Una de las normas básicas del poder de seducción es preguntarse a quién se quiere hacer la gara-gara por su trabajo. Este lunes ha sido un ejemplo, aunque con un debate paradójico, quién ha seducido a quién, en la 32ª jornada del juicio contra los Pujol Ferrusola. Todo ello en el marco de un larguísimo, intenso y muy respetuoso interrogatorio por parte del fiscal del caso que se ocupa de la vista, Fernando Bermejo, al hijo primogénito del expresidente, Jordi Pujol Ferrusola, protagonista de todas las jornadas celebradas hasta ahora. Un interrogatorio que ha permitido al acusado volcar datos, experiencias y conocimientos ante un fiscal que ha preferido mantener el tono y no presionar al declarante a la ofensiva para evitar darle aún más espacios para marcar goles. Al fin y al cabo, Pujol Ferrusola había hecho los deberes y ha exhibido una avalancha de datos y argumentos contra el relato de la acusación, según el cual sus negocios eran simulados para ocultar comisiones de adjudicaciones de la administración catalana.
El expresidente, exonerado antes de comenzar la sesión
La jornada, sin embargo, había comenzado con la comparecencia de su padre, el expresidente Jordi Pujol, de 95 años, con problemas cognitivos y de movilidad, ante los magistrados, que debían decidir si podía ser juzgado o no. El tribunal, presidido por José Ricardo de Prada, ha resuelto hacer caso a los médicos forenses y expurgar su nombre de la causa. Es decir, exonerarlo de su posible responsabilidad penal. Según fuentes del caso, el trato ha sido «amable e incluso, afectuoso». Los magistrados se han esforzado en formularle preguntas con «frases cortas» y concretas, y se han dado cuenta de que perdía el hilo. El presidente ha llegado escoltado por dos mossos d’esquadra y por un coche camuflado del Cuerpo Nacional de Policía, que se ha ofrecido a acompañarlos por si acaso había cualquier problema con algún alterado a la entrada de la Audiencia Nacional.
La sensación que ha quedado de todo ello es que el tribunal ha cumplido el protocolo de llevarlo a Madrid para que no se dijera que se ahorraba la pena de telediarios después de 15 años de instrucción. Una pena leve, porque el presidente ha entrado dentro de un coche, un Seat familiar, directamente al aparcamiento de la Audiencia Nacional y no se le ha visto en ningún momento. Y en la entrevista con los magistrados, en la cual José Ricardo de Prada ha asegurado que tenían «un gran interés», el presidente ha afirmado que se veía con ánimo de declarar. Pero el sentido común se ha impuesto y han optado por no enturbiar un juicio que, de momento, no ha supuesto ningún escándalo. Al fin y al cabo, del presidente se ha hablado muy poco a lo largo de la vista y, si se ha hecho, ha sido para elogiarlo.

La biografía del primogénito
Una vez reorganizada la sesión, después de haber apartado al presidente Pujol, se han dedicado unos brevísimos momentos a repasar la prueba documental del juicio. Y, justo después, el tribunal ha iniciado una de las fases que pueden ser más fascinantes de las vistas orales: las declaraciones de los acusados. Una fase con entidad propia y más en este tipo de juicios, en los cuales durante 30 jornadas han pasado por el estrado cientos de testigos, con diferentes grados de interés y una larga prueba pericial que hacía las delicias de cualquier aprendiz de derecho tributario o aspirante a asesor financiero.
Se ha subido al estrado Jordi Pujol Ferrusola. Ha colocado bien los dos micrófonos y ha dejado un montón de carpetas sobre la mesa. Ha preguntado a la sala si se le oía bien y ha rogado al tribunal paciencia porque seguro que se le escaparía alguna «catalanada». Bermejo ha recogido el guante y le ha replicado que no se preocupara porque sabe catalán. «Usted sí, pero el resto…», ha respondido Pujol Ferrusola. Un prólogo sorprendente que no hacía sospechar el tono, el ritmo y la intensidad de lo que sería el interrogatorio.
