La derrota de Kamala Harris en las elecciones de noviembre de 2024 hundió al Partido Demócrata. El entonces candidato conservador, Donald Trump, fue el primer republicano en ganar el voto popular en el siglo XXI -ni siquiera él mismo lo hizo contra Hillary Clinton en 2016, en una campaña recordada como una de las peores en la historia de los centristas estadounidenses-. La tienda que agrupa a los liberales y parte de los progresistas del país chocó con la realidad: se había convertido en un yermo político e ideológico, y buscaba desesperadamente un camino. Lo hacía, además, en el escenario más adverso posible: con los tres poderes en contra y un retroceso autoritario inaudito en Washington. Solo un año después, sin embargo, brotaron brotes verdes: el supermartes electoral del pasado 4 de noviembre se pintó de azul, con victorias contundentes de los Demócratas en comicios clave, como las elecciones para la alcaldía de Nueva York o para la posición de gobernador en los estados de Virginia y Nueva Jersey, ambos campos de batalla electorales de interés. Los buenos resultados, sin embargo, no necesariamente indican que la formación ha resuelto la ecuación de su futuro. «La salud del partido es mejor, está claro, pero no creo que hayan descubierto hacia dónde ir. Han ganado con estilos muy diferentes«, analiza la profesora catedrática de Ciencia Política en la UOC Ana Sofia Cardenal.
Las caras de la victoria demócrata en las primeras elecciones a gran escala de la segunda era Trump son muy diferentes. La que más proyección mediática ha tenido ha sido la de Zohran Mamdani, el alcalde electo de Nueva York. Mamdani llegó a la alcaldía con un programa socialdemócrata, equiparable al centroizquierda europeo, pero que en EE.UU. es visto como profundamente radical. Miembro de los Democratic Socialists of America, también su perfil era contestatario: musulmán y nacido en Kampala, la capital de Uganda, no ha ocultado su herencia en campaña -si bien tampoco la ha convertido en el núcleo de esta-. Entre sus medidas estrella destaca congelar los precios de los alquileres estabilizados, aquellos que dependen del ente municipal; así como iniciar una cadena de supermercados públicos para reducir el precio de la cesta alimentaria -una propuesta que, en Cataluña, llegó en 2024 al Parlamento con la rúbrica de ERC y la CUP, en pleno debate por la mala salud de la agricultura-. «Ha ganado diciendo que es socialista en un país donde el socialismo es el diablo», remata Cardenal.
Las otras dos abanderadas de la ola azul, sin embargo, no podían ser más diferentes. Las nuevas gobernadoras de Virginia y Nueva Jersey serán Abigail Spanberger y Mikki Sherril. Comparten muchos rasgos: Spanberger fue agente de la inteligencia estadounidense, con cerca de una década de carrera en la CIA; mientras que Sherril pasó nueve años en la división de aviación de la Marina estadounidense, donde llegó a alcanzar el rango de teniente. Ambas, además, forman parte de la corriente interna demócrata conocida como Blue Dogs, la rama más conservadora de la formación, que incluso llegó a plantar cara a algunas de las medidas más ambiciosas de la administración Obama, como el Obamacare. De hecho, han llegado a enmendar a Mamdani en varias ocasiones, tildándolo de excesivamente ambicioso. Preguntada por el programa del alcalde electo, Spanberger llegó a asegurar que «solo prometerá a sus votantes aquellas propuestas que sea posible cumplir».

Las mil caras de los demócratas
La estrategia, pues, no ha sido unitaria; y podría no tener que serlo. «Los candidatos deben adaptarse a las realidades locales, en un país gigantesco y diverso», reflexiona Mariano Aguirre Ernst, investigador sénior no residente en el CIDOB y asesor del Centro de Seguridad Regional de la Fundación Friedrich Ebert. Aguirre, también autor del libro Salto al vacío. Crisis y declive de Estados Unidos (Icaria editorial), alerta que «el mensaje de los liberales de California o Nueva York no es el mismo que se debe enviar a los sectores agrarios del medio oeste, o a los trabajadores industriales».
De esta manera, un ciclo electoral como el de 2025 les es favorable, porque se tratan de comicios locales, donde cada candidato puede elaborar su propio discurso y apelar a su base. El 2026 será más complejo: en noviembre del próximo año se celebrarán las elecciones de medio término, con más de un tercio del Senado, toda la Cámara de Representantes y varios gobiernos estatales en juego. Para el trumpismo, puede significar perder la mayoría en el legislativo -y hundir aún más sus posibilidades en el Congreso, dado que, incluso con el poder en ambas cámaras, han protagonizado el cierre del gobierno más largo de la historia de EE.UU.-. «Las mid-terms serán la prueba de cuáles de estas políticas tienen más o menos resultado para enfrentarse al sucesor de Trump en las presidenciales de 2028″, sentencia el experto.
El antitrumpismo, el punto en común de la nueva generación
Los perros azules, los socialistas, los liberales más tradicionales y los progresistas del sur, a menudo más religiosos; todos los perfiles del partido demócrata, normalmente divididos, tienen ahora una única plataforma común: un rechazo cada vez más vehemente al trumpismo. Las caras visibles de todas las ramas de la formación coinciden, pues, en haber recogido el guante del presidente, con sus ya célebres exabruptos; y tratarlo con la misma deferencia. Entre los más conservadores, gana empuje el gobernador de California, Gavin Newsom, un «candidato potente» a ojos de Aguirre para optar a la presidencia; mientras que la izquierda aún se mueve a la sombra de la congresista del Bronx Alexandria Ocasio-Cortez. A la sombra de estos bloques, en los últimos meses han ido surgiendo candidatos curiosos, y también muy diversos. En San Francisco, optará a un asiento en la Cámara Saikat Chakrabati, un millonario tecnológico de ascendencia india que entró en política de la mano de Ocasio-Cortez, busca cambiar el rumbo de décadas de políticas centristas bajo la gigantesca Nancy Pelosi. En Texas, un teólogo nieto de un pastor bautista, James Talarico, se presentará a la carrera por uno de los dos escaños en el senado de su estado contra uno de los hombres fuertes de la familia Bush, John Cornyn.

