El 18 de abril de 1946, en el corazón de una posguerra teñida de miedo y silencio, la masía de Can Batlle, en Dosrius (Maresme), se convirtió en el epicentro de la rebeldía catalana. Mientras el régimen de Franco consolidaba su poder con una represión feroz, cerca de cuarenta delegados del independentismo combativo lograron burlar la vigilancia policial para celebrar la primera Conferencia General del Front Nacional de Catalunya (FNC). No era una simple reunión política: protegidos por escuadrones armados, aquellos hombres y mujeres tomaron una decisión que podría haber cambiado el curso de la historia europea: la eliminación física del dictador en suelo catalán. Un aniversario que la Fundació Reexida, presidida por Oriol Falguera, ha conmemorado con familiares de las personas que participaron en aquel encuentro clandestino con un acto en la misma masía.

En un contexto marcado por la reciente derrota del nazismo y el fascismo en Europa, los militantes del FNC confiaban en que la hostilidad contra Franco podría precipitar su caída. Entre los puntos más destacados del orden del día, se aprobó una operación para falsificar pesetas, ya que se tenían listos los medios técnicos aportados por Manuel Viusà, para dotar a la organización de más dinero. También se aprobó formalmente el proyecto de atentar contra Franco durante una de sus visitas a la capital catalana. La Sección Militar del FNC había estudiado minuciosamente las rutas preestablecidas del dictador. Falguera explica a El Món que «no hay documentos» en el archivo del Frente sobre las intenciones de atentar contra el dictador, pero destaca que Jaume Martínez i Vendrell, jefe de la sección militar del FNC, explica en sus memorias, Una vida per Catalunya, reeditadas el año pasado por la entidad, todo lo que se hizo para llevar a cabo la operación.

En efecto, el jefe militar del FNC revela en el libro los detalles logísticos de una operación clandestina para acabar con Franco durante sus estancias en el Palau de Pedralbes. Según narra Martínez Vendrell, la configuración urbanística de la época jugaba a favor de los conspiradores: la avenida Diagonal era un «cul-de-sac» que no enlazaba directamente con la carretera de Esplugues, lo que obligaba a la comitiva oficial a seguir rutas muy previsibles. El jefe militar del FNC utilizó sus conocimientos técnicos y cartográficos para diseñar la operación y detalla la lista de material necesario para montar dos «trampas» con explosivos: 1.000 metros de línea bifilar, baterías de pilas, cajas de hierro y tubos de acero de varios diámetros. El explosivo ya lo tenían; el reto era transformar los fulminantes de mecha en eléctricos para garantizar la precisión de la detonación. En definitiva, el plan consistía en colocar cargas explosivas en puntos estratégicos, y el tramo entre Esplugues y Collblanc era el lugar elegido para actuar: la intención era levantar adoquines, extraer la arena de debajo para encajar el explosivo y activarlo a distancia al paso de la comitiva.

Casa pairal de l’Esteve Albert a Dosrius / Lluís Brunet / Cedida

La escalada del activismo armado y un plan que no se pudo llevar a cabo

El año 1946 marcó un punto de inflexión en el volumen de las acciones de la resistencia. Para garantizar la eficacia de sus planes, los militantes se formaban en el manejo de armamento (pistolas y metralletas) y dinamita en localizaciones discretas del Baix Llobregat. El armamento, que incluía ametralladoras y abundante munición, provenía de la resistencia francesa y era introducido a través de los Pirineos por militantes que lo transportaban esquiando hasta Núria, para luego llevarlo a Barcelona. Paralelamente a la planificación del atentado, el FNC llevó a cabo diversas acciones de propaganda y sabotaje, como la colocación de artefactos en el monumento a la Victoria, los ocho cartuchos de dinamita que colocaron en el local del SEU (Sindicato Español Universitario) de Barcelona –donde aún había retratos de Hitler y Mussolini junto a los de Franco y José Antonio Primo de Rivera– y la pastilla de explosivo en la ventana del Gobierno Militar en Barcelona.

El impulso surgido de Dosrius llevó a la Sección Militar del FNC a una actividad frenética, pero también a su caída. Apenas dos meses después de la Conferencia, en junio de 1946, la organización planeó un golpe de efecto propagandístico y militar en el Estadio de Montjuïc con motivo de la final de la Copa del Generalísimo. La acción, en un acto en el que debían estar presentes el general Moscardó y varios ministros, consistía en desplegar una bandera cuatribarrada y una estelada de grandes dimensiones. Pero la operación se truncó cuando uno de los integrantes de los dos escuadrones fue detenido. Este arresto fue el hilo que tiró la policía franquista y el 13 de junio de ese mismo año cayó la mayor parte de la Sección Militar del Frente: catorce detenidos, entre ellos su líder, Jaume Martínez i Vendrell. Los arrestados fueron trasladados a la prefectura de la Vía Laietana, donde fueron brutalmente torturados por los temidos hermanos Creix, conocidos policías de la Brigada Político-Social. Los activistas fueron sometidos a consejos de guerra y condenados a largas penas de prisión, de manera que se cercenó así la capacidad operativa de la organización en aquel momento e impidió que la operación contra Franco se llevara a cabo.

