Miquel Bonet es un periodista, como los viejos écrivains franceses, maudi. Maldito por un pequeño universo comunicacional, el catalán, demasiado a menudo más mezquino que pequeño. O así se ve él. Quizás hay más pan que queso, pero cada uno tiene derecho a verse y venderse como estime más pertinente. Bonet, eso sí que es seguro, se burla. Y mucho. De todos y de él. El autorretrato que aparece en la solapa de su última novela es diáfano: «no sabe hacer nada del todo bien, pero tiene el don de ser completamente inmune al síndrome del impostor, lo que le ha permitido dedicarse con cuotas de éxito lamentables a oficios como cocinero, delineante o periodista mercenario precario, de lo que malvive actualmente». Combinado con una carrera donde lo han ido echando de todos lados, ha escrito la novela El dia de l’escórpora y ahora acaba de sacar Fricandó Nation, una distopía sobre la cocina y el país que la pierde y que, para que no falte de nada, lleva la coautoría de Segell Fosc. Muy oscuros estamos.

Miquel Bonet es muy solvente en lo que hace y un descarado con un punto intenso de encanto, pero eso no lo sabe ver todo el mundo. Quizás por esta circunstancia y por precariedad económica, «se esconde y holgazanea en un edificio ruinoso de la costa catalana, donde practica su proverbial aversión al entusiasmo». ¡Mentira! De eso fluye. Un cierto entusiasmo que lo remueve y que lo hace reír a menudo. Porque, si no, ¿de qué? Este es un país de entusiastas que ponen cara de descontento.

Dice la solapa de su última novela: «Miquel Bonet no sabe hacer nada del todo bien, pero tiene el don de ser completamente inmune al síndrome del impostor». ¿Eso seguro que lo ha escrito usted. Como periodista, ¿se siente un impostor?

Como periodista, seguro. Del todo. Entré en este oficio como el elefante en la tienda de utensilios y he salido casi de la misma manera. No soy periodista, ni de formación ni de –incluso me atrevería a decirlo– de vocación. Es un trabajo que me encontré un poco por casualidad. Porque yo sí que siempre he querido escribir, pero eso del periodismo he encontrado que es una anécdota dentro de la vida del escritor.

¿Y por qué nunca ha hecho caso del dicho castizo «Manolete, si no vales de torero pa que te metes»?

Porque me gustan los problemas. Cuando identifiqué un ecosistema donde podía escribir y encontrar problemas me sentí totalmente empujado. Por algo que tengo dentro de mí que me obliga siempre a autoboycotearme.

Aparte del autoboycot, ¿padece también el síndrome del enfant terrible? Hay muchos periodistas y articulistas que saben que esta actitud los hará más visibles, más seguidos…

No estoy de acuerdo. En primer lugar, porque ya no soy un enfant. El año que viene cumpliré cincuenta años…

Le garçon terrible, entonces…

[Ríe]. Y después, porque tampoco nunca me he considerado un provocador. Pueden serlo Albert Serra o Albert Boadella. No lo sé… Bernat de Déu puede ser provocador a veces. Pero yo nunca me he encontrado. Y me remito, por ejemplo, a los artículos que he escrito. Sí que hay alguno con un párrafo, con una frase, una palabra, algo que se puede considerar provocador, pero el espíritu general de mi poética, por decirlo con este término pulido, no creo que sea provocador. Eso es una etiqueta que me han colgado y que nunca he querido confirmar, porque no creo que sea así.

El enfant terrible no es necesariamente provocador. Puede limitarse a ir contra corriente, a salirse de la norma general.

Si lo tomamos por esta acepción, lo puedo aceptar. Ir a contracorriente me gusta. Eso sí.

¿Le han echado de los medios o hay más leyenda que realidad en eso?

No. Realmente me han echado de casi todos los medios donde he estado. Excepto de Núvol, donde tengo una colaboración que he suspendido –no es que la haya terminado, pero la he suspendido–, de todos los demás medios he salido porque la dirección ha creído oportuno prescindir de mis servicios.

¿Como colaborador o como miembro de la plantilla?

No he entrado a formar parte de la plantilla en ninguna parte, a excepción de una empresa donde fui falso autónomo, que no diré. No lo diré para no remover la mierda, eh?, más que nada, porque tampoco tengo problema en hacerlo.

¿Qué edad ha dicho que tenía?

Haré cincuenta años ahora.

¿Y de qué vive?

Vivo básicamente de la caridad de mi familia y del gobierno, que un poco también me da alguna prestación, pequeña pero útil.

¿Cuál es la prestación que recibe del gobierno?

La renta mínima garantizada. La de España. La de aquí no sé cómo se llama, pero yo pasé de los de aquí y la pedí directamente a Madrid porque vi que era más efectiva. Aunque los importes eran los mismos, allí son más efectivos.

Allí tienen más recursos…

Debe ser eso.

¿Vive a disgusto con tanta corrección política?

Ahora no. Hubo un tiempo en que me lo tomaba como algo personal, pero era un error mío tomarlo así. La corrección política, como todas las cosas políticas, son efectos que se dan sobre la colectividad y sobre la comunidad. Y no deben recaer sobre la persona. Eso es un aprendizaje que me ha costado muchos años. Ahora lo digo así, muy seguro y muy conforme, pero ha habido fases. No me gusta la palabra woke, pero creo que para entendernos va bien. Al comienzo de la explosión de esta cosa woke había cosas que me tomaba personalmente, como ataques personales. A mi dignidad y a mi libertad de expresión. Ahora ya he visto que no es tan así.

