Los Mossos d’Esquadra han preparado un amplio dispositivo policial para este fin de semana para evitar que se repitan los disturbios y saqueos del pasado sábado. Las autoridades prevén una decena de concentraciones organizadas a través de diferentes grupos de Telegram, tres de las cuales pueden producirse en Barcelona. El movimiento, que no es exclusivo de la capital catalana, también ha sacudido otras ciudades europeas como París o Roma. Protestas que se suman a otros movimientos juveniles, como las acampadas a favor del derecho a la vivienda en Madrid y Barcelona o victorias electorales como la del movimiento estudiantil en Serbia. Diferentes formas de protestar que demuestran el fracaso de un sistema que, según los expertos, sufre ahora los recortes del pasado y que ha dejado de ser fuente de esperanza para los más jóvenes.
Citando al historiador Joan Cortada, que ya el siglo pasado advertía que “cualquier cosa es suficiente para determinar un motín popular cuando el pueblo está dispuesto a amotinarse”, el antropólogo Jose Mansilla cuestiona las voces –como la del alcalde Jaume Collboni– que califican los disturbios de “violencia gratuita”. “Nunca lo es, siempre está basada en algo”, opina. En este caso, la imposibilidad de incorporarse al mercado laboral o de tener una vida autónoma son “elementos fundamentales” que explican por qué los jóvenes “sienten que no pueden cumplir sus expectativas”. “Estas protestas aparecen si vives una situación complicada y además le sumas una perspectiva de futuro aún más negativa y unas redes que te animan”, concluye.
Con matices, el profesor de sociología de la UB Víctor Climent también ve como causa principal la “falta de horizontes” de la mayoría de jóvenes, pero cree que las personas que han participado de los últimos disturbios “no han tenido tiempo de desarrollar una ira social”. En este sentido, el analista desvincula las protestas de estos días del nihilismo que ha caracterizado la lucha de clases histórica. “Puedes estar de acuerdo o no, pero en los movimientos anarquistas del siglo pasado, que también buscaban el caos, había una ideología detrás. En cambio, en lo que vemos en Francia y aquí en Barcelona no veo ninguna motivación política ni ideológica detrás”, detalla.

Destaca la variedad de protestas que se han acumulado los últimos meses en Europa. No tienen nada que ver las acampadas juveniles de Madrid y Barcelona con la participación electoral de los estudiantes en Serbia con los saqueos que han alterado el orden en Francia y amenazan el centro de Barcelona este fin de semana. “Aquí todavía no se ha llegado a ver lo que ha pasado en Francia, con esa magnitud, porque previamente ha habido un proceso de institucionalización de la protesta a través del Sindicato de Inquilinas, que ha centrado la lucha contra esta falta de esperanza”, cree Mansilla. “También es cierto que allí [Francia] hace tiempo que protestan y la sensación que tienen es que nada ha cambiado”, concluye. “La desigualdad social motiva muchas protestas y, cuando estás al límite, cualquier chispa sirve para mostrar tu descontento, sea un desahucio o un partido de Champions del PSG”, añade Climent, recordando el primer gran acto vandálico en París durante la previa de un partido de fútbol.
Detrás de estas acciones, sin embargo, ambos reconocen que hay “intereses particulares” que hacen más grande la ola. “Son intereses políticos, porque la extrema derecha se mueve bien y puede culpar al gobierno de los desórdenes, pero también económicos, porque las redes viven de la economía de la atención, un concepto que usamos para explicar cómo estas empresas hacen que nos fijemos todo el día en inputs negativos”, resume Mansilla. Tal como ha podido comprobar este diario, en los últimos días ha llegado a manos de los jóvenes carteles anónimos culpando a adolescentes inmigrantes de los actos de los últimos días.
La muerte del sistema que impulsó la generación boomer
La falta de esperanza denota que el sistema europeo creado después de la Segunda Guerra Mundial ha entrado en crisis. Mansilla cree, eso sí, que el modelo sigue siendo válido, pero que se ha desgastado “con privatizaciones de servicios y recortes”. “Las acciones de los jóvenes, las protestas de los docentes o las huelgas de los médicos son diferentes caras de una misma moneda”, insiste. Los docentes cuestionan la falta de manos para acoger un alumnado cada vez más diverso y con más complejidad, mientras que los médicos advierten –más allá de cuestiones laborales propias– que se está importando profesionales de fuera porque el talento de aquí se va lejos en busca de mejores condiciones.

Climent también apunta que “hay personas que se han enriquecido mucho y han generado desigualdad social, falta de horizontes y un incremento muy alto de los precios y de la vivienda”. En este sentido, el sociólogo destaca que el cambio del modelo económico en detrimento de la industrialización ha “empeorado las condiciones de vida” de una parte importante del continente europeo. “Hemos sustituido un sector industrial muy potente por el sector servicios, que da capacidades de bienestar limitadas. Mientras que la industria facilita buenos sueldos y una cierta comodidad económica, determinados subsectores de servicios tienen sueldos y condiciones muy precarias”, detalla el profesor, poniendo de ejemplo la industria cárnica o el turismo.
Todo ello, en un contexto de crecimiento demográfico que también pone en jaque al sistema de bienestar. “La inmigración y el aumento de la desigualdad son escenarios complementarios y haría falta un gran pacto social en el conjunto de Europa similar al que hubo después de la II Guerra Mundial”, razona Climent, que advierte del “peligro” que supone dejar “determinados relatos en manos de la extrema derecha”. Un movimiento que, con discursos simples, llega a una parte importante de la sociedad, “también de los jóvenes”.

