Josep Pich i Mitjana (Manresa, 1967) es catedrático de historia contemporánea en la Universidad Pompeu Fabra y ha escrito el libro Catalanofòbia: una immersió ràpida (Tibidabo Edicions). En él analiza las causas de la catalanofobia, situando su origen en el siglo XVII con el memorial secreto del Conde-Duque de Olivares y repasando la evolución del relato españolista contra los catalanes a lo largo de los siglos. En esta entrevista con El Món, Pich aborda qué implica la catalanofobia, diferenciándola claramente del anticatalanismo con ejemplos prácticos, y detalla que el primer catalanófobo que dejó sus ideas por escrito fue el escritor Francisco de Quevedo. También reflexiona sobre cómo se relaciona con la confrontación de modelos estado-nación y de la construcción del enemigo interno, que en el caso español son los catalanes. «La tesis que defiendo en el libro es que las raíces de la catalanofobia se encuentran en el choque entre dos modelos de construcción de estado-nación, el de los centralistas y el del defensor del autogobierno catalán», expone, y deja claro que «ha perdurado la idea de que los catalanes somos enemigos internos porque el conflicto territorial no se ha acabado».
¿Cuáles son las causas de la catalanofobia?
Es lo que he intentado explicar en el libro. Primero, me tuve que preguntar a mí mismo si la catalanofobia existía. Y, dado que el libro existe, llegué a la conclusión de que sí, que la catalanofobia existía. Y la respuesta no era tan simple, porque, por ejemplo, si en lugar de vivir en Cataluña viviéramos en Madrid e hiciéramos esta misma pregunta, la respuesta sería que la catalanofobia no existe. Seguro. Pero, como llegué a la conclusión de que la catalanofobia sí que existe, lo que me tenía que preguntar es por qué existe.
¿Y cuál es su origen?
Sitúo el origen en el siglo XVII con el memorial secreto del Conde-Duque de Olivares, con el rey Felipe IV, donde le decía que «el negocio más importante de su Monarquía» era «reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia, que si Vuestra Majestad lo alcanza será el Príncipe más poderoso del mundo«. Y luego la Guerra de los Segadores, etcétera.

¿Y eso demuestra que hay dos modelos antagónicos de estado-nación?
Esa es mi hipótesis. Definí catalanofobia como aversión a todo lo que define la identidad catalana con una larga trayectoria histórica que llega hasta nuestros días. Esta actitud está profundamente vinculada al protonacionalismo, es decir, a las formas tempranas de identidad y sentimiento nacional que existían antes de que apareciera el nacionalismo moderno. Según las teorías aceptadas, en el siglo XVII aún no había nacionalismo tal como lo entendemos hoy, y el proyecto políticamente centralista y culturalmente uniformizador de la España de la época es un ejemplo de ese contexto. Hablamos de protonacionalismo porque el nacionalismo moderno, tal como lo entendemos ahora, surge con las revoluciones liberales. Hay teorías diversas, pero esta es bastante aceptada.
La tesis que defiendo en el libro es que las raíces de la catalanofobia se encuentran en el choque entre dos modelos de construcción de estado-nación, el de los centralistas y el del defensor del autogobierno catalán. Estos dos proyectos de estado-nación se enfrentan desde el antiguo régimen, mucho antes de que surgiera el nacionalismo contemporáneo. Por lo tanto, el conflicto que perdura hasta nuestros días tiene raíces centenarias que no han sido inventadas ni imaginadas, ni creadas por nadie, sino que han evolucionado a lo largo del tiempo, ya que las instituciones de autogobierno del antiguo régimen responden a una sociedad estamental muy diferente de la actual.
Y encontramos una primera formulación de catalanofobia en Francisco de Quevedo.
Claro, Quevedo utilizaba muy bien un arma: su pluma, es decir, lo que escribía.
Quevedo, de hecho, es el autor de frases como “Son los catalanes el ladrón de tres manos» o “Son los catalanes aborto monstruoso de la política”.
Pero hay otra más breve: «En tanto en Cataluña quedase un solo catalán, y piedras en los campos desiertos, debemos tener enemigos».
¿Todas estas referencias catalanófobas de Quevedo son las primeras que encontramos por escrito?
