Seguramente ningún director de casting de una serie sobre el esperpento de Rodalies tendría ninguna duda en elegir al protagonista. El actor Matt Damon sería el ungido. Como diría el Replicante, es un hombre a quien siempre le ha costado volver a casa. Salvad al soldado Ryan, Interestellar, The Martian o la flamante La Odisea son el ejemplo. Damon, sin embargo, tendría el problema añadido de que los guionistas de cualquiera de estas grandes obras son aprendices ante la perversidad que destila el conglomerado Renfe, Rodalies, Adif, los sindicatos de maquinistas y la consejera Sílvia Paneque. 

La prueba es que en ninguna de sus películas aparece un autobús, nuestro Renfebús. Un vehículo que se define, no sin ironía, como un “servicio alternativo” al desastre de la vía ferroviaria. Un sistema que intenta amortiguar la aventura de cada viajero que no sabe si habrá tren y, si lo hay, cuándo saldrá o, si una vez tomado el tren, alguien de la nebulosa de Rodalies decidirá que el tren se detenga y subas a un autobús para socializar en las ratoneras en que se han transformado las carreteras de Cataluña. Un sistema que dilata la vuelta a casa hasta la desesperación.

Matt Damon en La Odisea de Chritopher Nolan/Universal Pictures
Matt Damon en La Odisea de Chritopher Nolan/Universal Pictures

Todo es relativo

El Renfebús es una sorpresa en sí misma. No hay horarios concretos. No hay una organización concreta. Todo es relativo e indefinido. En la R4 norte, lo único seguro es dónde se detiene. En la estación de Manresa, en el puente del Cardener, que garantiza una imagen de postal con la Seu y el río de fondo. Y, en Terrassa, sobre la estación del Norte, frente a un enorme bazar chino con un alero que permite resguardar a los clientes del bus los días de lluvia fina, frío y viento. El resto del protocolo, horarios, recorrido o las luces interiores, es un enigma.

En Manresa hay un chico, amable y empático que, a pesar de todo, continúa diciendo buenos días. Y en Terrassa, un señor -que ya no lleva chaleco, como una defensa magistral- y con un parecido extraordinario con Pere Macias. Un político que hace años parece que menea las cerezas con las cosas de los trenes, pero, por lo que se ve, nunca termina de confitarlas. Ambos llevan una carpeta donde apuntan vete a saber qué y controlan, con ayuda de otro, si el bus está lleno. Es entonces, cuando todos permanecen sentados, que se hace el silencio esperando escuchar el ruido del motor. Cuando el estruendo se hace evidente, tanto que incluso provoca un pequeño temblor en los viajeros, desaparece la tensión. 

El Renfebus de noche llegando a Manresa/QS
El Renfebus de noche llegando a Manresa/QS

La tensión cambia de rostro

Una tensión que ha cambiado de rostro durante las últimas semanas. El primer día del Renfebús nadie miraba el móvil. La inquietud se hacía notar. Las caras delataban la preocupación de dónde nos llevarían. Incluso, había quien respiraba cuando pasábamos de largo las gasolineras de la C-55, lugares donde uno podía sospechar que sería abandonado como el famoso perro de la Purina. Pero, ahora, la inquietud ha cambiado. De hecho, hay dudas de que al llegar a Terrassa haya bus hacia Manresa, como a la ida hay dudas de que al llegar a Terrassa haya tren hacia Barcelona. Hay situaciones para todos los gustos y colores. El sábado, 7 de febrero, en la estación de Arc de Triomf, un hombre afable -con chaleco- informaba que en Terrassa habría autobús. Al llegar, un señor uniformado de Renfe aseguró que podíamos subir a otro tren que se dirigía a Manresa. Se había abierto la línea. 

El lunes, todo cambió. No había ni tren, ni Renfebús. Había huelga con incumplimiento de los servicios mínimos. Un hecho extraordinario que se ve que solo pueden hacer los maquinistas de Renfe. En cambio, los FGC sí que funcionaban. De hecho, el jefe de estación informó que el tren, como dicen los horarios oficiales, saldría a las 8:59 y llegaría a las 10:25 a la plaza España de Barcelona. Dicho y hecho. El tren cumplió perfectamente la promesa. Por unos momentos, algunos de los clientes habituales de Rodalies tuvimos la sensación de vivir una realidad paralela. Es posible un transporte, fuera de la Barcelunya, fiable y seguro. Poco faltó para darnos un abrazo fraternal y derramar unas lágrimas de emoción. El martes había autobús. Había huelga también, y, cómo no, incidencias en la vía.

