Donald Trump, como muchos estadounidenses de su generación, ha sido incapaz de quitarse las gafas de la Guerra Fría. El orden internacional fundamentado en normas que ha sido la bandera de las sucesivas administraciones estadounidenses desde la caída del Muro de Berlín nunca le ha convencido; y vive políticamente mucho mejor cuando enfrenta a un enemigo -o dos-, aunque no necesariamente quiera atacarlo. «El mundo que imaginan Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, lo fundamentan grandes potencias que se equilibran entre ellas, compiten por mercados sin llegar a la guerra», razona el investigador no residente en el Cidob, Mariano Aguirre Ernst. La agresión a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, unidos con la autoridad que conserva sobre la sucesora, la también chavista Delcy Rodríguez, buscan garantizar a los Estados Unidos el estatus de potencia a través de un control total del territorio que consideran, a todos los efectos, su casa. El consejero especial de Trump para América Latina, Mauricio Claver-Carone, lo decía en pocas palabras: «no puedes ser un poder global si no eres el gran poder en tu región». Para competir con China y Rusia, Trump quiere ser el amo y señor de las Américas, aquello que su documento estratégico de seguridad nacional llama El Hemisferio Occidental, desde Groenlandia hasta la Patagonia. «Y no puede demostrar que es el más duro de su barrio si tiene rebeldes en el patio trasero«, apostilla Aguirre.
Los estrategas de Trump, en su documento fundacional, hablan de un giro contemporáneo a la Doctrina Monroe, la máxima del presidente James Monroe que dejó caer en el año 1823: «América para los americanos». Dos siglos después, y con el bombo y platillo que caracteriza al 45º y 47º comandante en jefe, se aplica la estrategia televisiva de un cambio de marca: La Doctrina Donroe -un juego de palabras con el nombre de Trump, propio del experto en entretenimiento que vive dentro del mandatario-. Para los expertos consultados por El Món, el ataque sobre Venezuela -de una escala militar mucho más grande que la que quiere transmitir la Casa Blanca, con decenas de muertos y más de 150 naves de combate desplegadas- tiene varios componentes. El primero y más evidente, indisoluble de la operación, es el mismo que ha motivado la multitud de agresiones exteriores que han protagonizado los Estados Unidos desde los años 90: el petróleo. Venezuela tiene en su territorio las reservas de crudo más grandes del planeta, con unos 303.000 millones de barriles esperando en yacimientos aún sin explotar. Bajo los gobiernos chavistas, especialmente con Maduro en el palacio de Miraflores, sin embargo, el país ha estado lejos de optimizar su capacidad productiva: a mediados de la década de los 2000, la empresa petrolera nacional PDVSA proveía más del 7% de toda la demanda mundial de petróleo. Dos décadas después, apenas supera el 1%, una decadencia causada por años de mala gestión y dejadez hacia unas infraestructuras extractivas anacrónicas e inoperantes.
El mismo Trump, de hecho, ha reconocido que para tener control completo sobre los pozos del país caribeño será necesario que las grandes empresas estadounidenses hagan inversiones multimillonarias durante años -hasta el punto que las mismas corporaciones petroleras lo han mirado con cierto recelo-. Además, los Estados Unidos también tienen una reserva importantísima, que los hace completamente autosuficientes. Por lo tanto, al componente material del petróleo se une una pieza política; un mensaje a la competencia, en palabras del investigador de la Universidad Pompeu Fabra, Ángel Rodrigo: «Más importante aún que el acceso mismo al petróleo, es el mensaje que envía al resto de que ese petróleo es suyo, y que aquel que escape de la doctrina, será castigado».
