El día 1 de diciembre de 2007, hace más de dieciocho años, cientos de miles de personas, 200.000 según la policía, 700.000 según los organizadores, salieron a la calle en Barcelona para quejarse por el mal estado de las infraestructuras del transporte en Cataluña y muy particularmente por el caos en Rodalies, agravado por la llegada del AVE. Convocó la manifestación la Plataforma pel dret a Decidir, no se unió el PSC, pero sí los partidos nacionalistas, aunque el protagonismo quedó en manos de la sociedad civil. De hecho, los que aquel día íbamos en la primera fila de la manifestación, llevando la pancarta con el lema Tenemos derecho a decidir sobre nuestras infraestructuras con un pañuelo amarillo al cuello, no representábamos a ningún partido ni organización concreta, a pesar de que cada uno tuviera su ideario conocido y reconocible. Cuando ahora se reproducen algunas de aquellas situaciones, incluso empeoradas, que entonces llevaron a una manifestación tan masiva, quizás vale la pena recordar la convocatoria y las consecuencias, sobre todo porque la manifestación de 2007 es clave en la génesis del Procés y ayuda a explicar tanto las causas que llevaron a él como algunas de las causas de su fracaso.

Parte de la cabecera de la manifestación del 1 de diciembre de 2007 por las infraestructuras, convocada por la Plataforma pel Dret a Decidir / ACN
La cabecera de la manifestación del 1 de diciembre de 2007 por las infraestructuras, convocada por la Plataforma pel Dret a Decidir / ACN

Una asfixia premeditada 

La manifestación de 2007 unió dos cosas, que se sumaron entonces y que podrían volver a sumarse o no ahora. Una, el malestar por un mal funcionamiento de las infraestructuras de titularidad estatal, especialmente las ferroviarias. Dos, la convicción política de que este mal funcionamiento de las infraestructuras es culpa de una política del Estado contraria a los intereses de los catalanes y que se concreta en lo que Ramon Trias Fargas llamó una “asfixia premeditada”: un déficit fiscal insostenible a base de drenar muchos recursos de Cataluña que no vuelven en forma de las necesarias inversiones y del buen financiamiento de la autonomía. Esta asfixia afecta el bienestar y ahoga el progreso económico de Cataluña, de manera que empuja hacia su decadencia económica y su fractura social, por la precariedad de algunos de los servicios esenciales, gestionados por el Estado. Los trenes y el aeropuerto, con matices importantes, serían dos de las banderas de este malestar. 

Pasajeros desconcertados el día del supuesto restablecimiento progresivo del servicio de Rodalies, este lunes por la mañana en la estación de Sants / Anton Rosa
Pasajeros desconcertados el día del supuesto restablecimiento progresivo del servicio de Rodalies, lunes por la mañana en la estación de Sants / Anton Rosa

Ciertamente, una parte de la protesta era estrictamente práctica, pidiendo soluciones inmediatas a problemas concretos, como el de Rodalies. Eran los tiempos del “catalán enfadado”, la expresión que había popularizado Enric Juliana en sus artículos. Una parte de estos enfadados probablemente tenían suficiente con una promesa de reformas de gestión e inversión, que aparentemente querían ofrecer gobiernos socialistas. Pero una parte importante de los manifestantes creían que se necesitaban cambios políticos mucho más profundos, y por eso la manifestación la convoca la Plataforma pel dret a Decidir, una expresión que en aquellos momentos ya se consideraba un maquillaje de la reivindicación de independencia. En cualquier caso, el malestar práctico y la reivindicación política confluyeron en la manifestación. El malestar encontró una manera de expresarse políticamente y el independentismo detectó un argumentario y un estado de ánimo, a partir de este malestar, que podía ayudarle a crecer y a convertirse en hegemónico en la sociedad catalana. Podrían haber sido cosas separadas, pero en aquel momento fueron juntas. Si no aquel día, en las calles de Barcelona. Lo suficientemente juntas para que no se unieran quienes se oponían a la solución política que se proponía, aunque pudieran entender el malestar.

