Núria Cadenes (Barcelona, 1970) acaba de publicar Qui salva una vida, la novela con la que ha ganado el VII Premio Proa. Un relato coral sobre una red de ayuda a fugitivos del fascismo que se organizó en los años 40 en la Cerdaña. Inspirada en personajes reales, comenzando por el cura Joan, tío abuelo de la autora, los protagonistas tienen vidas entrecruzadas en la telaraña de solidaridad que tejen como «personas corrientes» que hacen cosas inesperadas, buenas, por los demás. En definitiva, es una novela que asume el reto de hablar de la bondad sin «azucarar». Periodista nacida en el barrio del Turó de la Peira de Barcelona y establecida hace más de 25 años en el País Valenciano, donde trabaja en El temps, ha escrito una decena de libros, de ficción y de no ficción, una frontera deliberadamente borrosa en Qui salva una vida. Y lo que cuenta está escrito con un extremo cuidado por la lengua, un aspecto en el que destaca que le ha ayudado la traductora y correctora Carme Geronès. En esta entrevista, en la que reivindica la capacidad y la responsabilidad de cada persona de hacer el bien, habla también de la situación de la lengua en el País Valenciano, y asegura que no es una batalla perdida.
Qui salva una vida es una novela con un estilo que se percibe como muy trabajado… aunque igual ahora me dices que escribes de un tirón…
No, no escribo de un tirón. Escribo muy despacio. Lo amaso mucho, como si hiciera pan. Borro mucho y reescribo mucho. Incluso leo lo que he escrito en voz alta para detectar cacofonías, porque a veces hago rimas, que no me gusta que estén, y eso lo detecto leyendo en voz alta. También lo leo en voz alta porque cada novela, o cada relato, debe tener su tono, su música, su ritmo y sus silencios. Una cadencia que yo encuentro a base de borrar, recolocar…
¿Con sufrimiento?
Mucho, sí, mucho. Sufro mucho. Escribo con sufrimiento y al mismo tiempo, a veces, con gozo. Porque cuando encuentro una expresión, una palabra o una imagen que estaba buscando… es eso que dices ‘¡ahora, por fin!’ Es una sensación muy peculiar. Y como, especialmente en esta novela, trabajo mucho con material humano, intentando que los personajes sean más personas que personajes, porque buena parte de ellos ya provienen de personas reales y yo los convierto en personajes literarios, intento que sean lo más carnales o tangibles posible. Y, entonces, sus penas se me contagian. ¡He llorado bastante!
¿Hasta qué punto te has tomado licencias con los personajes que eran reales, teniendo en cuenta que hay una memoria, gente que los conoció y que lo leerá?
Si lo leen, soy consciente de que dirán que tal personaje o tal otro no era exactamente así, claro, porque esto es literatura.
¿Pero te condicionó pensar que no querías que se lo tomaran a mal?
En ese sentido, no. Porque intento tener presente siempre que una novela debe poder leerse de aquí a cincuenta años, y de aquí a cincuenta años ya estaremos todos muertos, todos los de mi edad al menos. O bien, pongamos de aquí a cien años. Lo que vale es lo que queda escrito. Y, de hecho, para escribir novelas siempre tomamos fragmentos de realidad, miradas, frases o historias que nos han contado. Trozos de realidad que acaban formando parte de la literatura. Y alguien que lo lea puede decir, ‘yo no soy así’, o ‘mi abuelo no era así’. Esto pasa muchísimas veces. En este caso es más extremo porque sí hay personajes de la novela que están fundamentados directamente en personas reales y algunos mantienen el nombre incluso, como Melitó y Dolors…
¿Por alguna razón en concreto?
No sé exactamente por qué. Bueno, en algún caso sí. Por ejemplo, en Melitó Sala y Dolors, sí que quería que constaran los nombres.
¿Como homenaje?
