Mesoestetic, SL es una empresa farmacéutica de éxito absoluto. Precursora de la cosmética médica cuando la tendencia se insinuaba, se abrió paso a base de fórmulas –nunca mejor dicho– magistrales y originales. Un producto suyo, el Cosmelan, que elimina las manchas epidérmicas, arrasó en el mercado y permitió al laboratorio crear más y más. Hasta trescientos ahora mismo. Mesoestetic ocupa una superficie de 19.000 metros cuadrados en Viladecans y ahora intenta ampliarse con 24.000 más, porque la demanda ha desbordado la oferta y no dan abasto. Al frente de Mesoestetic ha estado hasta ahora Joan Carles Font, un hombre de cara clara porque se aplica sus productos y de mirada noble y desvanecida, sin que haga falta aplicarle nada. Font, que viste a cuadros sin complejos, sonríe cuando afirma que su empresa ayuda a fomentar “la ilusión y la autoestima”. Ahora son sus dos hijos quienes se ocupan de este fomento.
Suyo es toda la ilusión cuando ha creado un enorme espacio familiar –un parque temático del sueño– en una enorme nave industrial donde campan una sesentena de coches deportivos de bandera: Ferraris, Porsches, Mercedes, Aston Martins… Cada vehículo extraordinario –reluciente, vistoso, mimado– tiene detrás una historia portentosa. Font se deleita. En el altillo de la nave, en un espacio más pequeño, cientos de figuritas, carteles y demonios de Tintín apuntan a otro mundo del propietario, que colecciona maravillas de uno de los personajes que lo sedujo de niño y lo fascina de adulto.
Por todas partes, los detalles que encantarían cualquier sensibilidad de aquellas que ahora llaman boomers: un futbolín, un simulador de conducción de Ferrari, una mesa de billar americano, una máquina de discos de bar, un mostrador de coctelería o de cine, según el lado desde donde se mire, con la obligada máquina de palomitas… La máquina de discos, una Sinfonola de los años cincuenta, ofrece una canción por diez pesetas y cuatro por cinco duros. Cien canciones de la gloriosa época del pop, del rock y del soul. Cerca, un bote ofrece al visitante las monedas, inútiles en el exterior, que hacen sonar la música.
Usted empieza en una farmacia.
Sí. En la Gran Vía de Barcelona. Esquina con la calle Viladomat. Frente a la casa Golferichs. Allí compré una farmacia, que me ofreció el señor Antonio de la Sotilla Pascual, farmacéutico, muy entrado en años. Creo que uno de sus nietos ha sido o es corresponsal de La Vanguardia en Nueva York. Este hombre, que tenía catorce o quince hijos, ya con más de ochenta años, decide vender la tienda y la adquiero yo. Hablamos del año 87.
Usted era farmacéutico.
Soy farmacéutico.
Por vocación.
¿Vocación? Sí. En aquella época, sí, probablemente. Pero después la misma inquietud con la que he convivido toda la vida, que me ha llevado a tener una curiosidad por hacer muchas cosas, me hizo ver que pasar el resto de mi vida detrás de un mostrador, dicho con todo el afecto del mundo, atendiendo las necesidades de una serie de clientes fantásticos, no era la mejor opción a nivel profesional.
En aquel momento las farmacias eran un bien muy preciado. El sector aún tenía ciertas prebendas a nivel de monopolio. Como ahora la alimentación infantil o los efectos y accesorios, que decíamos nosotros y que eran todos los artículos de ortopedia, los artículos sanitarios de segundo y tercer orden. Era un negocio con una rentabilidad importante, porque no había aparecido aún ni la ley del medicamento ni la de los genéricos. Había todos los laboratorios que tenían ciertas patentes y que disfrutaban de una situación económica y financiera muy buena. Esto arrastraba al sector farmacéutico y el vagón de cola, que era la oficina de farmacia, con unos buenos márgenes comerciales.
Además, al lado teníamos un consultorio del PAMEM –Prestaciones de Asistencia Médica al Personal Municipal–, de seis pisos, con más de ciento cincuenta médicos. La farmacia, pues, disfrutaba de una muy buena rentabilidad y un volumen de ventas importante. Pero decidí que mi futuro no pasaba por quedarme allí, sino por construir un proyecto donde yo me sintiera mucho más comprometido. Y que, además, representara una ilusión que yo pudiera realizar.
