Carles Ribera i Rustullet (Girona, 1968) es periodista e historiador. Pero estas credenciales no han sido obstáculo para inventarse una isla y su historia. Está en medio del Mediterráneo, tiene forma de donut algo torcido, con acantilados en el perímetro exterior y un mar interior, y los primeros habitantes fueron los catalanes que huían de la derrota de 1714. Posteriormente, llegaron otros colectivos desplazados por razones políticas. Aunque se hablan muchas lenguas, el único idioma oficial es el catalán. Bienvenidos a Exília, la república con un rey ornamental que se elige por sorteo y que es el escenario de la novela L’home de la trompeta. Libro que acaba de publicar La Campana (Penguin) y que el autor quiere que sea el primero de una serie de diez. El protagonista se llama Louis Armstrong, pero no tiene nada que ver con el mítico trompetista. Es un periodista nacido en Exília que regresa por razones poco claras después de décadas viviendo en los EE.UU., donde ha trabajado en el ‘New York Times’. Por razón de su profesión, Armstrong acaba en el periódico de la segunda ciudad del país, Girònia, que se parece sospechosamente a ‘El Punt’, donde Ribera trabajó durante tres décadas. Ribera afirma que toda semejanza es casi una coincidencia, pero medio Girona está entretenida ahora mismo buscándose entre los personajes. El resultado es una obra hilarante que no esperas de un jefe de gabinete del CAC -su trabajo actual-, con un texto cargado de la sorna que define al autor. Por transparencia, y haciendo una excepción a la norma de no hablar en primera persona, debo hacer saber al lector que, durante años, yo misma compartí con el autor la redacción que inspira la de la obra. Y ahora que hable él.
Todo el mundo piensa que esta novela se sitúa en un microcosmos inspirado en el diario ‘El Punt’ de Girona.
Mmmmm… sí, pero no. Es decir, está inspirado en un diario de los años 80, y yo trabajé en un diario de los años 80. Bueno, empecé a trabajar en 1990, exactamente. Pero era lo mismo, el momento de la transición de la máquina de escribir a la informática y antes de que se prohibiera fumar y beber en las redacciones…
Cosa que queda patente…
Cosa que queda patente, sí. Por fuerza, si trabajé en este diario durante 30 años y es el único diario en el que he trabajado, en la novela tiene que haber cosas de este diario. Pero lo que se retrata es el ambiente de una redacción de la época. Quien no haya trabajado en ‘El Punt’ pero haya trabajado en un diario de los años 80 o principios de los 90 también la reconocerá. Porque hay unas escenas típicas y, si alguien trabajaba en ‘El Periódico’, ‘El 9 Nou’, el ‘Regió 7’ o el ‘Avui’, también puede sentirse identificado con ese ambiente. La voluntad no es identificar gente concreta ni un espacio concreto. Porque, de entrada, los hechos ni siquiera ocurren en un lugar real.
Pero el clima que se retrata, y no solo de la redacción, sino del ámbito social, ¿encajaría con un diario que no tuviera la característica de diario local?
Lo que pasa es que todo sucede en una isla que es relativamente pequeña y, por lo tanto, es un diario nacional, pero es un diario nacional de un país pequeño.
Bueno, es el diario de la segunda ciudad del país.
De la segunda, sí. Pero eso ya se explica que, como pasa en tantos países del mundo, el primer diario del país no está en la capital. Pasa en Estados Unidos, pasa en Alemania, pasa en Italia. El principal diario de Estados Unidos es el ‘New York Times’, el principal diario de Alemania es el ‘Frankfurter Allgemeine Zeitung’, y en Italia es el ‘Corriere della Sera’, que es de Milán.
En el ‘Washington Post’ quizás discrepan contigo…
Es el ‘New York Times’, seguro. Quizás en algún momento el ‘Washington Post’ les hizo la competencia, pero el gran diario de Estados Unidos, salvo el momento del Watergate, es el New York Times.
