Ramon Monton (Sabadell, 1959), es, sobre todo, un escritor. Obras como El nyèbit, Inversemblances i fantasies, Els contes del llop, Històries d’amor i dissolució, El silenci de les sirenes, La maledicció y Grans èxits-Contes per a diletants (1993-2018) lo avalan como un creador literario de primer nivel. Pero, además, se dedica a la traducción desde 1988 y no se queda corto: Elias Canetti, Robert Musil, Michael Ende, H.J.Ch. von Grimmelshausen, Bertolt Brecht, Robert Walser, Gore Vidal, Ford Madox Ford, Ernest T.A. Hoffmann, Emine Sevgi Özdamar, Joseph von Eichendorff, Ingo Schulze, Franz Werfel, Stefan Zweig. Y recientemente ha afrontado el reto de traducir la gran obra de Thomas Mann, la tetralogía Josep i els seus germans (Comanegra, 2026). Ha hecho de ello un tesoro literario que ha sido galardonado con el premio PEN catalán Montserrat Franquesa de traducción 2026, entregado en la Nit de les Lletres Catalanes. Conversar con Monton es extraordinariamente vitamínico. Leer sus traducciones lo es aún más.
Primero de todo, le felicito. Me quito el sombrero. Una extraordinaria traducción.
Muchas gracias. Yo no me quitaré la gorra, porque es parte del personaje que hemos creado.
Me tiene muy intrigado, ¿cuánto ha tardado en hacer esta traducción?
Esto, como diríais los periodistas, es un tema controvertido, porque la versión oficial son tres años, pero quizás han sido menos y todo, algo como dos años y medio. En este tipo de traducciones se pierde bastante la noción del tiempo. Solo se tiene una cierta e inevitable noción del tiempo por algo que me preguntó una traductora: ‘¿cómo puedes estar tanto tiempo y comer cada día?’. Porque nosotros también comemos cada día. Le contesté que, entre medio, colé alguna otra cosa, para ir cobrando cositas. Pero lo que no hago es de profesor, porque no sirvo.
¿No?
No lo aguanto.
Perder la noción del tiempo…
Se pierde la noción del tiempo y es muy agradable. Porque el tiempo en el que vivimos es bastante detestable en muchos sentidos. Y no hace falta fijarse en las guerras que hay en muchos lugares, con la nuestra ya vamos bien servidos.
Y que, además, viene de lejos y parece que no llega al final.
Mira, veo que me está tomando para hablar, supongo que estará bien.
A usted, siempre.
Estos días, Julià de Jòdar, que es un gran escritor y que sabe muchas cosas y las sabe expresar de una manera muy…
Contundente, digamos.
Contundente. La contundencia, la contundencia, en realidad, yo siempre la he tenido. Entonces, la gente se sorprende, porque me ven tranquilo, y no saben que soy contundente. Pero la contundencia es muy positiva, porque cuesta encontrarla. Hay gente que ha pagado muy cara la contundencia. Es decir, por el hecho de ser independentista. Les ha complicado mucho la vida. Y no hace falta pensar en encarcelamientos y torturas y esas cosas más horribles, sino que la cosa te complica la vida en el sentido de poder hacer una vida normal, de ganarte la vida y poder defender tus ideales. Y, si escribes, que te publiquen, que hablen de ti, que no te escondan, que no te hagan putaditas misteriosas, y todo eso.
Me hablaba de Julià de Jòdar.
Sí, ha escrito un artículo memorable en el que me cita. Un artículo en el que recuerda que desde el general Prim nos tratan como a perros. Y la cosa continúa. Estamos en una especie de burbuja que, a ciertas personas, nos hace poner de mal humor, criando nuestro jardín, los árboles y haciendo un show que emiten por TV3. Por eso hay que sacar al general Prim para decir que ‘no es esto, compañeros’. Ya va bien que alguien nos recuerde que nos tratan como a perros.

Pero, a pesar de todo, la verdad es que todavía estamos aquí, y no se lo ponemos fácil, ¿no?