En el resto del mundo a menudo quien marca la ideología dominante es la derecha, pero en Cataluña es la izquierda… ¿Está de acuerdo?

Estoy completamente de acuerdo. No estoy de acuerdo en que en el resto del mundo sea así, porque no lo sé. No lo conozco de primera mano y no me atrevo a decirlo, pero en Cataluña quien marca la pauta de lo que se puede decir y de lo que no se puede decir es evidentemente algo que antes llamaríamos la izquierda. Yo soy muy reticente a usar el eje izquierda-derecha, porque me parece perezoso incluso.

Por decir eso le llamarán reaccionario.

Sí. Siempre me lo dicen. Si dices que la derecha y la izquierda no existen, es que eres de derecha. Eso es otro tópico.

¿Usted se considera un reaccionario?

¡No! Yo me considero un conservador. Conservador de izquierdas, que esa me gusta más.

Eso es un oxímoron.

No. No lo es.

¿Se puede ser de izquierdas y conservador?

Siempre pongo como ejemplo la cuestión medioambiental, por ejemplo. Si tú quieres conservar el medio ambiente, ¿qué eres, de izquierdas o de derechas?

Hasta hace poco usted habría sido de derechas. Las izquierdas clásicas estaban por la clase obrera. Esto significa fábricas. Y las fábricas contaminan. Pero eso se ha dado la vuelta. Ahora las izquierdas modernas están por la ecología…

O por el decrecimiento, por ejemplo.

La izquierda ahora reivindica economías «decrecientes» y «sostenibles», sí.

Pues, yo me siento totalmente identificado. Y como no veo claro si son ideas de derecha clásica o de izquierda clásica, llego a la conclusión silogística casi de que la derecha y la izquierda ya no existen.

Y yo llego a la conclusión de que la izquierda lo tildará de reaccionario.

[Ríe]. Ya me lo dicen. No viene de aquí.

Sabe cómo va todo esto digital hoy en día. Cuando escribes algo fuerte, eso ya te persigue para siempre. A usted siempre le perseguirá esta frase: «Mi teoría es que el éxito de Rosalía son los pechos».

[Ríe]. Estoy completamente de acuerdo, pero la verdad es que mucha gente ya ni se acuerda. Fue mi primera polémica fuerte. Desde entonces se me tildó de machista. Nunca me he quitado de encima esta etiqueta. Da igual lo que escribas después o lo que hayas recomendado. De hecho, de aquel tuit, porque fue un tuit –irónico, evidentemente–, y fue el año 2018, escribí incluso dos artículos de confrontación, refutación y explicación. Porque es aquello que te decía antes. Yo tenía esa cosa de querer explicarme y de querer hacer entender a la gente que detrás de una frase hay muchos matices y que puede significar muchas cosas. Y no lo logré.

¡Pero cómo quiere lograrlo diciendo eso!

Es que a mí me gustan los pechos! El problema es este. Me gustan los pechos, me gusta mirarlos y me gusta tocarlos. Soy un gran admirador de los pechos.

«¿Me niego a mí mismo por gustarme las protuberancias mamarias?»/ Anna Munujos

Eso hoy en día no se puede decir. No sé si es consciente.

Soy consciente, pero lo estoy diciendo. ¿Qué hago? ¿Me niego a mí mismo por gustarme las protuberancias mamarias de las señoras? O de los señores, porque me da igual.

¿También le gusta tocar los pechos de los señores?

Sí, me gusta. Es algo por lo que tengo una debilidad.

¿Se imagina a Jack el Destripador diciendo: «¿Qué hago? ¿Me niego a mí mismo?»

Como contraargumento está bien, pero no es lo mismo. No es lo mismo matar gente que tocar pechos.

Sí. Claro. A veces usted tiene tendencia al chiste fácil. Cuando yo era pequeño se contaba uno muy tonto en castellano. Una señora había perdido un perro que se llamaba Mistetas. Iba a un guardia y le preguntaba: «Agente, ¿ha visto Mistetas?». Y él le respondía: «No, pero me gustaría verlas». ¿Lo conocía?

Evidentemente. Por eso el artículo de justificación que hice terminaba así precisamente. Me gustaría ver los pechos de Rosalía.

Por eso se lo digo.

Ya lo conocía, el chiste. Y es una cumbre del humor absurdo de nuestra infancia. Eso es otro tema. Hay mucha gente que ya ha desconectado de aquel universo nuestro de los años setenta, ochenta y noventa, y han cambiado muchas cosas. Evidentemente, ya no puedes conectar. Y da igual que digas que es broma porque, cuando los referentes ya no son los mismos, cambias de lenguaje.

¿Le gustan los hermanos Marx?

Mucho.

¿Cree que hoy en día la gente entiende ese humor?

¡No! Pero evidentemente eso es otro lenguaje. Ha pasado casi un siglo. Ahora precisamente leía para otro tema, porque me interesa mucho el género, las novelas de Francesc Trabal, muy conectadas con esta clase de humor, entre el absurdo y el slapstick, y que beben mucho de toda la eclosión de la vanguardia del jazz de los años veinte y treinta… La guerra se cargó todo ese lenguaje y ahora cuesta un poco entrar si no eres muy voluntarista y te gusta mucho el humor de aquellos tiempos y tienes una especie de activismo para recuperarlo…

Yo no lo he probado, eh? Pero debería intentar ponerle Sopa de ganso a mi hijo a ver qué pasa. Es un experimento para hacerlo. Pero sí que hay cosas dentro del humor que son universales y que siempre funcionan. Porque ya les funcionaban a Plauto y a Aristófanes. Son cosas que se siguen utilizando ahora. En una novela de humor como esta encuentras gags que siempre acaban funcionando.

