La humanidad, la persona humana, es un sistema conceptual heredado de las tradiciones, de las leyendas y las religiones. Y si alguien tenía alguna duda se ha disipado en la vista oral que se ha celebrado esta mañana en la sección 21 de la Audiencia de Barcelona que ha juzgado un supuesto fraude a una congregación de monjas que intentó retornar a unas misioneras que habían quedado varadas en un viaje que las debía llevar a Timor Leste. El conocimiento terrenal no tiene nada que ver con el celestial y que, en definitiva, la fe no mueve montañas, pero el dinero tal vez sí.

La magistrada Isabel Delgado, con unos ojos abiertos como naranjas durante toda la sesión, ha presidido una vista que ha sido un entretenido combate dialéctico de las acusaciones, sobre todo de Javier Faus, representante del ministerio fiscal, que ha luchado oficio con su habitual postura desenfadada pero más precisa que su cuidada barba. El juicio debía discernir si los dos acusados, Ana y Eduardo, estafaron a una congregación de monjas aprovechándose de la angustia de ser deportadas a Singapur y retenidas en Etiopía.

De hecho, el juicio ha dejado en evidencia que todo lo relacionado con la Iglesia Católica no necesita confiar en las empresas privadas porque ya tendrían suficiente con la famosísima diplomacia vaticana. En todo caso, la presencia mística de San Tomás en un inédito y extraordinario informe final del fiscal, ha dejado visto para sentencia el caso.

Un inicio alocado

El juicio ha comenzado trabado porque la abogada de la empresa denunciada ha alegado que la empresa está extinguida y, por tanto, no puede tener ninguna responsabilidad penal. En este sentido, ha pedido al tribunal la renuncia argumentando que continuar la defensa sería una vulneración de los derechos de los trabajadores, porque representaba a la sociedad en nombre del turno de oficio. La presidenta del Tribunal le ha replicado que debía discutirlo con el Colegio de Abogados y la ha obligado a continuar en la vista. A continuación, los dos acusados han comparecido en línea.

Ana, principal acusada, ha explicado que tenía migrañas y mareos y que en cualquier momento utilizaría unas bolsas que le habían dejado para vomitar. Además, ha advertido al tribunal que su marido, y coacusado, Eduardo, no entendía ninguna palabra de catalán. De hecho, es vasco y por eso ha pedido traducir la sesión. Como no habían pedido traductor, el juicio ha continuado en castellano. Una vez superada esta primera pantalla, el juicio ha comenzado con las declaraciones de los dos procesados.

Una imagen de los acusados declarando en línea en el juicio por fraude/QS
Una imagen de los acusados declarando en línea en el juicio por fraude/QS

Una odisea con hábitos

La acusación era bastante simple. Los dos acusados, responsables de la empresa Aupa Travel y de Furius Corporation, habían cobrado 20.050,42 euros por tramitar un reembolso de billetes a unas monjas que habían quedado en tránsito en un viaje hacia Timor por no tener los visados. En principio, según el relato del fiscal, las hermanas habían quedado varadas en Timor. Pero la ecónoma de la Congregación Religiosa de las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret, la hermana Marta Molina, una de los dos testigos de la vista, ha precisado la odisea que padecieron sus compañeras de hábitos.

Así eran 7 monjas en formación que se dirigían a una misión en Timor. Cuatro procedían de Camerún y se quedaron atrapadas en Etiopía, porque no tenían el visado, aunque no era necesario para viajar en tránsito. Las otras tres, dos colombianas y una italiana, partieron de Barcelona y su avión aterrizó en una pista que no era de tránsito. La italiana pudo pasar pero las dos colombianas fueron acusadas de querer entrar ilegalmente al país, fueron deportadas a Singapur donde fueron confinadas en una habitación.

El supuesto fraude

La situación encendió las alarmas en la congregación y la hermana Marta, encargada de la logística de los viajes, pudo conseguir comunicarse con una de las hermanas, y con personal del aeropuerto así como con las legaciones diplomáticas españolas y colombianas en el país asiático. Una de las soluciones se las sugirió una «congregación amiga» con sede en Euskadi, que contactaran con Aupa SL y con su cara visible, Ana. Esta les ofreció recuperar el dinero de los billetes y cobrar un seguro que podría llegar a 2.500 euros por billete. Para hacerlo, debían ingresar el costo de los billetes y los tránsitos en una cuenta para justificar ante la aseguradora que su agencia había comprado los billetes. En total, les ingresaron 20.052,40 euros.

La acusada ha asegurado que ese dinero se utilizó para pagar los billetes de regreso. Pero, nada de nada, tanto la hermana Marta como la documentación aportada, lo niegan. La Congregación volvió a pagar unos billetes a través de otra agencia y nunca cobraron ninguna indemnización. De hecho, tampoco vieron devueltos los 20.052,40 euros que habían ingresado. Según Diego, asesor fiscal de la Congregación, fue cuando miraron en internet y vieron la fama que precedía a los acusados y sus empresas, con 17 condenas por fraude de Ana y 4 por Eduardo.

San Tomás entra en escena y, el demonio, también

Después de la prueba practicada han llegado los informes. El fiscal Faus ha mantenido la artesanía de los interrogatorios en sus conclusiones, y ha iniciado su discurso citando a San Tomás de Aquino. «Si el objetivo más alto de un capitán fuera preservar el barco, lo mantendría en el puerto para siempre», ha exclamado con una declamación de teatro griego. Faus ha recordado que el objetivo de las monjas es sacar «el barco del puerto para explicar y transmitir la Buena Nueva del Evangelio», y más, en países donde pueden estar en peligro.

Unas monjas que vivieron una «situación angustiante, víctimas de un evidente engaño». Unas hermanas que «tenían poca vida terrenal» que se encontraron varadas, confinadas y sin dinero ni con conocimientos de inglés para salir del paso. «Fueron víctimas de un cuento chino, nunca mejor dicho», ha añadido con ironía. Además, ha criticado que Ana haya exonerado a su marido, Eduardo y no se ha creído que ni le comentara una situación tan curiosa. La abogada de la defensa de Eduardo ha replicado que, hoy en día, los matrimonios son muy diferentes.

El abogado de la Congregación, Carlos Baquero, ha incidido en la «vulnerabilidad de las monjas» en países donde las condiciones sociales son difíciles para las religiosas. Tanto Faus como Baquero han perfilado los elementos del tipo de fraude como es su elemento principal: aprovecharse de la confianza y del temor y la angustia de las víctimas. Las defensas, en cambio, consideran que no se ha probado la participación de Eduardo en el fraude y que Ana realizó los trámites que le fueron encomendados. En turno de última palabra, Ana se ha elevado al misticismo para dirigirse al tribunal y sentenciar: «Que ellas sean monjas no me convierte a mí en el demonio». Si la vista hubiera continuado, tal vez, solo tal vez, habrían llamado a declarar al Padre Karras.

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