El receptor del mensaje tiene que ser, sin duda, China. En los últimos años, Pekín ha efectuado inversiones ingentes en la cadena productiva del petróleo venezolano, y estaba pagando el crudo que adquiría con monedas digitales, para evitar el dólar -una amenaza en toda regla al orden económico de Washington-. Con este aviso al gobierno de Pekín, añade el politólogo, economista y presidente de la Comisión de Internacional del Colegio de Economistas de Cataluña Xavier Ferrer, la Oficina Oval «quiere deshacerse de las relaciones internacionales y garantizarse una influencia completa dentro de su región». Para Rodrigo, la intervención en Venezuela «finaliza la crisis del orden mundial liberal, y comienza otra cosa, que aún no sabemos cómo será».

Todo funciona sobre el papel
El proyecto de esta Doctrina Donroe, elaborado en los laboratorios de ideas de la ultraconservadora Heritage Foundation y ratificado por los cerebros trumpistas como Steve Bannon o Stephen Miller, ya está completamente desatado. Al contrario que otros episodios de expansionismo estadounidense, expone Rodrigo, «el signo de los tiempos es el ejercicio descarnado del poder, propio del nuevo autoritarismo internacional». El profesor reconoce que los Estados Unidos han tenido siempre una relación conflictiva con las reglas de las relaciones internacionales, si bien en otros momentos históricos -las guerras del Golfo, u otras intervenciones que han protagonizado en América Latina- «han buscado justificaciones para encajarlas en las reglas, aunque no fueran fundamentadas». En este nuevo orden mundial, sin embargo, el Derecho internacional desaparece en favor de los hechos consumados. «Aún ahora, el estadounidense es el ejército convencional más grande del mundo, y eso significa que puede hacer lo que quiera», critica Ferrer. Como en aquella cita célebre atribuida a Stalin, para responder a las críticas del Vaticano a su trato a los católicos de la Unión Soviética: «¿cuántas divisiones tiene el Papa?».
La capacidad militar de intervenir, sin embargo, no presupone la capacidad política de gobernar. En primer lugar, los expertos consultados dudan de la capacidad de la industria petrolera de controlar efectivamente las reservas venezolanas. El director general del grupo petrolero Moure, Manel Montero, alerta que las corporaciones estadounidenses que tengan que aterrizar en el país caribeño «no se encontrarán con un grifo montado: tendrán que recuperar la infraestructura, y eso significa mucho dinero durante mucho tiempo». No sería la primera vez, como recuerda Aguirre, que el proyecto geoestratégico de Trump lo enfrenta al sector privado. El neomercantilismo que ha marcado su primer año de mandato ha «asfixiado» a los empresarios agrarios del medio oeste, y el campo «se le ha puesto en contra». Las voces públicas del sector petrolero, sin tanta vehemencia, ya han comenzado a rebatir las peticiones del presidente: «somos una industria arriesgada, pero queremos certezas», explicaba un portavoz del sector en declaraciones a la agencia Bloomberg.

Amigos y aliados
Más allá de la vía libre empresarial para explotar los recursos del territorio ocupado, la relación que plantea Trump de Washington con su área de influencia difiere de la expansión que habían protagonizado Clinton, los Bush u Obama. Para Rodrigo, lejos de «exportar democracia» -derribar las estructuras estatales de los países invadidos y rehacerlas de cero, como han intentado hacer en Libia o en Irak con consecuencias catastróficas-, la administración busca, simplemente, colocar una marioneta en las instituciones ya existentes; o incluso convencer a las autoridades presentes de convertirse en ello. Como apunta Aguirre Ernst, buena parte de América Latina ya se entiende en estos términos. «En su hemisferio, le interesa promover gobiernos amigos, como Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, José Antonio Kast en Chile o Daniel Noboa en Ecuador», detalla el investigador, que ve proyectos similares con el potencial retorno del bolsonarismo en Brasil o las amenazas al gobierno progresista de Claudia Sheinbaum en México. Washington, detalla el experto, busca una cooperación ciega de los vecinos del sur en términos de políticas migratorias o acceso a materiales estratégicos. Y, aún más importante, busca que nadie más pueda acceder sin su aquiescencia.