Que yo haya encontrado, sí. Y en el mismo período hay dos guerras importantes en España: la de los Segadores y la de independencia de Portugal. No he encontrado equivalentes a lo que escribe Quevedo sobre los catalanes entre sus portugueses. Portugueses que en aquel momento eran españoles.
Hablábamos de concepto estado-nación, pero lo que se construye es un enemigo interno?
Sí, son cosas paralelas pero no exactamente lo mismo. Antoni Simó, catedrático del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Autónoma, explica que la tesis de su libro La construcción del enemigo interior. Los catalanes en el pensamiento político español la saca de una conferencia de Josep Fontana. La tesis de aquella conferencia es que el problema que tenemos los catalanes con España es que somos su enemigo interno. Y esto del enemigo interno es complicado porque normalmente las ideas que se desarrollan en la contemporaneidad ya existían en el período moderno o antes. En el período contemporáneo, quien desarrolla la idea del enemigo interno de manera más estructurada es el jurista alemán Carl Schmitt. Aunque formó parte del régimen nazi, eso no implica que sus teorías fueran intelectualmente incorrectas. Schmitt es considerado uno de los principales teóricos de las llamadas teorías realistas en política.
¿Y qué defiende Carl Schmitt?
Pues algo que gustará tan poco como quieras pero que funciona.
¿Y qué es eso?
Pues que para cohesionar un grupo muy diverso, fundamentalmente, necesitas un enemigo. No hay nada que cohesione más un grupo que tener un enemigo. Y este enemigo puede ser externo. En el caso de los alemanes, los franceses. Y si pensamos en lo que dicen los alemanes, Alemania, como imperio, nace en 1870 de tres victorias militares. Contra Dinamarca, contra Austria y contra Francia. Pero lo que había eran estados alemanes. Y estados alemanes muy diferentes entre ellos. El más importante, Prusia, capital Berlín. El segundo más importante, que también era un reino, Baviera, capital Múnich. Y, entremedias, había principados, grandes ducados, todos soberanos. Para hablar de religión, en el siglo XIX, en Berlín eran protestantes y en Múnich eran católicos y durante siglos se estuvieron matando por eso. Por lo tanto, lograr que los alemanes se sintieran alemanes, a pesar de que uno fuera protestante o otro fuera católico, o que uno fuera del norte o uno del sur y que, en consecuencia, tuvieran grandes diferencias entre ellos, los unió tener un enemigo externo: franceses. Pero, si no es suficiente, te inventas un enemigo interno. Y en el caso de los alemanes, el enemigo interno fueron los judíos. Y, en este sentido, lo que dice el profesor Simó es que el enemigo interno en España son los catalanes y añade que eso genera catalanofobia. Por lo tanto, desde la perspectiva del profesor Simó, lo importante no es solo estudiar la catalanofobia, que es el efecto, sino comprender el concepto de enemigo interno, que en es la causa. Esto me lleva a volver a plantearme la pregunta: ¿por qué los catalanes somos percibidos como el enemigo interno?
¿Y por qué?
Porque hay el choque de dos modelos estado-nación.
¿La idea de España se basa aún en ver a Cataluña como un enemigo interno?
A ver, en lo del enemigo interno no te lo sabría decir, pero en la catalanofobia, sí. Por ejemplo, Albert Rivera es catalán, pero ni es catalanista, ni cuestiona la unidad de España, ni nada por el estilo. Pero el problema que tiene Albert Rivera, y eso es la catalanofobia, es que fuera de Cataluña se le identifica como catalán. Y, por lo tanto, como catalán, como enemigo interno, no se le acaban de creer. Y esta es la diferencia entre la catalanofobia y el anticatalanismo. Es decir, la catalanofobia es lo que afecta a todos los catalanes por ser catalanes. Y el anticatalanismo sería lo que afecta a una parte de la población, que es catalanista y que tiene un determinado modelo político que comienza en 1880.

¿Y la catalanofobia es uno de los pilares del españolismo?
Si entendemos españolismo como nacionalismo español, sí. Y de hecho, solo hay un estudio fuera de Cataluña que habla de catalanofobia. Todos los estudios que se han hecho sobre catalanofobia los hemos escrito catalanes. Excepto uno.
