Estuve hace pocas semanas en uno de esos desayunos multitudinarios en Madrid, en el cual el ministro de Transportes, Óscar Puente, nos anunció, con el pecho inflado de orgullo, que su ministerio estaba a punto de poner en marcha el plan AV350, o, simplificando, que los trenes AVE debían empezar a circular a una velocidad máxima de 350 kilómetros por hora, y no a los 300 actuales, “superando claramente a China y convirtiéndonos en los primeros del mundo”. Luego vino el accidente de Adamuz, después el de Gelida, y llegaron las advertencias de los sindicalistas del ferrocarril, y la amenaza de huelga… Y entonces, frenazo y marcha atrás.

Sin que se haya anunciado oficialmente, se filtró en las últimas horas que el ministerio reducía la velocidad del AVE a casi la mitad en determinados tramos del trayecto Barcelona-Madrid y viceversa. Parece, aseguran, que comprobaciones exhaustivas que se están realizando en varios tramos de vías rápidas arrojan “resultados no del todo concluyentes, aunque podemos garantizar la seguridad”, dijeron fuentes de este ministerio.

Resulta, la verdad, una conclusión un poco extraña, sobre todo después de haber variado varias veces la velocidad decretada en este tramo Madrid-Barcelona, pero las cosas de este ministerio, de trayectoria tan caótica, son así. Y, si no, lea atentamente el contenido de las dos horas y pico de comparecencia del ministro Puente ante los medios, este miércoles: seguimos con un relato que exonera al Ministerio de Transportes, pero sin certezas. Especialmente raro fue su comentario sobre la falta de inversiones en Rodalies: ¿cómo espera el señor ministro que la gente viaje tranquila si se admite que esta falta de inversiones deriva ocasionalmente en falta de seguridad? ¿Cómo pueden sentirse fuera de peligro cuando el mencionado señor ministro dice, sin más concreciones, que “la explicación [de estos accidentes] es más compleja de lo que ahora nos podemos imaginar”? ¿Cómo de compleja, señoría? En fin…

Que, hablando ya un poco del panorama global, digo yo que este frenazo a la fuerza ferroviaria bien podría extenderse a otros campos. Por ejemplo, a esta obsesión, un poco enfermiza, de Pedro Sánchez porque España sea el primer país del mundo en tantas cosas: el PIB, la creación de empleo, los éxitos deportivos, la democracia avanzada y la transparencia… Y los trenes, los más veloces y los mejores del planeta. Como los aeropuertos, como…

Bueno, ya se sabe que el triunfalismo de los gobernantes es, tantas veces, ilimitado. Ahora que ha comenzado FITUR, que congrega en Madrid a decenas de miles de especialistas, tampoco sería malo quizá hacer una reflexión sobre si necesariamente este 2026 debemos llegar a los cien millones de visitantes (en 2025 no los conseguimos), cuando los operadores más conscientes aconsejan redimensionar las expectativas para garantizar la calidad de nuestro turismo y para el turista.

No, no somos, ni tenemos capacidad de ser, los primeros en todo, ni tenemos por qué batir a China en velocidad sobre raíles, ni en tantas otras cosas. Ni hace falta presumir ante Alemania por nuestra creación de riqueza. Ni vanagloriarnos de que somos el país más transparente, más dinámico, más alegre, más todo. Conviene que vayamos midiendo, repasando, revisando, recalculando y limitando a la realidad que nos circunda nuestras ambiciones faraónicas. Y la realidad no es solo el accidente de Ademuz, claro, pero también es el accidente de Adamuz.

La realidad no es solo que el país esté dejando de funcionar (los trenes ya no llegan puntuales, las listas de espera médica son más largas, la atención telefónica oficial es cada día más deficiente, la luz se puede apagar en todo el país durante un día entero y aún seguimos, casi un año después, sin una explicación completa de por qué ocurrió): la realidad es que este hecho, tan obvio, no se reconoce oficialmente, porque nuestros representantes están muy okupados pensando en cómo mantener, o adquirir, poder hacia 2027.

Y, lamento decirlo, aún peor: nos crean una realidad ficticia –perdón por la reiteración en la palabra ‘realidad’: lo exige el guion—para distraernos de cosas que a ellos no les gusta que se aireen. Fabrican un país diferente, en el cual los trenes son puntuales, los médicos no hacen huelga y la transparencia es completa. Un relato en el cual, en suma, España está, claro, en el ‘top ten’.

Y no: comenzando por la transparencia, que no ha brillado precisamente cuando el gobierno ocultó que se ‘reduce’ la velocidad oficial de los AVE en el trayecto Barcelona-Madrid, las cosas no son precisamente como se pintan desde la Moncloa y rodalia. Creo sinceramente que esta carrera un poco loca, que no está sustentada por una pista muy firme ni bien trazada, debe ralentizarse: ya basta de querer ser siempre los ocupantes de la parte más alta del podio, de acaparar imaginarias medallas de oro.

Y no, no es esta una crónica catastrofista, de ciudadano quemado, influida por dos accidentes ferroviarios casi seguidos, en Adamuz y Gelida, con todas las consecuencias lamentables que estos graves accidentes han tenido; es la crónica de un deterioro diario en el funcionamiento general de un país, cuyos gobernantes ciertamente no lo hacen todo mal (aunque haya sectarios que lo dicen), pero que sin duda se han situado a bastantes kilómetros por hora de distancia de la realidad.

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