Recuérdese de Margaret Dumont y Groucho. Si alguien le suelta a una señora gorda que se va: «Muy bien. Váyase. Ahora podrán construir un bloque de apartamentos donde usted estaba», ¿el chiste funcionaría?

Una cosa es que haga gracia y otra que tú te reprimas la risa. Son dos cosas diferentes. Eso pasa ahora. Ahora hay mucha represión de la risa. Evidentemente, la gordofobia es algo que condeno. Yo soy gordo.

Un poco solo…

Lo he sido más. Llegué a pesar ciento treinta kilos. Los pesé cuando estaba en el instituto y sé perfectamente lo que es. Sé perfectamente qué es el apartheid por ser gordo. Y es algo que es grave. No se puede frivolizar con eso. Pero sé perfectamente que un chiste como este de Groucho Marx, que es una cumbre también del humor universal, seguiría haciendo gracia si no tuvieras estas prevenciones de lo que es políticamente correcto. Esta cosa de no hacer daño a nadie y de comparar siempre el ataque con palabras con violencia.

Ahora quizás me voy un poco, pero cuando el juez Marchena salió con aquello de la violencia ambiental, eso me estremeció tanto… Me estremeció tanto por el mismo concepto de poner este adjetivo al lado del término violencia. Si hay violencia ambiental, se supone que es una violencia cosmética, una violencia de piel. La violencia en la piel es difícil. La violencia siempre es interior. Veo difícil que con las palabras se pueda utilizar la palabra violencia. La gente dice que sí. Sé que es totalmente unitario. Dice que insultar es una forma de violencia, pero no puedo estar de acuerdo.

Cuando todo un campo de fútbol le grita a un jugador negro y le dice «mono, mono», eso no deja de ser una forma de violencia.

No estoy de acuerdo. No puedo equiparar la violencia real, porque la hemos vivido y sé lo que es, con la violencia verbal. Creo que, si hacemos este juego de hacer una gradación entre el insulto y la violencia, nos equivocamos.

La segunda intervención famosa suya fue sobre una trabajadora de la empresa Ibeco que se suicidó porque alguien había difundido por las redes un vídeo sexual suyo. Dejó dos hijos. Y usted apuntó textualmente: «Hay que ser muy hijo de puta para hacer correr el vídeo de una trabajadora en una fábrica de camiones, pero hay que ser más poca cosa para dejar dos hijos huérfanos por eso». Esta reflexión también le causó muchos problemas…

Ese tuit me causó problemas justificadamente. De hecho, ese tuit es el único que he borrado… He borrado otros por temas formales, pero, como retractación de tuits, este es el único por el que he pedido disculpas. También es de aquella época. También hace años. Me disculpé y muchas veces que me lo han reprochado me he vuelto a disculpar y he tenido que explicar que en aquel momento me equivoqué. Lo he dicho muchas veces. Eso fue un error mío. Es el único que he cometido. No como lo de los pechos, que aún reivindico, porque a mí me gustan los pechos. [Ríe].

¿Y Twitter le gusta? ¿Esa selva sucia?

Twitter me gusta. Me gusta un poco como un guilty pleasure. Sé que no debería gustarme y sé que ya soy mayor para estas cosas, pero todavía le encuentro ciertas virtudes, casi de manera romántica. Eso de que todo el mundo tenga voz y que todo el mundo pueda decir lo que quiera… Pero no me gusta el anonimato, eso siempre lo he condenado…

¡Está lleno!

Y cada día más. A mí me gusta Twitter, pero me gusta con la gente que dice las cosas con nombre y apellidos.

No le hace caso nadie.

No, porque es muy cómodo, es muy fácil y es muy cobarde decir las cosas escondiéndome. Yo con esto tengo la conciencia muy tranquila. Cuando la he cagado, como te he comentado, me he tenido que disculpar porque había mi nombre detrás. No ha servido de nada, porque como decías las etiquetas se mantienen…

Cuando la cagas la cagas.

Sí. Es como el conde de Montecristo.

No hay posibilidad de penitencia ni de perdón.

No la hay. Es peor.

«Yo soy muy partidario de las relaciones humanas de tú a tú»/ Anna Munujos

Dice Jordi Amat, que es un periodista del régimen, que usted es «un adorable cabronazo».

[Ríe]. ¿Qué quieres que te conteste, tu apreciación o lo que él dice de mí?

Las dos cosas, si puede ser.

Es un periodista del régimen, evidentemente, pero es… Bueno, no creo ni que sea un periodista. Es un intelectual, que decían antes. Pero también creo que es un trabajo que es necesario. Los regímenes –las cortes!– deben tener sus escribanos y él es una persona que hace muy bien su trabajo. Además, como persona tiene un trato irreprochable y honesto. Al menos así lo ha demostrado en la relación conmigo. Yo soy muy partidario de las relaciones humanas de tú a tú, aunque después te pueda decir el nombre del cerdo en artículo o por Twitter. Porque cuando entras en la arena pública hay una serie de servidumbres, hay un espectáculo que siempre tienes que alimentar. También creo en eso. Hay gente que son de mi cuerda con quien no me entiendo ni a la de tres y hay gente que no son de mi cuerda con quien me entiendo muy bien, como es el caso de Jordi Amat.

¿Pero usted es un adorable cabronazo o no?