No, pero ahora es un momento crucial. Porque ha habido el Proceso y nos prometimos una cosa, y después se ha quedado, pues… Si aquello era una revolución y no se acabó de hacer, la contrarrevolución sí que se está haciendo.
Hay una contrarreforma evidente.
Utilizando palabras de otra época, pero vivimos una contrarrevolución que, naturalmente, tiene detrás un estado que una de sus prioridades es liquidarnos. Y eso tiene sus consecuencias. Todavía estamos aquí. Sí. Pero ya está bien de resistir, está muy bien que resistamos, pero queremos vivir. Y, de hecho, el futuro es este. Queremos vivir, como en todas partes.
Pasar de la resistencia a la competitividad.
Bueno, eso que llaman la normalidad, ¿y cómo creas una normalidad? Lo que tiene que haber es mucha reacción… pero ¿no hablaremos de Thomas Mann?
No se preocupe, que sí hablaremos… De hecho, lo estamos haciendo.
Bueno, cuando hablamos de normalidad… Es que cuando venía hacia aquí he sentido el helicóptero de los Mossos d’Esquadra. He pensado que ya está pasando otra cosa… eran los maestros y claro, a ver si no tienen motivos. Como los médicos o los bibliotecarios… y los catalanes en general. Tengo un cierto problema de angustia, porque me angustia lo que me rodea. Me afecta. Me afecta ver con los ojos, de repente, que mi mundo se hunde. Esta buena gente de Centroeuropa que sufrió cosas más horribles, con todo el respeto, y que tuvieron que ir al exilio, y que hubo quienes murieron de la miseria, y quienes se suicidaron… También vivieron que su mundo se derrumbaba. La normalidad sería poder vivir en catalán y no sé, que los hijos se pudieran emancipar, que las tiendas no cerraran. Es que es todo, hay muchos frentes y hay que decirlo. Además de decir que el Proceso es un cuento y esta gente nos engañó, nos dejó con el culo al aire, aquel momento del 1 de octubre fue para vivirlo.
Un gran momento…
Yo estuve allí, en un instituto. Mi hija durmió no sé dónde, en el Ayuntamiento, no lo sé, todos estábamos movilizados.
Pero aquello no era la normalidad…
La normalidad sería poder vivir en catalán, evidentemente, ya te lo he dicho, pero también llegar a fin de mes, todo eso, es una mezcla de cosas. Que no te puedan agredir. No es que a mí me agredan cada día, pero es que hay casos de agresiones por odio. Digámoslo así, que circule, ¿no? Por odio.

Un cambio de definición.
Dicen la fobia, pero la fobia, como dijo Morgan Freeman, parece que es tener miedo. Y mire, es para decir: usted a mí no me tiene miedo, usted es imbécil. Me parece que lo digo bien. No es fobia, es odio, no nos tienen miedo. Entonces, vivir con un odio que se ha puesto chulo, porque nos han derrotado, nos han metido en la cárcel, nos han mandado al exilio, otra vez… buf… Que se desinhiban y que te puedan odiar libremente médicos, enfermeras, camareros, cualquier capullo, transportistas, y que no pase nada… Que no pase nada y que solo te pase a ti, porque eres un perro. Dice que hemos resistido, de acuerdo. Pero ahora es diferente porque se ha creado una inercia.
¿Cuál?
Una inercia que es la definitiva, que es la asesina de verdad. Es decir, lo que mata las lenguas y las culturas son los imperios, los ejércitos, los colonos, la policía, jueces, los medios…
Los que tienen el poder, los que pueden ejercerlo.
Sí, y los medios, lo que ayer nos ofrecieron en TV3… una paliza horrible [en referencia al análisis de las elecciones del Barça]. Que yo quería ver los goles del Barça, y tenían algo infumable, una tertulia con una pandilla de personajes siniestros.
Muy siniestros.
¿Lo viste?
Sí, lo vi. Era un estercolero antilaportista.
¡Lo peor de cada casa! ¿Esto te servirá, te servirá esta entrevista?
Hombre, sí, y tanto, porque, de hecho, una de las señales de la normalidad es poder traducir a Thomas Mann.
