamientos maximalistas; se imponen, creo, la moderación y el sentido común.

Me aterra la desmesura de quienes, del lado de acá del Ebro en el que habito –y alguno también en el lado de allá–, hablan de que ‘lo de Canet de Mar’ es como ‘lo de Ermua’ (lo dijo Carlos Carrizosa, de Ciudadanos, en pleno Parlament) o, más allá aún, me preocupa que compañeros míos, residentes por cierto en Barcelona, comparen el problema de la escuela Turó del Drac con noches de cristales rotos o estrellas amarillas en las solapas de los judíos. Cuesta entender que se pueda llegar tan lejos en la ‘pasada’, pero sí, se ha llegado.

Comprendo que el ‘president’ Aragonés, que me parece persona dialogante y mesurada se sienta desconcertado con algunos de estos excesos. Yo, desde este lado, también. Y conste que para nada apruebo algunas expresiones energumeneicas que he leído en ciertos ‘tuits’ fanáticos, dirigidos contra la familia que exigió que su hijo fuese escolarizado en un 25 por ciento en castellano. Creo que el síntoma, o el ejemplo puntual, puede ser indicativo de un problema mayor, que francamente, no sé si en este caso existe en la medida en que lo quieren ver algunos ‘halcones’ que buscan la guerra. Pero, aún en el caso de que el problema exista, o existiese, no creo que la aplicación del artículo 155 u otro similar, ni la entrada policial en los colegios catalanes, sea solución o remedio, sino más bien agravamiento de las tensiones.

La posición del Gobierno central me parece, en este caso, templada (y conste que tampoco soy ningún entusiasta del ‘sanchismo’ imperante). Insistir en llevar adelante una negociación generalizada, como sea y al precio que sea, no creo que signifique ‘claudicar’, ‘ceder constantemente a las exigencias del nacionalismo’ o, menos aún, ‘bajarse los pantalones’, expresiones que también estoy escuchando a propósito de los famosos quince millones para el doblaje de ‘la casa de papel’ o ‘el juego del calamar’ al catalán. Algún día tendremos que entender, aquí y allí, que negociar significa eso: ceder en algunas cosas para lograr otras. Y allá cada cual si quiere ver esa para mí nefasta serie del calamar en el idioma que mejor le cuadre y sienta más cerca de su alma, sus afectos y sus planteamientos vitales.

Creo, más allá de las profundas diferencias que puedan hallarse en tal o cual conflicto, lingüístico o de otra índole, que plantear constantemente una ‘guerra de idiomas’ cada vez que se expresa una reivindicación de la índole que sea, constituye un profundo error. No se puede, no se debe, luchar contra algo que es un estado de espíritu, mucho más allá que una estrategia política.

Sí, yo apoyo esa dotación de quince millones para ver en catalán lo que Netflix meta en nuestras teles, aunque sea ‘la casa de papel’ o lo del calamar, que yo no permitiría ver, por cierto, a mis nietos en idioma alguno. Y dejémonos ya de dar gritos escandalizados porque la ETB vasca pueda ofrecer dibujos animados en euskera a los niños navarros, cuando yo, desde mi sofá puedo ver si quiero noticiarios en chino, en ruso o en árabe. A veces, en base al nacional-nacionalismo, algunos se comportan como auténticos brutos ignorantes. Y ya nos dijo Talleyrand que todo lo excesivo se convierte en irrelevante. O, traducido al día a día, que a los fanáticos siempre les acaba saliendo el tiro por la culata.

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