Un estudio de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) evidencia que la lengua es un factor importante en la calidad de la atención médica y constata que no garantizar la atención sanitaria en la lengua materna de los pacientes puede ir en detrimento de la precisión de los diagnósticos, de la confianza entre médico y paciente y de la calidad asistencial. Esta situación no solo afecta a las personas recién llegadas, sino también a la población autóctona con una lengua minoritaria o minorizada en diferentes países del mundo como los francófonos en Canadá –sobre todo fuera de Quebec–, los hablantes de sueco en Finlandia, los de galés, los vascos. Es la conclusión a la que ha llegado Joana Pena-Tarradellas, investigadora del Departamento de Traducción y Ciencias del Lenguaje de la UPF, en el estudio titulado La atención sanitaria con discordancia lingüística: un estado de la cuestión desde y para la catalanofonía, publicado en la Revista de Llengua i Dret. En conversación con El Món, Pena-Tarradellas subraya que la diferencia entre estas lenguas y el catalán es que aquí «todavía no tenemos estudios en este sentido».

Antes de medir el impacto de usar el castellano en pacientes catalanohablantes, que es el objetivo de la segunda parte del estudio, la investigadora ha realizado una amplia revisión bibliográfica –la primera en catalán sobre esta cuestión– para analizar el impacto que tiene la discordancia lingüística en la calidad asistencial de la población recién llegada y de la población autóctona en otros países que tienen lenguas minorizadas como Canadá, el Reino Unido, Finlandia y también el País Vasco. La investigadora señala que, cuando el médico no habla la lengua preferida por el paciente, esto no solo afecta a la población migrada, sino también a la población autóctona con una lengua minoritaria o minorizada, «aunque sea bilingüe y pueda expresarse también en la lengua dominante con más o menos fluidez». «Los elementos que más aparecen son problemas para describir el dolor si al paciente no se le atiende en su lengua, sensación de incomodidad, ansiedad y estrés por tener que hablar su segunda lengua».

El presidente de Plataforma per la Llengua y jefe del servicio de cirugía maxilofacial del Hospital Parc Taulí, Òscar Escuder, explica en conversación con El Món que habría que diferenciar tres niveles: que el médico no entienda al paciente, que no le hable en la misma y el paciente no sepa bien si le entiende o no, o bien que no lo hable pero el paciente esté seguro de que le entiende. «Creo que lo que es determinante es que el médico entienda muy bien la lengua del paciente», concluye, y advierte que donde se produce un «grado muy importante del riesgo de seguridad asistencial» es en las comunicaciones entre profesionales sanitarios porque el paciente no es consciente. Es decir, si un profesional pide pruebas de imágenes a otro profesional y este segundo hace el informe en una lengua que el primero no entiende, puede que diagnostique mal el tratamiento. «El paciente no se da cuenta, porque no vigila las comunicaciones que hacen los médicos», alerta Escuder. En este sentido, la investigadora de la UPF puntualiza que en su revisión bibliográfica se ha hecho una «definición amplia» de la atención sanitaria con discordancia lingüística, y esto implica que se incluye «todos los casos en que el profesional sanitario no utiliza la lengua preferente del paciente».

Un médico repasa un informe médico con un paciente / Pixabay

Niños y ancianos, los colectivos más vulnerables

En investigaciones sobre el tema realizadas con hablantes de galés en el Reino Unido, del francés en zonas anglófonas de Canadá, del sueco en Finlandia o del vasco en Euskadi, se ha concluido que la capacidad de expresarse en una segunda lengua disminuye especialmente en situaciones de estrés, vulnerabilidad, miedo o dolor intenso. Utilizar una lengua diferente de la propia supone un esfuerzo mental añadido y provoca la invisibilización de matices vitales para el diagnóstico. «En momentos de estrés o de ansiedad dentro de la consulta, disminuye la capacidad expresiva en la segunda lengua, y no se sienten tan seguros de lo que explican o de cómo deben explicarlo», apunta la investigadora. En la mayoría de estudios anteriores —exceptuando los de Finlandia— se ha constatado que las personas mayores y los niños son los grupos más expuestos a los riesgos de la discordancia lingüística en la atención sanitaria.

Así, por ejemplo, en el caso de los ancianos, el deterioro cognitivo puede empeorar sus competencias en una segunda lengua, lo que dificulta la atención sanitaria. En los estudios de Gales y Euskadi, también se ha concluido que los niños, sobre todo si son muy pequeños y aún no han podido desarrollar suficientemente sus competencias bilingües, dependen de su lengua materna para describir síntomas de forma precisa. Entre hablantes de estas dos comunidades, también se ha constatado el valor identitario de la lengua para muchas personas. La imposibilidad de poder hablar en la lengua propia hace que algunos individuos se sientan menospreciados por el sistema sanitario, lo cual puede afectar su bienestar emocional y la posibilidad de crear una relación de confianza con el facultativo.

En este sentido, Escuder minimiza el impacto entre los niños porque «siempre van con los padres y, en cualquier caso, lo que puede ser más grave es que el médico no te entienda», como le puede pasar a cualquier adulto. «El padre detectará el problema si es que el médico no lo entiende», insiste sobre la asistencia a los niños. Por su parte, la investigadora subraya que los niños también reciben preguntas en la consulta y deben explicarse, y es cuando aparecen las dificultades comunicativas», pero remarca que, no obstante, los estudios «no apuntaban que estos niños fueran más mal diagnosticados». Por otro lado, el presidente de Plataforma per la Llengua sí ve un problema con los ancianos porque muchas veces no van acompañados por sus hijos. «Aquí sí puede haber un problema que los ancianos no acaben de ver que el médico no los ha entendido o no entienden al médico incluso hablando la misma lengua», admite, y cree que esto se agudiza si el médico «no entiende la lengua del paciente o la entiende mal».

Médico y paciente | Foto de 123RF/armmypicca

El estudio tendrá una segunda parte: el impacto de atender pacientes catalanohablantes en castellano

En definitiva, el estudio aporta numerosas evidencias científicas sobre la importancia de garantizar la atención sanitaria en la lengua preferida de los pacientes autóctonos. Tras este primer estudio, Pena-Tarradellas continuará con su investigación sobre las consecuencias específicas de la discordancia lingüística en Cataluña, una cuestión inexplorada hasta ahora y cuyos resultados se presentarán próximamente. La investigadora explica a este diario que la primera parte de la investigación le ha servido para preparar el terreno para analizar la situación en Cataluña, donde estudiará qué consecuencias consideran los pacientes que tiene el hecho de ser atendidos o no en catalán cuando van al médico.

Pena-Tarradellas detalla que los datos del estudio, que también incluirá la visión de sanitarios, «ya están recogidos y en proceso de análisis», y calcula que esta segunda parte estará disponible en un año y medio. «Se han realizado bastantes entrevistas, pero no solo a personas que han vivido casos extremos y que se han visto afectadas por esta atención sanitaria en castellano», porque «el objetivo es abarcar el máximo abanico de perfiles de la población» para entender qué pasa exactamente.

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