Haidé Costa tiene un nombre que evoca rastros y recuerdos de la Grecia clásica, tamizados por Lord Byron y, sobre todo, por Joan Maragall. “Que al levantarme, ebrio, de su lado y encontrarme privado de su presencia, ya no encuentre en su lugar mi conciencia, llevada por la fuerte corriente”. Los padres de Haidé eran conocedores de letras y quisieron dejar constancia oral de ello cuando eligieron los nombres de sus tres hijas.
Haidé quiso seguir el consejo de su madre, tan influyente, y estudió Derecho. Por este hilo de Ariadna terminó ejerciendo como juez durante diez años, pero con una determinación adversa, que finalmente la llevó a dar la vuelta al mundo. Cuando regresó, decidió ser feliz y volver a sus orígenes: a los caballos y a la fotografía. De pequeña dibujaba caballos y los fotografiaba. Ahora solo los fotografía, pero, sobre todo, los interpreta. Fruto de esta interpretación han nacido las colecciones Binomis y Centàurides, con unas imágenes donde los cuerpos de las mujeres y las yeguas se hibridan y se funden simétricamente. Se puede seguir su rastro en la Pigment Gallery, templo de modernidad y contemporaneidad.
Haidé Costa llevaba el pelo largo y lánguido cuando ejercía como jueza. Ahora es toda energía equina y lleva melena.
De pequeña usted dibujaba caballos y hacía fotos, porque, además, sus padres tenían un laboratorio. ¿Por qué estudió derecho y se hizo jueza?
Porque soy una buena niña, mi madre me dijo que debía estudiar Derecho y yo estudié Derecho.
¿Así de claro?
Así de claro.
Primero fue abogada y después, jueza. Eso último no es ninguna broma…
Siempre he intentado hacer las cosas lo mejor que he sabido. Estudié Derecho y hubo la oportunidad de entrar como interina de jueza. La verdad es que no me lo planteé. No me lo había planteado previamente, sino que surgió. Estudiaba oposiciones, me hicieron el examen del Tribunal Superior de Justicia con unos señores magistrados allí, entré en la bolsa de interinos y desde entonces estuve diez años ejerciendo como jueza.
¿Qué tipo de jueza era usted?
¿En qué sentido? [Ríe].
¿Qué especialidad?
Hice un poco de todo, instrucción, instancia, pero me especialicé en laboral. Estuve unos cuantos años en el Juzgado número dos de Tarragona, en laboral. Mi intención siempre había sido hacer justicia. Cuando me presenté al TSJ y me preguntaron “¿Por qué quieres ser jueza?” –que esa es una pregunta que no sabía si me harían o no, pero pensé que tal vez sí que me la harían–, les contesté que porque el Derecho servía para hacer cosas buenas, porque quería hacer justicia…
¿Pero usted piensa que la justicia sirve para hacer cosas buenas?
Depende. El Derecho es la manera de solucionar conflictos que tiene la sociedad. Si se aplica correctamente de acuerdo con unos principios y de una forma que pueda ayudar a las personas, sí. Esa debería ser su función, pero eso no significa que no esté politizado, que no haya personas detrás que tengan un pensamiento político u otro o un bagaje profesional o personal que pueda hacer que la interpretación de la norma sea una u otra. Eso, de hecho, es la gracia del juez, que pueda interpretarla de la manera que se adapte a cada caso.
La sección laboral es mucho más tranquila que la penal…
¿Lo dices por la materia? [Ríe].
Obviamente.
Es un buen ámbito. Yo disfruté mucho siendo jueza. Muchísimo. Pero siempre te diré que soy fotógrafa antes que jurista, porque mi trayectoria profesional empieza dibujando caballos, como tú decías antes, y fotografiándolos. Y continúo haciendo fotografías de caballos. Tengo una caja llena de cuando tenía diez u once años. Pero el Derecho forma parte de lo que también he sido. Yo entré en 2008 y me tocó toda la crisis de la construcción. Aquello fue una barbaridad. Antes de aquello entraban al juzgado 800 casos al año y pasamos a tener 1.500. Fue una locura, pero me gustó muchísimo. Fue un trabajo muy bonito intentar aplicar el Derecho de una manera adecuada a los principios generales y a la norma para poder ayudar a la gente.
¿Lo consiguió?
Creo que lo hice tan bien como supe. Con toda la libertad para decidir lo que debía decidir en cada momento. Estoy contenta del trabajo que hice y disfruté muchísimo. Disfruté mucho con mi profesión de juez, pero mi espíritu es de fotógrafa.
Ahora hablaremos de eso. Veo que quiere pasar rápidamente, pero, todavía en este mundo de la judicatura, mirando jueces y mirando fotógrafos, ¿qué diferencia hay entre una fauna y la otra?