Pero hay estos aspectos de proximidad, del ambiente social. Por ejemplo, esta característica del hecho local que hace que apuesten mucho por hacer fotos de todos los bebés que nacen…
Eso sí que tiene una relación directa con la prensa local. Pero es porque el país es una isla pequeña y todo es local. La gran política nacional no deja de ser política de pueblo, porque es una isla de las dimensiones de Mallorca. Todo el mundo se conoce. Ya se dice, también, que hay que tener cuidado de no incomodar a nadie, porque siempre hay un amigo que tiene un amigo que tiene un amigo que te acaba devolviendo la pelota.
¿Esto es extrapolable a Cataluña, a la Cataluña real?
En la de los años 80 más que en la de ahora. Ahora todo está más disperso. Entre otras cosas, los medios de comunicación ya no tienen tanta influencia, porque todo el mundo puede ser su propio medio. Hay menos capacidad de control por parte de los medios, y menos capacidad de control de la política sobre los medios. Los tradicionales sí que se pueden controlar, porque cada vez son más débiles. Pero la opinión pública cada vez es más difícil de controlar.

En la novela hay una conversación entre el director del diario y el protagonista durante la cual este director hace una reflexión seguramente muy propia de los años 80, en la que dice que los periodistas tienen más libertad que según qué otros sectores, porque los políticos los necesitan. Esto ha cambiado…
Esto es años 80. Es decir, cuando yo trabajaba, si no salías en ‘El Punt’, no existías. Hicieras lo que hicieras, una empresa, un disco, un libro, política… En cualquier ámbito social, era el lugar donde se reunía toda la sociedad de Girona. Y en Vic pasaba lo mismo con ‘El 9 Nou’. Y en Barcelona, que no dejaba de ser un pueblo grande, si no salía tu esquela en ‘La Vanguardia’ no eras nadie. Ahora, si quieres decir que tu padre ha muerto, haces un post en Instagram con una de esas frases tontas, y ya está, pero no pones una esquela.
Es decir, la crisis del sector periodístico…
El periodismo vive el mejor momento de su historia, porque técnicamente está a años luz de cuando comencé. Recuerdo haber pasado horas en una biblioteca documentándome para algo que ahora haces un Google y lo encuentras. Ahora todo es mucho más fácil, pero esto ha provocado dos cosas. Es mucho más fácil y barato hacer periodismo básico, porque la infraestructura periodística es mucho más barata. Pero esto ha conllevado que también es más barato para los lectores obtener la información, sin pagar o pagando muy poco. Y por otro lado, es mucho más fácil que cualquiera monte un digital o una cuenta de Instagram e intente hacer periodismo desde allí, luego hay que ver qué se considera periodismo… La crisis del periodismo es de modelo empresarial y de prescripción. Es como si el Papa dijera que ahora cualquiera puede dar misa. Antes había unos que impartían ‘los sacramentos’, que eran los periodistas. Decían qué era noticia y cuál era más importante que otra. Ahora esto aún lo hacen los medios, pero también lo hace mucha más gente. Si tienes una noticia, no es necesario que pases por un medio para difundirla. La crisis del periodismo está aquí y hay que volver a encontrar el lugar. Luego están las ‘fake news’, que es algo de lo que se habla mucho, y en mi trabajo actual también tenemos un área que se ocupa de eso…
En el CAC…
Sí, sí, en el CAC. Pero las ‘fake news’… ahora hay más facilidad para hacerlas, pero existen desde que hay noticias. Los primeros medios de comunicación se inventaron porque había unos señores capitalistas que querían vender su moto y alquilaban un periodista. Como dijo Chesterton hace más de 100 años, la información es lo que va en los espacios que dejan los anuncios. William Randolph Hearst se hizo de oro con una ‘fake news’ como la guerra de Cuba, provocó una guerra inventándose el contexto. Por lo tanto, ahora hay más facilidad para difundir noticias falsas y hay más dificultad para los profanos de detectarlas. Pero el problema del periodismo es de modelo de negocio y de pérdida de la importancia del periodista como emisor.
¿El cuarto poder ya no es poder?
Es un poder disperso, ha hecho efecto el divide y vencerás. Esto lo ha conseguido la tecnología.
