Aún no había casos de covid en Cataluña, pero un epidemiólogo, entonces desconocido para el gran público, salió públicamente a decir que el Mobile World Congress debía cancelarse. El tiempo le dio la razón a Oriol Mitjà (Arenys de Munt, 1980), una de las voces más habituales de la pandemia. Más de cinco años después, ha desaparecido de los medios. “Ya no tengo nada que decir”, asegura. Nos recibe en Badalona, donde trabaja y vive, para hablar de su depresión, una enfermedad “solitaria” y “desconocida”. Momentos de tristeza y ansiedad o falsos refugios como el alcohol y el éxito han marcado parte de su vida, que ahora explica en el libro On neix la llum (Columna Edicions).
La depresión es completamente tabú en la sociedad, ¿por qué da el paso de explicarlo a todo el mundo en un libro?
Había tomado notas durante seis años y trasladarlas a un libro era una forma de poner palabras a todos los aprendizajes; de dar pistas a las personas que pueden estar igual que yo. En un momento de más serenidad, puedes llegar a construir un buen rompecabezas con todo aquel caos emocional, con aquellos momentos en que no te comprendes ni entiendes por qué te estás sintiendo así.
No es solo el relato de una persona con depresión, explica situaciones muy cotidianas.
He intentado hacer una narración emocional de la enfermedad, pero también de sensaciones que podemos sufrir todos, porque hay situaciones que son casi compartidas por todos los humanos. Todos tenemos deseo, miedo, alegría, tristeza.
En el libro explica que nunca había asociado a la depresión hasta que se lo plantea una amiga, psiquiatra. ¿Es este el primer golpe de realidad?
Las etiquetas, como describirte como una persona con depresión, tampoco sirven de mucho, más allá de que sirven para cambiar el tratamiento. Pero sí, es verdad: la depresión es una enfermedad invisible. Porque la tristeza, la incertidumbre o la pérdida de sentido de la vida son emociones universales.
Su madre pasó por una depresión. ¿Nada le recordó?
Es una enfermedad totalmente inconsciente; no sabes que existe aunque la hayas vivido. En mi madre, yo veía que era algo muy grave que la afectaba mucho, que tenía que estar todo el día en la cama, pero no entendía por qué. Podía llegar a aceptar que le pasara, pero no a comprenderlo. Diría que la depresión es muy solitaria.

En su caso, ¿qué sentía?
Era una persona disfuncional. La enfermedad me afectaba al cuerpo, estaba fatigado; a la emoción, estaba triste, con mucho vacío; y a la motivación dejé de ilusionarme. Incluso comienzas a hacerte preguntas existenciales: ¿qué hacemos aquí, cuál es nuestro propósito? Y después llega la autocrítica: piensas que no vales lo suficiente, que los demás no te querrán, que no te recordarán…
“Desconectas de todo y de todos”, explica en el libro.
Sí, de repente. Parecía que ya no existía y que mi vida había cambiado. La depresión no la comprendes hasta que la vives. La intentas explicar, pero el otro no te entiende, porque no ha vivido lo que tú padeces.
Hay momentos en que ha buscado en el alcohol una salida.
El alcohol disminuye la ansiedad. Cuando sufres muchísima es insoportable, y cualquier cosa que te lo solucione es bienvenida. A mí beber una cerveza o dos, o incluso tres, me borraba la angustia, la anestesiaba, y en ese rato me sentía mejor. Pero eso no quita que al día siguiente me despertara con dolor de cabeza, que empeorara la propia depresión o que supiera que tenía consecuencias para la salud. Cuando sufres, tu yo instintivo quiere la supervivencia inmediata; quiere saber cómo sobrevivir ahora mismo, y lo hace con estos falsos refugios.
También se obsesiona por el cuerpo.
Sí, vomitar hacía borrar otro sentimiento: el de la culpa. Tenía mucha culpa por haber comido demasiado. Con el vómito desaparecía la culpa; ya no tenía dentro de mí aquello que pensaba que no debía comer.
Es importante compartirlo, pero cuesta. ¿Todavía siente vergüenza al explicarlo?
Sientes vergüenza porque, en el fondo, admites una discapacidad. Admitir una depresión es admitir que soy más frágil, que no rindo tanto como quisiera. Sobre todo en el ámbito profesional, pero también en el disfrute. Eres más aburrido, más melancólico, más serio. Muchas veces me he sentido así con los amigos. Algunos están siempre, pero a veces los grupos quedan para divertirse, y si tú no eres divertido, no te quieren en el grupo.
Uno puede pensar que explicarlo conlleva una sensación de alivio. ¿No es así?
No, sigue siendo una sensación de vergüenza, de lástima. Tienes la sensación de que nunca cambiarás y de que tendrás una vida más triste que los demás. Es como una sentencia. No te sientes aliviado porque tampoco entiendes cómo los demás te pueden ayudar. De hecho, aún hoy en día no hablamos mucho de ello. A mi madre, a veces, le explico cómo va con la psiquiatra, que me han cambiado la medicación o cómo me siento. Pero poco más. La conversación sobre la depresión sigue siendo muy restringida.