Más que diferencias, te diré semejanzas. Las dos son trabajos bastante solitarios. Tanto el de fotógrafa como el de jueza. El de jueza es un trabajo muy muy solitario. Porque estás allí escribiendo la sentencia sola… Otra similitud es que son dos trabajos muy creativos. Para mí, construir y dictar una sentencia era como hacer un rompecabezas. Tenías que ir poniendo cada pieza en su lugar y construirla con un encabezamiento, que es el inicio, un nudo y un desenlace. Cada vez era como hacer una pequeña novela. A veces el problema era interpretar la norma, ver qué norma aplicas en cada caso, un trabajo de investigación.

¿Tenía la enciclopedia Aranzadi en casa?
[Sonríe]. En ese momento teníamos el Aranzadi online. Eso es una maravilla. Yo fui de las primeras juezas que me puse ordenador en la sala. Cuando pedí un cable para poder conectarme y tomar notas en la pantalla, me miraron fatal. Eso era en 2007 o 2008.
Hoy en día los nuevos jueces ya deben dictar algunas sentencias con inteligencia artificial…
Espero que no la usen nunca.
¿Por qué?
Porque la inteligencia artificial da muchos problemas y muchos errores.
Según si es gratuita o de pago…
¡Vaya! No sé si yo la usaría para hacer una sentencia. Creo que no.
Eso significa que la innovadora que era usted ahora ya no lo sería tanto…
No llegaría hasta ese punto, creo que no.
Ya que conoce los dos mundos, ¿fotografiaría jueces?
Me lo propusieron. Cuando estaba estudiando el máster de fotografía en Elisava había uno de los proyectos que era fotografiar una comunidad. Me dijeron: “¿Por qué no fotografías jueces, tú que conoces ese espacio?”. He tenido compañeros y compañeras maravillosos, gente que realmente creía en lo que hacían, y habrá quienes no… Puedo fotografiar alguno, sí, si me aporta algo en particular…
Seguro que hay jueces que le aportarán cosas…
Bueno, tengo compañeros con quienes he compartido juzgados muy buenos y que me han aportado mucho, pero no sé si haría una serie de jueces. Ya estoy un poco fuera de todo eso.
¿Qué piensa ahora cuando mira hacia la cúpula judicial, las altísimas instancias, el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional…
Procuro no mirarlas. Yo pienso que en la justicia funciona la de base. Es decir, la que sirve para ti y para mí, pero la justicia en otras esferas pienso que está muy politizada. Procuro no mirarlo. Estoy haciendo un cambio muy importante, que puedes ver un poco en mi proceso creativo también. De ir de este espacio del Derecho, de estas cosas, de las normas, a lo que realmente yo pienso que he sido siempre, que es esta persona fotógrafa o artista, como quieras llamarlo, que busca este empoderamiento, liberar este animal interior. La parte jurídica, la estoy dejando bastante de lado.
Es una paradoja, porque, si le interesa aplicar bien la justicia y hacer el bien, ahora las decisiones de los grandes jueces van en otro sentido…
A veces dices: “¿Estos señores han estudiado las mismas cosas que yo?”.
Es un ámbito –y eso lo digo yo– donde prevaricar no es difícil.
[Sonríe, pero con cierta incomodidad]. Procuro no estar al día de las decisiones judiciales, porque realmente estoy intentando cambiar este ámbito e ir hacia otro más artístico. Procuro centrarme en aquellas cosas que me hacen feliz.
En 2012 decide hacer una pausa, un punto de inflexión. Comienza una vuelta al mundo que durará meses…
¡Ya lo creo! Aquello fue maravilloso. Tenía muchas ganas de hacerlo. Con mi pareja llevábamos años planeándolo. Además, para él viajar es lo más importante de la vida. Preparamos un viaje muy bonito y empezamos en la Isla de Pascua. Luego fuimos a las Islas de la Sociedad, a todo lo que es la Polinesia francesa, que es maravilloso porque te enseña muchas cosas. Fueron muchas, pero una de las enseñanzas que me llevé de dar la vuelta al mundo fue cómo hacer una maleta. [Ríe]. Te puedo asegurar que cuando llevábamos quince días allí, cuando llegamos a Pape’ete, en la Sociedad, cogimos la maleta que teníamos de quince kilos y la redujimos a ocho. Los otros siete los enviamos a casa. Aprendí a hacer una maleta. De hecho, cuando volví aquí apunté todo lo que había dejado en la maleta para recordarme si alguna vez vuelvo a dar la vuelta al mundo.
Ese viaje fue muy interesante. Una de las cosas que me enseñó fue aprender a vivir con lo que tienes en cada momento. Un poco salir de este capitalismo acérrimo. “Tenemos que comprar esto, tenemos que comprar aquello”. Recuerdo que en un momento determinado se me estropearon las chanclas y allí solo puedes comprar un pareo y esas flip-flops. No puedes ir con eso a la montaña. No había nada para ir. La gente es muy feliz, la gente vive con lo que tiene…
¿Realmente piensa que la gente que es así, pobre, es muy feliz?