¿Hay alguna posibilidad de que se encuentre una nueva fórmula?
No lo sé. Si lo comparas con cuando se inventó la imprenta, los monjes debían tener una depresión de caballo. Se les acabó uno de los oficios que tenían, que era el de escriba. Como con la revolución que representó la imprenta para hacer circular las ideas, y también las mentiras, creo que ahora estamos en otro paradigma que es similar y habrá un tiempo de adaptación. Me parece más complejo el tema de la inteligencia artificial que el de la tecnología de internet. Internet no dejó de ser una evolución natural de la difusión de la información. La inteligencia artificial es mucho más compleja.
Una de las cosas que dice el director imaginario de este diario imaginario, para justificar por qué publican las fotos de todos los bebés que nacen en Exília, es que el día que alguien se invente una tele donde cada espectador envíe sus fotos esa tele se hará de oro. Como si fuera un visionario que veía venir Facebook o Instagram.
De alguna manera, hubo algunos diarios en la época de los años 80 y 90 que fueron precursores de Facebook e Instagram. Yo juego con un anacronismo, porque le hago decir al director del diario algo que ya sé que acabará pasando. Es una pequeña trampa que hago. Quien inventó los retratos de bebés de los años 80 no lo hizo pensando que la realidad acabaría siendo esta, pero en cierta manera sí que fue un visionario e hizo un Instagram de papel.

¿Por qué sitúas la acción a finales de los años 80?
En parte porque me siento más cómodo. Ahora la realidad es mucho más compleja y hay más cosas que se me pueden escapar. Y también porque esta novela no está pensada como un solo libro, sino como una serie de 10. Hay algunos guionizados, y ya tengo dos escritos y estoy por empezar el tercero.
Si que eres optimista respecto al mercado editorial…
[Ríe] Bueno, no sé si se publicarán. Pero que yo los escriba, si no me muero antes, seguro que sí, porque es un entretenimiento. Y por eso me iba bien empezar la serie en los años 80, porque está previsto que termine con la introducción de internet y de los móviles, de las redes sociales. Esto me da de margen una década, de finales de los 80 hasta finales de los 90, que ya había internet pero era muy incipiente. La primera persona que se abrió una cuenta de correo electrónico en el diario todos le preguntaban, pero ¿con quién te escribirás? Fuimos muy tontos de no ver venir el alcance que tendría. Situar la acción en los años 80 me facilita mucho las tramas. Dramáticamente da mucho más juego.
¿Has trabajado solo de memoria?
No, no. El hecho de ir al 1988 me ha hecho visitar la hemeroteca para tener el contexto de las noticias. Para saber qué pasaba. Allí encontré, por ejemplo, un ayuntamiento que ponía parquímetros y era una gran novedad y creaba polémica. Y, como soy muy curioso, he pasado muchas más horas de las que necesitaba para hacer la novela. Y entonces descubres dos cosas. Una, que el hecho de que la prensa fuera mejor antes que ahora es mentira. Basta mirar cualquier diario para ver que muchas veces teníamos menos calidad de técnica periodística. Y la otra cosa que he descubierto es que ahora hay un cierto pesimismo que hace que nos parezca que vivimos momentos muy graves para la humanidad. Pero si tomamos cualquier año, random, de los años 80 o 90 o 70, veremos que no eran mejores que ahora. Quizás es que entonces éramos jóvenes y, cuando eres joven, ves las cosas de otra manera. Y ahora hay más pesimismo. Pero, de datos objetivas que te lleven a pensar que el pasado era mejor, no hay. La guerra del Yom Kippur, los atentados del IRA, la gran crisis del petróleo de los años 70, la guerra fría… Durante los años 80, en mi clase vinieron a hacernos un simulacro de guerra nuclear y nos dieron unas mascarillas!
¡Ahora no lo dejarían hacer!
No, todo el mundo diría que traumatizan a los niños! Y nos llevaron a ver ‘El día después’, que, siendo adolescente, te marcaba para toda la vida. Idealizamos el pasado y en realidad el mundo siempre ha estado en el alambre.