Aún así, ve un agujero importante en la estrategia: las élites económicas del Cono Sur se han acostumbrado a tener tratos de lo más beneficiosos con Pekín. «China es el principal socio comercial de América Latina», anuncia Aguirre. El gran capital del continente «es muy pro-estadounidense, pero aún es más pragmático». Por lo tanto, sin una puerta parcialmente abierta a los negocios chinos, se puede poner a la brega con los mismos pilares ultraconservadores que le han dado apoyo completo. Cabe decir que, en sus comparecencias posteriores a la agresión, Trump ha aclarado que el petróleo venezolano «continuará vendiéndose a China» siempre que sea en los términos de Washington. Una táctica similar a la que aplicó con la industria del microchip, que ya no sufre ningún tipo de bloqueo comercial para relacionarse con sus clientes del gigante asiático. La Casa Blanca, entonces, deberá aplicar sus teorías gestionando contradicciones. El presidente, eso sí, es especialmente hábil a la hora de ofrecer sus principios al mejor postor.

Europa, a la intemperie
La estrategia de seguridad nacional trumpista trata con la gentileza de un rival a China y a Rusia, y dedica reproches y amenazas veladas a los países díscolos de su Hemisferio. En medio, una región que repudia, pero que considera irrelevante, a ojos de los expertos: una Europa sin amigos en el nuevo orden global. «Trump odia las regulaciones, y su proyecto es profundamente antidemocrático, y ve la Unión Europea como una región post-estatal de democracia y normas», reflexiona Aguirre. La única influencia directa que busca el presidente en territorio europeo es Groenlandia, la última frontera de la región americana. Rodrigo prevé, sin embargo, una cierta cortesía en el proceso. «Será una ofensiva cualitativamente diferente», estima; aunque Katie Miller, esposa del primer asesor Stephen Miller y embajadora estadounidense en Grecia, ya ha enviado mensajes agresivos en sus redes sociales respecto a la nación constituyente de Dinamarca.
Más allá de la gran isla del Atlántico Norte, sin embargo, el interés que Washington tiene sobre Europa es de fragmentación y fratricidio, más que de control. El documento estratégico del ejecutivo se marca como meta «ayudar a los partidos patrióticos europeos» a ganar cuotas de poder -es decir, a las extremas derechas-; una táctica para «deteriorar la democracia e influir». Para Ferrer, Trump quiere explotar la enemistad inherente a algunos países miembros, como Alemania y Francia, o la presencia «de enemigos internos», como los gobiernos húngaro o eslovaco, amigos del Kremlin y la Casa Blanca más que de Bruselas. «Quiere una Europa dividida, y hará todo lo que esté en sus manos para conseguirlo», razona.
Frente a ello, Aguirre hace referencia a los proyectos de integración pseudofederal europea que hay en el núcleo de los documentos estratégicos elaborados por los ex primeros ministros italianos Mario Draghi y Enrico Letta. «Es importante fortalecerse internamente en todas las vías posibles», sostiene. Similar es la lectura de Rodrigo, que alerta que «Europa será lo que Europa quiera hacer de sí misma». Para el profesor, los 27 tienen el capital económico, humano y técnico «para ser un polo de influencia global», pero solo lo podrán poner a funcionar con una integración completa, que se vislumbra más que compleja. Además, los expertos consultados constatan la necesidad urgente de establecer una defensa autónoma, tanto en términos militares como productivos, «sin derrumbar el estado del bienestar». Ferrer defiende que la Unión tiene la capacidad económica de lanzar una industria armamentística propia sobre la base productiva que ya existe, si bien requiere «cambiar muchas cosas»: la coordinación nacional, la independencia de los designios de Washington, y una mayor legitimación de la unidad militar de cara a la ciudadanía. «China y los Estados Unidos tienen una industria de la defensa integrada en el sistema productivo, conocida. Aquí, las empresas no se exponen, porque tienen miedo de la oposición social», reprocha. Los europeos, entonces, deben entender que se deben tener, volviendo a Stalin, más divisiones que el Papa.




