La ciudad de Longyearbyen, situada en el archipiélago noruego de Svalbard, está a medio camino entre Noruega y el Polo Norte y es uno de los lugares más remotos del planeta. Con una población de unos 2.000 habitantes, es la localidad más septentrional del mundo y es conocida porque en la isla hay más osos polares que personas, un desequilibrio que hace que el mismo gobierno recomiende con mucho énfasis que cualquier persona que salga de la ciudad lleve siempre un rifle a punto para disparar. También es famosa porque alberga el Banco Global de Semillas, una cámara subterránea que guarda unos 100 millones de semillas de más de 5.000 especies de plantas para repoblar el planeta en caso de catástrofe. Pero en Longyearbyen también tienen una norma no escrita que le ha dado cierta fama: está
El origen del mito o la confusión parece ser un artículo de la BBC del año 2008 en el que su autor se tomó la licencia literaria de decir que morirse está prohibido a Longyearbyen, una redacción que con el tiempo se ha distorsionado y es habitual encontrar artículos donde incluso dicen que es ilegal, la cual no es cierta. No se trata de una prohibición literal, ni hay ninguna ley o fuerza divina que impida que alguien muera en la isla, pero es una política general del gobierno del archipiélago por las condiciones climáticas extremas de la zona. En invierno las temperaturas bajan hasta los -50 °C y a causa del frío perpetuo hay una capa de permagel que hace que los cadáveres no se descompongan.

Longyearbyen, una antigua ciudad minera
Esta particularidad fue descubierta a mediados del siglo pasado, cuando se encontraron cuerpos enterrados después de la epidemia de gripe española de 1918 que no se habían descompuesto. Esto hizo que el cementerio local dejara de aceptar entierros de cuerpos y, desde hace décadas, la gente que tiene enfermedades graves o terminales son enviados a Tromsø, en la Noruega continental, para recibir tratamiento y pasar sus últimas semanas de vida. Además, Longyearbyen es una antigua ciudad minera con poco más de un siglo de historia que básicamente se ha nutrido de trabajadores de las minas —ahora cerradas—, investigadores y turistas, por lo cual hay muy poca gente con arraigo en la isla y que desee ser enterrada allí. Aun así, si alguien tiene mucho interés, puede dejarlo todo atado para que, una vez traspasado, su cadáver sea incinerado y sus cenizas enterradas en el cementerio de la ciudad.
El mismo gobierno de Svalbard da información muy detallada sobre las difíciles condiciones de vida del archipiélago, que no está cubierto por los seguros médicos ni hay un sistema sanitario propiamente dicho. No hay psiquiatras, ni psicólogos. El hospital de la localidad solo está equipado para tratar urgencias —dentista incluido— y un oculista visita Longyearbyen una vez cada tres meses. Tampoco hay servicios de cuidados intensivos, cirugía o ginecología. En caso de enfermedad grave o accidente, el paciente es evacuado a Tromsø, a cinco horas y media en avión.