No lo sé. Yo creo que no. Yo creo que soy una bellísima persona. [Ríe]. No. Me cuesta mucho. Caigo muy mal a la gente. Creo que caigo peor de lo que debería. Objetivamente, eh?

Podemos cambiar y ser, como se dice ahora, empáticos, que es muy bonito…

No quiero cambiar. A mí no me interesa. Además, de simpático, ya lo soy, pero mi objetivo principal es no traicionarme a mí mismo. Yo no me gusto. Si, además de no gustarme a mí mismo, hago caso de lo que me dicen los demás e intento cambiarme, todavía será peor. El cóctel que puede salir sería peor. Por eso me esfuerzo un poco para que no me muevan de mis posiciones.

¿Su pequeño país es el triángulo Tarragona-Reus-Cambrils?

Sí.

Joan Fuster decía que un tercio de la literatura catalana hacía referencia al Empordà… El pequeño país en Cataluña es, por tradición, el Empordà. El suyo es una excentricidad, no es nada.

Es cero y, de hecho, el libro que hice en forma de artículos, que se llamaba Periodisme de contacte, es pionero dentro de la literatura catalana precisamente por eso, porque intenta crear una realidad de pequeño país –de subnación, como me gusta llamarla a veces– de donde no hay nada. Bueno, sí, Rovira i Virgili, Domènec Guansé, Xavier Amorós, de Reus, pero nadie…

Hombre, tienen a Antoni Gaudí en esta subnación! ¡Eso justifica todo un país!

Antoni Gaudí no escribía, pero pensaba. Ahora he hecho un ensayo en el que defiendo esta idea de la camptarragonidad. Como siempre hemos estado con esta pelea entre Reus y Tarragona y nadie ha dado el brazo a torcer, al final eso ha perjudicado a las dos ciudades, que en el fondo –esta es mi tesis y lo he dicho siempre– son la misma ciudad con dos caras. Una cara solar y otra lunar, por decirlo así en terminología dionisíaca. Pero en el fondo entre Reus y Tarragona hay diez kilómetros, que es menos de lo que hace la Diagonal de un extremo al otro. No es tan diferente. Yo creo que es un país real.

¿Se puede hacer periodismo ahora?

Creo que no.

¿Por qué?

Estoy elaborando esta respuesta un poco todavía. Lo relaciono un poco con lo que decíamos antes de esta tensión entre ser tú mismo y tener que doblegarte. Cuando comencé en este oficio tú como periodista podías elegir el lenguaje. Elegir el lenguaje no es solo elegir las palabras y los conceptos, sino también los temas que querías abordar y desde dónde lo hacías. Tengo la sensación de que la libertad ahora está más restringida que nunca. A las pruebas me remito, que diría aquel, porque, si no, no tendría lógica que yo haya tenido que ir saltando de un medio a otro y ninguno me haya dado continuidad. Tú me podrías decir: «No, es que no eres tan bueno». Yo esa la aceptaría. Esa enmienda la aceptaría, pero no me la ha hecho nadie. Ahora podría venir alguien y decirme: «¿Tú qué te has pensado? No eres tan buen periodista ni escribes tan bien para merecerte una columna semanal en un medio». No he pedido nada más en ciertas ocasiones. Y eso no lo he conseguido nunca.

Cree que El Món le ha propuesto ahora…

Sí, pero eso llega un poco tarde. Me llega en un momento de crisis en el que yo me estoy haciendo esta pregunta de si es posible hacer periodismo en Cataluña.

Usted es joven… ¿Piensa que durante el siglo XX, cuando se instaura eso que podríamos llamar periodismo moderno, se ha podido hacer periodismo con total libertad en algún momento?

No lo sé. Yo quiero pensar que durante los años noventa, el dos mil, quizás sí. ¿No?

No. Como ahora.

Pues, ya está. Ya me ha respondido.

Eso creo yo. Pero no debería decirlo yo, porque es usted quien contesta.

Pero me interesa mucho la experiencia directa sobre esto.

Yo creo que con libertad absoluta no se ha podido hacer periodismo nunca. Ni periodismo ni nada. Y ahora hay más problemas añadidos, que ya le comentaré después…

¿Nunca? Pues, es eso.

Los obstáculos siempre han sido los mismos. Regímenes, poderes, empresas, intereses, publicidades… Siempre han tenido pico las ocas. ¿Ha visto Primera plana, de Billy Wilder?

Sí. La de Jack Lemmon y Walter Matthau.

Pues, es eso. No es ninguna broma, esta película.

Pero, aun así, los periódicos existían y se publicaban.

Y ahora también.

Y ahora también, pero es que yo creo que, revisando un poco mi historial de articulista, lo que he escrito, excepto aquello del Joc de cartes, que era un ejercicio literario más que periodismo, muy burdo, tampoco veo que dé tanto miedo. No soy un periodista punzante de esos que van buscando girar el clavo y hacer daño. Tampoco creo que sea eso. Me ha perjudicado quizás más eso que decías tú, las etiquetas y los estallidos que dejo caer de vez en cuando en Twitter, que no el artículo, el cuerpo del mismo artículo. Me dirás ingenuo. ¡Sí! Pero no quiero reducirme con esta ingenuidad, porque con ingenuidad no haría nada. A mí me desactiva la ingenuidad.

Quizás no debería dejar el periodismo y debería dejar Twitter…

[Ríe]. También podría ser eso. Eso también me lo han dicho.

¿No le gusta ningún periódico de Cataluña? ¿No le gusta La Vanguardia?

No, pero es que tampoco la leo.