Pero somos los de una generación determinada, los boomers, que ahora somos más grandes y esparcimos en nuestro pesimismo?
Somos más viejos, y se ha demostrado que los viejos son más miedosos. Y, como ahora hay más viejos, imponen a los jóvenes un relato catastrofista. Sí que tienen que buscarse la vida y hay estadísticas que dicen que están peor, pero la estadística, muchas veces, solo son números. Así que no sitúo la novela en los años 80 para idealizar el pasado. No hay nostalgia. Soy antinostálgico. Como dice Woody Allen, la realidad es el único lugar donde todavía se puede comer un buen bistec.
Hablando de Woody Allen, tu director preferido, en la isla que inventas hay un sistema político peculiar con un rey elegido por sorteo. Solo hay tres profesiones que no pueden participar en el sorteo, militares, periodistas y politólogos. Parece el infierno de ‘Desmontando a Harry’, donde la planta de los abogados y los periodistas está llena, ya no cabe nadie más.
Ah, pues no pensé conscientemente en eso. Simplemente, menciono estas 3 profesiones porque son peligrosas para tener cualquier responsabilidad.
¿Los politólogos?
Llenan de ideas tontas a gente que, en teoría, ya tiene las suyas propias, los políticos. Esto lo dice el primer ministro, cuando intentan colocarle un asesor… Un asesor que pueda asesorar sobre temas que conoce es una cosa. Pero un politólogo es una persona que vive en una burbuja que se ha creado desde la universidad y que ha estropeado a muchos políticos.
Tú fuiste asesor, como jefe de gabinete, del consejero Santi Vila, en el gobierno de la legislatura del 1-O. Y fuiste coautor de una segunda edición de un libro de Carles Puigdemont sobre la proyección de Cataluña en el mundo, ‘Cataquè?’. Y el país imaginario donde transcurre esta novela se llama Exília. ¿Tiene algún vínculo?
No, ninguno.
¿Por qué llamas Exília a este país imaginario?
Porque es un país que era una isla desierta que comienza a poblarse a partir de gente expulsada de otros lugares, empezando por Cataluña.
¿Por conflictos políticos?
Por conflictos políticos. Pero no tiene ninguna relación con el proceso actual. La isla comienza a poblarse en 1714, cuando termina la guerra de Sucesión. No está hecho con la intención de hacer ningún vínculo con el 1-O. Y el hecho de que yo trabajara para un gobierno y ahora esté trabajando para un organismo público no invalida lo que opino de los politólogos.
Bueno, tú no eres politólogo. Fuiste asesor, que es una diferencia que acabas de hacerme.
A mí Santi Vila me dijo primero si quería ir a ser jefe de gabinete en la consejería de Territorio. Y le dije que no, porque yo de ese tema no entendía nada. No sé si le sorprendió o no, porque no es una respuesta que se acostumbre a dar, pero fue la mía. Y, al cabo de tres o cuatro años, me dijo… ‘Ahora me voy a Cultura, ¿qué te parece?’. Y le dije: ‘Hombre, aquí sí que me veo más con coraje, porque puedo aportar algo’. Y en el CAC, donde estoy ahora, en el mundo audiovisual también puedo aportar algo.

El protagonista de la novela ve la isla Exília, a la que regresa después de décadas viviendo fuera, como un refugio. Y en cierta manera cumple requisitos que da la impresión de que al narrador le gustaría encontrar, como, por ejemplo, que el catalán es la única lengua oficial…
Eso creo que es la única concesión al itaquisme que hay en toda la novela [Ríe].
Es un poco Ítaca, sí.
Pero es una Ítaca que tiene todos los defectos de cualquier otro país del Mediterráneo, excepto este, en cuanto a los catalanes. No es una Ítaca. No es un lugar idílico, una utopía, simplemente es un universo.
Pero sí que es una Ítaca en el sentido de que es hogar. El personaje regresa a casa después de ciertas vicisitudes. Un poco como Ulises vuelve a Ítaca.