Para hacerse a la idea, Jordi Pujol Ferrusola ha comenzado su declaración con cierta similitud a la famosa escena de La Máscara, cuando Stanley Ipkiss, el oficinista bancario reconvertido en el dios de las travesuras se ve rodeado de policías, y comienza a interpretar el fabuloso mambo Cuban Pete. El gancho de la jornada es que el fiscal, quizás sorprendido porque el principal acusado ha decidido responder a sus preguntas, ha aceptado el reto con un interrogatorio sobre hechos. Así, ha seguido el guion del escrito de acusación, del cual no es el autor –un detalle nada menor–, ya que lo construyó la fiscal Belén Suárez, ahora promocionada al Tribunal Supremo, y ha dejado a Bermejo en la difícil situación de defenderlo.
De la herencia a la «información privilegiada»
El fiscal Bermejo ha comenzado en el origen del caso siguiendo la tesis de la defensa. La famosa herencia de Florenci Pujol, padre del expresidente. Unos 140 millones de pesetas en dólares opacos que dejó en Andorra, ocultos del fisco español, por si acaso su hijo volvía a sufrir la represión y se necesitaban fondos para no condenar al pacto de hambre a sus hijos y su esposa, Marta Ferrusola. El primogénito del presidente ha descrito la herencia y su evolución. Unos fondos que ha querido dejar claro que se legalizaron con la hacienda española, al margen de la denuncia, inspirada por la policía patriótica, de su examante, Victoria Álvarez.
«Mis abuelos [Florenci Pujol y Josep Ferrusola] nos llevaban a caminar para enseñarnos los caminos para cruzar la frontera», ha relatado. Era un seguro de conocimiento por si tenían que dejar Cataluña porque políticamente las cosas iban mal. De hecho, el presidente Pujol sufrió la cárcel por los hechos del Palau casi cuatro años, además de un confinamiento en Girona. «No iba muy equivocado, todos recordamos el golpe de estado de 1981», ha rememorado con picardía. De esta manera, ha expresado al tribunal que los fondos, que ha definido como «fiscalmente opacos», los dejó Florenci en gestión a Delfí Mateu, y Joaquim Pujol lo relevó y este ordenó a Jordi Pujol Ferrusola que se hiciera cargo.
Una vez repasada la posibilidad y verosimilitud de la herencia, el interrogatorio ha continuado negocio por negocio, factura por factura, ingreso por ingreso y documento por documento. De entrada, el fiscal le ha preguntado cómo un licenciado en Económicas puede participar en negocios como proyectos de refinerías, de energía eólica, inmobiliarias, puertos, casinos, hoteles o fábricas de tortitas en México. Pujol ha replicado que no hace falta ser un experto, sino tener los contactos y la visión de poder concertar entre compradores y vendedores. «Yo trabajo con información privilegiada», ha sentenciado con insistencia. Pero lejos de referirse al concepto que hizo famoso Gordon Gekko en el film Wall Street, el hijo mayor del expresidente ha defendido que conocía información importante y especializada de determinados mercados. Un hecho que le permitía que posibles clientes con negocios potenciales contactaran con él para encontrar salida a un proyecto o un producto. Un trabajo que siempre hacía «a éxito».

De contratos y contactos
El fiscal y Pujol se han complementado con preguntas y respuestas. De hecho, el primogénito ha corregido en más de una ocasión al fiscal porque mezclaba proyectos o empresas, nombres o, simplemente, se dejaba «la mitad de la película». Lejos de mantener una postura agresiva, Bermejo le ha dejado hacer, le ha dejado jugar. De hecho, ninguno de los dos, en una especie de pacto entre caballeros, han jugado a la defensiva y la declaración ha transcurrido con fineza entre ellos dos. Incluso, con jugadas combinadas que han sorprendido al tribunal, como cuando Pujol refrescaba al fiscal nombres de personas que le habían proporcionado información. Bermejo, al final, le ha preguntado por qué no decía algunos de los nombres o por qué no se les ha llamado a testificar. Pujol ha sido un punto audaz y, después de dar un sorbo de agua, ha justificado que no lo hacía porque el juicio «es una trituradora, dices un nombre y lo destrozan». «Hace quince años que estamos en una trituradora», ha lamentado dirigiéndose al tribunal.
