La decimonovena jornada del juicio contra los Pujol Ferrusola debía ser el gran día de las acusaciones. La citación de Álvaro Ibáñez, el inspector jefe del grupo 24 de la UDEF con 89140, era deseada como maná por parte del ministerio fiscal y de la abogacía del Estado. Es el instructor del sumario, quien firma la mayoría de los atestados, aunque su función quedó salpicada por el escándalo del pendrive, que ha supuesto la única condena, por ahora, por la operación Cataluña a uno de sus dirigentes, el comisario Eugenio Pino, exdirector adjunto operativo del CNP.
El fiscal Fernando Bermejo esperaba su testimonio fuese como el Rayo Superláser de Parabólica Cóncava de la Estrella de la Muerte. Es decir, un superarma capaz, incluso, de desmenuzar planetas en mil pedazos. De hecho, su presencia debía servir para corregir las 18 jornadas anteriores que han ido como la seda para las defensas. Pero, solo entrar y sentarse en el estrado, el inspector, con un tono engreído que ha sorprendido al presidente del Tribunal, el magistrado José Ricardo de Prada, ha manchado todo el largo testimonio incriminatorio que explicaría.
El inspector ha reconocido, a las preguntas generales de la ley obligadas a cada testigo, que tenía «animadversión hacia los Pujol» porque lo habían procesado por culpa de una querella interpuesta por la familia del expresidente. La sorpresa ha hecho saltar como un resorte a José Ricardo de Prada quien le ha recordado la importancia jurídica de su respuesta. Ha rematado su afirmación aunque horas después ha matizado que tenía «animadversión a los abogados». Una excusa que aún ha empeorado su honestidad en el sentido de que los abogados, tienen por costumbre -como los mecánicos de coches o los dentistas- de no hacer cosas sin que lo encomiende su cliente. En todo caso, la expresión desvirtuaría el testimonio demasiado preparado por el fiscal y por el binomio que configuran la abogacía del Estado. Un testimonio que ha tenido sentado todo el tiempo a su espalda, su bestia negra, Jordi Pujol Ferrusola.

Hay otros expertos en derecho
Sentado con las piernas abiertas, el inspector se ha encarado con una de las defensas sin sentido alguno, un hecho recriminado de manera educada y pertinente por José Ricardo. La duda ha sido si en una sala presidida por magistrados como Félix Alfonso Guevara, Teresa Palacios o Manuel Marchena se hubiera permitido un comportamiento de estas características. Al comenzar su declaración, el presidente del tribunal ha vuelto a detener el testimonio para recordarle que «los expertos en derecho son los jueces» y no el testigo. Un aviso, con poca amabilidad, para advertir al policía que no se las diera de catedrático de economía ni de derecho penal. En definitiva, le ha recordado que en un estado de derecho, las conclusiones en un juicio las hacen los jueces y no los policías.
El interrogatorio por parte del fiscal Bermejo -que ha tenido que beber hasta dos latas de Coca-cola en la sala- ha sido largo y relativamente fácil. El policía ha ratificado sus atestados y ambos se han confabulado para explicar a grandes rasgos las supuestas conductas delictivas de Jordi Pujol Ferrusola y otros miembros de la familia. Hasta que el presidente del Tribunal ha vuelto a detener el interrogatorio y, con el rostro de no estar para bromas, les ha reclamado hacer preguntas concretas y no perderse en cosas «genéricas». «Vayan al detalle, por favor», ha recomendado con destreza el juez. La intención del togado era evidente: no convertir el testimonio en una acusación genérica, con números y sociedades, opiniones, razonamientos, calificaciones, percepciones y perspectivas personales. En ningún caso, se ha podido explicar o coser una relación entre las percepciones de Jordi Pujol Ferrusola y comisiones por adjudicaciones públicas, como sostiene la tesis de la acusación.

«¡Haga que sea más espontáneo!»
El juez no se ha salido con la suya, porque, el policía, siguiendo el compás del fiscal ha continuado pronunciando adjetivos con notorias confusiones de sociedades, de negocios, y con algunas falsedades en sus explicaciones que las defensas ya se frotan las manos para evidenciarlas en su turno de preguntas. Una vez ha terminado el ministerio fiscal, ha sido el turno de los dos abogados del Estado, que hoy han obviado su famoso añadido de presentación de «por la agencia tributaria». Una tarjeta de presentación que pone en guardia a cualquier testigo con un negocio que suba al estrado del juicio contra los Pujol. Este miércoles no ha hecho falta.
Pero el interrogatorio, en cuanto al contenido, iba por el camino del ministerio fiscal de enredar cifras y operaciones desde el año 1991 hasta el 2008, para proyectar una imagen de jugadas y operaciones dinerarias, si no ilegales, ilegítimas. Pero las defensas apuntaban, sobre todo, cuando el inspector y el abogado del Estado querían entrar en el detalle. Un momento en el que, con el sumario en la mano, se han pillado los dedos. De hecho, el juez presidente le ha pedido al letrado de la Moncloa que no fuera «reiterativo» y que «no hacía falta ser tan minucioso».
Sin embargo, la continuidad de un interrogatorio ha dado la sensación de que estaba más guionizado que una sitcom estadounidense. Cuando Ricardo de Prada no ha podido más ha vuelto a interrumpir el interrogatorio para pedirle, con cierta condescendencia, que «mejor que fuera un poco más espontáneo». A los letrados de las defensas se les ha escapado la risa, tienen suficientes horas de vuelo en los tribunales para haber entendido el mensaje. Los testimonios, a menudo, se preparan con las partes que los proponen, pero la norma no escrita es que no se debe notar. Y, esta vez, se le ha visto demasiado el plumero y más cuando el presidente del Tribunal se las ha arreglado para recordar al tribunal que en la sala de la Audiencia Nacional «todos son veteranos», incluso, Pilar, la agente judicial que ordena las vistas.
Los coches del primogénito
La ira de la UDEF no ha ido tan bien cuando, en la parte del interrogatorio, se han visto abocados a sacar una de las cuestiones que ya se echaban de menos, el garaje de coches deportivos de Jordi Pujol Ferrusola que han definido como «símbolo de riqueza». El inspector ha asegurado que los compraba por 20.000 euros vehículos que podían tener un precio de 300.000. Pero en esta historia de los coches hay algo que chirría mucho y más en la Audiencia Nacional, acostumbrados a casos de narcotráfico, con coches de gran lujo como indicios. Vehículos puestos a nombre de sociedades instrumentales o de otras personas ajenas a la organización investigada. Lo que no es habitual es que para blanquear dinero se compren coches de segunda mano, se reparen y se pongan a nombre del que acusan de blanqueador, en este caso de Jordi Pujol Ferrusola. Como diría la policía, «circulen».