Sí, es hogar para él. Pero, aparte de que es una isla donde el catalán es el único idioma oficial y a todos les parece bien, todo lo demás es igual que cualquier otro lugar. Hay un político corrupto, hay un rey que es tonto… lo habitual. Y hay empresarios inmobiliarios que son unos mafiosos. Quiero decir que no es el lugar perfecto. No he querido inventarme un país idílico, sino simplemente un país que no sea reconocible.
No es un país idílico, pero representa que los catalanes exiliados de 1714 fueron los primeros habitantes, y luego han llegado otros grupos que han aceptado con entusiasmo su lengua. Encaja con los anhelos de un independentista.
¡Ah, sí, sí, eso sí! Pero simplemente me he inventado el país porque la novela, y el resto de la serie, son comedia y Cataluña no es un país lo suficientemente serio para hacer comedia. Quieres inventarte la mayor tontería y entonces vas a la realidad y ves el tema de Lluís Pasqual con la Caballé y Judit Martín. Y dices: ‘Esto es increíble’. Si lo explicaras en una novela, te dirían que lo quites porque falta verosimilitud. Y viene el Papa y todos los políticos de izquierdas se arrodillan a sus pies. Cataluña ha perdido el sentido de la verosimilitud. Hay un político de izquierdas que prefiere el TikTok a las bibliotecas, toda una serie de políticos de izquierdas que van a ver al Papa… En los años 80, donde se sitúa esta novela, estaba lleno de curas de izquierdas que habían dejado de ser curas. Ahora los políticos de izquierdas han dejado de ser de izquierdas y se han vuelto curas. Porque predican…
Pero una cosa es que en su vida privada sean católicos practicantes. Salvador Illa y Oriol Junqueras lo manifiestan. La cuestión es el aspecto público…
Pero es que las religiones, desde un punto de vista progresista, son irrespetables. Todas, sin excepción. El caso es que en esta realidad catalana, que encuentro increíble, hacer ficción es muy difícil. Por eso la hago en un lugar inventado. Allí todo es verosímil porque te lo inventas. Pasan cosas demasiado raras en Cataluña para que las pueda superar una comedia.
Te inventas un rey elegido por sorteo. ¿Sátira de la monarquía o del poder en general?
Exília es una república monárquica, que ya es un oxímoron. Es un país de gente rara y una de las rarezas del país es que tienen una república pero también tienen rey. Y el rey lo eligen por sorteo. Quieren figurar, pero, como son republicanos, no pueden tener una casa real con una dinastía. Por lo tanto, hacen un sorteo. Es un cargo vitalicio pero no hereditario. Lo sortean en la tele. La gente que quiere participa y sacan una bola que dice quién será rey o reina.
Y vas y le pones Felipe al rey.
Sí.
No me digas que eso no tiene ninguna intencionalidad.
No. Es un nombre de rey, Felipe.
Pero resulta que es el mismo nombre que el de Felipe V y Felipe VI. ¿Cómo quieres evitar que haya segundas lecturas?
Es un rey que es corto de entendederas, pero por eso me podría demandar cualquier casa real de Europa. Y se llama Felipe, pero la descripción física que hago de él no tiene nada que ver con ningún rey real. Tiene los rasgos de personalidad de cualquier rey.
Después está el primer ministro, que es peor, más ridículo.
Bueno, porque el rey es un tipo que no quería serlo. Su mujer le obliga a presentarse al sorteo. El caso es que es un pobrecillo que está allí y no le gusta hacer de rey. Se presentó al sorteo pensando que no le tocaría y le tocó. En cambio, el primer ministro es un pillo y es más malvado. Para ser malvado hay que ser inteligente. Si eres tonto no puedes ser malvado.
Hay otro personaje, que es el chambelán del rey, que la gente se ríe de él y le llama el apodo ‘escamarlenc’ por el aspecto que tiene. Pero en el fondo es el que mueve los hilos del gobierno…
Es un Sir Humphrey de ‘Sí, ministro’ y, además, es un homenaje a otro personaje que no tiene nada que ver, que es Catarella de las novelas de Andrea Camilleri. Porque tiene un defecto en el habla, en la sintaxis, de hecho. Y los que conocen las novelas de Andrea Camilleri saben que hay un personaje que habla mal y no se le entiende, y es un pequeño homenaje en este personaje.

