Hubo un tiempo en que el concepto de libertad, en su inmensidad conceptual, se podía conocer, experimentar y consumar en el Pla d’Urgell, en un templo levantado entre Golmés y Mollerussa. Un monumento a las relaciones sociales, a la música, al ocio y al descubrimiento que se llamaba Big Ben. La discoteca más grande de Europa. Una pila bautismal donde generaciones de catalanes fueron bautizados en la modernidad sin perder carácter y, de alguna manera, esencia. Una iglesia civil que el pasado 19 de marzo de 2026 cumplió 50 años.

Uno de los que pasó por allí fue el periodista y escritor Francesc Canosa. De hecho, este balaguerí siempre tiene el don de quitar el polvo a rincones de la historia contemporánea y convertirlos en material periodístico. Lo hizo con Sixena, con los caliquenyos y con los inicios de la televisión en Cataluña. Ahora ha ahondado en un pozo riquísimo de recuerdos, la historia Big Ben, la discoteca. Y cabe decir que lo ha bordado, con el título La Catalunya discoteca. Un libro publicado este 2026 por Comanegra, una editorial dispuesta a arriesgar, a divertirse y a llenar vacíos del mercado para lectores que descubren que hay vida más allá de la burbuja mediática.

Francesc Canosa, en la presentación del libro en el Big Ben/Joel Codina/Comanegra
Francesc Canosa, en la presentación del libro en el Big Ben/Joel Codina/Comanegra

«Ruta invisible de la fiesta catalana»

Canosa aprovecha el libro para remarcar que el Pla d’Urgell fue la sede de la discoteca más grande del continente. De hecho, detalla cómo ejerció de polo de atracción para formar lo que él llama «ruta invisible de la fiesta catalana». Una ruta histórica que marcó el país y diversas generaciones de catalanes. De hecho, Big Ben nace en una biosfera muy concreta, que se definía con más de quinientas discotecas entre Cervera y Fraga. Big Ben, sin embargo, era el Coliseo, el faro de Alejandría de la ruta por donde pasaba, según Canosa, «todo el mundo».

En este sentido, «todo el mundo» es la fuente principal que ha utilizado Canosa, que casi ha tenido que hacer de arqueólogo porque cuando existía el Big Ben –años 70, 80 y 90 del siglo pasado– no existían redes sociales ni galerías de fotos en webs de las fiestas y conciertos. La tradición oral, los medios locales y los recuerdos han sido la despensa que ha utilizado Canosa para radiografiar y describir toda una época en un ambiente de música, sexo, droga, baile y conversación. Una especie de Tinder tridimensional donde se encontraban personas de perfiles y épocas muy diferentes, desde los boomers hasta la generación alfa. Canosa retrata, con el talento de su estilo peculiar, la Cataluña que bailaba.

La discoteca Big Ben cerró sus puertas en 2015, pero un grupo promotor la compró y decidió volver a abrirla en 2024. Ahora se abre para fechas señaladas y fiestas concretas algunas de sus pistas de baile, mientras queda pendiente rehabilitar y volver a abrir otras partes del complejo como el restaurante, las carpas o la pista de bolos. De hecho, su aparcamiento sirvió para hacer cine al aire libre, un autocine durante el final de la pandemia.

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