Sara Carbonero ha perdido a su madre después de muchos años luchando contra una enfermedad que, desgraciadamente, ha ganado la batalla. Fue el 13 de abril cuando la familia de la periodista despidió a Goyi Arévalo en un tanatorio que se llenó de caras conocidas que quisieron darle el pésame. Muy afectada, no había querido hablar del tema hasta ahora que ha compartido una carta durísima en su perfil de Instagram. Aquí, se confiesa mientras recuerda algunos de los mejores momentos que ha vivido con su referente, que protagoniza el carrusel de fotos que ha hecho públicas.
«Cómo te echo de menos y cuánto duele… No encuentro sentido ni rumbo, mamá. Aquí estoy, temblando mientras escribo las líneas más difíciles de mi vida. Y lo hago por ti, porque siempre me decías que escribiera más porque te encantaba leerme. Tú siempre animándome», reconoce. Y es que, en realidad, dice que «todo» lo hacía por ella para que estuviera «orgullosa» y para sacarle «una sonrisa» y verla «feliz«.
Sara Carbonero y su madre estaban muy unidas, hasta el punto que confiesa que hablaban por teléfono tres o cuatro veces cada día. Esto hace que el vacío sea aún más difícil: «Todavía no puedo creer que no volverá a sonar el teléfono por la mañana, que no pueda volver a abrazarte o a olerte nunca. Tampoco podré buscar refugio en ti ni escuchar tus consejos, aquellos que siempre me salvaban». Lo peor de todo es tener que continuar con su vida, pues: «Para mí es como si el mundo se hubiera detenido, como si me hubieran amputado una parte del cuerpo«.

Sara Carbonero, totalmente rota tras la muerte de su madre
No quiere que la tristeza y la rabia que siente la paralicen y, por eso, dice que la está salvando el hacer piña con su hermana y los niños: «Mamá, desde donde estés ahora, necesito que sepas que has dejado un vacío muy grande porque eras una mujer excepcional. No sabes cuánto te amaba la gente y cómo me han hablado de ti estos días. En la iglesia no cabía nadie. Todo aquel que tuvo la suerte de conocerte te define como una mujer buena, generosa, dulce, valiente y discreta. Una mujer que nunca tuvo una mala palabra hacia nadie, una mujer sin prejuicios que era todo amor y que se desvivía por los demás. Qué orgullo tan grande ser tu hija«.
Siempre se dice eso de que, cuando morimos, vamos a un lugar «mejor«. A ella la alivia, pero no la convence: «Continúo pensando que deberías seguir aquí porque nos quedaban muchas cosas por hacer, por disfrutar y por vivir. No habrá ningún día en el que no piense en ti, tu recuerdo continuará vivo por siempre y seguirás viva en mi corazón. Te escribiré cada día. Dirección, el cielo. Tanto amas, tanto duele. Y yo a ti más, mamá, siempre».
Un escrito surgido directamente del corazón, profundo y triste en un momento complicado que costará superar si es que puede hacerlo algún día.