De hecho, el tipo de lenguaje coloquial de los personajes también ‘camillereja’…
Camilleri es uno de los referentes, no lo negaré. Aunque la mía no es una novela policíaca al uso, porque es una comedia en la que hay una trama policial, pero todo forma parte de una gran broma. Pero, sí, uno de mis referentes al escribir esto es Andrea Camilleri, en cuanto al humor, a la ironía y a estos personajes tan particulares. Por otro lado está Pierre Lemaitre, en cuanto a la parte amoral. Por ejemplo, en la aparente frivolidad del tratamiento de la desaparición de una adolescente, que se narra de manera totalmente desapasionada. Una de las mejores cosas que tiene la ficción es que es amoral. Y el maestro de eso, que tiene un estilo totalmente diferente y que envidio profundamente, es Pierre Lemaitre. Y otro origen profundo de mi novela es el efecto que me causó ‘Tragèdia siciliana’, de Ottavio Cappellani, traducido por Pau Vidal. Hace dos veranos leí esta novela y dije: ‘Quiero hacer una novela como esta’. Pasa en Sicilia, con mafiosos y todo, pero es una locura total. Y el homenaje que le hago es que todos los capítulos de mi novela comienzan con la primera frase del texto, como en la suya.
Sí, pero ¿la transferencia de eso al catalán en qué lo basas?
He utilizado el lenguaje que hablo yo, básicamente.
Tú no hablas como el repartidor de gaseosas que es amigo del rey…
Sí, sí. Cuando vengo a Barcelona quizás estandarizo un poco más, pero…
¿Hay mucho gerundense? ¿Mucho ampurdanés?
Hay gerundense, ampurdanés, también hay algún giro de las Terres de l’Ebre… Hay muchas frases hechas, pero no hay nada que yo no utilice habitualmente.
Se percibe voluntad de usar un vocabulario al máximo de rico para contraponer al empobrecimiento progresivo de la lengua. Por ejemplo, con un amplísimo catálogo de nombres de aves, con el pretexto de la afición a la ornitología del rey. Pero también en aspectos domésticos.
Sí, pero eso tiene unas razones históricas dentro de la ficción. Yo no soy filólogo. No podía inventarme una lengua que fuera un catalán que ha sobrevivido en una isla y ha esquivado la interferencia del castellano. No sabría cómo hacerlo. Por eso recurro a este lenguaje tan popular, tan arraigado, porque tiene que parecer el catalán de una isla donde nunca se ha hablado castellano. No podía pensar como un filólogo qué lengua hablarían unos tipos que en el siglo XVIII salen de Cataluña y llegan a una isla y no tienen contacto con el castellano. Y lo he imaginado así, con un lenguaje vivo, con frases hechas, con muchas locuciones populares. No lo he hecho desde un punto de vista filológico, porque no habría sabido hacerlo. Y seguramente hay muchas palabras que son correctas pero quizás son importadas del castellano. Pero intento que sea un catalán rico y fresco.
Hay varios personajes que probablemente habrá personas reales que les parecerá que se reconocen en ellos. Pero hay uno que es indudable que eres tú. Tiene tu apellido y tu comportamiento en la redacción del diario. Será que intentas dejar muy claro que no eres el protagonista.
