Una de las características de la Universitat Catalana d’Estiu es que abre debates dentro del catalanismo político que parecían enterrados, incluso, clandestinos. Es uno de los puntos fuertes de la UCE, porque el formato, la presencia directa de un independentismo irreductible con la espalda plateada y una prensa con pantalones cortos permite aflojar, aunque sea mínimamente, las correas del discurso políticamente correcto. La edición de este año, la 58ª, no es una excepción. Como quien no quiere la cosa, y tal vez por la presión ambiental del concordato mediático y demoscópico que impone el factor Aliança Catalana, han emergido dos conceptos que parecían vedados en el ágora del pim-pam-pum político: la inmigración y la unidad independentista.
Por un lado, la inmigración se ha abordado desde el punto de vista de la «identidad», entendida como un elemento de ciudadanía específica, y por otro de la demografía. Las conferencias, las opiniones y los razonamientos han servido para pinchar uno de los globos sonda emitido desde el espacio de los Comuns de manera bastante directa, y de forma más indirecta, desde el PSC: la famosa «Cataluña de los diez millones». Un marco mental que ha hecho llevarse las manos a la cabeza a los partidos con más capilaridad en el país como Junts y ERC, que consideran inviable un crecimiento de estas características y que, precisamente, un incremento de población de esta magnitud de aquí a 2050, no corresponde con los postulados del crecimiento que defienden los dogmas de la izquierda.
Por otro lado, la unidad independentista ha vuelto a emerger más allá de la retórica habitual. La sorpresa ha llegado cuando los representantes de Junts que han asistido a Prada han pedido al movimiento soberanista dejar de lamerse las heridas y centrar la pelota, dando a entender que la refriega cainita que vive el independentismo desde 2017 ha permitido dejar una autopista de cuatro carriles en cada sentido a fuerzas como Aliança Catalana que, aprovechando el malestar del votante frustrado, ha introducido un discurso islamófobo y con fórmulas populistas que coquetean alegremente con la extrema derecha.

Escuchar internamente
Introducir el debate de futuro de la Cataluña de los diez millones, que prevé un crecimiento de dos millones de personas en el país en menos de 25 años, ha espoleado la reacción de un independentismo que parecía vivir al margen de la realidad del país. El proyecto Llavors de ERC, que ha implicado reuniones de miembros del núcleo duro de la dirección de ERC que preside Oriol Junqueras con las numerosas asambleas locales de los republicanos por todo el país, ha ayudado a resituar el discurso.
En este sentido, la preocupación expresada por la militancia y los cuadros territoriales que lidian cada día en los municipios de Cataluña es que, si bien no son contrarios a la inmigración, sí reclaman que no suponga una pérdida de identidad en un sentido muy amplio. Es decir, que la acogida no suponga un riesgo irreversible para la pervivencia de la lengua catalana, de las costumbres o de una manera de entender el funcionamiento social de Cataluña y su sistema económico, social o laboral. Además, ERC ha introducido en su discurso la seguridad y el orden público como elementos naturales de la izquierda. Una idea insistente que ya pregonaba el exconsejero de Interior, Joan Ignasi Elena, cuando era el responsable político de la seguridad pública del país.
En la misma dirección, Junts también ha recibido inputs similares de sus delegados territoriales que, como en ERC, son muy numerosos, y más en municipios donde el porcentaje de inmigración es muy significativo. No solo como los alcaldes que son la cantera de la formación, como el de Manlleu, Arnau Rovira, el alcalde de Figueres, Jordi Masquef, el alcalde de Calella, Marc Buch o el alcalde de Olot, Agustí Arbós, y el de Vic, Albert Castells, que han forzado a Junts a adoptar un discurso más riguroso sobre la inmigración. Precisamente, en Vic, Castells competirá con un cabeza de cartel de los republicanos como Joan Ballana, que ya fue concejal de la ciudad con responsabilidades en convivencia y seguridad, con reducciones notables de conflictividad vecinal.