Sí, porque es una historia realmente muy bonita, ejemplar en muchos sentidos. Y he querido intentar, dentro de mis posibilidades, dar a determinadas personas un poco más de tiempo o de vida, aunque sea literaria, y un poco de posterioridad. Para contrarrestar esa sensación de que las huellas que dejamos son muy efímeras. Pero, bien mirado, esta novela bebe mucho de historias reales pero hago literatura. Y tampoco tengo claro que sea novelar hechos reales en el sentido de intentar que sean lo más exactos posible. La imagen que lo explica es eso de amasar la novela, en el sentido de que tú tomas agua y harina y, cuando las has amasado, ya no tienes agua ni harina, sino un resultado que es otra cosa. Amaso fragmentos de realidad con ficción y sale otra cosa. Por tanto, el cura Joan es el cura Joan o no es el cura Joan, porque el cura Joan era muchas cosas diferentes, cosas que hay aquí y otras que no están. Ahora es el personaje de esta novela. Sí he querido tenerles respeto. Cuando escribes los personajes, convives con ellos durante años. Mientras voy escribiendo, esos personajes están ahí, y no quería que ellos, los personajes, se enfadaran. Los personajes, no las personas que los hayan inspirado, que no me dijeran ‘¿qué haces?’. (Ríe levemente). Pero en todo caso, las vidas de las personas de las cuales los personajes beben para acabar haciendo una novela, merecen respeto. Es la única prevención que he tenido.

Falta de respeto no hay en ningún caso, pero con algunos personajes eres más dura que con otros. Por ejemplo, con Lola…
Ay… ¿soy dura con Lola?
En gran parte de la novela, sí…
Es un poco retorcida.
En la rueda de prensa en que se anunció el premio explicaste que, en parte, habías querido hacer una novela sobre personas que hacen cosas buenas por los demás para asumir un reto del que habías oído hablar a Carlos Zanón, el de escribir sobre la bondad, más difícil que escribir sobre la maldad…
Es que es un desafío si no quieres ser edulcorado.
Aun así, la mayoría hacen cosas buenas y hay algún malvado. En el caso de Lola la voz narradora dice que le hace «maldades» a la criada, pero no que sea mala. ¿Has querido marcar la diferencia?
Sí, sí. Yo como personaje la quiero mucho. Es retorcida y da rabia muchas cosas que hace, pero después un día hace algo inesperado. Y no tendría por qué hacerlo…
Es la tónica de la novela…
Sí, porque estas cosas que hacen algunos de los personajes no tendrían por qué hacerlas. Y Lola no tenía por qué hacer eso. Tiene una posición social en la que se encuentra muy cómoda, tiene dinero, tiene relaciones, aunque tiene otras carencias que le amargan la vida. Justamente hacer lo que hace la significa en negativo en su entorno y, a pesar de todo, lo hace.
Haces todo un camino de preparación para llevar a este giro que la resignifica.
Sí. Pero al mismo tiempo es un personaje un poco triste. Ella es retorcida y hace que los demás lo pasen mal, por ejemplo el marido. Pero ella es triste, y esa retorcimiento interno le hace daño a ella también.
Muchas veces la separación entre personas que calificaríamos de buenas y otras que no tanto depende también de si son víctimas de alguna situación que las hace infelices.
Claro, y literariamente la complejidad humana es muy interesante. La división entre buenos y malos de La guerra de las galaxias no la encuentras en la realidad. Eso no quiere decir que no haya malvados, que también los hay. Pero en general las personas, y sobre todo literariamente, somos esta cosa que no sabes por dónde cogerla. Lidiar con la complejidad humana hace más interesante la literatura, pero también las relaciones. Yo no quería mostrar personajes de una pieza. Una de las intenciones es hablar de la bondad o de personas que hacen cosas buenas por los demás, pero no quería que fueran seres inmaculados, seres de luz que van por la calle iluminando la vida de los demás. No sé si hay de esos, pero no sería el caso. Quería mostrar personas complejas, contradictorias, con aristas, pero que en situaciones que no te esperas hacen algo positivo por los demás.
Sí que hay momentos que reflejan que muchas veces no somos justos, sino más bien mala gente. Por ejemplo, cuando está el cura Joan esperando que lo reciba el obispo, que lo ha llamado a capítulo, y lo tienen tres cuartos de hora en una sala fría. Nadie hace ningún gesto de amabilidad con él. Y él piensa que hay ‘envilecimiento’. ¿Es en el sentido de cuando hay personas que no pueden resistir las inercias del ambiente, cosa de la que viven los regímenes totalitarios, de arrastrar a la gente que no es capaz de reaccionar?