Intento dejar claras dos cosas. Me he creado un personaje que se llama como yo y que, además, he descrito tal como me veía cuando trabajaba en el diario…
Puedo certificar que lo haces con precisión…
Lo hago para que quede claro que este es el único personaje de la novela que está inspirado directamente en un solo personaje real, que soy yo. Hay otros que tienen aportaciones de varias personas, pero no hay ningún otro que sea una sola persona. Y he situado mi personaje allí para que la gente no me confunda con el protagonista. Es decir, el protagonista no es mi ‘alter ego’…
Entre otras cosas, no le gusta el jazz, por lo tanto, sería imposible…
Sí, pero para captar eso hay que conocerme. A mí me encanta el jazz, y este personaje odia el jazz, porque su padre lo bautizó con el nombre de Louis Armstrong. Sea como sea, no quiero que el lector piense que Louis Armstrong protagonista de la novela es el alter ego del autor, ni siquiera que el narrador es el alter ego del autor. Es un narrador omnisciente, pero no es la voz del autor enmascarada. Ribera es un tipo que aparece allí y que es un personaje secundario. Y todo lo que dice sobre el periodismo y todas las peleas que tiene es fruto de lo que piensa realmente, o al menos lo ha pensado en algún momento. En cambio, todo lo que dice el protagonista es del protagonista. Y lo que dice el narrador no es lo que piensa el autor. Hoy en día hay mucha literatura del yo y se tiende a hacer libros morales. Explico que murió mi abuela y me puse tan triste… O directamente novelizo mi propia historia, o hago ficción pero basada en algo que me pasó a mí.
No tengo nada en contra. Que quede claro, no quiero blasfemar a toda esta gente de la literatura de autoayuda que básicamente es autoayuda para el autor. No, no, no. Si ayuda al autor, ya hace una función y ya merece la pena publicar ese libro. Si además puede ayudar a otras personas que empaticen, perfecto. Pero no es mi caso, ni es lo que es para mí la literatura. Ahora he hecho otra que tengo en el cajón y que es sobre un sin techo. Creo que tiene más mérito escribir en primera persona sobre un sin techo sin haberlo sido nunca que no que un tipo que ha sido sin techo cuente lo que le ha pasado. No sé, no me interesa excesivamente, a menos que sea un tipo muy famoso, que ha sido famoso por otra cosa. Entonces, el ascenso y caída de no sé quién contado en primera persona quizás sí que tendría interés. A mí la literatura del yo y que cuentas lo que te ha pasado, normalmente desgracias, no me interesa. Tampoco hay costumbre de hablar del éxito, que eso también sería otra cosa. ¿Por qué la gente cuenta sus desgracias o las desgracias de los demás y un tipo que ha tenido éxito en la vida no escribe una novela diciendo ‘qué bien que estoy’?
Sería bastante repelente, ¿no?
No lo sé, también podría ser, pero da igual. En todo caso, creo que la literatura es ficción desde la primera hasta la última palabra. Para mí, es el valor que tiene la literatura. Volvamos a Camilleri. Es imposible que le pasen las cosas que le pasan a Montalbano. Aunque Camilleri es un poco moralista, tiene un punto de vista moral en temas de inmigración, por ejemplo. Para mí, el perfecto es Pierre Lemaitre, que escribe unas tramas absolutamente brutales con una frialdad que envidio. Y golpean. Pero golpea la historia, no lo que te dicen que tienes que pensar.
En tu novela también hay desgracias y asesinatos.
Encuentran a una chica muerta y en la redacción hacen bromas. Esto es políticamente incorrectísimo. Pero eso pasa en las redacciones reales. Es una manera de distanciarse de hechos graves. Si tienes que tratar un asesinato cada día, al final o tomas distancia o acabas mal, como supongo que les pasa a los médicos. Y, además, ¿y qué? Esto es ficción. Y en la ficción todo está permitido.
Y hay una curiosa novela dentro de la novela, y esta es novela negra pura.
Con 18 asesinatos. No se podría hacer desde un punto de vista moral.
Haces una matrioska para introducir el género puramente negro.
Mi novela no es una novela negra, pero dentro de la novela hay una novela negra. Hay un personaje que escribe una novela negra. Y esto tiene su origen en el hecho de que empecé a escribir una novela negra y me cansé de escribirla. Y, cuando hice esta, me quedaba corta y pensé: ‘¿Cómo lo puedes hacer para alargarla?’ Y puse esta dentro de la otra.
Y la conexión se encuentra al final del libro.
Se encuentra al final del libro y, además, es una novela inacabada. Hay trozos que son apuntes para esta novela dentro de la novela, y hay fichas, anotaciones sobre cambios a hacer… Es una novela en construcción.
Al final ‘L’home de la trompeta’ no es una novela policíaca al uso, es humorística, pero también hay una trama policíaca, y una reflexión sobre el periodismo. Hay mucha parodia. Y hay política. ¿Qué género es? ¿No es ningún género? ¿Te lo has inventado?