10 millones no es solo una cifra
El paradigma de los 10 millones entró en el debate de la UCE de manera directa por parte de la número dos de ERC, Elisenda Alamany. La secretaria general de los republicanos, en una conferencia en el marco del think tank de su partido, la Fundació Josep Irla, calificaba de «naïf» a la izquierda que había propuesto este crecimiento. Un golpe en toda regla a David Cid, portavoz de los Comuns, que escenificó la entrada de la idea de los diez millones generando un debate acelerado sobre la propuesta. Alamany recordaba que Cataluña era un país de 8,2 millones de habitantes con una estructura y unos servicios para seis millones. Claro y directo, Alamany defendía que lo importante no era crecer sino que los catalanes vivieran «bien».
Una idea que ha reafirmado el presidente de ERC, Oriol Junqueras, también desde el Liceu Charles Renoviuer, la sede de la UCE. «Me parece que la posición de ERC es bien conocida por todos y es que al menos en las condiciones actuales, en las condiciones del mercado de la vivienda, del transporte público, de la red educativa y de la red sanitaria, del colapso de las autopistas y de la AP-7 en particular, de los recursos energéticos, de la disponibilidad de agua, especialmente después de los episodios de sequía que hemos vivido no hace muchos años… es evidente que no se dan las circunstancias adecuadas para que Cataluña tenga muchos más habitantes de los que ya tiene», ha remarcado. «Más aún teniendo en cuenta las muchas limitaciones a las que ya se enfrenta el país y la sociedad, y que debemos mejorar mucho las condiciones de todos, los sueldos de todos, la accesibilidad a la vivienda de todos, la calidad del transporte público para todos para vivir en el país que la gente merece», añade.
Al día siguiente, el secretario general de Junts, Jordi Turull, apuntaba en la misma dirección con una imagen muy clara. Para el número dos de los junteros, en «Cataluña tenemos mucho trabajo para que no haya una tensión, el país puede asumir la inmigración que puede asumir, la necesita, pero puede asumir la inmigración que puede asumir». «Hay gente que dice la Cataluña de los 10 millones, lo que no puede ser es que el cuerpo siga creciendo y el vestido sea el mismo, porque entonces se rasga todo y de ahí viene el problema», comparó. «Debemos tener un traje a medida para las necesidades de los catalanes y de las catalanas y de su esfuerzo fiscal», concluyó. Dos días antes, la expresidenta del Parlament Laura Borràs reclamaba las competencias en inmigración. Una exigencia que defendía como «política y no como racismo». El presidente del Parlament, Josep Rull, iba en la misma dirección. Rull admitía que no estaba de acuerdo con la Cataluña de los diez millones, sino que lo estaba «con la Cataluña de la conciencia nacional catalana, que sea viable desde un punto de vista de bienestar, y una Cataluña que en estos momentos tiene 8 millones, sufre, evidentemente».

La unidad
Uno de los otros conceptos directamente relacionados con el debate político de Prada es el retorno de la cantinela de la unidad independentista. El tono y el argumentario utilizado, sin embargo, difería de las reclamaciones unitarias de los últimos años. De hecho, el factor Aliança Catalana ha hecho mella y ha provocado cierta unidad de discurso. Junqueras, por ejemplo, dejaba claro en sus declaraciones en la UCE que con la extrema derecha «no se puede hacer nada bueno» y la alejaba de la unidad independentista. Por su parte, el expresidente Pere Aragonès, advertía que jugar en esta mesa podría ser más que contraproducente. “La extrema derecha en una nación sin estado es el camino más rápido hacia la derrota estratégica, cuando no tienes un estado detrás que te protege, necesitas la sociedad cohesionada”, subrayaba en su intervención de este viernes. Pero aunque ERC reivindica que desde el primer momento avisó a Junts que le podría salir caro subir el volumen de la crítica entre independentistas, porque permitía regalar un espacio a la extrema derecha, ahora también baja la presión. Todo en respuesta a un nuevo discurso de Junts para neutralizar la tendencia mediática, demoscópica y política a relacionar junteros y orriolistas.
Turull situó el debate en términos de «combate de valores». «Esos valores que fomenta la extrema derecha, el odio y señalar al diferente que va inoculando en la sociedad catalana, será una sociedad que quedará fragmentada, que quedará dividida, que perderá los grandes valores y las grandes actitudes que ha tenido siempre el catalanismo político», argumentaba. Rull añadía que «los que hacen un planteamiento etnicista ponen en riesgo la viabilidad de la nación y el proyecto de independencia» y pedía hacer de Junts un partido «lo suficientemente atractivo para que este populismo no sea el elemento de referencia de mucha gente que honestamente quiere la independencia y quiere la viabilidad de la nación catalana».

