«Acogida», «demografía» o ceder debates a «posiciones xenófobas». Estos son los dos conceptos que se han repetido más en los actos más políticos de la 58ª edición de la Universitat Catalana d’Estiu, la UCE, que se celebra en Prada, el Conflent, hasta el próximo 23 de septiembre. De hecho, los debates políticos se han dedicado a esbozar estrategias para afrontar uno de los debates que serán clave en la convocatoria electoral de las municipales de mayo del próximo año. Eso sí, con el habitual eufemismo de la política catalana, que evita pronunciar el concepto de inmigración. Y en el tiempo del relato, es un detalle importantísimo que configura el concepto.
Junts y ERC saben que hablar en la UCE es jugar en terreno amigo, aunque a menudo, el público pide más contundencia en sus posiciones independentistas. Por eso, para la biosfera independentista, es un fabuloso banco de pruebas para abordar cuestiones que hasta ahora parecían vetadas en el discurso del independentismo. La emergencia en las redes sociales y en unas encuestas más cocinadas que una lasaña de Findus que favorecen el factor Alianza Catalana ha invertido la tendencia y ha vuelto a hacer de Prada un laboratorio de propuestas para tomar la temperatura al independentismo que se muda de academia durante esta semana de agosto.
De hecho, el efecto Alien, el octavo pasajero vuelve a asomar, en el debate público del independentismo. Solo así se explica que se hagan propuestas, ideas o planteamientos para neutralizar una amenaza electoral, pero sin mencionarla. El aliento de una formación xenófoba como la que gobierna Ripoll, con presupuestos aprobados por el PSC, ha hecho reaccionar a todo el esquema político. Y todo con un malabarismo que incluso evita pronunciar su nombre. Como el monstruo que tenía atemorizada a la tripulación del Nostromo, todos han comenzado a tomar posiciones, elaborar discursos alternativos e incluso, con una táctica poco sutil, aprovechar para acabar de desmenuzar los tímidos intentos de unidad independentista.

«No es racismo es política»
La primera intervención en romper el hielo fue la de la expresidenta del Parlament, Laura Borràs, que desarrolló una nueva estrategia política bautizada como «inteligencia nacional». Todo ello como directora académica de Fem República, el think tank de Junts per Catalunya. Borràs rogaba al independentismo dejar de lado las diferencias y las puñaladas y regresar al camino de la unidad de acción y estratégica. Pero, la gran novedad de su exposición fue entrar de lleno en el debate de la inmigración, reclamando las competencias para gestionar la acogida.
«No es racismo es política», aseveraba para argumentar la reivindicación de las herramientas políticas para gestionar la inmigración. Al fin y al cabo, advertía que si no se afrontaba el debate, otros lo harían pero con la fórmula del «populismo». «El independentismo no puede eludir este debate, no debe eludirlo, pero tampoco puede permitir que la inmigración ocupe todo el espacio político, si niega los problemas que preocupan a la gente, la gente acaba escuchando a los que sí que hablan de ello, pero si dejamos que alguien convierta a la inmigración en los culpables de todos los males, ya hemos perdido antes de empezar como país”, sentenció.
En este sentido, subrayó que “una nación no se hace fuerte haciendo más pequeña a la gente que llega, una nación se hace fuerte teniendo las herramientas para integrar a la gente que llega, y Cataluña es y ha sido un país receptor de inmigración pero tiene unas competencias escasísimas y muy limitadas para gestionar la acogida de las personas que están aquí y aquí hay una de las paradojas de la autonomía que debemos ser capaces de mirar de frente: se nos pide responsabilidad sobre problemas de los cuales no tenemos herramientas para poder tratarlos”.

