Viure bé
Joan Soler, psicólogo: «El sufrimiento y el aburrimiento son clave: si siempre estamos arriba, nada tiene sentido»

Vivir en una montaña rusa de emociones, siempre arriba. Buscando el próximo «subidón». Parece un sueño, ¿verdad? El secreto es que esta búsqueda constante nos está robando la capacidad de sentir la verdadera felicidad. Nos está agotando sin que nos demos cuenta.

Nuestra sociedad nos empuja a una espiral de placer instantáneo. Pero, ¿qué pasa si te decimos que la solución a esta fatiga emocional es, precisamente, aquello que siempre evitamos? La clave no es sentir más, sino sentir con más profundidad.

Joan Soler, un psicólogo que no se muerde la lengua, tiene la respuesta. Y quizás no te guste al principio, pero es un (un auténtico) cambio de paradigma. Según Soler, el placer solo tiene sentido si hay contraste. Necesitamos el sufrimiento y, sí, el aburrimiento para encontrar la esencia de todo. (Nos parece una locura, pero lo explica con una lógica feroz).

La química de nuestro cerebro: El gran error que cometemos

No hablamos de filosofía barata. Hablamos de neurociencia pura. Nuestro cerebro funciona con un sistema dopaminérgico. Este es el motor que nos impulsa, que nos motiva a buscar cosas que valen la pena y a aprender. Pero necesita contraste. Si estamos siempre arriba, siempre en modo «recompensa», el sistema se colapsa.

Imagina un concierto. La canción que te pone la piel de gallina tiene su momento álgido porque antes ha habido una parte más tranquila. Si todo el concierto fuera un «subidón» constante, ya no sería ningún «subidón». Simplemente, sería ruido.

La dopamina funciona igual. Si nuestro cerebro está siempre inundado de dopamina, llega un punto en que el pico ya no nos suena a nada. Entonces, ¿qué hacemos? Necesitamos un pico aún más grande. Y es aquí donde comienzan los problemas. Aquí es donde las conductas escalan hacia adicciones insospechadas. (Nos suena mucho, ¿verdad?)

La adaptación hedónica: Nuestro peor enemigo silencioso

Este fenómeno tiene un nombre: adaptación hedónica. Es la tendencia psicológica por la cual nos acostumbramos rapidísimamente a todo. Nuevos éxitos, nuevas circunstancias… todo se normaliza. Y volvemos a nuestro nivel habitual de felicidad. Perdemos la capacidad de impresionarnos, de disfrutar de la novedad.

Los estímulos dejan de generarnos estímulos. Y nos pasa con todo. Con las compras, con las series, con las redes sociales. Estamos en una búsqueda eterna de la próxima gratificación. Pero cada vez necesitamos más para sentir lo mismo.

El problema es que la sociedad actual nos ofrece un acceso constante a dopamina rápida. Hemos eliminado los espacios en blanco. Hemos eliminado el silencio. Y esto es un error garrafal para nuestro bienestar. (Nuestro cerebro nos pasa factura).

Necesitamos la calma, la incomodidad y el aburrimiento. Son ingredientes esenciales para recuperar el sentido de las cosas y redescubrir la verdadera esencia del placer.

El poder oculto del aburrimiento: la solución que ignorábamos

Soler es contundente: «Necesitamos aburrirnos para sentir». Sí, has leído bien. Aburrirse no es una pérdida de tiempo. Es una necesidad vital. Es un privilegio en un mundo hiperconectado. Pensarlo bien, tener tiempo para aburrirte es tener tiempo, y eso hoy en día es un lujo.

La neurociencia lo confirma. El aburrimiento aumenta la creatividad. Mejora nuestro compromiso con las tareas. Incrementa la productividad. E incluso estimula la actividad de nuestra red neuronal. (¿Quién nos iba a decir que la solución era tan simple?).

Sin contraste, no hay sentido. Lo dice Soler: «Necesitamos volver a experimentar la calma, el aburrimiento y las pequeñas incomodidades de la vida cotidiana». No se trata de buscar el sufrimiento por sufrir. Se trata de aceptar y dejar de evitar sistemáticamente la incomodidad. Dejarle un espacio en nuestra vida. Permitir la variabilidad emocional.

La urgencia de la desconexión: nuestra salud mental en juego

Ya lo dijo Arthur Brooks, el experto en felicidad: «Aburrirte 15 minutos al día cambiará tu vida». Qué truco más sencillo, ¿verdad?

Debemos reconectar con lo auténtico. Dejar de escapar. Aceptar las emociones que no nos gustan para poder experimentar, de verdad, las que sí. Nuestro cerebro nos pide una pausa. Nos pide recuperar el contraste. La capacidad de sorprendernos. De sentir la vida en toda su gama de colores.

Si no lo hacemos, si continuamos persiguiendo la dopamina constante, corremos el riesgo de vivir en una planicie emocional. Donde nada tiene sentido. Nada es bueno, nada es malo. Y perder eso, perder la esencia, sí que sería una verdadera tragedia. La decisión es nuestra. ¿Estamos dispuestos a aceptar la incomodidad para vivir con más sentido?

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