¿Por qué salta a la cosmética médica y no a cualquier otra actividad?
Eso es fácil. En los años ochenta hay un cambio de paradigma social muy importante. Aunque no nos lo parezca, vivimos una revolución silenciosa que provocará una eclosión de los roles en la sociedad, que conduce a unos equilibrios que hasta ese momento no existían. La mujer se incorpora de lleno al mercado laboral y eso hace que disfrute de independencia económica por primera vez en muchos y muchos años. La mujer pasa a tener voz propia, en lugar de ser un cero a la izquierda. No depende del marido económicamente.
Por otro lado, hay otra realidad social. La mujer hasta ese momento había dejado de trabajar cuando se había casado, había tenido hijos, los había criado, los había educado y había sido el pilar vertebrador de la unidad familiar. Esto, después de veinticinco años, desaparece. La señora que se ha casado con veintidós o veintitrés años con cuarenta y ocho años está en una etapa de su vida esplendorosa y se ha convertido en una especie de jarrón chino que nadie quiere que se rompa, pero tampoco sabe dónde ponerlo.
Hay un movimiento dentro del colectivo médico que hace que muchos médicos que no han hecho el MIR, que no han hecho la especialidad, actúen como médicos de familia. Entre ellos aparece esta especialidad médica, la medicina estética. Aparece porque los grandes especialistas en endocrinología, aparato circulatorio o digestivo, con muchas otras especialidades, desprecian ciertas patologías que tienen más que ver con el aspecto estético y de satisfacción personal que con la parte fisiológica. Una señora que tiene sobrepeso quiere adelgazar, va al endocrinólogo y él le tira sobre la mesa una hoja con una dieta de 1.500 calorías, y no le dice nada más.
Aquel otro sector de médicos hace algo que todos los demás no han hecho. Sientan a las personas y las escuchan. Atienden a aquella señora que quiere que la escuchen y que la entiendan. Y que la ayuden a ganar esa relación entre su autoestima personal y las propias necesidades.

¿Y cómo entra usted en todo este nuevo ámbito de necesidades insatisfechas?
Por pura casualidad. Tengo la farmacia al lado del consultorio y hay muchos médicos que tienen una plaza en la Seguridad Social y por la tarde tienen una consulta privada. Y empiezan a recibir muchas personas que funcionan a través del boca a boca y que quieren recuperar ese bienestar personal, esa relación entre la autoestima personal y la necesidad también personal de sentirse bien. Y aquí nace la medicina estética. Nace aquí. De un lado, está la recuperación de un estatus que habían perdido las mujeres, la independencia económica, la incorporación de nuevo al mercado laboral, y del otro, el hecho de ver que con cuarenta y ocho años están en la flor de la vida. Y que aquello que antes se consideraba un problema –el hecho de la menopausia, de tener hijos grandes, que llevaba indefectiblemente al final de la vida, a una vejez prematura– se puede solucionar. Esta especialidad médica solo tiene un problema. No hay un arsenal farmacológico detrás para dar servicio a estas nuevas necesidades.
¿Qué hacían, pues, aquellos médicos?
Van a Andorra, bajan medicamentos de contrabando –porque, si acudes a especialidades extranjeras, te tardan un año–, se la juegan, hacen inventos… Y al final nosotros comenzamos a trabajar para fabricar como fórmula magistral contratiempos de todas estas especialidades. Al principio esto funciona de maravilla, pero, cuando han pasado un par de años, ha crecido el volumen de tal manera, que esto no se puede sostener. Fue en ese momento en el que me planteé si continuaba con la farmacia o me la vendía y con ese dinero montaba una compañía farmacéutica.
¿Con fórmulas propias?
Sí, sí, claro.
¿Quién las inventó?
Yo.
¡Ah, caray!