Mira, hablemos de Thomas Mann, vamos hablemos. La normalidad. Centrémonos, porque lo otro no se acaba nunca, aunque está bien hablar también de ello. Intento decir lo que pienso. Pero si me dejan un micro pienso ‘ahora aprovecharé y diré un par de cosas’, porque todo este cuento que me han hecho tragar ya durará demasiado y no te deja vivir con normalidad.

Thomas Mann.
Sí, la normalidad es traducir a Thomas Mann. Yo hace mucho tiempo que me dedico a la traducción porque algo tenía que hacer en esta vida. Iba para periodista, porque soy muy curioso, y la curiosidad me puede… Es decir, gana a la timidez, a la vergüenza, a lo que sea. En todo caso, la normalidad es poder traducir esta obra que él mismo consideraba su obra maestra. De hecho, todo lo que ha escrito Thomas Mann son obras maestras. Pero esta es la más bestia, la más inmensa.
¿De entrada por qué eligió el alemán para traducir?
Elegí el alemán porque, por ejemplo, mi abuela y mi padre se llamaban así. No lo sé, pero es que los alemanes me los he ido encontrando y he sentido una simpatía, una atracción. Mis cuentos preferidos de pequeño eran alemanes. Al final no pude hacer periodismo, y comencé filología anglogermánica. Pensaba que haría inglés, pero me parecieron tan arrogantes, tan estúpidos y tan coloniales, tan desagradables… Es que esto de las lenguas es terrible, ahora que hay una idiota, que no sé ni cómo se llama, que dice que la lengua catalana será recordada como una lengua fascista… Sí. Cuando se haya muerto, que es lo que tú quieres. Esa tía debería estar en la cárcel. Las lenguas marcan a los hablantes.
Me gusta esta idea de la arrogancia imperial.
La arrogancia imperial la tiene un francés. La arrogancia imperial la tiene un inglés. La arrogancia imperial la tiene un hablante del castellano, que es una lengua asesina. Pero, claro, no es para calificarla… pues, como lengua asesina o fascista, aunque haya sido asesina y fascista. La lengua marca a los hablantes, y cualquier desgraciado, lo siento mucho, que habla la lengua del imperio se ve con coraje de pisotearte. Tenía una profesora de literatura inglesa que me dijo, desde su arrogancia imperial, ‘tú esta asignatura no la aprobarás, pero ni de broma’. Y me lo dijo en inglés. Claro que la aprobé, con un notable! Claro, yo pensé: ‘¿qué te has creído?’. Y dejé el inglés. Estaba haciendo alemán, que no tenía ni idea. Hice dos cursos en un año, saqué un excelente.
¡Caray!
Había unos profes encantadores, todos! Éramos cuatro gatos, era una cosa… Una gente culta, un tío, un profe, un señor mayor, que nos ponía música clásica en los exámenes. No era amor a primera vista, porque ya venía de lejos. Ya tenía antecedentes, y me especialicé en alemán. Esta gente es una pasada y me identifico con ellos, con su nivel cultural, y claro, han vivido cosas horribles que ya sabemos, hay que saberlo todo. Empecé a conocer autores alemanes fascinantes, desde el barroco…
Y se puso a hacer de traductor.
Si me preguntas, ‘¿usted qué sabe hacer’? Te diré que, aparte de hacer reír, que eso ya lo sé, pero no me he dedicado a ello, para ganarme la vida haciendo algo que yo aguante, porque no me gusta tener jefes, ni subordinados, me gusta que no me molesten, que me dejen en paz, que me dejen a mi aire, no tener horarios, no tener que fichar, pensé, hombre, pues traduce. Empecé en 1988, con cuentos infantiles, y poco a poco… Elias Canetti, Robert Musil…
No se queda corto.
Son gente que te hace pensar mucho. Y precisamente a mí me gusta mucho pensar. Y traducir te permite entrar en contacto con gente inteligente, que te conecta más contigo que no sé, los vecinos de la escalera, la gente que sale por la tele, lo que lees en los diarios o lo que te encuentras cada día, ¿no? Da impresión. Yo no tengo el nivel de Tom Man, pero no he tenido su formación, no he vivido en su ambiente, que eso es una envidia sana, que a mí me habría gustado. Estuve en un Erasmus, gracias a la carrera de Historia, en una universidad alemana, y… ¡alucinante, pero alucinante!