En la Polinesia no son pobres. No tienen todo lo que tenemos nosotros, pero pueden conseguir todo lo que necesitan. No necesitan calefacción. No necesitan luz, porque se levantan con el sol y se van a dormir cuando se pone. Van a pescar y recogen la fruta de los árboles.
Una sociedad recolectora, no sé yo si eso, esta visión nuestra un poco idílica, naïf…
¡Es una maravilla!
Quizás es la impresión que nos hace a nosotros y después llega una enfermedad y se lo lleva todo por delante…
Sí, ese es uno de los problemas de la Polinesia. Cuando estábamos allí sí que es verdad que buscaban médicos y la asistencia sanitaria es más complicada, porque no hay gente formada, porque hay menos gente que quiera vivir allí. Pero al menos en la Polinesia veías a la gente muy feliz. Nosotros no dormíamos en hoteles, sino que íbamos a casas y en general ves que es eso. Después he estado en África y en otros lugares, y la cosa cambia…
Eso pensaba Gauguin de la Polinesia y la cosa terminó fatal…
Hay de todo, supongo, pero, al menos para mí, uno de los lugares del mundo que me ha hecho sentir más cómoda han sido esas islas.
¿Los fotografió?
Los fotografié, claro. De hecho, la primera exposición que hice fue de una vuelta al mundo, pero no hice tanto retrato de personas, sino de paisajes. Por los cinco continentes.

La Polinesia fue el lugar que más la aquietó. ¿Y el que más la inquietó?
No fue en ese viaje, pero, fue en otro: China. Fui hace poco, en 2007. Da miedo porque hay mucha gente analfabeta y que siguen todo lo que les dice el régimen. Me dio respeto. Pero también volví maravillada, porque es un país maravilloso y la gente es muy amable. A priori no tienes esa idea, pero son muy amables. Disfruté muchísimo de la gente, de la cultura, del color… No lo sé. Me gustó muchísimo. Y de la vuelta al mundo lo que me pareció más duro fue la India. Volvimos por allí y la India es muy bonita, hay gente muy buena y muy mala, también, pero es muy dura.
Y a la vuelta, el cambio…
Tuve tiempo durante el viaje para reflexionar sobre mi vida. Realmente, cuando ejercía como jueza tenía mucho estrés. Ya te he comentado que teníamos que responder 1.500 asuntos cuando antes habíamos tenido 800. El viaje me sirvió para reflexionar sobre qué debía hacer con mi vida y decidí retomar cosas que me hacían feliz. Casi con 40 años me saqué el título de técnico deportivo en hípica. Eso lo hacen las personas jovencitas. Y me matriculé en la Escuela Elisava para hacer el máster de fotografía.
Pudo haber pasado que, después de haber dado la vuelta al mundo, a la vuelta se hubiera propuesto hacer justicia en ámbitos más determinantes, más efectivos, como el penal…
No. El ejercicio de introspección, de pensar qué quería hacer con mi vida, fue por otro camino, el artístico. Justamente pasó lo contrario. Después de ver las injusticias del mundo, pensé que no quería saber nada. [Ríe].
Esa es escapista.
¿Por qué? Me dedico a lo que realmente había querido hacer siempre. Ese es el cambio. La vida es muy corta, puede terminar mañana y, por lo tanto, lo que tienes que hacer es intentar ser tan feliz como puedas, con lo que realmente te gusta.
¿El caballo y la pantera son los animales más bellos del mundo?
La pantera… No me lo había planteado nunca. Son bonitas, eh.
Hay gente que dice el tigre, en lugar de la pantera, pero todos dicen el caballo…
¿Todos dicen el caballo? ¿Sí? Para mí, aparte de la fuerza que tiene y esta imagen que tenemos de un caballo corriendo por el campo, que es una imagen de libertad, es un animal muy noble. De las características, de la esencia del caballo, lo que más me gusta es esta nobleza. Y también la belleza, sí, y eso es lo que intento reflejar en mis fotografías.
¿El caballo es muy noble puede ser una idea recurrente, tópica, que tenemos. ¿Todos son nobles o hay quienes tienen mala fe?
¡Hombre! [Ríe]. Hay de todo. Como en todos lados. Pero muchas veces somos nosotros quienes los hacemos poco nobles. También hay muchas maneras de educar un caballo. Por normal general son animales de huida, que no te vienen a buscar. Son muy gregarios, muy sociales, pero a la vez las personas les damos un poco de miedo.
Crec que fem por a tots els animals. Quan vostè diu que el cavall és un ideal de llibertat aquesta visió no és una mica naïf?
¡Absolutament! Quan tu vols representar la idea de llibertat quina imatge et ve al cap? A mi moltes vegades em vindria un cavall corrent, però potser perquè estic molt condicionada, eh?
A mi un presidiari fugint de la presó, corrent pel camp.
També. Però ho veus? Sempre corrent pel camp com un cavall. En realitat, aquests cavalls viuen als estables. En un lloc fosc. Això em serveix una mica de paral·lelisme amb la vida de les mateixes persones. Realment, som lliures? O hi ha una constricció social que ens limita i ens porta a estudiar Dret en comptes de fer fotografia? Per a mi aquest paral·lelisme és important. Els cavalls es creuen lliures al camp, però en realitat no ho són. Nosaltres ens creiem lliures, però en realitat no ho som.