Es un periódico que tiene 150 años.

Sí. También los tiene el Diari de Tarragona. Y es el peor periódico de Cataluña.

Eso lo dice porque lo echaron.

Sí, pero entré con una clara voluntad reformista y con muchas ganas y mucha ilusión para arreglar lo que yo creía que se tenía que arreglar, que era esa cosa casposa total del periódico, y no fue muy bien recibido…

Antes le he dicho que ahora hay más problemas añadidos. Como por ejemplo, el algoritmo de Google, que es algo infame…

Estamos de acuerdo.

¿Y cómo se puede contrarrestar? ¿Cómo debemos evitar el síndrome del clic, el titular amarillo o idiota, etcétera?

No lo sé. [Ríe]. Pagando. Pagando otra vez periódicos. Imprimiendo periódicos y pagándolos otra vez, pero a un precio razonable. Supongo que si un periódico valiera un euro y tuviera portadas bonitas y no mentiras…

Los periodistas que trabajarían allí, si fuera impreso, se morirían de hambre. 

Ya.

¿Usted ve en el metro a alguien que vaya leyendo un periódico de papel?

No. Pero algún libro, sí.

Uno de cada mil.

Pero el móvil, sí, porque la gente lee.

Un poco, pero, sobre todo, mira vídeos. Después le preguntaré sobre literatura, pero ahora acabamos esto. ¿Y la inteligencia artificial?

Se lo cargará todo.

¿Seguro? ¿O nos acabará salvando de nosotros mismos?

No. No nos salvará de nada. Lo he pensado también, pero yo creo que no hay manera humana, al menos en los diez o veinte primeros años, de que nos salve de nada. Al contrario. Lo acabará de estropear todo. Estas tendencias que hemos visto de los algoritmos… los perfeccionará y acabará por aniquilar del todo la cultura de la comunicación humana.

Quiero preguntarle sobre usted como gastrónomo. ¿Se considera?

Sí.

Fue cocinero…

Muchos años.

Dicen en castellano que hay que ser cocinero antes que fraile…

La he oído, esta. No la he terminado de entender, pero la he oído.

Hombre, aplicada a usted querría decir que ha sido cocinero antes que gastrónomo…

Sí. Podríamos decir que sí. Yo soy muy defensor del contacto directo con las cosas y en el caso de los cocineros, con los alimentos. Esto no es algo tan obvio como parece, porque los cocineros hoy en día, sobre todo estos estrellados, a medida que van subiendo en el escalafón empiezan a perder el contacto con los alimentos. Empiezan a perder contacto con los mercados, dejan de tocar la carne, dejan de limpiar el pescado, y eso creo que adultera el producto que sale de sus cocinas. Por lo tanto, sí. El contacto con la materia prima es básico tanto para hacer periodismo como para cocinar.

¿Dónde fue cocinero?

Era un restaurante familiar, en Salou.

¿Y por qué lo dejó?

Porque el restaurante fue mal. Y la familia, también. [Ríe].

Doble éxito. A veces, estas cosas van ligadas.

Sí, un negocio familiar, mal siempre.

¿Y no pensó en continuar como cocinero en otro lugar?

Lo hice una temporada, pero ya vi que eso no era para mí. Y lo dejé. Yo vocacionalmente, aunque la entrada al mundo del trabajo fue a través del restaurante familiar, había estudiado humanidades y filosofía y cosas de estas. Y siempre sentía la cocina como algo de más a más, pero lo fui haciendo durante los años y cuando la cosa ya no fue a más lo dejé correr.

«Los influencers en gastronomía son un cáncer» / Anna Munujos

Quizás que, como usted no triunfó como cocinero, ahora despliega un cierto resentimiento contra el sector con sus artículos sobre gastronomía?

Sí. Es posible. [Ríe]. Y no tengo nada más que añadir.

Cuando habla de los críticos y se refiere a Julio Camba, Josep Pla, Nèstor Luján, Joan Perucho o Manuel Vázquez Montalbán, les reconoce la calidad. ¿Había críticos en el siglo XX y ahora ya no hay? Leí un artículo suyo, muy duro, contra dos influencers,  César González y Pablo Cabezali, diciendo que son horribles…

Son un cáncer. Es la equivalencia a la inteligencia artificial en el mundo del gastrónomo. Solo hay que mirar un vídeo de esta gente. Se ponen una cámara delante y comienzan a comer y a hablar con un lenguaje pobrísimo. Ya no es que no hayan leído a Camba, Pla, Perucho o Luján, es que no han leído ni el periódico de cada día. No tienen un poco de textura básica de la comunicación. Todo son barbaridades, todo son salvajadas, todo son «cosas buenísimas». Mmmmm. Todo onomatopeyas que acaban como acaban todo este repertorio de palabras que ya han comenzado con onomatopeyas también. Hacen rutas que se hacen pagar. Porque, además, se hacen pagar por los restaurantes extorsionándolos. Porque esta gente extorsiona a los restaurantes diciéndoles: «Es que tengo 50,000 seguidores en Instagram o en TikTok y, si no quieres salir, no solo te lo pierdes, sino que te arriesgas a que diga algo feo de ti.

Cuando estos grandes gastrónomos, Luján o Xavier Domingo, entraban a un restaurante, de manera involuntaria también practicaban un cierto chantaje, porque obviamente los reconocían.

Pero una vez ya estaban consolidados como figuras.

De acuerdo, pero, una vez consolidados, no los trataban como trataban a los demás clientes…

También, pero eso también pasa con la Guía Michelin.

