La derecha española siempre ha tenido un papel en Cataluña. A veces, residual, pero otras veces han sido socios de gobernabilidad. El PP en Cataluña, que en el congreso que entronizó a Enric Millo como secretario general se rebautizó como PP de Cataluña, mantuvo a un costo altísimo el último gobierno de Jordi Pujol y permitió que Artur Mas sacara adelante sus primeros presupuestos. Un acuerdo de la última etapa de Convergència i Unió conocida como tal y que llevaba la firma de Alícia Sánchez Camacho, que después se reveló como protagonista estrella desde la bancada política de la operación Cataluña.

El Procés, la corrupción del PP de Mariano Rajoy, apartado por una moción de censura, la irrupción de Ciudadanos, el fortalecimiento del PSC, el gobierno de Pedro Sánchez, la aparición de Vox y una escasísima presencia en el país hicieron pasar al PP por una etapa oscura en la biosfera política catalana. El cambio de liderazgo, con un despierto Alejandro Fernández Díaz, a la vista de que Dolors Montserrat pregonaba su figura política en Europa y España, con un discurso abiertamente anticatalanista y con Xavier García Albiol entronizado como el marqués de Badalona, y el veterano Daniel Sirera, como lugarteniente en Barcelona, ha llevado al PP del ostracismo a tener 15 diputados en el Parlamento.

Una fuerza parlamentaria que, aunque irrelevante para articular mayorías, sí ha servido de impulso y fortalecimiento para su liderazgo y, sobre todo, para iniciar una larga campaña de neutralización de la ultraderecha española. O al menos intentarlo. La fórmula, con cierto éxito, ha servido para constatar de nuevo que la política hace extraños compañeros de viaje, como que este lunes Alberto Núñez Feijóo venga a hacerle la rosca a Fernández en un acto en el Grand Marina de Barcelona, en la intensa campaña que el líder de los populares dirige en Cataluña.

Alícia Sánchez Camacho, en un moment de la seva intervenció/Congreso
Alícia Sánchez Camacho, en un momento de su intervención/Congreso

El legado de Sánchez-Camacho

El entorno de Fernández reflexionaba sobre cómo aún había quienes, en la ostentosa sede estatal del PP, en la calle Génova de Madrid, -reformada con dinero más negro que las maletas de Pablo Escobar- se preguntaban el porqué de la pobre y magra situación de los populares en Cataluña. «Solo hay que ver el legado que dejaron Sánchez-Camacho o Jorge Fernández Díaz», comentan fuentes cercanas a Fernández con perspicacia. El actual líder del PPC, melómano de primer nivel, irónico, audaz y con un padre camionero de obra que lo llevaba a desayunos de tenedor cuando era adolescente y una madre que coqueteaba con el comunismo, ha sido capaz de hacerse un hueco en la dureza mediática catalana, sin renunciar a unos postulados claramente unionistas.

De entrada, Fernández forjó un equipo de veteranos, como su secretario general, Santi Rodríguez, un hombre de exposiciones parlamentarias vehementes pero bastante inteligentes. Rodríguez, vilanovense e ingeniero técnico, soportó el paso del PP por el ascético desierto del postprocés del PP en Cataluña, acosados por Ciudadanos. Supo aguantar el tipo y ordenar un partido con la convicción que otorga la veteranía y, sobre todo, el conocimiento del territorio que pisa. Además, incorporó a Llanos de Luna, una sagaz abogada de la Seguridad Social, que era capaz de, incluso, pactar cosas con Alfons López Tena, de Solidaritat, cuando estaba en el Parlamento.

Hay que añadir a la lista a Juan Milián –sobrino del fundador del PP en Cataluña, Manuel Milián Mestre, en el ya histórico Encuentro del Lluçanès–, al que incluso, la vieja CDC le guiñó el ojo y se ha significado como uno de los ideólogos, tras su etapa como editor, durante la cual incluso editaba entretenidos libros de memorias y mala leche del exdiputado del PSC, Joan Ferran. Así como Juan Fernández, como jefe de filas de los populares en la cámara catalana, un miembro del sector duro pero que evita los chirridos de su competencia derechista.

Alejandro Fernández, amb veterans de la policia, Guàrdia Civil i forces armades a Catalunya/A.F. X
Alejandro Fernández, con veteranos de la policía, Guardia Civil y fuerzas armadas en Cataluña/A.F. X

Un libro, el punto de partida

La facilidad de oratoria y la ironía desacomplejada, combinadas con una defensa liberal de la economía y la capacidad de llevar polémicas de la política española a Cataluña, han permitido a Alejandro Fernández hacerse un hueco que aprovecha para una campaña intensísima para intentar neutralizar la fuga de sus votantes tradicionales o de los decepcionados del PSC o Ciudadanos hacia Vox. Todo ello mostrando cargas de profundidad contra el «comunismo» o contra la gestión del gobierno de Salvador Illa, que tilda de «propaganda».