Directamente. Yo hago el desarrollo farmacológico. La parte galénica, la parte de farmacocinética y farmacodinámica. Todo esto, a partir de productos que sé que hay en el mercado extranjero. Por ejemplo, el monometil silanetriol salicilado. Conseguimos una sal, la tratamos de una manera determinada y llegamos a hacer un contratiempo de conjoctyl que da los mismos resultados que la especialidad que se vende en Inglaterra o en Francia.
Pero todo esto tenía que estar debidamente registrado y patentado.
Escúchame una cosa. Yo ahora tengo una compañía farmacéutica que está en 140 países de todo el mundo, tengo 300 especialidades, tengo 40.000 metros de instalaciones y tengo 330 personas trabajando.
Quiero decir, que ahora las fórmulas se registran y se patentan, y no se pueden clonar en otro lugar del mundo. Ustedes al principio copiaban…
No, no, no. Nosotros inventamos una realidad a partir de una serie de informaciones que nos llegan. Más que investigación, lo que hacemos es innovación e investigación y desarrollo. Porque, al final, las materias primas que se utilizan son materias primas que están en la farmacopea europea y muchas llevan más de setenta años.
Y allí nació Mesoestetic…
Sí, pero para poder hacer Mesoestetic los recursos tuvieron que salir de la venta de la farmacia. Los primeros que no lo entendieron fueron mis padres, que me dijeron: “Te has vuelto loco. ¿Qué harás? Tienes dos hijos pequeños. ¿Y si no te va bien? ¿De qué viviréis? ¿Qué comeréis?”. Les contesté: “¡Comeremos en vuestra casa!”. “Muy bien, de acuerdo, pero ¿qué haremos?”. Hay un momento de preocupación en mi familia.
¿Le fue bien de inmediato o pasó algún momento duro?
Noooo. Pasamos dos años durísimos. De entrada, porque para registrar una compañía farmacéutica tardas un año. Tienes que tener la instalación, hacer la inversión y esperar a que venga la inspección. Y que lo autorice. Y además, que vengan después los bomberos, que lo autoricen, y el ayuntamiento, y que te diga que sí. Y necesitas gente para seguir trabajando y para seguir desplegando toda la parte de desarrollo técnico que se necesita. Yo me encuentro con veintitrés personas contratadas y estamos un año para que nos autoricen la actividad. Esto representó un gasto muy importante y el dinero se fue acabando.
Mientras tanto, afortunadamente, lo que pasa es que hay una parte menos exigente. Porque aquí hablamos de los dispositivos médicos clase 3 inyectables, que son los que fabricamos, pero hay otra de cosmecéutica, que nos permite rápidamente conseguir resultados económicos para aguantar toda esta travesía del desierto.
¿Cuál es esta parte cosmecéutica?
Hay una muy importante que implica el desarrollo propio de un producto para la despigmentación de origen melánico. Esto aún hoy día es el bestseller de la compañía.
El Cosmelan.
El Cosmelan, exacto. Y esto hace que se hayan tratado miles, miles y miles de personas con un éxito rotundo. Un poco es como la fórmula de la Coca-Cola.
Usted no tiene manchas.
No.
Porque utiliza el Cosmelan…
[Ríe]. Sí, no tengo manchas en la cara porque entre otras cosas utilizo el Cosmelan. Donde no lo utilizo claro que tengo. En las manos, donde no lo utilizo, estoy todo manchado. En la cara, no.
Tiene razón. Esto es como un pequeño milagro…
Nace a partir de una conversación con un buen amigo cirujano plástico venezolano. Un día hablando de todo esto me dijo: “Escucha, ¿te parece a ti que si… Porque los alfahidroxiácidos más las quinolonas junto con el ácido fítico… ¿Cuál es la síntesis de la melanogénesis? Es aquí, aquí, aquí y aquí… Pues, vamos a intentar poner… A ver, ¿qué componente actúa sobre este radical que es el que hace que el melanocito se oxide y aparezca la mancha? Es este y este. Porque esto es para la eumelanina y aquello es para la neofelamina…
¡Caramba! ¿Y al final?