Forcadell, Rull y Antich, en sintonía
Las palabras de Borràs dejaron la inmigración sobre la mesa del debate. Precisamente, otro acto de alto contenido político también ha añadido material al debate. Ha sido un acto de homenaje a Muriel Casals, que este año hace diez años de su muerte. Un acto en el que han participado el presidente del Parlament, Josep Rull, el presidente de Òmnium Cultural, Xavier Antich y la expresidenta de la ANC y de la cámara catalana y ex presa política, Carme Forcadell.
El legado de Casals y de su voluntad de unidad ha servido de camino para también hacer referencia al octavo pasajero sin mencionarlo. Antich, profesor de estética y profesional en el uso cuidadoso del discurso político que nunca pronuncia en vano, ha recordado que «el independentismo no debe contemplar en los grandes consensos lo que serían posiciones xenófobas que pretenden excluir la catalanidad a una parte de los catalanes y catalanas». Antich unía la dualidad de Josep Benet y Paco Candel en la figura de Casals como contraposición a la xenofobia que pueden expresar otras formaciones políticas. De hecho, ha pedido restablecer el debate de la hegemonía independentista negando lo que ha llamado los que defienden la «minoría nacional catalana». De hecho, esta unidad ha sido defendida por Forcadell que hacía suyo el legado de Casals en tanto que sin un «Estado no se puede hacer un estado del bienestar» que sirva para integrar a la sociedad catalana como un solo pueblo.

Rull y el espíritu Pujoliano
En cuanto al presidente del Parlament ha admitido que no le gusta que se use el concepto «desacomplejado» para hablar o debatir sobre inmigración pero no ha evitado hablar de ello. «Como con cualquier nación, se debe plantear y se debe afrontar y debemos tener las herramientas para poderlo afrontar, y desde esta perspectiva, Junts, desde el primer momento, lo que he pedido es tener todas las herramientas y, por tanto, tener la transferencia de los recursos y de las competencias para hacer una gestión adecuada de la inmigración, con esta idea de derechos y deberes».
En este contexto ha pedido hacer una «actualización, un agiornamento» de la catalanidad «porque hasta ahora nos ha ido extraordinariamente bien». «Debemos reforzar este concepto», ha destacado. Y en este marco ha reivindicado la política de Jordi Pujol. «Soy muy profundamente pujoliano desde esta perspectiva», ha sentenciado con el entendido de que la concepción de Cataluña como pueblo «es capaz de integrar, pero no solo con derechos, sino también con deberes, y para que haya este sistema de derechos y deberes, se necesita soberanía, se necesita poder político, y eso es lo que Cataluña no tiene sin poder político, sin tener las competencias para gestionar adecuadamente el reto demográfico, el reto de la inmigración».
Como Borràs ha pedido ir con cuidado y afrontar el reto para no ceder el espacio ideológico. «Será difícil que podamos salir adelante, y esta debe ser la gran batalla que debemos ser capaces de librar, porque lo lideremos nosotros, porque al final habrá muchos ciudadanos que tomarán atajos terribles, basados en el populismo y en la deshumanización», ha subrayado. Rull ha opinado que la Cataluña de los 8 millones está sufriendo y ha dado un paso más incluyendo en el debate el cambio de modelo económico. «Los que hacen un planteamiento etnicista ponen en riesgo la viabilidad de la nación y el proyecto de independencia», ha enunciado. «Como partido político debemos ser lo suficientemente atractivos para que este populismo no sea el elemento de referencia de mucha gente que honestamente quiere la independencia y quiere la viabilidad de la nación catalana», ha concluido.

Alamany, contra la Cataluña de los diez millones
La última en entrar al debate ha sido la secretaria general de ERC, Elisenda Alamany, que en su conferencia «La Cataluña-Ciudad, hoy» ha cargado las tintas contra quienes proponen la idea «naïf» de la Cataluña de los «diez millones». Alamany ha sido profusa en el uso del concepto de la demografía y el temor reverencial a la pérdida de la «identidad catalana», un concepto que considera «clave» en la redefinición del independentismo.
De hecho, el proyecto «Llavors» de la dirección de los republicanos, encuentros con las asambleas locales por todo el país, ha recogido esta petición de la militancia que mantiene la capilaridad de la formación en toda la nación. Los militantes advertían a los emisarios de Calabria que si bien como partido de izquierdas estaban de acuerdo en asumir la inmigración sí advertían que no podía ser a cambio de perder la identidad. Por eso, Alamany ha propuesto dejar de lado la idea de la Cataluña de los diez millones y procurar que la Cataluña de los 8,2 millones pensada para seis millones se trabaje para que los catalanes «vivan bien» y esquivar el peligro de las opciones que buscan la «minorización». Ahora bien, Alamany ha tapado cualquier idea de unidad independentista para afrontar la amenaza de la extrema derecha. «A mí el único miedo y la única preocupación que tengo es el acomplejamiento de juntos ante la extrema derecha, pero ojalá nos podamos volver a encontrar porque nos jugamos el futuro del país y del independentismo», ha advertido.