Retrato de Joan Josep Ferrer Grau / Cedida

Confección de senyeras a partir de banderas españolas

El encargado de confeccionar las senyeras era Joan Josep Ferrer, sastre de profesión, que en 1943 se incorporó a la sección militar del FNC. Ferrer, un «crack», según Falguera; utilizó su taller de confección en la calle Riera Alta de Barcelona como centro logístico clandestino, ya que el ruido de las máquinas de coser servía para camuflar ante los vecinos del edificio el sonido de la imprenta donde se editaba la revista Per Catalunya. Pero, además, con su habilidad como sastre y escalador, se encargaba de confeccionar banderas catalanas, que entonces estaban prohibidas, y de colgarlas en lugares emblemáticos, como el transbordador del Puerto de Barcelona (1944), la Sagrada Familia (1945) y en la fachada de la Universidad de Barcelona (1946). «Compraba metros y metros de banderas españolas para hacer senyeras», explica el presidente de Reeixida, un punto que también confirma el hijo del sastre, Lluís Ferrer en conversación con este diario, pero puntualiza que confeccionaba las senyeras para las acciones que realizaba su escuadrón.

Lluís Ferrer detalla que su padre era muy cauteloso en su actividad, hasta el punto de que había compañeros que le pasaban la revista que él imprimía. «Mi padre tenía amigos que le pasaban la revista para que la leyera, y luego la volvía a poner en la pila de ejemplares impresos», y también recuerda cómo él, cuando era pequeño, acompañaba a su padre a casa de amigos. «Me parece que todos los amigos estaban un poco implicados», manifiesta, y añade que él fue a casa de Antoni Malaret, militante del Frente desde 1940. El hijo del activista independentista admite que no conoce el papel de su padre en la cumbre de Dosrius porque «nunca lo comentó», pero, el caso es que Ferrer, que pertenecía al mismo escuadrón que Martínez y Vendrell, con quien le unía una gran amistad, fue detenido ese mismo 13 de junio, cuando se intervinieron armas, explosivos y la imprenta. Fue condenado a 15 años de prisión, y solo evitó la pena de muerte gracias a la presión internacional de Francia y el Reino Unido. Pero, después de salir de la prisión, con la visita de Franco a Barcelona en 1960 «vino la policía a registrar toda la casa, con previsión de que no encontraran algo para un posible atentado».

Retrato de Esteve Albert i Corp / Cedida

Esteve Albert y el legado de Can Batlle

El anfitrión de aquel histórico encuentro en Dosrius fue Esteve Albert i Corp, activista cultural y político, que puso su casa pairal a disposición del FNC. Es una casa que ahora está en manos de unos rusos, porque la familia de Albert la vendió hace unos años. Está cerca de Barcelona, pero alejada del pueblo y situada en un lugar discreto, ya que se tarda unos veinte minutos en llegar. Todo esto lo detalla Roser Albert Bonamusa, sobrina de Esteve, que recuerda cómo su tío le explicó que allí había hecho reuniones. De hecho, los participantes en la conferencia de 1946 asistieron con unos itinerarios fijados y se presentaron como si fueran a hacer una barbacoa un Jueves Santo. Unos fueron en autocar y otros en tren, bordeando la costa o utilizando la vía interior que atraviesa Granollers. «Sé que hacía reuniones con amigos, pero nunca me explicó por qué las hacía», admite. Pero al mismo tiempo subraya que Esteve Albert les «inculcó los valores del catalanismo».

Esteve Albert colaboró con los servicios secretos aliados, sobre todo proporcionando información sobre el movimiento de barcos del puerto de Barcelona, traslados de tropas, la línea de defensa en los Pirineos y sobre todo en el paso de la frontera pirenaica de casi 800 personas, que huían de los territorios ocupados. La sobrina de Esteve Albert subraya la figura «pacifista» de su tío y detalla que, cuando estalló la guerra, ayudó a «mucha gente a pasar a Francia», al exilio. «Posteriormente, íbamos a ver familias que estaban muy agradecidas a mi tío porque había ayudado a sus familiares a salvar la vida», recuerda. La Roser remarca que su padre siempre tuvo «adoración» por su hermano porque «era una persona muy lanzada», pero su madre «no quería que explicara nada de la guerra». A pesar de esto y el silencio sobre los encuentros, revela: «El tío me decía que el castellano solo lo debía saber hablar para que me entendieran y que todos supieran que era catalana por la forma de hablar castellano».

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