Pero los de la Guía van de incógnito.

O con el Philippe Regol, por ejemplo. Pero él lo dice y hace lo que se debe hacer. Él va y enseña el ticket. Y dice: «Pago y aquí me han invitado a esto y a esto otro». O que le han puesto un plato en el menú que no toca. Y eso se debe explicar y no pasa nada. Evidentemente, Luján eso no lo hacía. Porque los tiempos han cambiado y te tienes que ir adaptando un poco. Pero se puede ser perfectamente un buen gastrónomo hoy en día con honestidad.

¿Hay?

Por supuesto. Por ejemplo, Philippe Regol, que es el ejemplo máximo. No hay muchos, pero.

¿En Cataluña?

Él.

¿Solo él?

No sé si hay algún otro con continuidad. En los periódicos, no.

Los periódicos tienen…

Tienen lo que llaman críticos. No tienen gastrónomos. Yo hago una pequeña distinción entre el crítico y el gastrónomo. El crítico, como tiene que escribir en un periódico y está expuesto a ciertas servidumbres, por decirlo así suavemente, pues siempre intuyes que hay cosas que puede decir y cosas que no puede decir. Tiene un lenguaje medido y de ahí no sales. Y no te merece la confianza de alguien que tiene la independencia de escribir por sí mismo.

¿Hay que ser de derechas para ser un buen gastrónomo?

Si entendemos de derechas como conservador, eso que decíamos antes, yo creo que sí. Por el mismo motivo, porque la misión máxima de un gastrónomo es fijar la tradición culinaria. Es él quien te tiene que decir: «Esto es lo que se ha hecho aquí toda la vida». Y según su criterio u opinión, autorizar o no. Entonces, tú le puedes hacer caso o no. Pero un buen gastrónomo debe manifestarse sobre si la innovación es justificada o no.

¿Sabe qué decía Nèstor Luján del Bulli?

No, pero me lo imagino.

¿Qué se imagina?

Ahora me has pillado. [Ríe].

No le gustaba nada.

Es lo que me imaginaba. Por eso mismo. Porque él era un gastrónomo conservador entre los gastrónomos conservadores.

Alguien que valore la pintura figurativa cuando llega un vanguardista puede decir que eso es un desastre…

No creo que Joan Perucho dijera que Picasso era un desastre. Ahora, quizás si hubiera visto a Banksy, quizás sí que habría dicho que eso es un desastre. El salto es este. No es entre el figurativismo y el abstracto.

¿Le merece la misma consideración Banksy que Ferran Adrià?

Noooo. Bueno, de hecho, sí. Son fenómenos comparables. Yo no discuto su valía artística, sino que creo que es un estadio inferior. Estamos en el momento de considerar si es arte o no, y yo aún no…

¿No es un genio, Ferran Adrià?

Está muy banalizado el concepto de genio. No me explica muchas cosas a mí eso de genio. Es un poco perezoso…

Alguien excepcional, que rompe las normas, que es capaz de instaurar a partir de ese momento un canon que antes no existía y que se convierte en referencia, porque esa persona es extraordinaria en su trabajo. No sé si lo acierto del todo. En todo caso, le pregunto si Ferran Adrià es eso.

Es alguien extraordinario, sí, porque huyó de lo que ordinariamente se hacía. Aunque había más gente que lo hacía al mismo tiempo que él.

Le he leído a usted «la caída de la exigencia del público». ¿El público que hoy en día va a restaurantes tiene poco gusto?

Sí, pero no tienen la culpa. Con esto los quiero eximir. Es culpa de la pérdida de… El restaurante es excepcional. Es algo excepcional, anecdótico. No en el sentido de que tenga poca importancia, sino en el sentido de que es un porcentaje pequeño en la experiencia alimentaria del ser humano. Ir a un restaurante es algo… Puedes ir cada día o puedes ir un día al año, pero no debería tergiversar lo que es la cultura culinaria de una persona, que es la cultura doméstica.

Lo que es cocina en casa, lo que tienes en casa, es como tu lengua, es lo que aprendes y lo que es tu pauta habitual. Un restaurante debería ser algo excepcional, de domingo o de un día al año, según la excepcionalidad. Puede abrir nuevos horizontes, nuevas técnicas, puedes aprender cosas… No digo que no puedas aprender cosas en la alta restauración o que no haya habido contribuciones en la alta restauración que hayan revertido en la cocina tradicional, pero cuando pierdes el lenguaje básico, entonces pierdes la capacidad para entender lo que te han explicado desde la alta restauración.

Lo temía, porque, claro, usted habla de cuando la gente cocinaba en casa cada día. Le dedicaban muchísimo tiempo. Lo solían hacer las mujeres. Los hombres según dónde solo cocinaban los días de fiesta, el domingo, y aún suerte. La gente almorzaba entonces en casa y el restaurante era excepcional. Hoy en día las mujeres trabajan fuera. Si eres pobre, vas de fiambrera y, si no, de restaurante, de menú o de carta, diario.

Pues, ¡no! Mal. Al restaurante, no se debe ir cada día. Si tú puedes ir al restaurante cada día o es que eres multimillonario o…

No necesariamente. Hay restaurantes con menús asequibles, de veinte o treinta euros.

Un menú de veinte euros, yo creo que no. ¿Cuántos encontrarás que estén bien?

Algunos.

Seguro que sí.

¿Ha probado el del restaurante Gresca de Barcelona?

Hace tiempo que no voy.

Unos treinta euros o poco más. Buenísimo.