Por lo tanto, es una falsa libertad…
Es ilusoria, absolutamente.
Usted elige, entonces, esa libertad, autoengañarse.
No creo que sea autoengañarse. Es desarrollarse en un mundo con unos límites que tienes que intentar sortear como puedas. Cada uno los sortea como puede.
Engañándose.
No. ¿Por qué?
Si la libertad es falsa…
Tú tienes una sensación de libertad absoluta, pero todos saben que no es absoluta. ¿O sí? ¿Tú qué crees?
No lo sé. Yo pregunto, no respondo. [Ríe]. ¿Por qué dice usted que el caballo es un animal totémico?
El caballo ha estado con nosotros a lo largo de toda la historia de la humanidad, no sé si antes que el perro o al mismo tiempo. Nos ha acompañado siempre. Trabajando la tierra, en las guerras, nos ha transportado… Hay un vínculo muy importante del caballo con las personas. Además, es una constante en el mundo del arte. Ahora quizás no y, de hecho, yo intento recuperar ese vínculo con la tierra, con el territorio. Sí, el caballo ha sido un animal totémico. ¡Y mitológico!
También ha servido para dar una sensación de fuerza, de masculinidad y de virilidad. Por ejemplo, están los testículos del caballo de San Martín o de Espartero, la imagen, falsa, del caballo del general Pavía entrando en el Congreso, el caballo de Jaime I o el del Cid… incluso el que montaba el general Franco en los conjuntos escultóricos que se esparcieron por todas partes… Todo eso lo ha convertido en un animal testicular…
Ssssssí. Supongo que eso depende del punto de vista desde el cual lo mires. Yo nunca lo he sentido así.
Pero ha escuchado esas frases…
Sí que las he escuchado, pero no han sido importantes en mi vida. No sé si es que no les he dado mucha importancia o es que nunca he mirado al caballo desde ese punto de vista. Al final, el caballo no es que sea afectivo, pero es muy sensible. Yo lo veo dentro de esa sensibilidad. De hecho, el caballo cuando está inquieto es porque tú estás inquieto. Cuando yo estoy inquieta mi yegua lo percibe. Perciben cómo estamos. Realmente, son animales muy sensibles. Más que ese aspecto más viril, quizás más político, el caballo es otra cosa en realidad.
En el cuadro La carga, de Ramón Casas, el caballo del primer plano tiene exactamente esa imagen política, de agresividad, da miedo…
Mira, ahora que me dices eso, fotografié todos los caballos de la guardia urbana montada de Barcelona. Y fue un ejercicio precioso. Ahora son otra cosa. Los tienen muy bien cuidados y hacen una función muy bonita, en el sentido de que van a las escuelas, enseñan esta proximidad de la guardia urbana. Eso me parece más interesante…
¿Sabe la diferencia etimológica entre equus –equa, yegua, sería el femenino– y caballus?
No.
Equus era el caballo y caballus, el caballo castrado. Nuestra idea ahora de libertad proviene de un animal castrado… [Sonrío].

De hecho, habitualmente ahora cuando los caballos se usan para la monta se les suele castrar…
Todo son contradicciones…
Y volvemos a la parte femenina.
Sí, una yegua no se puede castrar…
[Sonríe] Y, por tanto, es más libre.
El caballo siempre había tenido, como los otros animales, una función utilitaria. Hoy en día no puede ser un capricho de la gente que tiene dinero para permitírselo?
Estoy de acuerdo. El caballo hoy en día se utiliza para el deporte. Y también tiene una función terapéutica, con todo lo que es la equinoterapia. Realmente, ayuda mucho. A mí en las épocas en que tenía mucho estrés, sobre todo cuando estaba en el juzgado, lo que más me ayudaba era estar con el caballo –la yegua, en mi caso–, porque me aportaba tranquilidad, la calma. Supongo que es el pelo, el calor, esta compenetración, el binomio, entre la persona y el caballo… Me quitaba todo ese estrés. Son muy terapéuticos.
Una terapia cara… Porque tener un caballo solo para desestresarse…
Hay lugares donde hacen equinoterapia y el caballo no es tuyo.
No sé si será igual, sin la confianza que se tienen un dueño y su caballo… ¿El caballo es suyo o usted es del caballo?