Al final [sonríe]… Yo siempre he creído que Dios protege la ignorancia. Y lo digo de verdad [Ríe]. Y al final tocas ese botón y no sabes por qué, pero… Mi amigo me dijo: “Escúchame, fabrícame un kilo, que yo la semana que viene me voy a Caracas…”. Claro, en el Trópico, en Caracas, la insolación es muy fuerte. Allí hay mucha gente manchada. Pensamos en hacer allí la prueba y, además, de hacer una cura oclusiva. Es decir, les pondremos la crema y se lo taparemos. Al cabo de tres días me llamó asustado: “¡Escucha! ¡Te envío las fotos! ¡Las manchas han desaparecido!”. Bueno, sí, de acuerdo, pero esto es una base muy empírica. El empirismo en la ciencia sirve, pero hasta cierto punto. Después tienes que demostrar las cosas y las tienes que razonar. Y en el mundo de la ciencia las puedes razonar hasta cierto punto, porque, si no, te copian. Puedes decir las verdades a medias.
La verdad es que nos ayudamos mutuamente, hacemos un ejercicio de un ensayo clínico particular, con su gente, en su consulta, sin ninguna CRO detrás, y funciona. Y tenemos documentados los 200 primeros casos.
Y ese es el inicio del milagro.
¡Exacto! ¿Cuál es la ventaja que tiene este preparado? Que no destruye el melanocito. Que es reversible. Porque destruir el melanocito significa convertir la hiperpigmentación en un vitíligo. Y no sé qué es peor, porque después te quedas como un dálmata. Cuidado, porque el juego de equilibrios era muy importante. La gran ventaja del producto es esta, que no destruye el melanocito. Le quita la carga de oxidación, pero después debes procurar tomar el sol siempre con la protección solar necesaria, porque, si no, se vuelve a repigmentar. Este es el gran éxito de la compañía y es lo que hace posible que después comencemos a investigar y a invertir en otros supuestos que nos llevan a nuestra realidad actual.

Antes ha concretado algunas cifras de la compañía. ¿Me podría decir algunas de las más básicas ahora mismo?
Estamos en noventa millones de ventas, un EBITDA del 25%, estamos en ciento cuarenta países de todo el mundo y tenemos oficinas propias en Lisboa, Praga y Dubái. Supongo que cerraremos la de Dubái porque la situación no nos permitirá renovar el permiso de residencia que teníamos. Tenemos que ir ahora y no iremos. Y luego está la sede social, en Viladecans. Trabajamos con todos los países de la Unión Europea y tenemos red propia y red de distribución…
Trescientos treinta trabajadores…
Aquí, en Viladecans.
Y ahora emprenderán a construir una nueva nave…
Ahora comenzaremos a construir una de 24.000 metros cuadrados más. En total, 43.000. Haremos lo que nosotros llamamos el Campus Mesoestetic. Son cuatro edificios. Los dos que tenemos ahora, más los dos que irán al otro lado de la calle. Con un centro logístico con capacidad para mover hasta 9.000 palets al mismo tiempo. Y luego, toda la parte más de front line, donde habrá una ágora y donde queremos que haya una incubadora de startups.
¿Cuántos investigadores trabajan para usted?
Sesenta, en estos momentos.
¿Y cuántos productos comercializan?
Trescientos. El 40 % de los beneficios van directamente a investigar. Estoy convencidísimo de que la mejor manera de hacer crecer el proyecto es a través de la investigación, la innovación y el desarrollo. Sin eso no hay avance. Y sin avance no hay proyecto.
Ha dicho antes que las mujeres fueron su destinatario al comienzo.
Y lo continúan siendo.
¿Y los hombres?
Los hombres tienen muchos complejos atávicos.
¿Qué quiere decir eso?
Quiere decir que la gente aún piensa que ponerse una crema significa pertenecer a un grupo de tendencia homosexual, por ejemplo. Que eso los hace vulnerables. Muchas tonterías tenemos los tíos todavía.
¿Y no compran sus productos? ¿Seguro? ¿Lo tienen contrastado?
No, porque al ser unineuronales… Mi mujer dice que a nosotros nos falta un trozo. Cuestión de los cromosomas. Dice que, como tenemos una neurona, esta centrifuga.. [Ríe]. Y entonces… Estas son las explicaciones que me da mi mujer. Poco a poco lo vas interiorizando.
¿Su mujer qué es?