Pero había muchos elementos para aceptar el componente político del conflicto. En el caso de las infraestructuras ferroviarias, era espectacular el contraste entre el funcionamiento de las que eran y son competencia del Estado y las que se gestionan desde Cataluña a través de la Generalitat. Rodalies no va ni con ruedas y en cambio los catalanes, los Ferrocarrils de la Generalitat, son un modelo de éxito. Y en general el país vive con orgullo algunas de las áreas e iniciativas que se hacen desde el autogobierno, frente a las que se hacen desde el Estado en los mismos ámbitos. Desde TV3 a los Mossos, desde la sanidad a la enseñanza, el ciudadano tiene en aquellos momentos la sensación de que si las cosas se hacen desde aquí y se deciden desde aquí salen mejor. No solo que la autonomía gestiona mejor que el Estado, sino que de cerca se gestiona mejor que de lejos. Y que solo se pueden atender los intereses de aquí cuando se decide desde aquí. Esto alimenta la desafección por el Estado, el deseo de autogobierno y finalmente la reivindicación de independencia.

Vamos a peor

En buena parte, la movilización de 2007, que engendra una de las principales dinámicas del Procés, no nace tanto de las ganas de dar un salto adelante sino del temor de haber comenzado ya un salto atrás, que de hecho ya ha comenzado. O, si se quiere, nace de la sensación de que hay que dar un salto político hacia adelante para no dar un salto económico, social y cultural hacia atrás. Es en este sentido una movilización reactiva, como fue reactiva la manifestación de 2007. En esta lectura más política de la manifestación de 2007, participa la sensación de que esta asfixia premeditada que viene de lejos se ha acelerado por diversos factores. Y que han pesado también dos decisiones políticas trascendentales, por parte no solo de un gobierno, sino del conjunto de los aparatos del Estado y de la opinión pública española. Y en eso la responsabilidad de José María Aznar es enorme, aunque no absoluta: no tiene el monopolio. 

Felip VI, José Luis Rodríguez Zapatero, Felipe González, José María Aznar y Mariano Rajoy antes de la reunión del patronato/RIE
Felip VI, José Luis Rodríguez Zapatero, Felipe González, José María Aznar y Mariano Rajoy antes de una reunión del patronato del ‘think tank’ del Estado, el Real Instituto Elcano / RIE

Una de estas decisiones trascendentales es la apuesta por el modelo francés donde Madrid debe ser capital de todo. Y para quitarle a Cataluña las capitalidades que tenía (económica, industrial, cultural) puede usar los recursos del Estado, acumulándolos en Madrid y rebajándolos en Cataluña. Incluso durante el franquismo, España había funcionado más bien con un modelo similar al de otro estado profundamente jacobino, Italia, donde Roma es capital de algunas cosas, mientras que otras lo es más bien Nápoles y Turín. Barcelona tenía capitalidades conquistadas por su sociedad civil y, a veces, por sus instituciones. Los Juegos Olímpicos de 1992 lo habían certificado y habían evidenciado su importancia. El Estado, que desconfía de Barcelona mucho más de lo que Italia desconfía de Milán, decide que Madrid debe ser capital de todo, financiera, militar, política, pero también industrial y cultural. Como París. Capital de las empresas y capital de la ópera y del arte contemporáneo. El AVE que pasa siempre por Madrid y que de hecho enlaza todo el territorio español con Madrid es una expresión, particularmente cara y particularmente ideológica, no responde a una lógica de transporte, sino a un modelo político. Los impuestos de los españoles y el déficit fiscal de los catalanes deben servir para adquirir las capitalidades que le faltan aún a Madrid. Esto pasa por invertir en Madrid y desinvertir o no invertir suficiente en la competencia. Trenes y aeropuertos incluidos. 

Otra decisión del Estado fue dar por terminado el tiempo del pez en el cesto, que ha engordado el autogobierno gracias a la estrategia catalanista de hacer de bisagra entre la derecha y la izquierda española cuando no tienen mayoría absoluta. Aunque se ponga el cesto, ya no habrá más pez. El Estado, Aznar y también el PSOE, cortan los puentes de manera que el catalanismo se debilite y además solo pueda pactar o con unos o con otros, nunca más hacer de bisagra y pasar la factura. En un bloque o con el otro, pero ya no negociando a favor suyo con ambos. Un modelo que había permitido, con los límites ya conocidos, pero con conquistas relevantes, ampliar el autogobierno o defenderlo cuando se le atacaba deja de tener vigencia. Madrid da por terminado el pez en el cesto incluso antes de que los catalanes lo consideren agotado. Pero si no hay pez, no basta con poner el cesto. La asfixia se hace entonces más grande, la necesidad de salir de ella más urgente y la reacción más imprescindible. Esto dará alas al sentimiento independentista. 

