La lectura es un invento moderno. Se estima que la obra más antigua, El poema de Gilgamesh, apareció tres milenios antes de Cristo, y la imprenta de Gutenberg –que democratizó los libros– no llega hasta 1450. Es, por tanto, una aparición reciente dentro de la escala evolutiva de los humanos. Esto explicaría por qué empezamos a hablar de forma natural y, en cambio, nos cuesta tanto aprender a leer. “La lectura aún es una novedad para el cerebro, que no tiene una estructura propia para esta tarea. Por tanto, cuando leemos, lo obligamos a buscar rutas desconocidas, a reconectarse de otra manera”, sintetiza David Bueno, neurólogo de la UB, en conversación con El Món con motivo de la diada de Sant Jordi.
La investigadora de la UOC Emilia Redolar explica con más detalle la comparación: “Al nacer, el cerebro activa los genes neuronales que nos permiten hablar, pero, como no sabe leer, cuando lo presionamos para que aprenda, busca alternativas para superar el reto”. Leyendo, concluye la neurocientífica, “utilizamos estructuras neuronales que inicialmente no están pensadas para esta tarea, pero que se adaptan bien a lo que le proponemos”.
En otras palabras, la lectura sirve para entrenar nuestra masa encefálica. Ignacio Morgado, catedrático de psicobiología de la UAB, coincide en esta metáfora. “Es el gimnasio más asequible que tiene el cerebro”, remata la explicación de los compañeros. “El balance costo-beneficio es muy favorable, no tienes que ir a la farmacia ni al médico para entrenarlo, solo pisar una biblioteca”, opina el científico.

Neurológicamente, leer incrementa los conocimientos personales, la capacidad de análisis y la imaginación, pero sobre todo completa un conjunto de conexiones neuronales que el Homo sapiens no tenía estructuradas en sus inicios. “Obliga al cerebro a tener más rutas, más caminos; en definitiva, a tener un pensamiento más amplio”, apunta Bueno, que ve la lectura como una herramienta para ganar control emocional y desarrollar el pensamiento racional. “Potencia las capacidades que nos permiten procesar información: la percepción, la memoria, el razonamiento”, lo complementa Morgado.
Mejora el control de las emociones y reduce el estrés
La lectura incide en la parte izquierda del cerebro, más centrada en cuestiones analíticas, pero también activa otros procesos mentales, entre ellos, los que actúan sobre la zona frontal. Leer ayuda a activar dos áreas clave para el control de las emociones: el hipocampo, responsable de la memoria y el aprendizaje; y la corteza prefrontal dorsolateral, encargada del control cognitivo (la razón). Ambas sirven para controlar la amígdala, el centro de procesamiento emocional del cerebro.
“Es importante expresar emociones, pero debemos controlarlas. Descontrolada, la amígdala nos hace sentir más peligro del que realmente hay”, remarca Redolar. Cuando nos asustamos, la corteza prefrontal es la encargada de decirnos que no es para tanto. Cuando sentimos celos, nos frena. “Es la que controla nuestra impulsividad”, resume Bueno, que pide fijarse en la adolescencia, una etapa en la que esta área neuronal “aún está madurando”. Un adolescente que lee, pues, “posiblemente madurará antes”.
Un buen control de la amígdala también nos permite reducir el nivel de estrés. La amígdala se vuelve “hiperactiva” bajo una presión constante, lo que puede desencadenar episodios de ansiedad. «Cuando tenemos esta percepción de falta de control, se libera cortisol [la hormona del estrés], que actúa sobre la amígdala», detalla Redolar, autora del libro La mujer ciega que podía ver con la lengua (Grijalbo), un análisis pedagógico sobre el funcionamiento cerebral. “Leer no la anula, pero activa las áreas que la equilibran”, resume.

Buen hábito para la memoria
La lectura también actúa sobre el hipocampo, el encargado del aprendizaje. Morgado, que ha centrado su trayectoria académica en el estudio de la memoria, recuerda que hay capacidades del cerebro –especialmente en la zona frontal– que solo se han desarrollado en los humanos. En este sentido, ve arriesgado afirmar que la lectura puede revertir los efectos negativos de las enfermedades vinculadas a la memoria, pero la reconoce como una buena aliada. “Cualquier actividad mental disminuye el envejecimiento natural de las neuronas”, afirma.
El doctor Josep Maria Argimon, exconsejero de Salud durante la pandemia y, desde hace tres años, investigador de la Fundación Pasqual Maragall, reconoce que aún hay campo por recorrer en la investigación del Alzheimer, pero afirma que hay estudios recientes que aseguran “que se puede prevenir”. En este sentido, un buen hábito lector ayuda a contrarrestar el déficit de actividad cognitiva y el aislamiento social, que, junto con la falta de ejercicio físico, son los tres factores de riesgo principales. “La lectura es importante para estar cognitivamente activos –remarca Argimon– y permite ponernos en la piel de otros personajes y compartir impresiones con familiares y amigos; es decir, mejora la vía social”.
No hay ningún estudio que analice concretamente el papel de la lectura en el desarrollo del Alzheimer, pero sí se ha demostrado “la importancia de la educación reglada en su prevención”, apunta el exconsejero. El nivel educativo es definitivamente uno de los factores que podemos atribuir al desarrollo de la enfermedad. En los últimos años, remarca Argimon, la incidencia (número de casos por habitante) está disminuyendo, en parte, “porque tenemos más nivel educativo”. “Cuanto más educación tenemos, más reserva cognitiva y menos posibilidades de sufrir la enfermedad”, insiste.

Mejor leer menos, pero con atención
Los efectos positivos de la lectura generan unanimidad entre la comunidad científica. En todo caso, todas estas afirmaciones tienen matices. Porque leer bien no significa leer mucho, a pesar de que así se nos ha dicho durante muchos años. Una campaña del Ministerio de Turismo e Información español de los años setenta, por ejemplo, afirmaba que “un libro al año no hace daño, pero es costumbre más sana uno a la semana”. Los expertos discrepan. “Ni caso, no pierdas el tiempo: mejor leer uno al mes con detalle, que uno cada semana mal leído”, afirma Bueno. “Lo más importante es leer con atención. Puede ser más útil un artículo periodístico breve pero que me ha atrapado, que un libro largo que no he entendido», opina.
Morgado –especialista de la memoria– reafirma la tesis de su compañero. “Cuando alguien me dice ‘me he leído tres libros en un mes’, automáticamente pienso que vamos mal”, reconoce. “Si leemos atropelladamente, creamos interferencias en el cerebro y no consolidamos lo que hemos aprendido. Necesitamos tiempo para consolidar los aprendizajes”, sentencia antes de acabar con un ejemplo personal. “Yo solo leo un episodio por día y lo repienso. Sé que tardaré en terminarme el libro de ahora, porque es El Quijote, pero prefiero dedicarle el tiempo que necesito”.