Ha sido enfermera durante treinta años. Jefa del servicio del Consorcio Hospitalario de aquí de Sant Boi…
Y nos tiene investigados, a los machos…
Sí, porque ha tratado con muchos locos también. [Ríe]. Sabe de qué habla.
Dice usted que ayuda a recuperar la ilusión y la autoestima de la gente.
Sí. Nosotros conseguimos convertir en realidad las ilusiones de miles de personas cada día. Eso es muy importante. Fíjese si trabajamos para una especialidad médica que es diferente, que hasta para ir al médico no es necesario estar enfermo. Yo siempre digo que la medicina estética es la medicina en colores. Es lo contrario de una radiografía o de un TAC, que es en blanco y negro, que es la oscuridad, que no ves lo que hay dentro.
En su ámbito hay mucha trampa. ¿Cuánta farsa hay que toma la bandera de la medicina estética?
Sería muy atrevido decirlo, porque podrían decir lo mismo de mí. Probablemente, eso va con el compromiso ético de cada uno. Lo que nosotros sí que podemos garantizar es que lo que hacemos tiene el compromiso del respeto máximo a las personas que compran nuestro producto y que se gastan dinero de curso legal. Si una cosa no tiene una eficacia probada, no va al mercado. Contra eso hay otras empresas que evidentemente…
Es que hoy en día a través de los anuncios del mundo de las redes hay tanta gente que promete arreglarlo todo, que no sabes hacia dónde mirar… Si estás todo decaído, ellos te levantan en un mes.
Eso no es verdad. Todo tiene un proceso. Muchas veces estos procesos de envejecimiento son la consecuencia de una acción que no es de ayer, que comenzó diez años atrás, por una serie de circunstancias, como los hábitos alimentarios, el estilo de vida, situaciones que en la sociedad actual el ser humano no controla de manera adecuada… Todo esto genera este proceso de envejecimiento acelerado. El gran problema es que tú tienes que saber qué es lo que puedes fabricar y qué es lo que no puedes fabricar. Que es lo que puedes fabricar con garantías de que aquello que se ponen les dará el resultado que esperan. Lo que no puedes hacer es fabricar cosas que tú sabes que no obtendrán ningún resultado.

Ha hablado de pautas de vida, de vida sana, supongo. ¿Hoy en día estamos condenados a convertirnos en espartanos si queremos vivir más y mejor?
Noooo. Los maximalismos no son buenos nunca. Pero tenemos que tener una serie de hábitos que deben poder convivir con nuestra realidad personal a nivel laboral y familiar. Estos hábitos, de una manera u otra, nos deben ayudar al máximo en nuestra existencia. Pero sin más especificación. A ver, el envejecimiento es un proceso irreversible, ¡eh!
¿Hasta cuándo? ¿Cuándo descubriremos la piedra filosofal que nos permita controlarlo?
Eso es como cuando a mí me preguntan: “Oiga, ¿y usted no tiene nada que vaya bien para el cabello?”. [Ríe]. ¿Usted cree que si tuviera algo para detener la caída del cabello, yo sería calvo? Eso es igual. Todo el mundo busca la piedra filosofal.
Pero ahora vivimos mucho más.
Claro. La esperanza de vida se ha alargado porque los hábitos alimentarios han cambiado, porque la ciencia ha avanzado, porque las infecciones y las enfermedades están mucho más controladas, porque cada día recibimos inputs que los científicos van descubriendo situaciones nuevas que nos ayudan a tener la seguridad de que ciertas patologías que antes eran mortales ahora no lo serán. Y supongo que de aquí a veinte o treinta años la gente tendrá una expectativa de vida mucho más elevada. Piense una cosa. En nuestro país las señoras son las más longevas del mundo, detrás de las japonesas solo. Con cinco meses de diferencia. Las japonesas están a 87.5 años y ellas a 87. La gente no presta atención, pero a los pocos que se casan por la Iglesia ya se lo dicen: “Hasta que la muerte, de él, os separe”. [Ríe]. Yo almuerzo cada día en un restaurante que se llama Tritón y los viernes hay un grupo de señoras que hace tres años era de señoras y señores. Ahora solo queda uno, de señor, y ellas son seis. Aquel tipo está acojonado. Se sienta a la mesa y las mira a todas…
¿Usted cuántos años quiere vivir?