Te refieres al andalucista Javier Pulido.
Me refiero a un artículo breve de Javier Pulido, que se puede encontrar fácilmente por internet. Hasta donde yo sé, es el único estudio sobre catalanofobia escrito fuera de Cataluña. Cuando escribió el artículo, Pulido formaba parte del partido socialista andaluz; actualmente, creo que es independentista andalucista.
Pulido decía en el 85 que la catalanofobia era reaccionaria y que se debía rechazar como se rechaza el machismo.
Sí, dice exactamente eso. Y dice también que es el único elemento que vertebraría el españolismo. De hecho, si hablamos de bibliografía, aparte del artículo de Pulido, hay varios estudios de catalanofobia escritos por periodistas y, normalmente, que se centran en lo más contemporáneo. Es decir, en lo que ha dicho la prensa, en lo que han dicho los comunicadores, en lo que han dicho las redes sociales y, como mucho, hacen una perspectiva histórica que llega a unos períodos relativamente cortos. Evidentemente, no hay nadie que llegue al siglo XVII.
¿Y eso hace que se traslade un poco la idea de que la catalanofobia es bastante nueva?
Sí, cuando nueva es. De hecho, solo hay 3 estudios, contando el mío, que tienen un período más largo. El llibre negre contra Catalunya, de Josep Maria Ainaud de Lasarte, que va desde 1714 hasta la publicación en la última década del siglo XX, y el de Catalanofòbia de Francesc Ferrer Gironés, que es el libro más aproximado al mío, pero también comienza en 1714. A mí me parece relevante comenzar en el siglo XVII porque el año 1624 es cuando el Conde-Duque de Olivares le dice al rey Felipe IV que debe centralizarlo todo. Y eso lleva a la Guerra de los Segadores y, además, lleva a una cosa que es que el 10% del territorio catalán y la que había sido la segunda ciudad en importancia de Cataluña son francesas. Y, eso, si no comienzas el siglo XVII, no se entiende. En la Cerdaña lo entienden perfectamente. Media Cerdaña es española, media Cerdaña es francesa, y a un lado y otro de la frontera son catalanes. Lo que pasa es que los catalanes del otro lado de la frontera cada vez saben menos catalán y ahora votan Rassemblement National, que sería el equivalente de Vox aquí. Pero tú les preguntas qué son y, literalmente, ellos dicen que son catalanes, aunque voten a Le Pen.
Y hablando de toda esta temporalidad, ¿la catalanofobia ha evolucionado a lo largo de los siglos?
Sí, porque no es lo mismo la España de antiguo régimen que la España del siglo XIX, la España del siglo XX con el franquismo o la España de las autonomías actual. Ha evolucionado, pero ha perdurado la idea de que los catalanes somos enemigos internos porque el conflicto territorial no se ha acabado. Esto explica cómo una política como Esperanza Aguirre podía decir «Endesa antes alemana que catalana». Lo saco de contexto, ¿te imaginas a un político italiano que dijera que una empresa italiana sea antes alemana o francesa que no italiana? Se le echarían al cuello, a pesar de las diferencias que pueda haber entre la Italia del norte y la Italia del sur.
¿Y hay catalanofobia interna?
Uno de los catalanófobos más bestias es José García Domínguez, un articulista que reside desde los cinco años en Cataluña, pero que él mismo dice que no es catalán, sino que es gallego. Es un catalanófobo feroz, pero si él se considera gallego, no lo considero catalán. Lo considero gallego. Por ejemplo, Albert Rivera no es catalanista, pero es catalán. Aunque viva en Madrid no ha castellanizado su nombre y siempre se ha identificado como catalán. Por lo tanto, no cuestiono que sea catalán. De hecho, Albert Rivera tuvo una polémica con Federico Jiménez Losantos, que es de Teruel aunque viviera en Barcelona, y para desequilibrar la balanza el periodista dijo que él tenía razón porque el político es catalán. Eso es catalanofobia. Fui a presentar el libro a Vic, pero la primera vez que fui no pude llegar porque se me reventó una rueda del coche. Cuando me recogió el gruista me preguntó adónde iba y qué iba a hacer. Le expliqué que iba a presentar un libro en Vic, y me preguntó el nombre. Cuando le dije, se giró y me dijo «yo soy muy facha», pero quiso saber de qué iba el libro. Le empecé a explicar de qué iba el libro, las hipótesis que tenía, la diferencia entre anticatalanismo y catalanofobia y le puse el ejemplo de Albert Rivera. Él, que se autodefinió como facha, me estaba reconociendo que la catalanofobia existe, que la había notado en su piel. Y no me dejó en la autopista, estuvimos hablando, me llevó al taller e incluso me aparcó el coche.

