Karlos Arguiñano es, desde hace muchos años, el cocinero más famoso de la televisión española. Su programa de cocina sigue obteniendo unas audiencias espectaculares, de la misma manera que los libros de recetas que prepara siempre acaban colándose en la lista de los más vendidos. Las ideas fáciles, la manera de explicar las recetas y los chistes malos se han convertido en su seña de identidad. Cuán diferente habría sido su vida si hubiera hecho caso a su instinto, ya que ahora sabemos que él nunca quiso dedicarse a la cocina.
El chef confesó, en una entrevista a Ángel Casas, que él tenía otra idea en mente cuando era pequeño. Cuando le preguntaban eso típico de ¿Qué quieres ser de mayor?, él siempre respondía lo mismo: “Yo de pequeño quería ser pastor”. Y el motivo es sorprendente, ya que esconde un deseo oculto: “En la casa de al lado, vivía un pastor que tenía un caballo. Yo siempre tenía que ir caminando a llevarle la comida y recuerdo pensar que quería ser pastor como él porque también quería ir a caballo”.
Pronto, se dio cuenta de que el trabajo de pastor no era tan idílico como parecía desde fuera y cambió de idea. Su padre era taxista y pensó que podría seguir su ejemplo, pero con otro tipo de vehículo: “Yo quise ser chófer de autobús y no taxista porque sabía que, así, evitaría que me pidieran hacer recorridos cortos. Los autobuses podían ir hasta Lourdes y me encantaba la idea de cruzar la frontera”.

¿Cómo terminó dedicándose al mundo de la cocina, Karlos Arguiñano?
Ahora bien, nunca llegó a dedicarse a ninguno de estos dos trabajos frustrados. Aún no tenía el carnet de conducir -o la licencia de autobús- cuando comenzó a pensar que la cocina era un buen mundo en el que trabajar. Karlos Arguiñano no era un buen estudiante, además, hasta el punto de que era habitual que mucha gente lo hiciera sentir mal por este tema: “Los frailes, las monjas, los familiares, los vecinos… Me trataron muy mal por ser mal estudiante. Me decían que nunca sería nada y que no valía para nada, ¡pero solo tenía 10 años!”.
Al final, sería gracias a su madre que descubriría su pasión por la cocina. Siempre ha dicho, en diferentes entrevistas, que Pepi tuvo paciencia y se dio cuenta de que él aprendía rápidamente las recetas que le enseñaba y que tenía curiosidad por intentar mejorarlas. Animado por ella, Karlos se apuntó a clases de cocina y tener a chefs de renombre le ayudó a aprender las diferentes técnicas. Él siempre tuvo claro que se decantaría por la cocina más tradicional, la que se hacía en casa. Y no le ha ido mal la cosa, en absoluto.