En la editorial lo han puesto dentro del género negro porque en algún sitio lo tenemos que poner. Pero me gusta la idea de Tom Sharp, que hacía estas novelas inclasificables que eran novelas de risa.
¿Crees que consigues hacer reír?
No lo sé. La frontera entre hacer reír y dar pena es muy fina. Yo me he reído mucho escribiéndola. No sé por qué. Me ha hecho reír. Pero… Claro, es un sentido del humor que es mi sentido del humor. Hay gente que no me ríe las gracias y no puedo decirle que no me ha entendido. Yo sería un mal monologuista porque no haría reír a nadie. Pero es una comedia, eso sí. Es una comedia donde pasan cosas bastante raras que pasen. Desde el hecho de que hay un rey elegido por sorteo hasta los propios hechos que le pasan al rey, que es un poco tonto. El final de la novela es tonto a morir.
¿Deliberadamente?
Sí, porque también juego. Me han aconsejado que diga que es una novela metaliteraria, pero no tengo estas pretensiones. Lo que sí hay es que a veces el narrador dialoga con el lector. Y sí que hay una discusión al final de la novela, cuando se resuelve el caso, que es metaliteraria total, porque se entra en una discusión sobre la realidad y la ficción en la literatura.
Tu personaje, el que reconoces que eres tú, tiene tendencia a la autoparodia, como tú. Por extensión, ¿el libro es una autoparodia nacional?
No sé si es tan ambicioso. Es una autoparodia… pero ‘nacional’ es un término muy importante. Al concepto nacional le tengo mucho respeto. Es una autoparodia social, más que nacional. Claro que pasa ‘con catalanes’… Pero hay dos tipos de catalanes. Unos son los que están en Exília desde 1714 y los otros son catalanes que van llegando en el siglo XIX o en el siglo XX. Y aquí sí que hay una parodia de los catalanes actuales. Porque son gente cohibida, que hablan catanyol, miedosos, rozando la cobardía. Y luego están los españoles. De parodias concretas hay la de los catalanes y la de los españoles…
Pero si de españoles no hay porque no quieren aprender catalán…
Pues eso. Son tan bienvenidos en la isla como cualquier otra nacionalidad, pero cuando saben que tienen que aprender catalán todos prefieren volver a casa, aunque estén mal allí.
También es paródico el nombre del protagonista, que liga en un humor del absurdo con el título de la novela…
Sí, se llama Louis Armstrong para generar una serie de equívocos. No lo confunden con Louis Armstrong, entre otras cosas porque Louis Armstrong, en 1988, llevaba años muerto. Pero algunos piensan que es un nieto o un hijo suyo. Otros le hacen la broma simplemente porque se llama así. Le hablan de una trompeta y él está harto de la broma.
El hombre de la trompeta… sin trompeta.
Otra de las cosas que pasan es que no hay ningún hombre de la trompeta en toda la obra. Ni ninguna trompeta. Esto no es un MacGuffin, porque MacGuffin es otra cosa, pero es una trampa para que el lector piense: ‘A ver cuándo sale el hombre de la trompeta’. Un MacGuffin sería una cosa que sale y que no sirve para nada para la trama. Aquí es una cosa que ni siquiera sale. En todo caso, el hombre de la trompeta es Louis Armstrong músico, que no sale en toda la novela, simplemente es el que da lugar al equívoco. Y después hay otra cosa que quería decir, aunque no me la preguntes.
Va, dila.
Que hay toda una serie de personajes arquetípicos, el escamarlenc, el primer ministro, el rey, Louis Armstrong, la periodista de sucesos, la novia de Louis Armstrong… toda una serie de personajes que son recurrentes porque, como la idea es que haya una serie de diez novelas, son personajes que serán habituales en todas. Si la primera se vende, podré publicar la segunda, que ya está escrita. Si la primera no se vende, las continuaré escribiendo y quien quiera podrá llamarme a casa y les pasaré las novelas fotocopiadas.