O sea, que un facha le admitió que había sentido catalanofobia?
Es que la catalanofobia afecta a todos los catalanes a menos que hagan una renuncia explícita. Por ejemplo, a Josep Borrell yo no le cuestiono la catalanidad, pero para mí es un jacobino. Es decir, una España, una lengua centralizada, uniformizada y, si tú quieres, moderna, con buenas comunicaciones, lo que sea… pero jacobina. La primera vez que en las primeras primarias que hicieron los socialistas se presentaron Borrell y Almunia, y ganó Borrell. En aquellos momentos tenía una compañera de departamento que se llamaba Rocío, de origen andaluz, y me dijo que Borrell no sería candidato porque es catalán. Eso es catalanofobia.
Es decir, una persona puede ser anticatalanista, pero sufrir la catalanofobia igual.
Exacto. Eso es lo que intento explicar.
Pero claro, los ataques a la lengua catalana son la punta de lanza de la catalanofobia?
Los ejemplos más evidentes de catalanofobia es la persecución de la lengua, pero es uno. En Vilaweb crearon una base de datos sobre catalanofobia, que dejaron de actualizar en 2017, y hay varios apartados: discriminaciones por ser catalán, vandalismo, boicot comercial, manifestaciones anticatalanistas, represión violenta, discriminación lingüística, discurso del odio, hostilidad contra personas o entidades y represión de símbolos. Y, obviamente, los ataques a la lengua son catalanofobia.
¿Pero por qué cualquier propuesta que surge de Cataluña, como el financiamiento o repensar el estado, genera catalanofobia?
Sí, pero ya te he dicho, hemos comenzado el siglo XVII, podríamos hablar del siglo XVIII, del siglo XIX, del siglo XX y del siglo XXI. Estamos hablando de un período muy largo, y yo ya sé que acabaremos hablando del presente, pero quería hacer esta visión panorámica. En el siglo XVIII, cuando se pierde el estado catalán de antiguo régimen, empiezan con una instrucción también secreta del fiscal que dice aquello de «que se note el efecto sin que se vea el cuidado«, que es, precisamente, para introducir la lengua castellana. Lo que ellos identifican como español saben perfectamente que es castellano. ¿Y por qué digo esto? Pues porque Manuel Azaña decía que lo que él hablaba no era español, es castellano, porque si al castellano lo llamamos español, ¿qué es el catalán, el vasco o el gallego?
Pero le preguntaba eso porque cuando el País Vasco formula una propuesta similar no se produce esta agresividad.
A mí me parece que no existe una vascofobia. Y, si quieres, vamos a la Constitución del 78. Pero, si tú me preguntas cuál es el período más duro de catalanofobia? Ese es el franquismo. Y si me preguntas un ejemplo clarísimo de catalanofobia te pondré el caso Galinsoga. En 1959 Galinsoga entra en una iglesia, cuando volvía a comenzar a usarse el catalán en las misas, y sale gritando «todos los catalanes son una mierda«. Y es lo suficientemente estúpido para ponerlo por escrito. Y esto me lleva a otra cosa. Dos presidentes de la Generalitat afirmaron, categóricamente, que es catalán quien vive en Cataluña. Lo siento, con todo mi respeto por los presidentes de la Generalitat, no es cierto.
¿Por qué?
