“La Unión Europea (UE) no fue concebida para el mundo de hoy”. Con estas palabras, expresadas en una entrevista al medio Agenda Pública, el presidente del CIDOB y ex alto representante de las relaciones exteriores de la UE, Josep Borrell, resumía hace unas semanas el estado actual del proyecto comunitario frente a los desafíos internacionales. La gestión migratoria, la dependencia energética, la debilidad de coordinación fiscal y económica, la divergencia en temas de seguridad… Unas carencias que ponen de manifiesto la inestabilidad internacional, necesitada de una política exterior europea fuerte que depende en gran medida de la cohesión social interna, muy dañada por la desafección ciudadana, que implica el auge de discursos populistas.
Operaciones del servicio de inteligencia
Esta cohesión está amenazada, además, por otro factor que no es nuevo: las injerencias externas hacia los asuntos internos de la UE y sus miembros. Durante el mes de marzo, según una investigación de The Washington Post, una unidad del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia (SVR) advirtió de la caída del apoyo público hacia el primer ministro húngaro Viktor Orbán —ahora derrotado en las urnas por el conservador Péter Magyar—, quien mantiene una gran sintonía con el Kremlin y lo ha ayudado a obstaculizar políticas clave de la UE. Y esto habría activado una operación que, a la vista del resultado de las elecciones, ha fracasado.
El profesor de Historia Contemporánea de la UAB Josep Puigsech, experto en Rusia, señala este vector de injerencia, canalizado a través del servicio de inteligencia del Estado (el FSB, sucesor del conocido KGB). El especialista indica dos países, además de Hungría, con quienes el Kremlin tiene sintonía: Chequia y Eslovaquia. Desde el punto de vista militar, «la victoria que está obteniendo en Ucrania implicará un 20% de la amputación territorial del país», lo cual es un factor clave que empuja a Rusia a buscar la injerencia política en Europa.
La investigación del rotativo estadounidense explica que los agentes de inteligencia rusos habrían propuesto una forma “de alterar radicalmente el paradigma de la campaña electoral” en Hungría: una simulación de intento de asesinato contra el dirigente de ultraderecha y líder del partido Fidesz para “desplazar la percepción desde el ámbito racional de las cuestiones socioeconómicas a uno emocional”, donde la prioridad sea la seguridad del estado y la defensa del régimen político. Un capítulo que, de haberse producido, habría recordado el atentado que sufrió en julio de 2024 el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante la campaña electoral, un hecho que aumentó su índice de popularidad y provocó elogios a su resiliencia.
El portavoz del primer ministro de Orbán, Zoltán Kovács, evitó responder a las preguntas del rotativo estadounidense sobre este informe del SVR y la presunta injerencia en las elecciones. El mismo servicio de inteligencia también declinó hacer comentarios, y la respuesta rusa se limitó a descalificar la veracidad de las informaciones y alegar que “este es un ejemplo más de desinformación”. Para el experto catalán, Rusia implanta unas narrativas “sesgadas” hacia una única visión en la que se presenta como «acosada y desprestigiada por parte de las autoridades europeas y sus ciudadanos, lo cual es cierto en numerosos casos, pero no en todos». “La otra narrativa es la de presentar a las autoridades rusas como totalmente ajenas a las persecuciones políticas que puedan producirse en su país”, explica.
Maéva Despaux, doctora en derecho público y experta en derecho comunitario de la UPF, habla también de las tácticas rusas para atacar a Occidente, como una campaña de desinformación difundida en mayo del año pasado, atribuida al país euroasiático, donde se acusaba a tres líderes europeos de consumir cocaína en un tren con destino a Kiev. Despaux añade un cuarto país, además de Hungría, Eslovaquia y Chequia, donde Rusia tiene intereses por la cantidad de hablantes de la lengua rusa que viven allí: Moldavia, donde el Kremlin ha desplegado su arsenal de injerencia, con el uso de campañas de influencia en línea, compra de activistas y criptomonedas para financiar campañas, entre otros.
En este clima tensionado, el aún primer ministro de Hungría en funciones también ha señalado a los ucranianos, a quienes acusa de “planear ataques físicos contra su familia”, según la investigación del Washington Post. Sobre estas amenazas, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, sugirió con ironía la posibilidad de dar el teléfono de Orbán a las fuerzas militares del país para “comunicarse con él en su idioma” sobre el bloqueo del préstamo de ayuda de la UE a su país, que ahora parece que se podrá activar tras el cambio de gobierno en Hungría.
El exjefe de la inteligencia exterior del estado magiar, András Telkes, también fue muy tajante antes de las elecciones: “Los rusos harán todo lo posible para que Orbán siga en el poder. Consideran al país Hungría parte de su esfera de influencia”. Algunos funcionarios de seguridad europeos que habían comentado anónimamente estas revelaciones de inteligencia aseguraban que las medidas rusas para apoyar a Orbán incluían una campaña en las redes (con el apoyo del Kremlin) para “amplificar el mensaje de que el primer ministro era el único candidato que puede proteger la soberanía húngara” ante la amenaza occidental.