Mire, a mí lo que me importa es la intensidad de mis sentimientos. Los años que yo pueda vivir me da igual. Yo dejaré de tener interés por vivir el día que deje de tener interés por ser feliz. Por estar ilusionado. Por venir aquí y sentarme y pensar.
Es feliz coleccionando automóviles de lujo, preciosos. ¿De dónde le viene esta afición?
De toda la vida. El primer coche, lo compré con 32 años. Fue un Jaguar. Un MK1, que está aquí arriba. Se lo compré al sacerdote de la parroquia que está en la entrada de Caldes de Montbui. El tipo iba con ese Jaguar.
Qué cosas hacen los sacerdotes…
Un día se lo quería vender y, a través de un buen amigo, Óscar Roteta, hicimos la operación. Aquel amigo me dijo: “Joan Carles, a ti que te gustan los Jaguars, tengo un sacerdote que tiene uno”. Óscar es un tipo entrañable, de Alfarràs. Hostia, ¡el sacerdote se vende el Jaguar! Fui y se lo compré. Aquel Jaguar, curiosamente, lo trajo a Barcelona el gobernador civil de la época, que vivía en la calle de Roger de Llúria, en el número 110. Estos coches llevaban un motor de cuatro litros, pero a él le pareció poco, hizo el escrito pertinente y el coche fue a Inglaterra y regresó con un motor superior.
También he coleccionado sellos. Pero desde hace diez años he dejado de comprar, porque tampoco hay cartas. Hay una parte del mundo que a mí me hacía feliz que ha desaparecido. He coleccionado igualmente automóviles de época y tengo unos cuantos.
¿Cuál es el automóvil de su colección que más ilusión le hace?
Hay un Mk1, arriba, que es un cabriolet, que lleva todo el taller para poder reparar una avería en carretera en el portón trasero, por ejemplo. Este Mk1 lleva un overdrive que en aquella época era la quinta marcha y que iba con un sistema de cambio secuencial que hacía que perdiera un 20 % de revoluciones. ¿Coches especiales? Tengo aquí GTC4Lusso, que es un Ferrari con las cuatro primeras marchas que son tracción cuatro…
¿Por qué tiene tantos, de Ferraris?
Porque el Ferrari tiene alma. Un McLaren no tiene alma. El Ferrari es un coche fantástico. Y además, tiene otra razón de ser. Cuando usted compra un Ferrari compra un trozo de la historia mundial del automovilismo. Compra también un trozo de la historia italiana del automovilismo. Y compra también el único coche en el que usted está al servicio del coche y no el coche a su servicio. Si usted lo tiene claro, cómprese uno. Si no lo tiene claro, compre el Mercedes que tengo en la puerta. Y se olvidará de los problemas. El Mercedes, lo dejará usted aquí un año afuera, llegará con la llave, lo encenderá y marchará. El Ferrari es otra cosa.

Hay que quererlo…
¡Exacto!
¿Y ellos lo quieren a usted?
¡Sí! Y me dan cosas que no te da nadie. Por ejemplo, conducir con el ruido del motor que ustedes han oído antes [Anna, la fotógrafa, ha probado antes el motor de un Ferrari]. ¡No hay radio! No hace falta, porque lo que oyes es música. Música, música. Sentir los cambios secuenciales, hacer carreteras sinuosas, poder conducir con estos cambios que son automáticos, pero que tú puedes, a través de las levas, sentir que formas parte del coche… Estas sensaciones, de formar una sola unidad, el coche, tú y la carretera, solo te las dan estos coches. No hay ninguna otra marca que lo haga.
¿Aún compra?
Síííííí… Ayer estuve configurando uno.
¿Algún día hará un museo del automóvil?
No.
¿Por qué?
Porque entiendo que hay ciertos ámbitos de mi vida que son íntimos, que son personales, y que son para mí, para mis amigos y para mi familia. Yo ahora no estoy sentado en una entrevista, estoy sentado con un amigo, que me ha presentado otro amigo, y que tiene aficiones que podríamos decir que son semejantes a las mías, y que sé que entiende todo lo que le estoy explicando. Eso para mí es fundamental, que me entiendan. Porque hoy en día hay mucha gente que te dice que sí y que no te entiende.