Incidencia…

“Incidencia”, una palabra que se deberá incorporar al dialecto parlamentí junto con términos como “implementar”, “acompañar a la gente”, “calor” o “sinergia”. Incidencia es también un término relativo. Por tanto, la gente, paciente, sube al autobús y ya comienza a desearse buen día. Tiene una explicación. En el tren de Rodalies que llega a Manresa, salvo dos convoyes al día que van a Lleida, la capital del Bages es el origen y final. Por tanto, los coches no salen llenos. Ni de lejos. Los viajeros se dispersan a lo largo de los larguísimos andenes. A primera hora de la mañana, la socialización es costosa y más, en tiempos de Instagram. 

Por tanto, el bus, más recluido y mucho más pequeño, hace que la proximidad humana sea una condición obligada. De hecho, los últimos días las colas se han dibujado más civilizadamente, aunque dejándonos al ras y solo poder buscar refugio en el cobertizo del bazar chino donde en el escaparate tienen cosas muy bien de precio. Prácticamente, siempre son las mismas caras, porque hay menos buses que trenes. Otro misterio, no se sabe cuántos buses hacen el servicio y el compás de salida, porque en Terrassa siempre habrá que esperar que alguien diga que sale uno y mantienen a los viajeros estabulados como un rebaño en un vestíbulo sin ninguna gracia. 

Viajeros que llegan del Bus esperando que en la estación de Terrassa les dejen bajar al andén/QS
Viajeros que llegan del Bus esperando que en la estación de Terrassa les dejen bajar al andén/QS

Cena, cerveza y Spotify

En el bus, hay un señor que aprovecha para cenar colágeno, un chico que siempre pide baterías externas para el móvil y unas señoras que charlan en diagonal, es decir, están en el asiento de pasillo y conversan con la que tienen en su diagonal superior e inferior al otro lado del pasillo. Hay quienes suben con la cerveza. Otros, por la mañana, con un termo de café o un bollo de panadería industrial. Algunos duermen como un bebé, hace más calor que en el tren y, ahora, muchos otros se entretienen más con el móvil. Dos señales de que se han confiado. Saben que no los abandonarán en una cuneta y que el camino va para largo.

En cambio, a los novatos se les ve de una hora lejos. Se agarran con las dos manos al asiento de delante y van mirando a derecha e izquierda y levantan la cabeza adelante y cuando ven a alguien con cara de solvencia contrastada preguntan temblorosos: “Va a Manresa, ¿verdad?” o “Va, a Terrassa, ¿verdad?”. Solo hay que mirarlos a los ojos y decirles: “Sí”, con contundencia y el efecto sedante es inmediato. Has ayudado a la pacificación de un alma en pena abandonada a los caprichos de la Santa Hermandad de Rodalies.

Por otra parte, es destacable que los buses tienen una plantilla de conductores que casi responden a un mismo patrón físico y con una expresividad que indica “estoy aquí para salir del paso, pero yo no tengo la culpa del desbarajuste”. Ninguno de los buses, curiosamente, tiene el reloj en hora. Y, solo una vez en tres semanas, se podía encender la luz individual del asiento para poder leer.  Por tanto, si se quiere leer por las noches, hay que mirar el móvil. Tampoco se puede observar gran cosa dentro del autobús porque todo es más oscuro que la uña de un mecánico. Y, fuera, aún peor. El olor de los buses es peculiar, un perfume de moqueta veterana, y las luces de llegada, las bombillas que se encienden cuando se hace una parada, serían ideales para un local de vicio desenfrenado. Solo una vez han puesto la radio. Sonaba Kiss FM, con Xavi Rodríguez de locutor.

Interior del Renfebus esta semana al llegar a la parada de Manresa/QS
Interior del Renfebus esta semana al llegar a la parada de Manresa/QS

¿Qué ruta?

Uno de los encantos diarios del Renfebus es saber por dónde se dirigirá a Manresa o a Terrassa. Un dilema entre la C58, una de las peores vías de Cataluña, o la C16, la autopista peor peraltada (y cara) de la Europa Occidental. La diferencia son 25 minutos bien buenos. Por tanto, el trayecto entre las dos ciudades, con parada en Sant Vicenç de Castellet, puede ir de los 50 minutos a una hora y cuarto. Un tiempo al cual hay que añadir los 50 minutos largos -en tiempos de paz- para llegar a la capital del país.

La prueba es que un martes puedes estar a las 7 de la tarde en La Sagrera y llegar a Manresa a las nueve y media. Lejos de la hora y cuarto oficial que tarda el tren en hacer el trayecto. Sin ninguna explicación. Al final, solo quieres volver a casa. Aunque una señora me reconoció el otro día que, por lo que la esperaba en casa, ya le estaba bien permanecer detenida en Sabadell Norte. De hecho, razón no le faltaba cuando me explicó lo que tenía en casa. Rodalies puede hacernos sentir orgullosos a los catalanes, porque ni Matt Damon aguantaría lo que aguantamos.

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