¿Por qué?
Del nivel, de estudiantes, sobre todo de los docentes… Es la dimensión desconocida, es lo que debería ser. El espejo donde deberíamos mirarnos. No te mires en el vecino, ¡por ejemplo! Te permite entrar en contacto con gente que te conecta contigo y que te dice cosas. Aunque también he leído que Tomás Mann no es que fuera muy buen estudiante, pero descubrió lo que le gustaba y se dedicó a ello y le fue bien.

Oh, y tanto que le fue bien, todo son obras maestras.
Si te acostumbras a las obras maestras, si coges el mal vicio… Ya, después cuesta mucho, eh? Cuesta mucho leer el resto. Te dicen ‘lee esto que es el premio no sé qué’. Y, hostia, te cae de las manos. Porque estoy malacostumbrado con las traducciones que he hecho.
Me decíais que el hablar nos marca. Si lo interpreto bien, querría decir que cada lengua es una manera de entender el mundo o de ver el mundo.
Perfectamente. Eso es básico. Cualquier lengua, tenga gramática o no, se escriba o no, eso siempre ha sido así. Eso es la diversidad, por cierto. Hablar de una manera contundente y clara es una forma de lucha muy importante. Porque si no te roban las palabras: convivencia, tolerancia. Te las cogen.
Y te las pervierten.
¡Claro! Nosotros somos fascistas.
Ahora dicen que se puede ser agresor y agredido.
¡Eso es sorprendente! Que te traten de fascista cuando somos un pueblo que ha sufrido el fascismo especialmente.
Volvamos a las maneras de ver el mundo con la lengua. Coger la inmensidad de Josep i els seus germans y hacerla digerible para nuestra lengua es una tarea también inmensa.
Es una tarea, si te gusta, de las más agradecidas que hay. Y admito que tengo una cierta fama de traductor de tocho. Este trabajo es muy agradecido para la gente que nos entusiasma. Pero cuesta vivir de esto. Esto siempre hay que repetirlo, porque es una lástima. Porque yo no sirvo para ser profesor, sí que he escrito artículos.
Pero si no fuera por este trabajo… esta suerte que ha tenido de poder conocer a Thomas Mann…
Eso es una parte muy importante de mi vida. Exacto.
Es un canal indispensable.
Ser canal, para mí, también es muy buen trabajo. Y que sea solitario… Pero te cojo el hilo que me propones. Hacer de canal, me encanta. Hay un compromiso. Si tienes un Thomas Mann es un reto mayúsculo. Da impresión, sobre todo al principio, pero después es un placer y, además, te lo pagan. Estaría bien que pudieras vivir de esto, que estuviera muy bien pagado. Y ya está, porque nos hace falta. La normalidad es tener esta obra en catalán, por fin y por un solo traductor. Y lo que no es tan normal es que haya editores como Comanegra. Bueno, aman la literatura. Alguien que se ve con coraje de traducirlo en un catalán evidentemente elevado pero comprensible. Es el equilibrio este que hay que encontrar y que suene intemporal.

Estamos hablando de una obra de nacimiento.
Sí, Josep i els seus germans nos sitúa hace miles de años. No estamos aquí, en Cataluña, ni en Europa, ni con Trump, ni estas historias. No, no, estamos en un momento de nacimiento de nuestras culturas, de nuestras inquietudes, de nuestras religiones, el momento de nuestro nacimiento. Y eso hay que hacerlo valer, ir a buscar en la fuente quién somos como humanos, no simplemente como catalanes, o como alemanes, o como judíos, o como lo que sea, no, como humanos. Pues eso vale la pena, vale la pena colaborar con Thomas Mann a pasar todo esto al catalán.
Vaya trabajo.