¿Cuál es el coche que ha querido tener y que se le ha resistido siempre?
Puf, puf, puf… Pregunta difícil de contestar, ¿eh? Quizás en tres ocasiones y no sé por qué, he estado a punto, pero cuando te digo a punto es a punto, de tener un Hispano Suiza. Y al final resulta que me enamoré de un Hispano Suiza que se fabricó durante la etapa de la república. El coche, en lugar de llevar abajo lo que es la figura del Hispano, que es aquel pájaro, llevaba la bandera española, y en esta época llevaba la bandera de la república. Lo tenía un señor de Sabadell, ese coche. Este coche tenía historia porque, además, había llevado cargos políticos de la Generalitat hacia el exilio, después estuvo escondido en una bodega… Tenía una cierta historia. Pero cuando llegué a comprarlo ya lo había vendido. Tuve un sentimiento de mucha frustración personal, pero me enseñó una cosa. Cuando llegas a la conclusión de que algo te gusta no debes tener dudas.
¡Si tienes dinero, fuera dudas!
Sí. Eso es así. Siempre te arrepentirás. Es curioso, pero después eso me ha generado una sensación de rechazo personal y nunca más he querido saber nada de este tipo de automóviles. [Reímos]. De una manera u otra, me hace revivir una situación que me incomoda mucho. Porque no se puede dudar.
Si tienes dinero, ¿puedes llegar a comprar todo lo que te ha gustado en la vida?
¡No!
Hablo de objetos. ¿Qué no puedes encontrar si tienes mucho dinero?
Lo que no puedes comprar son cosas intangibles.
Digo cosas tangibles. Con dinero, ¿siempre turrones? ¿Puedes encontrar todo?
Probablemente. Si son cosas físicas, probablemente. Para conseguirlo, lo primero que debes tener es respeto. Respeto por la otra persona. No por tener dinero y querer comprar debes despreciar o no respetar a la persona que está al otro lado y que tiene el objeto que tú persigues. Siempre pienso que debes generar un cierto sentimiento de empatía a las personas, porque, si no, la cosa se complica mucho. Siempre he pensado que el liderazgo se gana por convencimiento, nunca por imposición. Eso es así. Creo que es mucho mejor convencer a la gente que no mostrarte arrogante, porque puede llegar un momento en que tu propia arrogancia moleste a la persona que tienes delante y afecte a su dignidad personal. Y con la dignidad, amigo mío, con la Iglesia hemos topado…
Hace unos meses vino un individuo a comprarme la compañía. Es de una familia italiana, los que compraron el parque de atracciones de Vila-seca. Al cabo de veinte minutos de conversación le dije: “Hemos terminado. Es usted un maleducado. Ha venido usted y nos está atropellando. Ha venido usted aquí a comprar, no yo, y se piensa usted que de esta manera tan maleducada se saldrá con la suya. Ya puede coger el ascensor e irse. Permita que no le despida”.
¿Se vendería la empresa?
No. Por un solo motivo. Porque tengo relevo generacional. Mis hijos son lo más importante de mi existencia. Y lo es también mi empresa, en el ámbito profesional. Le he dedicado toda mi vida. Su madre hizo un trabajo fantástico, porque, mientras yo estaba aquí empeñado en que debía conseguir el éxito, y eso me costaba un esfuerzo enorme, ella se dedicó a educarlos. Este es un trabajo que nadie podría haber hecho mejor que ella. El resultado está aquí. Yo tengo dos personas que sobre todo son lógicas. [Ríe]. Y eso que parece una tontería es tan importante… Son gente estupenda. Claro, pretender como padre que siempre te hagan caso es imposible, porque tú has dejado de ser su padre en el orden jerárquico. Ellos tienen su familia. Fisiológicamente, siempre serás su padre, pero ahora debes querer estar a su lado. Yo creo que nosotros lo hemos conseguido. Trabajamos juntos y hemos conseguido respetarnos y no pelearnos. Y eso es importante. También yo he hecho así y he dicho: “¡Pasad!”.