Pujol Ferrusola ha enfatizado que siempre había trabajado por el «mundo» hasta que «España comenzó a ir bien» y se podían hacer negocios. De hecho, ha asegurado que en Cataluña evitó hacer negocios para esquivar la «contaminación política». Por eso, trabajaba en México, Argentina, África, Paraguay o los EE.UU. Y ha añadido que por el «miedo al corralito» con Mariano Rajoy en la Moncloa llevó dinero a Suiza, con «plena transparencia». También ha perfilado cada negocio con Luis Delso, también acusado, con las empresas Copisa e Isolux, con el Puerto de Tarragona, en Tivissa, en Málaga, Palamós, l’Hospitalet de Llobregat e Inter Rosario, en Argentina, así como los contactos con Inverama, de Artur Suqué, o los negocios con Carles Vilarrubí. Todo enmarcado de experiencia personal, el camino de los contactos para cada negocio y aderezado con lo que es una memoria prodigiosa, que sí podría ser otra herencia, en este caso de su padre. En síntesis, la estrategia de Jordi Pujol Ferrusola ha sido desmentir con datos la tesis de la acusación que teoriza que los negocios por los cuales cobraba eran simulados y respondían a comisiones de adjudicaciones de la administración catalana camufladas en proyectos y asesorías. Y se ha salido con la suya.
También ha argumentado la falta de contratos porque con quien conocía «no le hacían falta contratos sino la palabra dada». En otros casos, sí que había porque, no conocía al cliente. De hecho, ha argüido que en 1996 lo engañaron en México, y por eso decidió comenzar a firmar contratos en aquellos casos en los que no conocía al cliente. En definitiva, ha dado explicaciones pausadas a diferentes operaciones llamativas por las plusvalías que habían generado todo alegando que eran negocios a riesgo y que, una vez terminados, se podrían vender. Ha ido ofreciendo datos, nombres, cifras, facturas, negocios, contactos e iniciativas como si recitara de memoria la lista de la compra. «No tengo nada que esconder», ha sentenciado después de cada explicación, hasta el punto que de comentar los más ínfimos detalles de la operación y, lo que ha dejado más asombrado al público de la sala, la relación con su esposa, también acusada, Mercè Gironès.
Una experiencia «traumática»
El primogénito del expresidente ha querido resaltar la relación con Gironès. En este sentido, ha expuesto que cuando se casaron hicieron un pacto: todo a medias. Y por eso costó tanto la separación. De hecho, ha enumerado punto por punto cuál era todo su patrimonio entonces e incluso cómo fue la donación a su hija de casi medio millón de euros para que se quedara un piso de su propiedad.
La separación la ha definido como una «reestructuración patrimonial» de sus dos principales empresas -Iniciativas del Màrqueting y Project Marqueting- debido a «la experiencia traumática que supuso el divorcio». En este punto, le ha propuesto al fiscal hacer de pañuelo de lágrimas y contarle la experiencia. El fiscal que lo ha visto venir, ha rechazado la invitación. Lo que quería Jordi Pujol Ferrusola era alejar el papel que el abogado de Gironès ha querido dar a su clienta, es decir, hacer una infanta con el argumento de que no sabía nada de lo que se hacía y que todo lo llevaba su marido. Tanto es así que el exmarido en cuestión ha subrayado que las cuestiones fiscales y bancarias las llevaba ella. «Cuando me separé, en el banco no me abrieron ni la puerta, porque ni me conocían», ha ironizado.
Llegados aquí, su abogado, Cristóbal Martell, ha pedido al tribunal detener la sesión porque sabía que estaba «cansado». De hecho, el fiscal y los magistrados también lo estaban y han prestado atención a la recomendación del letrado como si fuera agua de mayo. Bermejo ha justificado su clemencia con el declarante porque ahora le tocaba entrar en el bloque de las «cuentas de Andorra». «Una paliza», ha apostillado Pujol, que es consciente de que este martes habrá una sesión dura donde entrará en juego la dinámica bancaria de Andorra del siglo pasado. Se prevé que también será un día largo.

