Carles Puigdemont critica al Gobierno de Salvador Illa coincidiendo con los dos años de las elecciones al Parlamento de Cataluña, que llevaron al líder del PSC a la presidencia de la Generalitat a finales de agosto de 2024. En un largo hilo en la red X, el presidente en el exilio considera que «la calle se calienta y se cansa». Lo ha dicho coincidiendo con una nueva serie de huelgas del sector educativo, con protestas que han cortado carreteras y accesos a Barcelona y con el centro de la ciudad que ha vivido una nueva manifestación de docentes.
— krls.eth / Carles Puigdemont (@KRLS) May 12, 2026
«La calle se calienta y se cansa. No solo por la cuestión educativa. Y más tarde o más temprano encontrará una vía para expresar un malestar que va en aumento», dice Puigdemont. A juicio del presidente de Junts, «la huelga educativa y la movilización del sector de la enseñanza han sido un éxito contundente. No sé si son conscientes, pero el Gobierno Illa tiene un (otro) problema. Solo tenéis que imaginar qué dirían sus predicadores (que cada día son más, y por eso les importa más la flotilla que la infiltración) si el responsable de haber infiltrado policías en las escuelas y haber dicho que eso le parecía «democrático» fuera un gobierno de Junts».
Puigdemont califica al Gobierno de Illa «como el más españolista de la historia». Afirma también que ya habían avisado que «la deconstrucción de la nación» era una de las prioridades del PSC, comenzando por los medios públicos, la policía, la educación, la sanidad, la lengua y la proyección exterior de Cataluña. «Todo lo que desde el fin biológico del franquismo había sido la expresión de la Cataluña más próspera, moderna, democrática a lo largo de décadas, ha sido sustituido por una visión sumisa, españolizada, mediocre, estandarizada de entender el autogobierno y las instituciones seculares de los catalanes», denuncia el presidente en el exilio.

«La estrategia de la anestesia y de la amnesia»
Según Puigdemont, el PSC aplica «la estrategia de la anestesia y de la amnesia, que a base de crecientes subvenciones y controles sobre los medios de comunicación se impone indolentemente en el imaginario colectivo». «Cada negociado socialista tiene su acólito que vela por la ortodoxia de la nueva doctrina que hay que predicar; quien se aparta lo nota en su cuenta de explotación. Quien por el contrario es un buen creyente, tiene premio».
Y esto, añade el político, hace que los socialistas «tengan la tranquilidad de poder defender como «democrático» aquello que en la dictadura era contestado por toda la oposición democrática (incluidos los movimientos socialistas de la época) y no tener miedo a ningún terremoto. Se han asegurado la tranquilidad del remanso de paz».

