«Debemos soñar qué queremos para dentro de 50 años, y el drama es cuando nuestros sueños son pesadillas distópicas». Esta frase de Francesc Torralba concentra la esencia de su última obra, Anatomia de l’esperança, que acaba de llegar a las librerías tras ganar el Premi Josep Pla de narrativa, concedido por Destino cada año por Reyes. En un ensayo en dos partes, el filósofo, teólogo y pedagogo analiza las formas del desánimo a través de los autores que más se han sumergido en él, con un papel destacado para Franz Kafka, «uno de los máximos representantes de la narrativa de la desesperación, del ahogo». «Estudio a los autores de la desesperación para cargarme de razones y rebatirlos», anunciaba en un encuentro reciente con la prensa horas antes de poner el libro a la venta. En la segunda parte de la obra es donde Torralba espera doblegar la tendencia a la desesperanza que parece estar ganando la batalla en un mundo que «cada día se nos dice que se está desmoronando». Dos pinturas célebres representan el combate que plantea: El grito, de Edvard Munch, versus La esperanza, de Gustav Klimt.

Para confrontar con la desesperación de Kafka, Torralba se ayuda con «pensadores que han vivido momentos duros, guerras, el Holocausto». Albert Camus, el católico Gabriel Marcel y el marxista Ernst Bloch –estos dos últimos se carteaban– le proporcionan argumentos. «La esperanza es un tema clásico pero muy necesario en momentos de agotamiento, desencanto y nihilismo como el que vivimos», insiste. «La desesperación conduce a la autodestrucción y, en el peor de los casos, al suicidio. Sobre todo si no se comparte con nadie», advierte. Y recurre a una frase de Bloch: «Toda realidad viene precedida por un sueño». «Alguien soñó que los niños debían estar en la escuela y no en las fábricas».
Gandhi como modelo para independentistas impacientes
El autor repasa la historia para defender su tesis. Recuerda que Gandhi soñó con la liberación de la India cuando era improbable, las sufragistas creyeron que podían conseguir el voto para las mujeres y lo lograron. El feminismo ha ido abriéndose paso, los trabajadores tienen una jornada laboral limitada, vacaciones y seguridad social. Martin Luther King soñó –de él es la frase «tengo un sueño», más popular que la de Bloch– el fin de la segregación racial. «Gandhi y Luther King soñaron objetivos improbables, recibieron el Premio Nobel de la Paz cuando tenía prestigio y luego los mataron», añade. Pero remarca que los efectos de lo que soñaron han quedado para las generaciones que les han sucedido.
Preguntado por el papel del independentismo catalán –ya que pone a Gandhi como ejemplo–, responde intentando no hacer daño: «La independencia, para muchas personas, ha sido la esperanza, para muchas aún es un sueño en presente, pero estos grandes cambios cuestan un gran esfuerzo y mucho tiempo«. Un objetivo especialmente difícil en la era de la inmediatez: «No puedes querer grandes objetivos inmediatamente, la cultura de la inmediatez se debe superar, tú siembra y tus hijos o nietos recogerán los frutos».
Las exigencias de la esperanza
Como recomienda soñar a 50 años vista, se ve obligado a admitir que actualmente hay demasiados estímulos que hacen que los sueños sean pesadillas. Y acepta que se debe buscar el punto de equilibrio entre la transparencia y la sobredosis de malas noticias. «La transparencia es imprescindible, la opacidad para mantener la esperanza es un mal método. No podemos decidir no explicar la corrupción, el caso Epstein o el caos de Rodalies. Pero otra cosa es cuánta transparencia podemos digerir», reflexiona. Y describe un sector de la sociedad especialmente vulnerable: «Hay gente que decide no informarse, vivir al margen de lo que pasa. Personas que optan por un ostracismo voluntario porque son muy sensibles y se van desanimando con lo que pasa y desaniman a los que tienen a su alrededor». Para afrontar esta tendencia, cree que la clave es «no confundir la noticia con la realidad entera». «Es noticia que un profesor abuse de un niño, pero no lo es la pila de maestros que cada día se dejan la piel haciendo su trabajo», lamenta.
En definitiva, lanza un aviso. La esperanza no es fácil, es exigente. «No se puede caer en la ingenuidad. La esperanza se construye sobre la incertidumbre, es un acto de confianza, y siempre contempla las contrariedades. Quien dice que todo irá bien, que esto acabará bien, da gato por liebre, no sabemos cómo acabará nada, hay muchos obstáculos en todo». Pero la desesperación es peor, porque lleva a la parálisis e «impide cualquier cambio». Solo si crees que algo es posible, te pones manos a la obra y te asocias con otros para cambiar la realidad. Porque «la esperanza nunca puede ser un grito individual, sería muy arrogante pensarlo».