Porque Galinsoga vivió más de dos décadas en Barcelona. Y alguien que exclamó que «todos los catalanes son una mierda«, por haber vivido 20 años en Barcelona, supongo que estaremos de acuerdo en que ni él se consideró nunca catalán, ni este señor fue catalán. Me parece que es un ejemplo lo suficientemente claro. Otro ejemplo. Xavier Sala i Martín diría que en estos momentos debe vivir en Nueva York, que es donde está la Universidad de Columbia. Es ciudadano estadounidense, pero estoy muy seguro de que si le preguntas qué se considera nacionalmente, te dirá catalán. Y, por lo tanto, como no vive en Cataluña, ¿hemos de decir que el señor Xavier Sala i Martín no es catalán? Para mí, hay un grado de voluntarismo que no podemos faltar de ninguna manera. Es decir, eres catalán porque quieres ser catalán. Si no, no lo eres. Es lo mismo que te decía del articulista que dice que es gallego. Hay afirmaciones que pueden quedar muy bonitas, pero que no pasan la prueba de fuego, y la prueba de fuego es la historia. Y ahora ya no me pongo más en historia, y ahora contesto.
Adelante.
Vamos a la Constitución del 78. El problema de la Constitución es que muchos no la han leído, porque es falso eso que dicen que nos ha hecho a todos iguales. Para empezar, hay dos sistemas fiscales: el común y el que diríamos excepcional, que es el foral vasco y navarro. Y, de hecho, hay otro diferente para Canarias, el insular, que afecta a Canarias pero no a Mallorca. Se ve que Mallorca no es insular. Pero, en todo caso, dentro de la Constitución hay dos sistemas fiscales diferentes, y se mantienen toda una serie de diferencias que, curiosamente, benefician a los vascos y nos perjudican a nosotros, pero de manera absolutamente objetiva. Tanto Euskadi como Navarra son dos de las comunidades más ricas de España. ¿Qué aportan a la solidaridad común española? Fácil, nada. Y es más, según cómo se cuente, igual España está financiando al País Vasco. Y yo no he oído que los critiquen por insolidarios, por lo que sea, ni nada por el estilo. Si los vascos llegaran a un acuerdo con España, se separaran y entraran en la Unión Europea, sin guerras, ni violencia, ni nada por el estilo, muy probablemente perderían dinero. Cuando, en nuestro caso, si pasara lo mismo, no perderíamos dinero, sino que tendríamos una financiación mucho mejor.

Es claro, pero cuando en Cataluña se propone recaudar el IRPF o tener una financiación propia, lo primero que escuchas es que los catalanes son insolidarios…
Uno de los grandes subjetivos del catalanismo es el encaje de Cataluña dentro de España. ¿Qué significa? Autogobierno, concierto fiscal y respeto a la lengua catalana. Y cuando ellos formulan esto, la réplica de los centralistas es tildarlos de separatistas, pero eso no es separatismo. Es decir, Suiza funciona así, y de hecho todas las federaciones funcionan así, y no son separatistas. Lo que hay son dos choques de modelo de estado. Y otra cosa que no te he dicho, pero sale en el libro. España en todo el período contemporáneo, y especialmente desde la pérdida de los territorios americanos, tiene dos grandes ciudades, que son la capital política, Madrid, y la capital económica, Barcelona. Y estas dos grandes ciudades están en competencia. ¿Cuál es el gran problema de Barcelona dentro de un estado centralista? Que no quiere ser la segunda ciudad de España, quiere ser la primera.
¿Y eso en una federación no pasaría?
No. La mayoría de la gente no sabe que la capital del estado de Nueva York no es Nueva York, es Albany. No sabe que la capital de California no es Los Ángeles, que es una de las ciudades más importantes del mundo, sino que es Sacramento. O no sabe que la capital de Luisiana no es Nueva Orleans, es Baton Rouge. Y además lo hacen expresamente. Pero, en cambio, en un estado centralista. Si el modelo es Francia, precisamente, no hay duda de que la principal ciudad es París y no hay ninguna que le haga sombra. Y eso es lo que quiere ser Madrid en España.
Y aquí entra en conflicto Cataluña.
Cataluña y Barcelona. Si lo piensas fríamente, los catalanes somos un inmenso cabezón. Es decir, tenemos una ciudad muy grande, que es Barcelona. Y no me refiero solo a la Barcelona administrativa, me refiero a lo que sería el área metropolitana, donde vive, el 60% de la población catalana. Y eso tiene ventajas e inconvenientes, porque de la misma manera que hablan de la España vacía, también hay una Cataluña vacía, pero eso sería otro tema.