Jurídicamente, el caballo es tuyo, pero tiene que haber una compenetración caballo-persona. Porque, si no, no funciona. Es este binomio. De hecho, una de las exposiciones que tengo se llama Binomis. El binomio es esa compenetración entre el caballo o la yegua y la persona, que parecen uno solo. No se distingue este centauro. Y de ahí viene esta mi evolución. El centauro es una sola unidad…
Ahora hablaremos de usted y los centauros… Pero, en todo caso, la relación entre los humanos y los caballos siempre pasa por la doma. Usted está con un animal domado…
Como las personas. Nos doman desde que nacemos…
Pero así no se puede establecer ninguna relación de igualdad…
¡Vaya! Hay muchas maneras de domar un caballo, muchas maneras de integrarlo en la sociedad. En este espacio en el que trabajamos yo suelo trabajar con gente que hace doma natural. Por lo tanto, que no estresan el caballo para que haga una cosa, sino para que él quiera hacer lo que tú le pides. Creo que eso es un cambio radical en la forma de enseñar a los caballos cómo relacionarse con las personas. Todos los caballos que ves en mis fotografías –excepto cuando hago un trabajo comisionado– procuro que hayan sido domados de esta manera natural. Como respeto hacia el animal y porque la enseñanza sea diferente.
¿Pero usted cree que a un caballo le debe gustar que le pongan una silla y que lo monte alguien?
¡Vaya! [Sonríe]. No se lo he preguntado, pero te puedo decir que la relación puede llegar a ser muy íntima. Y el caballo demuestra la voluntad de estar contigo…
¿El caballo quiere que usted lo monte?
Piénsalo, el caballo pesa 600 kilos y tú 60, 70 o 80. El caballo nota tu peso, pero no es una carga terrible… Más carga es llevar un carro. Creo que la relación que se establece es un vínculo de compenetración. Este binomio que nos aporta, al menos a mí, la felicidad de compartirla con él.
Un caballo antes de domarlo se identifica precisamente por la resistencia a ser montado. Eso es un procedimiento de adiestramiento pensado para el dominio, ¿no?
También estamos adiestrados para trabajar, ¿no? Y para tener una vida que nos lleve a estudiar, a casarnos, a tener hijos, hipotecarnos…
Precisamente usted aspira a romper con eso y a la libertad. Aspirar a la libertad con un animal sometido es una incoherencia…
Creo que si el caballo está en buenas condiciones… Otra cosa sería llevarlos todos al campo y liberarlos…
Sería más coherente…
Quizás sí. Tenemos espacios para hacer eso, pero creo que, si hay respeto y los cuidamos… También podríamos decir lo mismo de los perros y de los gatos. ¿Por qué tenemos perros y gatos en casa? Al final, mientras haya respeto y cuidado y seamos conscientes de que es un animal y que tiene sus sufrimientos y sus alegrías, y podamos cuidarlos de una manera adecuada y en consonancia con lo que son, ya está bien…
¿Cuál es la cosa más bonita que le ha dicho un caballo?
Mi yegua no es muy afectiva, es un poco salvaje… Una de las cosas más bonitas que me hace es… Es que actúan como en rebaño. Tú formas parte y, por ejemplo, vienen y te rascan el cuello. Este es un momento de conexión absoluta porque te consideran parte de su rebaño…
Vamos a sus exposiciones. La primera fue Binomio, caballo y persona, dos en uno, un solo cuerpo…
Todo esto llega desde aquel paralelismo del que hablábamos antes, del caballo y la libertad ilusoria, de la domesticación que recibimos nosotros como personas y ellos como animales. Desde este paralelismo, yo pensaba que la unión dentro del binomio, dentro del trabajo conjunto de la persona con el caballo, me aportaba esta relación entre los dos cuerpos. Con secuencias estéticamente muy similares. Cómo se contorsionan los cuerpos hacia un lado y hacia el otro, cómo eso tiene su paralelismo dentro de la fotografía. Jugué con este paralelismo armónicamente. Con esta representación del caballo como un animal domesticado igual que las personas.
Y eso evoluciona hasta Centàurides, su última exposición. La unión se refuerza tanto, que llega a un único ser, mitológico, mitad persona y mitad caballo…
La centáuride es una recuperación de este ser mitológico en femenino. Los antiguos consideraban a estos seres como un poco salvajes…
Eran guerreras.
Sí. Y también un poco outsiders, fuera de la sociedad. Yo venía de este binomio, que unía a las personas con los caballos, y lo transformé en una centáuride. Para poder liberar ese animal interior. De una manera un poco ilusoria también, pero poderlo liberar. Es una metáfora muy bonita. He querido dar una segunda oportunidad a estas centáurides. Estuve buscando textos y pinturas, y hay muy pocas, tal vez por lo que decíamos antes, porque el caballo siempre ha sido un espacio muy de hombres. Y quiero recuperarlo con un espíritu más femenino.
Ha sido siempre un espacio muy masculino, sí, pero hay una palabra específica para definir a una mujer jinete, que es amazona, en la etimología griega una guerrera que montaba a caballo…
Estuve mirando estadísticas y ahora mismo hay más mujeres montando a caballo que hombres…

Ahora mismo hay más mujeres que hombres haciendo de todo…
Sí, sí… Esta manera que decías antes tan viril de definir el espacio –la imagen– de los caballos está cambiando. Como los tiempos. Esperemos que todo cambie aún más. Y que podamos salir de estas domesticaciones. Lo intentamos, sí.