Vaya, me hace muy feliz que destaques esta escena porque la escribí expresamente para explicar eso. Estos personajes no se encuentran en un caso de necesidad extrema, sino que hay un envilecimiento, la miseria de no llevarle un vaso de agua a un necesitado. El obispo ha decidido hacer pasar frío al cura Joan, ha montado una escenografía del poder para hacerlo sentir pequeño, lo hace esperar en condiciones desagradables para mostrar la jerarquía. Y los subordinados del obispo, sin tenerlo prohibido, sin correr ningún riesgo concreto, también lo maltratan. Esta escena la pensé precisamente para transmitir esa sensación. Ni siquiera hacen el gesto de llevarle un vaso de agua, que no les pasaría nada si se lo llevaran y a él le harían un poco de bien. Sería un gesto humano y no lo hacen, lo cual es terrible.
Una de las cosas que espero que muestre también la novela es que podemos hacer cosas incluso en situaciones muy complicadas y de peligro extremo. Hay gente que decide actuar. Es una decisión nuestra que tiene consecuencias, tenemos libertad de decidir y también es una responsabilidad. En la novela hay muchas personas que ejercen esta libertad, eligen ayudar a los demás, de manera consciente o porque les sale no saben por qué, pero lo hacen. Es la responsabilidad de no dejar que el ambiente se te meta dentro, de no dejarte llevar por la corriente hasta el punto de ejecutar órdenes que no te han dado, esa manera de comportarse del subordinado que es terrorífica, intentando adelantarse a los deseos de su superior, de su amo, con acciones pequeñas o terribles o simplemente no actuando, como en este caso.
Después de la inmersión que has hecho en todos estos personajes, ¿has llegado a la conclusión de que todos estamos capacitados para ser personas justas?
Claro, y lo hacemos. No nos subestimemos. Las personas corrientes lo hacemos. Un ejemplo reciente es lo que pasó con la dana. Hubo gente que se saltó las prohibiciones para ir a ayudar, porque lo prohibieron. Y mucha era gente joven, vale la pena decirlo.
A menudo se les acusa de frívolos…
Exacto. Y hubo muchos jóvenes que fueron. Y mucha gente que se jugó la vida para salvar desconocidos, literalmente. Por ejemplo, haciendo una cadena de personas para sacar a alguien que estaba atrapado en un coche. O gente que lanzaba sábanas para que los demás, desconocidos, se pudieran subir por las ventanas. Es como mirar el mundo por un agujero. Si ponemos el foco solo en cosas terribles que hacemos, veremos que el mundo es terrible. Pero si ampliamos el foco, veremos que, cuando las cosas van mal, no es un sálvese quien pueda. Nos quieren hacer creer que el mundo es un sálvese quien pueda, que yo miro por mí y los demás no me importan. Y que si, además, eres débil, aún te pisaré más y suben los fuertes. Y no es cierto. A la hora de la verdad nos ayudamos. Vale la pena saberlo. Los humanos hacemos cosas terribles, no se trata de ser ingenuo. Pero también hacemos cosas buenas. Y es diferente si ves el mundo así, en lugar de ir desconfiando de quién tenemos al lado.

En cuanto al estilo, hay un alto grado de detalle extremo, como en el capítulo en el que se mata y despluma una gallina negra. ¿Es necesario haber visto o experimentado lo que explicas cuando entras en esos detalles para poder narrarlos?
Sí, sí, algunas sí. Yo tengo familia en la Cerdaña y, de pequeña, venía una pariente a matar pollos. Había visto hacerlo y sé el olor que hace todo el proceso. Y, por ejemplo, fui a la calle Aurora, del Raval, para el capítulo que pasa allí. Es esta cosa de tomarle el aire… Porque la casa que sale en la novela ya no está, era de la manzana que tiraron abajo para hacer la rambla del Raval, pero fui con una amiga a mirarlo, para impregnarme, y visualizar dónde habían vivido los personajes, aunque su huella haya sido tan efímera que ya no está ni la casa.
También das una gran importancia al lenguaje. ¿Hay voluntad de mucha precisión?