«La renovación generacional es imprescindible, y se dará sí o sí», razona Aguirre. Está de acuerdo Cardenal, quien considera que «el actual liderazgo demócrata está hiperdescartado» de cara al nuevo ciclo electoral. Figuras como el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, o el del Congreso, Hakeem Jeffries, están entre los políticos más rechazados entre sus potenciales votantes. Sin embargo, es más que probable que el lavado de cara que necesita el partido haga aún más profundas las grietas ideológicas. La gerontocracia demócrata, como recuerda el experto del Cidob, era mucho más monolítica. Un ejemplo es el apoyo a Israel, que hasta ahora era «un bloque inamovible», se ha desgarrado a raíz de la invasión de Gaza en 2023. «Muchos de los jóvenes se han vuelto críticos contra el país, el gobierno de Netanyahu y las políticas de EE.UU. hacia él», sostiene. De hecho, el ala izquierda de los azules atribuyó a la ambivalencia de Harris en la causa palestina buena parte de su derrota en 2024. De este modo, la nueva generación accederá a las palancas del poder con una plena vigencia de «la tensión entre críticos y conservadores».
El misterio de 2028
Para Cardenal, las elecciones de 2026 todavía permiten una cierta fractura dentro del partido. Al fin y al cabo, las elecciones a los escaños congresuales y senatoriales son carreras locales, que se dirigen a un electorado específico. «Los candidatos pueden modular el mensaje, dirigirse a sus constituyentes. Se permite esta diversidad, esta segmentación del mensaje», razona Cardenal. Por lo tanto, los demócratas no tienen aún prisa por mostrar un frente común en términos de fiscalidad, políticas sociales o acción exterior; nada más allá de la negación de Trump. Sin embargo, para Aguirre, sí que serán el ensayo general de 2028. «Mostrarán cuáles de estas políticas tienen más o menos resultado para enfrentarse al sucesor de Trump, porque no será suficiente criticar sin proponer políticas viables y socialmente justas», argumenta.
Como todo el resto de la estrategia demócrata, el tique aún forma parte del magma de la refundación post-Joe Biden. Cardenal recuerda el estado del Partido Republicano durante la segunda etapa de la presidencia de Barack Obama, con divisiones profundas entre el conservadurismo más tradicional, los neocons aliados de Bush, los ultraliberales del Tea Party y algo nuevo que terminó convirtiéndose en la administración Trump. Las primarias que precedieron los comicios de 2016 parecían un camino de rosas para el tercer Bush en asaltar el Despacho Oval, Jeb Bush, hermano menor de W; mientras que la renovación la quería representar el entonces senador por Florida Marco Rubio, ahora secretario de Estado. Trump surgió de la nada en la misma primaria, y se la llevó con facilidad. «Los candidatos que ya son visibles tendrán dificultades. El presidenciable demócrata para 2028 debe construirse como candidato sin etiquetas previas», indica la profesora de la UOC.

Para Aguirre, hay aún demasiadas incertidumbres para dibujar un camino claro hacia las presidenciales. Antes del candidato demócrata, se deberá decidir el sucesor de Trump. El presidente, según las limitaciones de mandatos constitucionales, debería retirarse al terminar los presentes cuatro años, si bien ha dejado pistas de que buscará maneras de esquivar este límite legal. «Hay varios escenarios: que Trump fuerce un cambio de las reglas constitucionales a su favor y se vuelva a presentar; que designe al vicepresidente JD Vance como sucesor entre los diversos que aspiran; o incluso que continúe enviando tropas a ocupar ciudades demócratas -como ha hecho con Chicago, entre otras- y termine declarando el estado de sitio», contempla el investigador.
Contando que el retroceso autoritario no será completo en tres años y que, por tanto, EE.UU. tendrán unas elecciones con garantías legales en 2028, Aguirre considera que la debilidad del trumpismo no radica tanto en su oposición como en su propia política económica. El proteccionismo industrial que ha buscado implementar el presidente «no es ni rápido ni viable», como demuestra el hecho de que muchas de las empresas que han sido víctimas de sus políticas arancelarias han utilizado mecanismos comerciales para esquivarlas, y se han negado a retornar sus líneas productivas al país. «Si sigue fracasando en economía doméstica, se agudizará la crisis interna del movimiento MAGA (Make America Great Again). Entonces, muchos de los candidatos demócratas tendrán posibilidades», concluye el experto.