Dice usted que “Centàurides es una reivindicación de la feminidad libre, alternativa, salvaje”…
Al menos nos debe hacer pensar. Pensar, por ejemplo, que estamos en un espacio muchas veces confortable… Estamos en los establos, con nuestra agua, nuestra comida, en nuestra cama, cómodos, pero quizás también está bien pensar si hacemos todo lo que hacemos porque nos han dicho que lo tenemos que hacer o porque realmente lo queremos hacer. Pensar cómo queremos realmente vivir nuestra vida. Esta es la llamada de Centàurides. Para mí al menos quiere ser una reflexión de cómo vivimos la vida. Estar en esta rueda…
Esta es una de las cosas que cuando hice la vuelta al mundo me sorprendió mucho. De repente me encontré seis meses por delante de no tener nada planeado. Tenía los billetes de avión, de una ciudad grande a otra, pero no tenía nada planeado en estos espacios. Primeramente pensé: “¡Vaya! ¿Qué haré durante este tiempo?” Qué maravilla poder disfrutar de este tiempo y qué maravilla poder salir de la rueda en la que estamos inmersos todo el día. Esta rueda de hámster que nos lleva a casarnos, a tener hijos, a tener una hipoteca, un trabajo… Aquel momento de reflexión me llevó fuera de esta rueda. Podía pensar qué es lo que debía hacer con mi vida.
Todo esto se puede reflexionar con dinero. Nadie dedica seis meses a dar la vuelta al mundo sin un duro…
Se puede hacer, pero yo estuve ahorrando durante diez años para poder hacerlo. No me compré un coche, no me compré una casa, no tuve hijos… Poder dar esta vuelta al mundo no fue fácil. Algunos amigos me dijeron: “Haidé, tú te vas a dar la vuelta al mundo porque puedes”. La hicimos porque teníamos muy claro que la queríamos hacer y fue un objetivo durante muchos años. Fue duro prepararla. Y fue más duro hacerla. Porque irse seis meses y medio con una maleta y no tener un lugar donde parar o no tener una rutina, aunque parezca una cosa muy chula, es muy dura…
Si un caballo se va a darla, seguramente volverá con el dueño.
[Ríe]. Seguramente. Si lo tenemos bien enseñado, seguro… Si le das comida, con eso bastará. Ahora estuve con unos caballos que se dedican a la cría. A estos no los doman. El propietario me decía: “No los podrás fotografiar, Haidé. No los podrás fotografiar, porque son caballos que son salvajes”. Los cogimos, montaron el estudio, les enseñamos todo lo que hacíamos, les enseñamos cómo se disparaban los flashes, les enseñamos la cámara… Hicimos una sesión maravillosa…
Quizás ya la ven a usted como uno de los suyos…
[Ríe]. De hecho, ya llevo la melena puesta.
Dice usted que en estas sesiones le preocupan más las personas que los caballos…
Noooo. Me preocupan más los caballos.
En el sentido de que son las personas las que se ponen más nerviosas, las que se inquietan más.
Ah, sí. ¡Por supuesto! Hacer una sesión de fotos con caballos es complicado, porque no les puedes decir que miren a la derecha, a la izquierda o que sonrían. Intento que no sean muy largas para que el caballo no se canse, pero no es fácil. Ahora, las personas son más difíciles. Te dicen: “No me gusta esta arruga de aquí. Quítame esto o aquello…”. El caballo no se queja.
¿Qué idea tiene usted del feminismo?
¡Vaya! Creo que estamos en un momento en el que está muy estigmatizado. Y me da mucha pena, porque pienso que el feminismo lo que busca es la igualdad de las personas, que no haya estos techos de cristal, que me he encontrado sobre todo en el momento en que me he dedicado a la empresa privada. Hay un movimiento que ahora mismo está surgiendo y que hace mucho daño al feminismo que para mí significa esta igualdad. Hay unos extremos que hacen que muchas personas –sobre todo, hombres– que están a favor del feminismo, de esta igualdad, a favor de que no tengas que distinguir entre hombre y mujer para hacer una cosa, para buscar un trabajo o para que una obra de arte tenga el mismo valor, duden… Creo que el feminismo debe buscar esta igualdad, pero sí que hay un movimiento bastante preocupante que hace que personas que en principio estarían muy de acuerdo con esta igualdad se hagan para atrás, hagan el ejercicio contrario. Y eso da un poco de miedo.
Sobre todo, entre la gente joven…
Debemos reflexionar y debemos pensar que estamos haciendo algo mal. Debemos hacer otro discurso. Quizás debemos cambiar el nombre de feminismo y debemos buscar otro, porque hay muchas cosas que no me representan. Pienso que estos extremos no son favorables ni para hombres, ni para mujeres, ni para personas bisexuales, trans, LGTBI+ o lo que sea. Debemos recuperar la igualdad de oportunidades, que valoremos a la persona por la persona, por lo que hace y por lo que es, no por el género que tenga.
Un juez es una persona de orden. Eso es muy de orden…
¿Sí?