Un fotograma de ‘La escopeta nacional’, de Luis García Berlanga, la película que retrata el ‘pacto’ que España ofrecía a Cataluña hasta que liberalizaron los mercados.

También ayudará un hecho que se produce unos años antes, menos visible pero relevante, sobre todo para los sectores económicos catalanes que no dependen de las decisiones del BOE sino de los mercados. Con la entrada a Europa y la globalización, el Estado ha perdido la excusa histórica para el expolio fiscal que era decir: vosotros pagáis y nosotros os mantendremos cautivo el mercado español (un mecanismo tan bien retratado en La escopeta nacional de Berlanga). Vosotros mantenéis el Estado y le pagáis las cacerías y nosotros, a través del BOE y los aranceles, haremos que tengáis el mercado español para vosotros, cerrado a las importaciones y a vuestra disposición. Ciertamente, no podréis exportar, pero tampoco os hará falta. Vuestro déficit fiscal se compensa con vuestro superávit comercial. Pero en el momento que las mercancías ya se pueden mover por toda Europa y el Estado no te puede proteger ningún mercado digamos interior, tienes que buscarte la vida en el exterior, compitiendo con precios y calidad, de la misma manera que los productos de fuera pueden competir aquí en igualdad de condiciones. Este servicio que hacía el Estado ya no tiene sentido ni es posible. Te lo dejan de dar. Ahora ya no hay mercados cautivos, pero el déficit fiscal continúa.

La renuncia a la seducción

El déficit fiscal catalán no es un accidente provocado por las políticas de un u otro gobierno sino que es un fundamento básico de la estructura y el funcionamiento del estado español unitario. Por decirlo así, es una necesidad política y económica del Estado. El mantenimiento de la estructura sobredimensionada de un Estado que fue diseñado en su momento como centro de un imperio que ha perdido y las necesidades de las zonas más subsidiadas y menos desarrolladas no resulta imaginable sin la aportación catalana, hecha en nombre de la solidaridad, pero que tiene un volumen insólito. Hasta el punto que llega a trastocar el orden aparentemente natural y razonable: comunidades que reciben pasan a situarse por encima de comunidades como Cataluña que aportan. España puede ser viable con un concierto vasco, pero el peso demográfico y económico de Cataluña hace que el modelo del concierto o cualquier rebaja sustancial del déficit fiscal aplicados al ámbito catalán resulte inasumible. España no se puede imaginar sin Cataluña. Una denominación como la que distingue entre Inglaterra y Gran Bretaña no se puede aplicar a un Estado donde todo es España y solo puede ser España. Un ciudadano español no puede dibujar ni concebir el mapa de su Estado sin Cataluña (y no digamos sin los Países Catalanes, sabiendo que a medio o largo plazo las reivindicaciones del catalanismo se podrían llegar a contagiar).

Además, o precisamente por eso, psicológicamente, la relación de España con Cataluña nunca ha sido de seducción sino de dominio. No ha habido nunca ningún esfuerzo por convencer a los catalanes de que dentro de España vivirían mejor, progresarían más y tendrían su identidad más respetada que fuera. Ni como ficción utópica. Ni con palabras ni mucho menos con hechos. Las quejas catalanas se han considerado siempre insolidarias. Para España, Cataluña no es la pareja que no queremos que se vaya, sino el propio brazo que no nos dejaremos amputar. Cualquier gesto de seducción a Cataluña será siempre presentado como un privilegio inaceptable, que será castigado electoralmente en el resto del Estado. No sale a cuenta. La unidad de España no se fundamenta en la convicción sino en la fuerza. El artículo segundo de la Constitución. De la misma manera que España es inconcebible sin Cataluña, Cataluña es inconcebible fuera de España. Y lo que pasa en Cataluña y lo que pueda pasar lo tienen que decidir todos los españoles. “Cataluña es un trozo de España, aunque ingrata lo quiera negar, y por más que se empeñen algunos, no se irá, no se irá, no se irá”. Esto se cantaba en el año 1932 contra el Estatuto. Y es la base del “a por ellos” y del discurso del rey en 2017.