Ya me dices el doble, eh? [Ríe]. No, pero es que, aunque te lo puedas permitir, hay algo primordial en el hecho de querer cocinar cada día como un esfuerzo personal, cultural y colectivo, de salvaguarda. De la misma manera que ahora nos llenamos la boca cada día de hablar catalán y de no dejar de hablar catalán, eso es lo mismo. No debes dejar de practicar la cocina tradicional diariamente. Porque, si no la haces diariamente, sí que la pierdes. Y no me sirve el tema de los hombres y las mujeres.

«Un capítulo de una serie de HBO dura una hora y en una hora haces un pisto» / Anna Munujos

Lo que quiero decir es que si ahora todo el mundo tiene una jornada laboral, ¿quién tiene tiempo de cocinar en casa? ¿Quién tiene tiempo y quién tiene ganas?

Las series de Netflix de 50,000 capítulos las ven todas, ¿no? La gente las ve una detrás de la otra. Un capítulo de una serie de HBO o de Netflix dura una hora. En una hora haces un pisto…

Por lo tanto, más cocinar en casa y menos Netflix.

Sería un buen eslogan.

Me lo quedo, gracias. Usted ganó una beca de la Fundación Finestres en 2022 con un proyecto de ensayo que se llamaba Rei Gord. ¿Se ha quedado la beca y no ha publicado el libro?

Lo estoy haciendo.

Ya, pero estamos en el 26.

¿Tienes prisa? [Ríe].

¿Y los de Finestres?

Tienen, van empujando de vez en cuando, pero tienen una prisa digamos razonada.

Hablemos de su última novela, Fricandó Nation. El título es horrible…

Sssssí. Muy bonito no es, no.

¿Por qué lo eligió?

Yo no tenía título para este libro y fue una propuesta de la editorial que acepté, porque me pareció bastante acorde con el tono destripado y grotesco del libro. Es un título grotesco.

Es un libro un poco extraño porque…

¡Sí!

Porque aparece un periodista que podría ser usted…

Sí.

…una corporación extraña que escribe una novela y que podría ser o que es Segell Fosc, que aparece también como autor, y luego una serie de personajes, una serie de cocineros, que representan diferentes opciones. ¿El cocinero enfadado, derrotado, y que se va a vivir a los Pirineos existe?

No te diré el nombre, pero existe, sí.  Está basado en el 80 por ciento en un cocinero real, actual, en activo…

¿Una especie de Santi Santamaria?

No. Es otro. Santi Santamaria, que, además, me reservo para el ensayo, es una figura con unos rasgos más determinados que no mi personaje. Además del amor por la cocina catalana tradicional y este integrismo, digamos, no comparten mucho más.

¿Le gusta más Santi Santamaria que Ferran Adrià o son conceptos diferentes que no se deben comparar?

Son conceptos diferentes y me gusta más Santi Santamaria. Por principios.

¿Y no pueden convivir en paz y armonía todos estos conceptos? ¿La cocina tradicional, la creativa e innovadora y el potipoti internacional?

Pueden convivir siempre que todos sigan las reglas. Y ahora se está demostrando que había una facción de estas que no las seguía. Se ha demostrado en el caso del restaurante Noma en Copenhague y se ha demostrado cuando el imperio del Bulli se ha desinflado completamente y ha comenzado a decaer sin la inyección de dinero de grandes fundaciones. Era un negocio que no se sostenía por ningún lado. Para más inri, ahora el discurso casi exclusivo de Ferran Adrià, además de darnos lecciones sobre la cocina tradicional, que tiene narices eso, es darnos lecciones también sobre cómo funciona el negocio de la hostelería, cuando sus negocios de hostelería no han sido nunca sostenibles por ellos mismos. Por lo tanto, sí, todo puede convivir, pero seamos honestos un poco. Por eso decía por principios. Encuentro que los principios de Santi Santamaria no tenían estas contradicciones tan fuertes que tiene el adrianismo. Por decirlo así, porque no es solo él, eh! Es todo lo que lo rodea.

Siempre se ha dicho que el pintor Sorolla era un genio y que los sorollistas, la plaga de seguidores, son unos pesados. [Ríe]. ¿En el caso de Adrià no puede haber pasado eso un poco también?

Pudo haber pasado, pero no me gusta reducirlo así, porque Ferran Adrià sigue estando al frente del adrianismo. No es algo que se haya separado, la escuela del gurú.

¿Son la peste?

No.

Pero Ferran Adrià no hace esta cocina, esnob y despersonalizada, que usted tanto critica en el libro y que sigue absolutamente la marca de la Guía Cormoran.

Noooo. Eso sí que es ficción en la novela. Ferran Adrià tampoco estaba directamente sometido a los designios de la cocina francesa. Él sí que se quiso separar un poco. El caso de la crítica a Ferran Adrià y al adrianismo es haber intentado separar esta cocina llamada molecular o tecnoemocional del corpus culinario del país. Después, poco a poco sus discípulos se han vuelto a acercar un poco. Manteniendo las técnicas, han vuelto un poco a los orígenes. Esto es patente en el caso del Disfrutar, que son los máximos exponentes.

El Disfrutar está considerado, si no el mejor, como uno de los mejores restaurantes del mundo. ¿Usted qué opina?

Son evidentemente adrianistas, pero yo creo que han corregido los problemas principales, que eran este desligamiento del país y esta identificación –también, por qué no decirlo– con la marca España. Estas expediciones de Ferran Adrià al New York Times y esta cosa de la grandeur de España… a mí todo eso instintivamente me provoca una especie de dolor de barriga.

