La estrategia de defensa de cualquier acusado siempre es buena si los hechos, más o menos, pueden sostener el relato que contradiga la acusación. En el caso del juicio contra los Pujol Ferrusola esta tesis jurídica se va confirmando. Los defensores de los hijos de Jordi Pujol bien lo sabían, y han podido construir un relato alternativo al de la UDEF, el ministerio fiscal y la Abogacía del Estado. Más o menos, como el caso de los empresarios imputados en la causa.
La historia del origen del dinero en Andorra por una herencia del padre del expresidente, el famoso abuelo Florenci, y los negocios que hicieron los hijos, cada uno con más o menos éxito, tiene verosimilitud o indicios razonables de ser cierta. Sobre todo si se tiene en cuenta que la acusación, de momento, se mantiene en el terreno de la especulación de que el dinero procedía de comisiones irregulares de adjudicaciones de la administración pública que se camuflaban con negocios simulados. Los testimonios, la prueba aportada, las periciales y las declaraciones de Jordi Pujol Ferrusola y su hermano Josep así lo apuntan.
Pero, en la 33ª jornada de la vista oral, celebrada esta mañana, el tribunal de la Audiencia Nacional que preside José Ricardo de Prada ha constatado que aún hay defensas que no hacen bien los deberes o, como mínimo, no ajustan a su cliente en el estrado. Ha sido el caso de la declaración de Mercè Gironès, exesposa de Jordi Pujol Ferrusola y una de las principales acusadas. Gironès ha querido defender la tesis que su abogado ha remarcado durante todas las jornadas del juicio. Es decir, que su clienta era una especie de infanta Cristina, es decir, que no sabía nada de los negocios de su exmarido ni de las empresas de las que, curiosamente, era administradora. Lo ha sintetizado en una sola frase: «¡No tenía ni la llave del despacho!». Una tesis que ha resultado poco verosímil, a pesar de los sollozos, porque testimonios y documentos también le otorgan responsabilidad de administradora en algunos de los negocios inmobiliarios, como el caso de Palamós o de L’Hospitalet de Llobregat, o los proyectos en México.

Un interrogatorio caótico
Gironès subió al estrado y advirtió al tribunal, que, como Josep Pujol, solo respondería a su abogado, Oriol Rusca. La idea de Gironès era convencer a los magistrados de que no tenía nada que ver con los negocios, ni las inversiones, ni los proyectos, ni los fondos. Por eso comenzó su declaración exponiendo la doble separación que vivieron como matrimonio. Una primera vez, en el año 2006. «¡Entonces, se fue de casa!», recordó. Y posteriormente, en el año 2012, aunque la separación no se formaliza ante notario hasta el año 2014. El relato de Gironès incomodó al tribunal, sobre todo, en aquellos momentos en que testificaba sollozando.
Un interrogatorio caótico y desordenado obligó al tribunal a poner orden y al mismo letrado a autocorregirse. Pero la idea inicial fue contextualizar las separaciones como el punto de partida de su situación societaria, económica y financiera. Al fin y al cabo, esbozó una vida dedicada a los hijos y a la gestión de las cuestiones familiares. Por eso justificó la donación, puesta en duda por la fiscalía, de un piso de casi medio millón de euros a su hija otorgada por su padre, porque «era la vivienda que me correspondía con la separación». De la misma manera, reconoció haber cobrado 7 millones del reparto de la separación.
En este sentido, el abogado -con quien se comunicaban a menudo en catalán para sorpresa del tribunal-, le pidió en alguna ocasión que se centrara en su relato sobre el hecho de que no tenía nada que ver con los negocios, más allá de que todo lo tenían al 50% y que era administradora y apoderada de las sociedades porque su marido se lo pedía. Por eso confirmó que firmaba documentos y contratos porque confiaba en él. «Él tenía el contacto con la gente», subrayó para remarcar que la secretaria tenía más información que ella. «Yo no tenía ninguna actividad comercial», remató. Negó también disponer de cuentas en Andorra y sí contestó a la «galantería» -en expresión de su abogado- de su exmarido de no responder nada que la afectara y de admitir que hizo firmar un documento al presidente Pujol para hacer ver que una de las cuentas que tenía era suya y así no darle ni un céntimo de la mitad del saldo de la cuenta a Gironès. Con todo, también aseguró que desconocía la herencia y que en ningún caso se benefició de ella.