Felip VI preside la parada militar del 12-O de 2017 | ACN
Felip VI preside la parada militar del 12-O de 2017 | ACN

Cataluña, como dice aquella vieja tonada, no es nada en sí misma, es el trozo de otra cosa más grande, que se llama España. Dos personas se pueden pelear, entender o abrazar. Xavier Rubert de Ventós reclamaba la independencia con la idea de que para poder abrazarse hay que ser dos. La idea resultaba absolutamente absurda al nacionalismo español. No hay dos, hay uno solo. El brazo o el pie no tienen derecho a separarse del cuerpo ni a actuar al margen del cuerpo. Ni tienen derecho ni tendría sentido. El brazo y el pie se deben a las necesidades globales del cuerpo único. ¿Una parte es igual que otra, de este cuerpo? Sí, pero no. La parte se debe sacrificar por el todo. Pero la parte periférica tiene la obligación añadida de sacrificarse por la parte central. Si nos cubrimos la cara con los brazos cuando nos golpean es porque es menos grave que sufra el brazo, periférico, que no la cara y la cabeza, central. Y en este cuerpo único es muy evidente quién es el brazo y quién es la cabeza. La seducción del otro no se contempla, porque no hay un otro. Lo que se contempla es la obligación. Y la obligación se impone. Por la fuerza.

Un espejismo del catalanismo

En la manifestación de 2007 ya aparece una de las causas del futuro fracaso del Procés. El catalanismo genera la ilusión –en algunos casos por razones ideológicas y partidistas- de que conseguirá atraer al conjunto de la población catalana, incluso la castellanohablante, a base de un catalanismo o un independentismo de los intereses: como España nos perjudica a todos con el déficit fiscal y con el maltrato con las infraestructuras, todos los que lo sufrimos querremos salir del Estado. El independentismo no nacionalista, las luchas compartidas… Si Rodalies no funciona bien por culpa del Estado, todos los que tienen que tomar Rodalies querrán salir del Estado. Y la gente que más toma Rodalies y a quien más perjudica que no funcionen serán por tanto los más fervorosos independentistas, sea cual sea la lengua que hablen y la selección de fútbol con la que vibren. Estos espejismos marcaron el desarrollo del Procés. Eran previos a su utilización en la competencia partidista feroz que lo corroyó: eran el fruto de una lectura de la realidad que, a base de no querer ser esencialista, a base de querer ser economicista y materialista, a base de creer que la lucha de clases es el único motor de la historia, llegó a creerse su propia propaganda. Una unidad de intereses sería el fundamento de un solo pueblo. Rodalies era el símbolo de los intereses compartidos. 

Esta ilusión –ingenua o interesada– ya estaba presente en la manifestación de 2007. Más que presente, era su punto de inspiración. Y conllevó un inmenso error de cálculo y un grave error estratégico: menospreciar los aspectos identitarios y emocionales, la lengua, el sentimiento de pertenencia, el territorio. Independentismo de bolsillo. Era un espejismo. Pudo funcionar sobre el papel, pero no funcionó en la realidad. Todo lo contrario, la identidad se demostró más operativa, política y electoralmente, que los intereses. Las urnas reflejaron más las diferencias de pertenencias emocionales que no las diferencias entre intereses materiales. Las masas que debían inundar el proyecto independentista, entrando por la puerta de Rodalies, no entraron ni en el referéndum ni en elecciones, hasta el punto de que Ciudadanos llegó a ser el partido más votado en Cataluña y el partido más votado en las zonas más castigadas por el desastre de Rodalies. La identidad no era un dato despreciable. Entre otras cosas, porque la asfixia premeditada –y acelerada– no solo afectaba los intereses, no solo retrasaba o paralizaba Rodalies, sino que afectaba y afecta también la identidad. No solo frenaba el progreso y aguaba el bienestar. También quería difuminar la identidad. Es una enseñanza interesante de la manifestación de 2007 ahora que las circunstancias que la provocaron son tan similares e incluso se han agravado.

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