Hace tiempo Jaume Fàbrega me dijo que los vascos proyectaban la cocina vasca al mundo y que los catalanes proyectaban la española. Que eso no lo habíamos sabido hacer bien…

No. Y tuvimos la ocasión de hacerlo precisamente con Ferran Adrià y no se hizo. Por eso digo que valoro que sus discípulos hayan querido enderezar un poco este camino. No sé si lo lograremos porque también los vascos tienen esta virtud imbatible que es que ellos se creen mejores de lo que son y nosotros somos exactamente lo contrario. Nos creemos peor de lo que somos.

¿Qué restaurante de Barcelona le gusta más?

Alkostat. Por dos cosas. La primera, porque es militante en la recuperación de una cocina catalana que sin militancia y sin activismo se perderá. Y la segunda, porque ejerce esta función de máximo establecimiento de alta restauración, pero sobre estas bases.

¿Y eso no lo hace mejor el Alkimia, que es el mismo chef, y proyectado más como alta restauración?

Sí, pero, la gramática culinaria del Alkimia es más libre que la del Alkostat. La del Alkostat sí que está más arraigada a la base tradicional catalana. Son lo mismo, eh? Son la misma cocina, pero…

Realmente, usted piensa que la cocina catalana se puede perder. Y no es solo una exageración de la novela.

Si yo fuera un economista, si yo fuera Xavier Sala i Martín, y me pusieran las gráficas delante de cómo va la cosa y cómo va la bolsa, el sentido de las tendencias bursátiles, todos los indicadores hacen pensar que vamos hacia el apocalipsis. Igual que con la lengua, eh. Hago constantemente esta comparación porque las dos cosas van bastante paralelas. Y aunque ahora tenemos esta etapa de activismo, que vamos por la calle, escuchamos a alguien hablando catalán por Barcelona y decimos: «¡Ostras, ya está todo salvado!», cuando miramos las estadísticas descubrimos que estamos al 30 por ciento de hablantes.

¿En Barcelona!?

Entre los jóvenes.

Menos.

La estadística oficial dice que es el 30 por ciento.

Una cosa es que lo sepan o que lo puedan hablar y otra el uso habitual.

Pues, igual. Este invierno, por ejemplo, abrías Twitter, el Instagram, el Time Out o la revista Cuina y veías que toda Barcelona era un festival de escudella. Y decías: «¿Qué está pasando? ¡De repente todo el mundo está comiendo escudella en Barcelona!». Y tenías esta percepción, falsa, evidentemente, de que la cocina catalana de repente, por este activismo mágico de los catalanes, la estamos reviviendo y que ya la hemos salvado. Luego miras la verdad y la verdad es esta: Primera: no es tanto eso. Quizás te comerás una escudella al año como quien vende una experiencia exótica. Y segunda y más importante: esta escudella no se hace en las casas, que es, como te decía antes, donde se salva realmente la cocina.

¿Cómo la quiere comer en casa? Antes me ha dicho que un capítulo de Netflix te ocupa una hora. Muy bien. Una escudella te ocupa toda una mañana.

¡No!

¡Sí! Si está hecha como Dios manda. En primer lugar, porque también tienes que comprar los ingredientes y en segundo, porque tiene que hervir y hervir en la olla para que quede bien.

Bueno. Quizás un capítulo, no, pero dos capítulos, sí. Con dos capítulos ya vas a comprar y lo metes todo en la olla. La olla exprés va muy bien. Lo metes todo dentro y lo dejas todo allí.

¿Usted haría una escudella con una olla exprés?!

¿Por qué no?

Porque es un instrumento maligno, a mi parecer, para el sentido de la cocina tradicional.

No. Es un instrumento maligno la inteligencia artificial. [Ríe]. Una olla exprés aún no piensa. No es una Thermomix una olla exprés.

Por lo tanto, Fricandó Nation no es una distopía. ¿Cree que este es nuestro presente, que se agravará mucho más en el futuro?

Se podría haber situado ahora mismo y se podría haber situado de aquí a cincuenta años. Lo que se hace en la novela es un «ni pa ti, ni pa mí». Ocurre en un futuro muy cercano. Como no me gusta hacer pronósticos, que cada uno reflexione hacia dónde vamos. Y ojalá me equivoque, evidentemente.

Es muy cansado ser catalán. Hay que conservar la lengua, las costumbres, la cocina… Y todo eso pasa por la militancia activa.

Es que no tenemos nada más. Ayer no sé quién –creo que era Albert Cuesta– colgó un artículo de Quim Monzó del año 2007 donde ya se refería a la mentira esta del «Depende de ti» referido a la lengua. Creo que es mentira. No depende de ti.

Depende de todos.

Depende de ti en el sentido colectivo.

Depende también de acciones individuales.

Yo no lo creo. Yo creo que las acciones individuales tienen poderes si hay el 80 por ciento del cuerpo nacional de un país. Tanto en la lengua como en la cocina. Cuando ya estás por debajo del 50 por ciento importa poco lo que hagas tú como persona individual si no te organizas. Es como esto del catalán en Europa. Esto habría sido una medida efectiva, buena, de salvaguardar la lengua. Y es una medida que no depende nada de ningún catalán de manera individual. Depende de tu representación en el Parlamento Europeo.  Si eso se hubiera conseguido, sí que sería algo bueno.

Si a cada persona que se le acerca y que usted no conoce le habla castellano por defecto, el catalán se disuelve. Esta es una acción individual. Sumada a la mayoría de gente que lo hace

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