En el libro habla de gestionar la incertidumbre. ¿Cómo se hace?
Hay personas que toleran la incertidumbre, pero a medida que sufres dolor, piensas que si controlas toda la vida —si tienes un control rígido, haces las mismas rutinas, planificas con tiempo, tienes el trabajo preparado— entonces no aparecerán estresores externos. Crees que el control te protegerá de otro episodio de depresión. Cuando llegas a este punto, la incertidumbre se vuelve muy peligrosa y genera mucha angustia.
Hay un momento en que le pregunta al analista: “La única manera de no exponerme a riesgos será quedándome encerrado en casa”. ¿Qué le responde?
Me dijo: “Entonces, tendrá que aprender a aceptar la incertidumbre, porque la vida es incierta”. Y así es; la vida es incierta, indómita, salvaje… y es bonito que sea así. Más que querer cambiar la vida, se trata de cómo quieres interpretarla.
Pero una cosa es saber interpretar la vida y otra ponerlo en práctica.
El siguiente paso es aceptar la realidad. Los budistas creen mucho en la aceptación, porque solo hay una vida y solo tenemos un presente. Por lo tanto, si este momento presente es difícil, también debemos vivirlo. Puedes tener momentos que no te gusten, pero it’s ok; está bien que sea así, lo puedo aceptar.
En el libro reconoce que vive en una lucha constante consigo mismo por la perfección.
Todos queremos agradar a los demás, porque no somos nadie sin la mirada del otro. Hay momentos en que dices “debería ser perfecto en esta entrevista, debería agradar a los demás”. Pero, de repente, descubres que puede ser que no gustes a todos, que titulen esta entrevista de una manera que no me guste, o que hoy no estoy tan contento como ayer, y también está bien. No aceptarlo sería una lucha contra ti mismo. Hay gente que ya me quiere así; lo demás es buscar un querer que es falso.
En su caso, ¿se ha refugiado en el éxito profesional?
Puedo ser, pero es un falso refugio porque te dura muy pocos segundos. Tienes un éxito, sí, o ahora mismo presento un libro y seré muy presente en los medios; pero eso me durará un día o dos. El tercer día ya no estará. Por lo tanto, tendré que volver a llenar el vacío buscando el siguiente éxito o la siguiente tarea perfecta. Es un refugio totalmente transitorio.
Cuando queremos ser perfectos nos cuesta decir que no. ¿Ha aprendido a hacerlo?
Todavía no [ríe]. Una persona que busca el afecto del otro siempre quiere complacer. Entonces, el amor o complacer al otro pasa por delante del amor a uno mismo. Se trata de cuidarse, y una de las formas de hacerlo es poner un límite. Te digo que no para poder decirme a mí que sí.
“El ‘sí’ pierde valor cuando no sabes decir que no”. Esta frase sale en el libro.
Totalmente. Ya no eres un esclavo de la voluntad del otro. A veces puedes ayudar, tienes ánimo y capacidad; y a veces no tienes. Si te piden algo, debes saber decir: “No mira, ahora no puedo hacerlo, no me va bien”.
Eso es muy difícil.
Mucho. En el trabajo, sobre todo, pero también fuera. A veces te dicen de quedar y tienes que decir: “No, no puedo”. Me sorprendió mucho que el psicoanalista me dijera que está bien poner excusas, decir pequeñas mentiras. Porque, al final, las utilizas para no herir al otro, para que no piense que no quieres estar con él. Es cuidar a la otra persona y a uno mismo. Así que la excusa está bien, muy bien.
Es un médico reconocido en la investigación. ¿El éxito es contraproducente en una situación así?
El estrés emocional y el malestar van juntos: intento tener éxito para conseguir amor y cada vez me desgasto más, tengo más ansiedad y el cuerpo acaba cayendo en la depresión. Sobre todo cuando hay apego, cuando crees que necesitas el reconocimiento para estar bien. Es una carrera sin final. Puedes tener éxito, pero no debe convertirse en el centro de tu vida.

Sorprende que en el libro casi no hable de la pandemia, a pesar de la exposición que tuvo.
Fue un momento doloroso, pero íbamos en piloto automático, anestesiados emocionalmente. No recuerdo mucho los sentimientos que tuve; pasó todo con muchos contratiempos. Creo que la mente intenta dejarlo atrás porque las circunstancias eran muy difíciles para todos: moría gente, había mucha presión social, aislamientos y mucha crítica por la exposición.
Fue de las voces más críticas y eso conllevó críticas hacia su figura. ¿No lo desgastaron?
Me doy cuenta de la factura que tengo que pagar por todo este desgaste profesional y físico cuando ya ha pasado. El año 2022 me entra angustia y me desmotivo. Me desgastó, sí, pero es normal, muy humano. Acabas supercansado. Después de aquel período, en febrero del 2022 volví a caer en un episodio de depresión a raíz de una presión externa.
¿Cuál es la mejor manera de acompañar a alguien con depresión?
A veces, como desde fuera no se entiende lo que pasa, simplemente dices: “Venga, anímate, demos un paseo o date una ducha”. Pero así lo que decimos es que todo es una cuestión de voluntad, que si te esfuerzas conseguirás estar bien. En cambio, tu cerebro ya no funciona con la razón y necesitas que alguien legitime tus emociones.
En el libro tiene palabras de agradecimiento hacia su compañero, Sergi.
Sí, porque me acompaña con la presencia. A veces ni tú mismo sabes cuánto hay, de tristeza. Hay personas que lo confunden con la pereza porque se parece: no querer salir de la cama, no tener ganas de trabajar… Pero la tristeza no se puede medir con una analítica; por lo tanto, es importante alguien que te diga: “Puedes sentirte así, te creo”.
¿Se ha sentido en deuda?
Siento que el amor es bastante incondicional y se lo devuelvo siempre que puedo en gestos y palabras. Intento ser muy empático con él porque sé que puede ser frustrante tener a una persona triste al lado. Quien acompaña también necesita ser acompañado y tener momentos de ocio. A veces lo animo a salir: “Pásalo bien, yo estoy bien. Hoy no hace falta que comas conmigo, ve con los amigos o a ver a tu madre; yo me quedaré en casa y estaré bien”.