Mann se documentó, yo eso lo he encontrado, he encontrado una edición anotada que me ha ayudado. Se nota, te sientes transportado allí. Y tiene el alma de Thomas Mann.
Y el alma de su sentido del humor.
El humor, eso es muy importante. Y también conecta conmigo. Evidentemente, yo no soy Thomas Mann. No soy como Thomas Mann. Pero hay coincidencias. Porque yo también soy serio, digo las cosas seriamente, pero las suelto así… hago bromas porque también vivo de eso. El sentido del humor es fundamental porque te ayuda a vivir, a tomarte las cosas con más calma. Para mí es ley de vida tomarme las cosas con humor, porque si las cosas me afectan mucho. Por eso hago un poco de broma, pero de broma no tonta para entretener al rebaño, sino una broma inteligente. Eso lo tiene Thomas Mann. Y claro, como hace tanta impresión y es el señor Thomas Mann…!
Premio Nobel y autor de tantas y tantas obras maestras.
Si se le tomaba muy en serio, había la tendencia natural a tomarse muy en serio a él y su solemnidad. Incluso, a Mann le gusta ser pedante, exhibirse, no creo que diga ningún disparate, pero también le gustaba no parar de hacer bromas y se quejaba de que esto es una obra, en buena parte, satírica.
Un punto desmitificador.
Sí, sí, se ríe de Dios y de su madre, literalmente, claro. Aquí habla de algo tan normal como son los dioses. Y Mann nos pregunta: ‘¿Dios nos creó o Dios, el dios que sea, lo creamos nosotros?’. Y responde que se han creado mutuamente! ¡Ostras, qué fuerte! Y te lo explica y estás ahí con Abraham y estás con toda esta gente de la Biblia. Te lo dice muy seriamente, pero así, como quien no quiere la cosa. Hay que avisar que el lector no se deje impresionar excesivamente porque es un libro para pasarlo bien. No es un tipo de novela trepidante de estas que te entretienen, pasan cosas y tienen la técnica para engancharte, no. Es un ritmo como de otra época, que tienes que coger y disfrutar, saborearlo y no asustarte por el nivel de lenguaje, porque aquí hay mucha diversión, mucha aventura, mucho entretenimiento y mucha historia!
Y mucha antropología, de hecho!
¡Y tanto! ¡Hay de todo, de todo! Y eso, para mí, para una persona tan curiosa como yo, la traducción es muy buena, porque puedes tocar muchos temas, porque te estás metiendo en el mundo de alguien que te explica muchas cosas y que se ha documentado muy bien y quiere que te quede claro. Invita a disfrutarlo. Y el humor es importante, y captarlo, y decir ah picarón… y le digo: ‘nos lo pasaremos bien’. Empezamos a ser amigos.
Es imprescindible, para traducir, conectar con la personalidad del autor?
Sí. Es como una especie de magia. Nunca dejo de ser Monton, porque mis traducciones son mías y no pueden ser de nadie más, entonces eso es una traducción de Monton, pero en ese momento yo soy el autor. Conecto y después la cosa es como magia, fluye. Cuando conecté con el señor Thomas Mann, no es que fuera cuesta abajo, ni mucho menos! Pero ya era algo más cómodo. Mira, pienso que cuando me ofrecen la traducción lo que me proponen es pasar una temporada con Thomas Mann, Babilonia y Egipto y los judíos y Abraham y toda esta gente. Entonces se convierten en mi vida, son mis compañeros, mi familia, son la parte fundamental de mi vida. Una temporada con un amigo como Thomas Mann vale la pena.

¿Y ahora convive con alguien?
Con Sigmund Freud. Estoy traduciendo La interpretación de los sueños.
No es un hombre fácil…
¡Ponte los zapatos! Es otro tipo de lenguaje. No es un hombre fácil. Tiene un nivel la literatura científica fascinante, es muy elegante. Me encanta. Pero es otro catxondo.
¿Freud???
Es la pura verdad. Estás ahí con un tío superinteligente, que te está iluminando, te explica cosas que tú te habías planteado y que no tenías claras, que no habías entendido y te las explica Freud. Es alimento, es comida para el alma.

