Parece mentira, pero aún me sorprende encontrar, como ayer encontré en el diario ABC, creo que entre otros, una esquela conmemorativa del fallecimiento, hace cuarenta y seis años, de Francisco Franco, que “murió cristianamente al servicio de la Patria”, dice la esquela, suscrita por la familia del dictador y por la Fundación Nacional Franco. Yo creo que insertaron estos anuncios –en otros años recientes, que yo recuerde, no lo han hecho en tal medida—porque la sociedad está agitada por la actual pretensión, animada desde el propio Gobierno central, de modificar algo la Ley de Amnistía de 1977 para que “se puedan castigar los crímenes del franquismo”.

Bueno, es obvio que, como reconoció ayer el propio ministro de la Presidencia, que es quien lleva estas cosas en el Ejecutivo central, es muy poco lo que se puede, a estas alturas, castigar. No porque el franquismo no cometiese crímenes, que cometió muchos, decenas de miles, inmediatamente finalizada la guerra civil, sino porque ya no queda nadie a quien castigar: los criminales están muertos casi todos o en fase irreversible de extinción.

Luego, además, existen aspectos legales. Entre ellos, el sagrado principio de la irretroactividad, que hace que los juristas se cuestionen muy mucho si esta iniciativa parlamentaria, en relación con aquella ley de amnistía, aprobada por inmensa mayoría en el Congreso el 15 de octubre de 1977, puede ser parcialmente derogada, dado que en puridad tendría que haber decaído con la aprobación de la Constitución, en 1978, que invalidaba las prisiones y sanciones políticas del franquismo.

O sea, como reconoció el propio ministro de la Presidencia en una muy interesante entrevista este jueves en Onda Cero, nada. Todo este revuelo parlamentario, mediático y político, que ha copado los titulares de los periódicos nacionales, en balde. Una movida que pretende que algo está cambiando para que, en el fondo, todo siga igual, sin que, encima, importe un rábano que así sea. “El Gobierno vende humo”, dijo el portavoz parlamentario de ERC, Gabriel Rufián, y tiene razón. La maldita afición a la pirotecnia de la política española, como si no hubiese ya suficientes quebraderos de cabeza.

El espantajo espantoso de Franco llenando los huecos que dejan al aire cuestiones mucho más urgentes y acuciantes, que son, ay, las que de veras agitan a la calle: los metalúrgicos de Cádiz, los lecheros de Cantabria o los agricultores de Castilla, los transportistas de todas partes, salen en manifestación porque dicen que no pueden más . Y luego, además, esos temas estrictamente políticos que son la farsa de cada día: vea, si no, cómo se han provisto las vacantes del Tribunal Constitucional, que esperemos que no sea un método que preludie lo que vaya a ocurrir con el gobierno de los jueces.

Otra cosa es, desde luego, lo que este debate ‘retro’ significa. España está reconstruyendo su pasado, su propia Historia. Aunque más bien yo diría que está cubriendo con ruidos muchos silencios: resulta sorprendente que, a estas alturas, resulte que casi nadie diga que el general Franco fue, pura y simplemente, un criminal. Algo que se guardaba con sordina para las sobremesas familiares de los vencidos, arrollados y aterrorizados durante años después de que sus padres y abuelos hubiesen sido fusilados en paredones de cárceles insalubres tras juicios que eran una farsa tal que se hicieron desaparecer los documentos en los que constaban los procesos. ¡Cuánto hemos callado, casi hasta ahora mismo, sobre lo que ocurrió entre 1939 y 1943!

Ya lo he dicho: aquel a quien se llamó ‘el Generalísimo’, o a quien se conoció con el título fascista de ‘Caudillo’, fue un criminal, quizá  hasta un genocida, que trató de erradicar lo que él pensaba que era la ‘mala hierba’ de quienes pensaban en una España diferente a la que él construyó sobre los huesos de los vencidos y sobre los que se encaramaban los vencedores. Escribo sobre sobre todo esto, más de medio siglo después, y me parece increíble que la actualidad de las portadas de tantos periódicos aún se centren en los despojos del sátrapa, en los cadáveres en las cunetas, en las estatuas ecuestres o, si usted quiere, en el busto de Indalecio Prieto, objeto de tantas polémicas porque querían destruirlo quienes se reclamaban herederos de los vencedores. Las dos Españas renacieron ayer un día más.

Dentro de unas horas, los escasos nostálgicos que aún puedan quedar de aquel Régimen saldrán a recordarle. Cuarenta y seis años, casi medio siglo, desde que murió en la cama. Ya digo que no son muchos: la mitad del país o no había nacido o era demasiado joven para comprender lo que ocurría cuando aquella situación oprobiosa nos aplastaba. Quienes gobiernan ahora se entretienen en juegos parlamentarios que a ninguna parte llevan, excepto a distraernos del aquí y ahora que no nos gustan.

Pero, si le digo la verdad, yo, que no quiero hurgar en las cunetas, sí deseo que lo que se llamó el Valle de los Caídos recupere su antigua nomenclatura, libre ya el terrible mausoleo de quien fue su principal inquilino, que yace solitario ahora en su tumba de El Pardo. Y luego, olvidar de una vez. Quisiera, eso sí, que este sea el último año en el que la polémica se anuda en torno al fantasma de pesadilla: son muchos los retos del futuro, excesivas las cuestiones que nos separan en el día a día, como para encima añadir las peores pesadillas del pasado a la eterna Gran Polémica.

Comentaris

    Ich verstehe nur Bahnhof Novembre 21, 2021 | 21:56
    El mon ampliant la base amb periodistes espanyolistes i articles en llengua colonial

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