Quizás algunas feministas, al escucharla, la tildarán de conservadora o incluso de reaccionaria…
¿Sí? En todo caso, antes de llegar a esta igualdad, quizás tendremos que dar un poco más de oportunidades a las mujeres. Yo no estoy en contra. Si te refieres a eso. Al contrario. Pienso que lo que debemos buscar es esta igualdad, con el camino que consideren nuestros políticos que sea mejor [sonríe] y que podamos llegar al hecho de que no sea necesario identificar a las personas por su género, el que sea. Es una cuestión temporal. No debe ser para siempre esta ayuda.
Usted es partidaria de la denuncia social. ¿Hacia dónde nos debe llevar esta denuncia?
Exactamente hacia la igualdad. Yo busco una sociedad más igualitaria donde la persona sea… De hecho [ríe], tengo centáurides hombres, también. No los discrimino. Me gusta mucho porque tienen también mucha fuerza. Se trata de buscar esta igualdad. Que no me miren a mí por ser mujer, sino que me miren por lo que hago y por lo que intento expresar…
Usted es tan ordenada y metódica, que sus fotos son simétricas?
¡Oh! Ahora me has tocado el punto débil. ¡Sí! Soy una loca de las simetrías. Supongo que sí, que es por un rasgo de la personalidad, un poco… La mayoría de mis piezas tienen simetrías. Por las composiciones, al final hago unas piezas que son bastante instalativas. Las simetrías me parecen necesarias. Me dan paz y tranquilidad.
¿Y la elegancia?
¿Cuál?
La suya y la de su arte. Simetría y elegancia, diría yo.
¿Sí? Pues, me alegra mucho que lo veas así. El arte no está desligado de la belleza. La belleza es diferente en cada momento de la historia, pero a mí las piezas me salen así. En realidad, son ellas las que vienen a buscarme a mí. Son así, porque al final cualquier expresión artística es una expresión íntima de la persona. A través de estas fotografías puedes ver cómo es mi mirada. Quizás es una mirada un poco naïf, como decías antes, pero sí, tiene simetrías y busca una belleza estética, pero eso no está reñido con la denuncia. En absoluto.

¿Y por qué vuelve ahora a la fotografía analógica en un mundo del todo digital?
Últimamente hago mucha cianotipia. Incluso estoy haciendo un curso para aprender muchas técnicas de fotografía y positivado analógico, porque para mí es muy importante controlar todo el proceso. La fotografía también tiene un punto melancólico y muy manual. Y tengo muchas ganas de recuperar esta manualidad. Desde hacer la fotografía hasta la salida de esta pieza, que realmente es imperfecta. Aquí hay una parte de estas cianotipias, de la imperfección, de buscar esta pieza única en tanto que imperfecta, en tanto que nunca será igual que otra, porque siempre pasan cosas. Todo este proceso es muy interesante. Me relaja muchísimo y me transporta a otro espacio, a otro momento. Mi pensamiento se centra en hacer las cosas, en cómo hacerlas. Dejo de lado otras preocupaciones que pueda tener en la vida. Entro en la fotografía y controlo todo este proceso, desde el principio hasta el final. Dentro de este descontrol que es la fotografía analógica.
Eso aún la hará ser más solitaria…
Hay otros momentos de encuentro. Por ejemplo, cuando haces una exposición, como la que hicimos en Pigment Gallery, donde he expuesto Centàurides. Entonces te encuentras con toda la gente. Yo he trabajado en cine también, con todo un equipo de personas. El cine es muy bonito, pero muy complicado. O cuando estás haciendo un proyecto fotográfico de personaje o de retrato, que me gusta mucho, porque me gusta mucho trabajar la persona antes de hacerle fotografías. Lo que es importante es conocer a esa persona para poder extraer de ella el máximo, ese interior. La fotografía es solitaria en el momento en que editas, en que revelas, en que… pero después tiene otros ámbitos que son muy enriquecedores.
Siempre se ha dicho que los sioux y otros pueblos indígenas americanos no se dejaban fotografiar para evitar que les robaran el alma…
En una parte ya es eso, pero, más que robarla, lo que tienes que conseguir es que se represente en esa fotografía. Eso es muy importante. Porque te aporte algo, porque te exprese algo, porque te interpelle como espectador, como persona, debe haber parte de la personalidad. Ahora hablo del retrato. En el momento en que consigues eso la fotografía pasa de ser una mera imagen a ser un retrato y a explicar una parte de esa persona.
¿Usted percibe eso cuando se mira un retrato?
Yo creo que todo el mundo lo percibe. Hay gente que se dará cuenta y habrá quien no se dará cuenta, pero al final cuando tú miras un retrato puedes ver si hay esa alma o no. Todo el mundo se da cuenta, creo yo.
¡Todo el mundo ahora es o se cree fotógrafo!
Eso sí.
¿Y este intrusismo desbocado no es horrible?
