Sinceramente, no entendí muy bien, en la comparecencia de Pedro Sánchez ante los medios el pasado miércoles, por qué aseguraba que el diálogo con el Govern catalán, organizado en la famosa e inoperante Mesa, puede esperar porque “ustedes comprenderán” (nos dijo a los informadores)  que hay otros temas más prioritarios ahora para los españoles. Lo que no comprendo concretamente es por qué cuestiones como, por ejemplo, la lucha contra la pandemia, el precio de la luz o el mecanismo para el reparto de los fondos europeos son incompatibles con hacer que esa Mesa de negociación –por qué no llamarla así—entre el Gobierno central y el Govern catalán, que el president Aragonés tanto urge, comience cuanto antes a concretar su agenda, su calendario, los temas a tratar. Y ponerlos en marcha.

Todo ello, suponiendo, claro, que la gestión ‘nacional’ de la pandemia, la luz o el dinero que llega de Europa no sean cuestiones que interesen, y mucho, a los catalanes, lo que es mucho suponer.

No creo, la verdad, y sé que esto que diga no gustará a muchos lectores, que ese diálogo prosperase mucho si se ciñese exclusivamente, como pretenden algunos sectores del independentismo, a los temas ‘amnistía y referéndum para la independencia’. Creo que el propio president Aragonés, hasta donde se me alcanza, sabe que tal pretensión es, ahora, imposible. Pero sí se puede avanzar en muchas cuestiones que signifiquen una mejora para Catalunya y para la normalización de las relaciones con el resto de España, que es ahora, me parece, lo máximo a lo que se puede aspirar.

Empeñado como parece estar en embarcarse una larga precampaña electoral –que, en principio, tiemblen, no concluirá hasta finales de 2023-, Sánchez aparta, como piedras que se echan fuera del camino, las cuestiones que pueden ser problemáticas, y eso incluye incluso unas medidas ‘duras’ para prevenir el rebrote del coronavirus, que él prefiere tratar casi como si de una gripe molesta se tratase. Y, por supuesto, las exigencias de Cataluña son una de esas piedras, y bien gordas, en el sendero.

Muchas veces he repetido aquí que para nada soy independentista –¿cómo iba a serlo?–, pero sí fuertemente partidario de un desarrollo máximo de las posibilidades que una autonomía ofrece. Y eso solo puede conseguirse mediante una negociación inteligente, flexible y realista dentro de las normas que ahora tenemos, pero interpretadas en sentido expansivo, no, como se ha hecho hasta ahora, restrictivo; aborrezco a los ‘halcones’. Y eso, claro, pone a Sánchez en una difícil situación ante algunos de sus ‘barones’ –por ejemplo, el castellano-manchego, el aragonés o el extremeño—y ante una parte importante de su militancia.

Tengo la impresión de que al presidente del Gobierno central le interesaría prolongar la actual situación el mayor tiempo posible, al menos hasta la celebración de las próximas elecciones legislativas, que ya digo que lo más probable es que se sitúen, si nada cambia sustancialmente, hacia finales de 2023. Para entonces, acontecimientos internacionales, como la presidencia española de la UE o la ‘cumbre’ de la OTAN que reunirá en Madrid a los máximos mandatarios mundiales, Biden –si su salud se lo permite—incluido, servirán para fortalecer la ‘imagen de estadista’ de Pedro Sánchez, a quien hasta ahora hay que reconocer que las cosas no le están saliendo del todo mal.

Pero estimo que se equivocará gravemente si pretende no entrar a fondo en el ‘tema catalán’ durante este 2022 que se presenta lleno de retos, los más de ellos por completo imprevisibles. Porque ¿quién nos iba a decir a nosotros que este 2021 que se nos está marchando por la puerta de atrás iba a ser un año en el que hemos visto cosas, desde un tipo vestido de búfalo poniendo los pies en la mesa del despacho del presidente del Senado de Estados Unidos, o un esquiador en la Puerta del Sol, o el espectáculo de la lava destrozándolo todo a su paso, que seguramente jamás volveremos a ver en nuestras vidas? Hemos de aprender de una vez que lo imprevisible se ha convertido en lo más previsible que pueda ocufrrirnos a partir de ahora. Así que dejar que algunos problemas se pudran, en el peor estilo de Mariano Rajoy, puede ser, más que peligroso, simplemente suicida.

Nou comentari