La síndrome de la impostora, tal como la definió la psicóloga estadounidense Pauline Clance hace casi medio siglo, es un fenómeno que hace dudar a quien lo sufre de su validez, menospreciando el esfuerzo y catalogando sus éxitos de azar. Se trata de una sensación cada vez más extendida entre la sociedad, especialmente dentro del mundo laboral, pero también en el ámbito social. Según un estudio publicado en la revista Psychology Today, del año pasado, el 70% de la población sufre esta síndrome en algún momento de su carrera profesional. En el caso de las mujeres empresarias, la cifra asciende hasta el 75%. Los datos muestran que la síndrome de la impostora es un problema muy presente en la vida de las mujeres, pero esta situación no es nueva, ni mucho menos. «Ahora hay más mujeres que la sufren porque hay más mujeres susceptibles de padecerla, pero hace cincuenta años habría pasado lo mismo. No ha cambiado del todo el marco», argumenta Mireia Cabero, la psicóloga y profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), en conversación con El Món.
Las expertas consultadas coinciden en que este fenómeno psicológico aparece cada vez más temprano en la vida de los afectados. Durante la juventud, se presenta de una forma muy similar en chicos y chicas. Pero, con la edad, la síndrome de la impostora se mantiene con más fuerza en las mujeres: «Ya se empieza a ver en el bachillerato, cuando se intensifica la presión sobre los estudios y los alumnos tienen que empezar a pensar en su futuro», apunta la psicóloga y pedagoga Anna Rigat. La entrada en el mundo laboral es uno de los otros grandes detonantes que lo intensifican, y esto contribuye a perpetuar el «sesgo de género» dentro del sector empresarial. «En el sector profesional pesa mucho el histórico patriarcal», añade Cabero.
Una autolimitación que corta indirectamente el crecimiento profesional de las mujeres
En este sentido, la psicopedagoga Sylvie Pérez considera que esta síndrome, que no está reconocida clínicamente, responde a las exigencias sociales de cada contexto, ya que la estructura de la sociedad es muy «competitiva»: «Existe un patrón donde se te evalúa constantemente, y las chicas lo sufren más que los chicos», apunta la experta. Estos patrones provocan que algunas mujeres se pongan trabas a la hora de valorarse a sí mismas, lo que limita indirectamente su crecimiento profesional y amplía la brecha de género en el mundo laboral.

Sobrevivir en una sociedad muy competitiva
Las expertas sitúan la síndrome de la impostora en un contexto social muy competitivo, especialmente en el mundo profesional, donde los hombres continúan ocupando buena parte de los cargos directivos y de poder, aunque en los últimos años se han hecho algunos avances para romper con el techo de cristal. Un claro ejemplo de estas diferencias es el sector sanitario catalán. Actualmente, el 65% del personal del Siscat -el sistema de salud pública integral de Cataluña- son mujeres, pero solo un 37% ocupan altos cargos directivos. Es decir, aunque las mujeres suponen el grueso laboral del sistema sanitario catalán, los hombres continúan ocupando más sillas directivas. Esta diferencia se perpetúa por la síndrome de la impostora: «Las mujeres nos atrevemos menos a aplicar para determinadas posiciones. Nos hacen creer que somos menos», exclama Mireia Cabero, que asegura que esta tendencia tiene efectos a la hora de hacer entrevistas de trabajo, pero también a la hora de defender proyectos ante los compañeros de equipo.
Esta exigencia extra que se ponen las mujeres en su carrera profesional responde a las «exigencias contextuales», históricamente patriarcales. Teniendo en cuenta que el marco no ha cambiado, la psicopedagoga apunta que hay que «adaptarse» a las exigencias del entorno para no caer en el «no valgo». «Tener un poco de dudas sobre uno mismo es bueno, siempre que esto no suponga un impedimento que no te deje avanzar», argumenta Sylvie Pérez, que considera que la síndrome de la impostora se acostumbra a abordar desde un prisma «muy individual», pero que hay que tener en cuenta que siempre depende de los «patrones» del entorno. «Es necesario entender los límites y los valores de cada uno y adaptarse a las exigencias del entorno», añade. En esta línea, Anna Rigat también apunta que las altas exigencias competitivas del entorno laboral acentúan la «sociedad del cansancio», lo que agrava la frustración y la fatiga. Dos factores que merman la autopercepción y potencian la síndrome de la impostora.

Educar la autopercepción
Sufrir la síndrome de la impostora en algún momento de la vida es prácticamente inevitable. Aun así, las expertas aseguran que existen mecanismos para combatirla, al menos, un poco. Mireia Cabero cree que se puede actuar tanto de forma «preventiva» como de forma «asistencial», aunque ambas están muy relacionadas. Para la psicóloga, la preventiva pasa por «transmitir el mensaje, desde el corazón y desde la cabeza», sobre el hecho de «valemos igual» desde las escuelas. «Esto ya se empieza a hacer, pero es el camino a seguir», apunta Cabero, que también considera que es fundamental «normalizar» que, aunque todos tienen valor, hay diferencias entre unos y otros. «Es muy importante trabajar en la identidad personal», añade la psicóloga, que cree que este trabajo debería estar reconocido como una asignatura en las universidades. Una identidad personal que, si es firme, puede ayudar a paliar la síndrome de la impostora.
En esta línea, sin embargo, las expertas también apuntan que no todo este trabajo de conocimiento sobre uno mismo debe recaer en el sistema educativo: «Las escuelas ya no dan abasto», enfatiza Anna Rigat. La experta mantiene que buena parte de esta tarea también recae en las familias, ya que la síndrome de la impostora también se acentúa a través de las redes sociales: «Muchas chicas se comparan con imposibles, con vidas sociales muy meditadas, y esto les es perjudicial», argumenta Rigat, que asegura que esta situación también la viven muchos chicos, especialmente los más jóvenes. La experta considera que es muy complicado regular el consumo que hacen las jóvenes en las redes, pero apunta que es tarea de las familias marcar límites y hacer pedagogía sobre lo que rodea internet. Por su parte, Sylvie Pérez señala la importancia de «explicar lo que sientes» y recibir un retorno: «Tener un feedback siempre puede contribuir a disminuir la síndrome de la impostora», apunta. Sea como sea, la síndrome de la impostora es un fenómeno cada vez más presente en la sociedad catalana. Y está aquí para quedarse si no se hace nada.