Sí, y de intentar situarme al máximo en la época, de tomar un catalán que se acerque tanto como pueda al que se hablaba en los años 40.
Y en la Cerdaña…
Sí. Lo que no quería era forzarlo, poner quince refranes, no quería hacerlo explícito.
Puede resultar empalagoso y artificioso…
Exacto, es lo que no quería. Pero sí que estuviera el catalán de la zona, en los capítulos que pasan allí. Lo he ido amasando durante tiempo para que la lengua encajara al máximo tanto con lo que se quería explicar como con la época y los lugares. Encontrar ese catalán que podamos leer ahora pero que a la vez nos evoque ese pasado. Y, además, he tenido la suerte de contar con la colaboración de Carme Geronès, que es muy buena traductora y también es correctora. Y ha encontrado, por ejemplo, un ‘escambell’, que es una palabra que yo ya había perdido y que me la sugirió ella. Yo creo que había puesto ‘pedestal’.
En Girona todavía dicen ‘caer del escambell’, allí no se ha perdido.
Pues ese ‘ha caído del escambell’ es de Carme Geronès. Hay una cosa que aprendí hace tiempo y que intento practicar siempre que puedo, y es que, si alguien sabe más que yo de un tema, dejo que me ayude. Intento controlar mi ego en este sentido. Cuando Carme Geronès pasa por la novela, el texto crece. Creo que hay una conciencia muy clara de la lengua.
Tú eres de Barcelona y vives en Valencia. ¿Percibes la lengua especialmente en peligro en el País Valenciano?
No más que aquí. Pasamos dificultades, es evidente y negarlo sería tonto. Pero pondré un ejemplo en sentido contrario. Es algo que he visto directamente. Los abuelos de mi compañero hablaban catalán. Pero hubo el corte de la guerra. Familias que hablaban en valenciano a sus hijos nacidos antes de la guerra y hablaron en castellano a los hijos nacidos después. Los padres de mi compañero fueron criados en castellano y después ellos criaron en castellano a mi compañero y sus dos hermanos, porque creían que así tendrían más posibilidades socialmente, no por una cuestión ideológica. Y ellos tres, en momentos diferentes y por motivos diferentes, decidieron recuperar el catalán, la lengua de los abuelos, y ahora hablan catalán entre ellos también.
Por lo tanto, la presión contra el catalán fue mucho más pronunciada en el País Valenciano. Aquí en las casas no se dejó de hablar catalán…
Sí, sí, fue peor. Por eso a veces me parece que somos un milagro. Hay muchas dificultades, muchos ataques y se tiene que batallar y se tienen que explicitar. También se debe hacer útil la lengua. Debe ser útil para la gente. Cuando una lengua es útil y se prestigia crece el número de hablantes. Es cierto que los ataques están, no son nada despreciables, y tienen consecuencias muy graves. En el País Valenciano es como si fuera una lengua que no sirve para ir por la vida, que no tiene prestigio, para estar por casa o hacer tres chistes, pero después no sirve para la cultura o para la ciencia o para la política. E intentan que arraigue la idea de que es problemática, que si escribes en catalán te dirán que eres catalanista, en sentido negativo. Pero, a pesar de todo esto, continúa. Si lo miráramos objetivamente, ya no se debería hablar catalán en el País Valenciano. Y, en cambio, mira qué literatura se está haciendo, novelas y poemarios buenísimos.
¿Y con la gente más joven, que es también donde hay más problemas en Cataluña?
Pues en el País Valenciano hay un factor muy importante que es el de la música. Hubo un estallido de la música en valenciano y aún continúa con otros grupos que van surgiendo. Y esto ha ayudado a una incorporación impresionante de gente joven a la lengua, jóvenes inicialmente castellanohablantes seguidores de la música en valenciano, porque es buena, porque es potente, porque van a los conciertos y se lo pasan pipa, y se ha creado el sentido de formar parte de una comunidad. Esto ha funcionado, no damos nada por perdido porque actuar en un sentido o en otro tiene consecuencias. Igual que tienen consecuencias los ataques, tienen consecuencias las acciones en positivo. No hay una foto fija que nos diga estamos condenados a desaparecer y que la juventud ya no hablará en valenciano.

