Agosto será un mes cargado de simbolismo para Roger Federer. El 27 de este mes, una fecha
Pero, antes de esa cita tan protocolaria en Rhode Island, el suizo ya ha hecho otra parada. Mucho más personal, mucho más
No es la primera vez que lo hace. Y seguramente no será la última. Federer lleva años volviendo a la misma isla, casi siempre por el mismo motivo: su profunda amistad con Rafa Nadal. Esta vez, su amigo y eterno rival no pudo acompañarlo en el recorrido.
Federer y su secreto mejor guardado
Fue el padre de Nadal, Sebastián, quien hizo de anfitrión perfecto por las nuevas salas del museo. Entre ellas hay una dedicada al «Big Three», un espacio que reúne toda clase de contenido audiovisual y objetos de Federer, Nadal y Djokovic. (Un
La conexión de Federer con esta isla va mucho más allá de la simple amistad. Es un lugar que lo atrapa, que lo llama de nuevo. Un
refugio real en medio del ruido.
«Es maravilloso ver todo esto. Es precioso», resumió el suizo al terminar la visita. Ninguna de sus declaraciones vincula explícitamente Mallorca con una casa propia, ni con planes de instalarse definitivamente en la isla. Pero el patrón de visitas es innegable.
Hay un documentado y repetido patrón de visitas, de partidas de golf compartidas y de un afecto claro por un lugar que, para él, sin necesidad de decirlo, funciona como un
Este lugar es Mallorca. La que Santiago Rusiñol bautizó como la «Isla de la Calma». Y, sí, ya entendemos por qué atrae a una leyenda como él. No es solo Nadal, es la esencia de la isla.

La verdad oculta de la «Isla de la Calma»
Mucho antes de que el tenis convirtiera a Mallorca en el escenario perfecto para photocalls y visitas de leyendas retiradas, la isla ya tenía un sobrenombre. Uno que la definía mejor que cualquier titular: la «Isla de la Calma». Se lo debemos a Santiago Rusiñol, el pintor y escritor catalán.
Rusiñol llegó por primera vez en 1893 y quedó atrapado por algo que no había podido encontrar en ningún otro lugar. Un ritmo de vida que parecía haberse detenido antes de que el siglo XX comenzara a acelerarlo todo. Nosotros también buscamos esa desconexión.
Regresó varias veces, pasó largas temporadas allí, y de estas estancias nació «La isla de la calma». Un libro publicado en 1913 y ampliado en 1922, que es mitad crónica de viajes y mitad manifiesto
Rusiñol invitó a los lectores «aturdidos por los ruidos que conlleva la civilidad» a seguirlo a una isla donde «los hombres nunca tienen prisa» y donde «el sol se queda más tiempo y la señora Luna camina más lentamente». Una
solución a la vida urbana.
No era solo literatura bonita. Era una crítica directa a la sociedad industrial que él mismo había vivido y rechazado en Barcelona. Mallorca se convirtió, en su relato, en el reverso exacto de todo lo que consideraba enfermo en la vida urbana. Una
El sobrenombre sobrevivió al siglo, aunque hoy pueda sonar casi irónico. En 2023, la isla recibió 17,8 millones de turistas, una cifra que Rusiñol nunca habría podido imaginar. Un hecho que convive de forma incómoda con la calma que él describía.
Y sin embargo, el sobrenombre sigue vivo. Quizás porque esa calma nunca desapareció del todo. Se retiró a los rincones donde el turismo de masas no llega con la misma intensidad. En los pueblos de la Sierra de Tramuntana, en las largas tardes de la costa noroeste. (El

Los lugares donde la calma aún resiste
Es allí, más que en Palma, donde el visitante todavía puede encontrar algo parecido a lo que enamoró al pintor. La Catedral de Mallorca, conocida como la Seu, es una de las construcciones góticas más imponentes del Mediterráneo, levantada entre los siglos XIII y XVII sobre un acantilado que mira al mar.
Su rosetón mayor, uno de los más grandes del gótico europeo, y la intervención que Antoni Gaudí hizo en su interior a principios del siglo XX la convierten en parada obligada. Aunque solo sea para verla desde el Parque de la Mar al atardecer. (Una
Detrás de la ciudad se alza la Sierra de Tramuntana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Un cordón montañoso que recorre toda la costa noroeste y que concentra los pueblos que mejor conservan el espíritu que describía Rusiñol.
Valldemossa es el más conocido, con su cartuja convertida en museo y su vínculo con Chopin y George Sand. Ellos pasaron allí el invierno de 1838 y dejaron una huella que la localidad no ha dejado de explotar. Pero sin perder por ello su encanto de piedra y calle estrecha.
Sóller, un poco más al norte, ofrece otro registro: naranjos, un tranvía centenario y un puerto que aún huele a pueblo de pescadores. Y no muy lejos de Valldemossa se pueden visitar los Jardines de Raixa, una finca del siglo XVIII con terrazas y esculturas. El mismo Rusiñol los pintó.
A Mallorca se llega en avión hasta el aeropuerto de Palma (PMI). Tiene conexiones directas desde prácticamente todos los aeropuertos españoles y buena parte de los europeos. También en ferry desde Barcelona, Valencia o Denia para quienes prefieran llevar su coche.
Una vez en la isla, moverse en vehículo propio es casi
Así que la próxima vez que busques un lugar para encontrar tu propia calma, o que sientas la urgencia de escapar del ruido, ya sabes a dónde ir. Tal vez no te encuentres con Federer, pero sí con la paz que él busca. ¿Te atreves a descubrir tu