Su campaña comenzó con un jugoso libro de experiencias políticas A calzón quitao. España, Cataluña y el PP (Esfera, 2025). Un título prologado, para más sorpresa, por Cayetana Álvarez de Toledo, la jefa de filas del PP de Cataluña impuesta desde Madrid para las elecciones de 2019. Un libro interesante, que no hizo mucha gracia en la calle Génova de Madrid y en el que confiesa curiosidades como la fórmula que entendía que había llevado al fracaso del PP en Cataluña. “A Alejo Vidal-Quadras lo ficharon por duro y lo echaron por duro, y a Josep Piqué lo ficharon por blando y lo defenestraron por blando», sentencia en formato de declaración de intenciones Fernández.

A partir de aquí, a Fernández no le importa que lo tomen por un tipo de derechas. De hecho, fue uno de los pocos que prestó atención a las propuestas del Institut Ostrom, el think tank del liberalismo económico en Cataluña. Pero sin dejar de renunciar al nacionalismo español que practica desde que fue concejal del PP en el Ayuntamiento de Tarragona o como diputado en Madrid. De hecho, tuitea poquísimo en catalán -es anecdótico- y en sus intervenciones, mayoritariamente en castellano, no defiende la inmersión.

Una agenda apretada y oposición en el Parlamento

Con este pasaporte, Fernández se pasea por toda Cataluña, y por España, para explicar su tesis sobre lo que debe ser el centroderecha español. Reus, Tarragona, Sabadell, Torredembarra, Barberà del Vallès, Gavà, Esplugues de Llobregat, Sant Joan Despí, Sant Cugat del Vallès, l’Hospitalet de Llobregat, Mollerussa, Rubí, Lleida, Viladecans o actos con tabarneses, exmilitares o manifestaciones en Madrid han sido los escenarios donde Fernández ha trabajado en solo cuatro semanas. Pero también ha buscado encuentros en España, en Logroño, Canarias, Madrid, La Coruña, Valladolid o el País Vasco.

Un tour en el que presenta el centroderecha como brújula para luchar contra el «sanchismo». Una tesis que Lorena Roldán o el mismo Juan Fernández aprovechan para colar en los debates de la cámara catalana. Al fin y al cabo, Fernández ha decidido hacer oposición de derechas en el Parlamento. De hecho, aprovecha la oportunidad de cada sesión de control para cargar sin tapujos contra el presidente Salvador Illa. De hecho, no le perdona que no cumpliera determinados pactos cuando era secretario de organización del PSC, después de las municipales de 2019, como garantizar que los concejales socialistas facilitaran que Manu Reyes fuera alcalde de Castelldefels.

Una de las líneas argumentales de Fernández es la falta de eficacia del Gobierno Illa y, aprovechando la desorientación ideológica de Junts, la defensa de la economía de mercado. Una de sus razones habituales es denunciar que en Cataluña «nadie planifica nada, ninguna infraestructura… y no será por falta de observatorios, consorcios y despilfarro constante», apunta Fernández en sus discursos. En resumen, a su parecer, «En Cataluña no se gobierna, se observa». Además, ha sido el único que ha presionado a Illa con el asunto del caso Mascaretes y su virtual relación con el caso Koldo, lo que ha logrado sacar de quicio a Illa en alguna sesión parlamentaria, o que defiende políticas de vivienda antiocupación.

El líder del PP Alberto Núñez Feijóo amb el candidat popular a les eleccions al parlament del 12-M Alejandro Fernández
El líder del PP Alberto Núñez Feijóo con el candidato popular a las elecciones al parlamento del 12-M Alejandro Fernández

Fernández, ‘santo subito’

Fernández, que no era bien visto por Génova, se ha reforzado desde las últimas elecciones al Parlamento, cuando consiguió 347.170 votos, un 11% de los votos emitidos, casi 100.000 votos más que Vox. Una diferencia que trabaja para mantener a pesar de las expectativas de mejora de la ultraderecha. De ahí que se haya arremangado y paseado por las delegaciones locales del PP y por los medios españoles que se dirigen a su público natural, para reforzar la posición y tratar de detener los crecimientos de la extrema derecha, hablando desde un prisma de derecha extrema, pero, eso sí, sin dejar la ironía y un mensaje expuesto como Ronaldo de Souza Faria hacía, cortito y al pie.

Ahora, el líder del PP de Cataluña parece intocable desde la poderosa estructura de la formación de alcance estatal. De hecho, Fernández ha sido capaz de mantener el desafío que parecía que le ponían desde Génova con más fuerza que lo hicieron Josep Piqué, Vidal-Quadras, Enric Millo o Sánchez-Camacho. Quién sabe si algún día la derecha española en Cataluña cambia la convicción de la derecha en España. De hecho, fue el intento de Ciudadanos, un partido nacido en Cataluña y anticatalanista que pretendía reformar España como un movimiento reaccionario vestido de Zara, que terminó siendo un fracaso. Quizás Fernández ha encontrado la fórmula. De momento, sin embargo, tiene trabajo en detener a los visigodos que invaden los feudos tradicionales de los populares en España.

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