La fijación de Rusia por los procesos electorales de otros países no es nueva, ya que ha sido acusada de interferir en las presidenciales de 2016 en los EE.UU. para favorecer a Trump. Una figura destacada en esta intromisión fue Yevgueni Prigozhin, el exjefe del grupo mercenario Wagner y muerto en un accidente de aeronave, que admitió tener el control de las granjas de trolls para difundir propaganda y manipular la opinión pública americana con vistas a los comicios.
En el informe, los agentes rusos también habrían remarcado la necesidad de crear durante la campaña un imaginario de “paz, estabilidad y desarrollo a largo plazo” vinculado con Orbán. En contraposición, habrían asesorado “un enfoque de este período previo a la cita electoral húngara centrado en retratar al opositor Magyar como un “títere” de Bruselas y su partido Tisza como el “partido de la guerra” que apoya a Ucrania.
Implicación directa para la UE y la OTAN
Durante años, Budapest ha proporcionado a Moscú una ventana vital dentro de los debates internos de la UE. Según un responsable de seguridad europeo citado por el diario estadounidense, el jefe de la diplomacia húngara, Péter Szijjártó, llamaba a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, durante las pausas de las reuniones de la UE, para filtrarle los debates internos y las estrategias internas del órgano europeo, una conexión que otorga al Kremlin una ventaja estratégica considerable para contrarrestar la diplomacia europea. La Comisión Europea, en este sentido, pidió aclaraciones “urgentes” para no continuar con la escalada de desconfianza. Según fuentes europeas consultadas por Politico, se tomaron medidas para contener el flujo de filtraciones hacia Moscú, como la exclusión de Hungría de estos encuentros, en los que se debaten, entre otros asuntos, detalles sobre la seguridad transatlántica, hecho que también afectaría directamente a la OTAN.

Durante el primer mandato de Orbán como primer ministro, de julio de 1998 a mayo de 2002, Hungría se unió a la OTAN y su líder se erigió en gran opositor del régimen comunista. Fue durante la segunda etapa de Orbán, en 2010, cuando Hungría hizo un giro hacia la órbita rusa, promoviendo los lazos con este país, al tiempo que Putin se retrataba como el protector de los valores cristianos frente a los decadentes valores de las democracias occidentales.
Una de las principales conexiones entre el Kremlin y Budapest ha sido el MOL, después rebautizado como MET, el conglomerado húngaro de petróleo y gas que se beneficia del suministro de energía rusa a bajo precio. El medio de comunicación también recuerda que Orbán y sus aliados se beneficiaron de la adjudicación de un contrato de obra pública al monopolio ruso estatal Rosatom para la construcción del reactor nuclear Paks II en 2014.
La poca cohesión de la UE, fragmentada desde dentro, dificulta la toma de decisiones conjunta, ya que “desde el primer día nunca ha sido una entidad unida” y es “resultado de la suma de intereses propios”, argumenta Puigsech. Por este motivo, para Rusia la UE “es un tema menor”, porque “no deja de ser una ficción de realidad política sólida”, y su preocupación es la expansión hacia el este de la OTAN, un factor clave de contrapeso a “la voluntad rusa de tener un protagonismo más elevado en la geopolítica mundial”. En términos políticos, la UE intenta desactivar a los estados empáticos hacia el putinismo, pero “no lo consigue” por este sistema debilitado que requiere el apoyo de todos los estados miembros para adoptar una resolución.
Maéva Despaux, por su parte, espera que el cambio de gobierno, con Péter Magyar al frente del país del este de Europa, traiga “más cooperación con la UE” y se aleje de la órbita del Kremlin, aunque en su primer discurso tras la elección, dijo que continuaría con el perfil restrictivo del ejecutivo saliente en materia migratoria y ha anunciado que no pagará la multa impuesta por el TJUE por violar la normativa comunitaria de asilo.

Con todo, Despaux cree que los “límites legales” para defenderse de las injerencias externas son difusos, y apela a la “voluntad política”, pero afirma que el cambio de régimen “es un primer paso” que facilitará el acercamiento entre Hungría y la UE.
Este episodio en Hungría no es un caso aislado, sino una pieza más compleja del tablero geopolítico que Rusia construye en Europa, en pleno aislamiento por el conflicto con Ucrania. Mientras Bruselas intenta fortalecer su proyecto comunitario, el Kremlin aprovecha cada fisura para introducir sus narrativas, aliados e intereses. Así, la dependencia energética, la desafección ciudadana y el auge del populismo son oportunidades que Moscú explota con eficacia.
El putinismo, en palabras de Puigsech, ha consolidado un estado que, a raíz de la desaparición de la URSS en 1991, «redefinió fronteras, superó una crisis económica y enfrentó una corrupción política y económica escandalosa durante los años de Boris Yeltsin». Por este motivo, estas operaciones quieren ser clave en el universo que el presidente ruso ha construido alrededor de su figura.
La victoria de Magyar, sin embargo, puede marcar un punto de inflexión, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿cuántas ventanas vitales permanecen abiertas dentro de la UE? La voluntad política será decisiva, pero los expertos advierten que sin una arquitectura institucional y mecanismos de defensa ante las injerencias externas, Europa es vulnerable.