No. Está muy bien. La diferencia radica en tomar una fotografía o en construir una fotografía. Esa es la diferencia entre ser fotógrafa y no serlo.
La gente que no para de hacerlas por la calle con el móvil las construye muchísimo… Hay más fotógrafos por la calle que personas.
Estas fotografías suelen ser efímeras, de un momento determinado. La fotografía es pintar con luz. Por lo tanto, yo pienso que una cosa muy importante, al menos de mis fotografías, es la iluminación. Yo no suelo fotografiar con luz natural. Suelo fotografiar con luz artificial. De hecho, cuando hago fotografía de retrato, la hago en el estudio, pero cuando voy a la hípica me llevo el estudio fotográfico. Montó el estudio fotográfico e ilumino porque pinto con luz. Por lo tanto, ilumino como yo quiero que después esta fotografía resulte.
¿No es inquietante que todo el mundo se fotografíe a sí mismo tantas veces?
Eso dice mucho del narcisismo de la sociedad.
¡La cantidad de selfies que se hacen a cada momento es astronómica!
¿Quieres que nos hagamos uno?
Ni pensarlo. [Ríe]. ¿Le gustan los selfies?
No especialmente. De hecho, encontrarán fotografías mías, pero muy pocas. No hay muchas. Procuro hacérmelas yo, para así elegir cuál pongo y cuál no.
¿Por qué le suspendieron la cuenta de Twitter?
¡Ah! ¿Me suspendieron la cuenta de Twitter?
Sí. Suspendida “por infringir normas de uso”.
Ni idea. Hace años que no entro.
¿No le gusta Twitter?
No me gusta de dónde viene, sobre todo. Hubo una época en la que lo utilicé bastante. De hecho, yo creo que la última publicación la hizo la Guardia Urbana, del proyecto que hice con ellos. ¿Suspendida? Primera noticia.
Yo pensaba que usted había colgado un desnudo de los suyos y, como son tan puritanos…
Quizás. Pero creo que en Twitter no he colgado ninguno. Si he colgado, ha sido en Instagram, y no he tenido ningún problema. De momento… Nunca se sabe. Son un poco velados, mis desnudos, por eso, eh…
Son muy finos. Un poco naïfs…
[Ríe] ¡Como yo!
Son inocentes.
Es lo que te decía antes. La mirada es la de uno mismo. Y para mí la mirada al desnudo es esa.
Usted ha ido evolucionando, del blanco y negro al color, y de la simplicidad, la austeridad, hacia un cierto barroquismo…
Todas mis fotografías son bastante minimalistas, en general. Todo evoluciona. Como artista evolucionas como lo hace la persona. Y la persona va cambiando, como cambian los gustos, la obra o lo que quiere expresar. Quizás sí, quizás estoy en un momento más barroco, si tú lo dices.
Y ahora dice que se interesa por la abstracción. Parece que está recorriendo todas las etapas de la historia del arte.
Estas sí, estas son un poco más abstractas. De hecho, es la deconstrucción de la centáuride. Tienen parte de esta simetría que decías antes. De jugar con los colores, también, cromáticamente. Tienen esta simetría, este efecto más lineal.

¿Programa usted lo que hará ahora o se deja guiar por la intuición?
Ahora mismo trabajo con la galería Pigment. Vamos haciendo muchos proyectos, como este de aquí, de Dröm Living [la empresa de arquitectura e interiorismo donde hacemos la entrevista]. Mi interés es continuar evolucionando. Continuar hablando de esta domesticación, de esta libertad, de esta entelequia. Es un trabajo importante para poder reflexionar sobre la sociedad que somos. Me gustaría continuar trabajando en este ámbito. También me gustan los retratos. Y el cine, aunque sea muy duro. Me he decantado por el arte en galería, pero no dejo de hacer otras cosas que me aportan también cosas…
¿Puede vivir del arte o tiene que hacer de empresaria para vivir?
El problema de vivir del arte o no vivir de él es el tiempo, básicamente. Tengo una empresa que de momento es jurídica. De hecho, el problema es que no tengo suficiente tiempo para dedicarme al arte tanto como quisiera.
¿Ha leído la novela El hombre que susurraba a los caballos? ¿O ha visto la película?
Ahora quedaré fatal. Sí, pero no me acuerdo.
¿Habla a los caballos al oído?
Se les debe hablar suave. Como son muy sensibles, como te decía antes, se les debe hablar muy pausadamente y muy suave. Para no estresarlos.
Sentencia suya: “Si tengo clara una sola cosa, es que solo se vive una vez”. ¿Lo ha hecho bien? ¿Está satisfecha, por ahora? ¿O en el futuro hará un giro como el que se derivó de su vuelta al mundo?
Estoy feliz con mi trayectoria vital. No me puedo quejar. He tenido mucha suerte, pero la suerte te debe encontrar trabajando. Estoy muy contenta del momento, del espacio, de cómo he desarrollado toda esta faceta artística. No sé qué me deparará el futuro. No tengo ninguna bola de cristal. ¿Tienes una por aquí?