Llevan ellos la empresa.
Sí. Son dos chicos, Carles, que tiene cuarenta y cuatro años, y Xavier, que tiene cuarenta y tres.
¿No se siente en peligro con la empresa en sus manos?
Nooooooo. A las ocho de la mañana están aquí. Han hecho cosas que yo no habría hecho nunca. Han adaptado la empresa a las necesidades de la gente hoy en día. Yo era una persona con una cierta resistencia a hacer según qué cambios. Han conseguido que la gente interprete esta conciliación que yo no sé de dónde carajo viene y que lo hagan bien. Me han convencido de que no se trata tanto de que la gente haga muchas horas, como de que trabajen las horas que están en ello. Luego hay otra cosa. Al final, tú has conducido el proyecto durante una serie de años y lo has llevado hasta un lugar determinado. Luego no te puedes convertir en un peso muerto que no ayude a que el proyecto crezca. Debes hacerte a un lado y dejar que pasen. Porque los tiempos cambian, porque las situaciones son diferentes y porque la visión de las cosas se debe ir readaptando a las necesidades que tiene el mundo hoy en día.
¿Y qué le dicen de sus coches?
No dicen nada. Vienen y los disfrutan. Cuando tenemos que ir a correr cargamos el 458 y lo llevamos al circuito dentro de un camión. Yo ahora no entro, porque estoy muy gordo. Ellos corren, nos lo pasamos bien, luego hacemos un arroz y nos volvemos.
Dedicándose a lo que se dedica, ¿por qué está tan gordo?
Porque me encuentro bien y porque entiendo que luchar contra una herencia recibida de tu padre y tu madre es muy… Yo no puedo pretender pesar 65 kilos, porque es que daré pena. Me colgará todo y estaré hecho un desastre. Al final, cada uno es como es.
De los coches a Tintín.
¡Sí!
Esta es la última.
Bueno, esta es la última, pero no. Ahora tengo en proyecto otra historia. Una maqueta de trenes. Aprovecharemos el espacio que nos queda aquí arriba, entre el balcón y donde están los coches. Allí haremos una que tendrá dos metros de ancho y que irá de punta a punta. Tengo un buen amigo que es un arquitecto y que toda la vida ha coleccionado trenes. Le dije que me gustaría entrar en el mundo de los trenes en maqueta y con prestaciones.

¿A qué aspira coleccionando toda clase de piezas de Tintín?
Pretendo dejar a mis nietos un motivo para que me recuerden. Y al mismo tiempo intentar inculcarles una ilusión y una cultura de respeto por las cosas. Igual que hacemos esto, hemos comenzado a hacer colecciones de cromos. Y hemos comenzado a ir al Mercat de Sant Antoni. Yo lo tengo muy fácil, porque nací en la calle de Manso, en el número 52. Entre Borrell y Viladomat. Los tienes que llevar.
Pero, aparte de eso, Tintín le debe gustar a usted…
Tintín es el cómic que más he leído. Hay tres que he leído muchísimo. El TBO es el primero. Gracias a mi amigo Albert Mestres, tengo allá abajo una colección de TBOs casi completa. Solo nos faltan seis números. He leído mucho Hazañas Bélicas, los cuadernos horizontales. Y también El Capitán Trueno y El Jabato. Y después Tintín.
Pero no colecciona ni Truenos ni Jabatos.
Tengo abajo, también.
¿No le dicen que es una criatura?
La criatura está dentro. La criatura siempre estará aquí.
¿El secreto de la eterna juventud es la criatura?
¡Claro! La criatura es la ilusión que usted tiene en el corazón. La capacidad de decir: “Me identifico con esto”. Aún soy una criatura. Me enternece ver esto. Miro esto con admiración. ¿Por qué? Porque, si yo compro un cuadro, yo nunca soy el propietario. ¡Nunca! Soy el depositario. La propiedad intelectual es del señor que tiene una habilidad que yo no tengo. Lo que compro es el derecho a admirar aquello que aquel señor sabe hacer y yo no. Para mí Hergé es un genio. Sin duda.

