El accidente mortal de Rodalies es la gota que ha colmado el vaso de un país que se desmorona. El siniestro de Gelida no es un hecho aislado por el temporal Harry, como defendió el ministro de Transportes, Óscar Puente, quien posteriormente rectificó y admitió que la infrafinanciación que sufre la red ferroviaria en Cataluña agrava su vulnerabilidad. Al de Gelida se le debe sumar el descarrilamiento de un tren de la RG1 entre Blanes y Maçanet, el incendio en la catenaria en Tortosa o la evacuación de un tren de la R3 en Torelló por un incendio en la catenaria. Todos estos incidentes se han producido en los últimos días, a excepción del último que ocurrió en verano. Pero la situación tercermundista de Rodalies también se resume con este dato: más de un millón de pasajeros afectados por los retrasos de Rodalies en los primeros meses del año pasado. Y llueve sobre mojado porque hoy mismo una máquina que revisaba la línea de Manresa ha chocado contra una roca en Sant Guim.
Todo esto no es culpa de fenómenos meteorológicos puntuales como quiso hacer ver el ministro para sacudirse la responsabilidad sobre el estado de la red ferroviaria en Cataluña, que recae en el gobierno español, Renfe y Adif. La situación crítica que vive la red ferroviaria catalana es fruto de una desinversión estructural y el estado lamentable de la infraestructura de un estado que ha estado más pendiente de invertir en la alta velocidad radial en Madrid. Por otro lado, la crisis de Rodalies ha mostrado la incapacidad y la falta de liderazgo de un Gobierno que está atado de pies y manos a un Estado que maltrata a los catalanes. El ejecutivo de Salvador Illa se ha mostrado incapaz de señalar a unas empresas públicas que han dejado la red en unas condiciones tercermundistas, y que ponen en riesgo la vida de trabajadores y usuarios. Y no son los temporales, porque cuando la climatología acompaña, los trenes tampoco funcionan.
Y no solo eso, el Gobierno ha fallado en la comunicación con la ciudadanía desde el primer momento. Ha ido a remolque e, incluso, ha anunciado cosas que no han pasado. Los usuarios se presentaron el miércoles en las estaciones cuando el servicio estaba suspendido y no tuvieron opciones de transporte alternativo para ir a su lugar de trabajo. Y nadie les dijo nada. También fallaron cuando ayer por la noche anunciaron la reapertura del servicio de Rodalies para este jueves cuando no tenían garantías de que eso ocurriera. Un Gobierno no puede anunciar que se recupera el servicio de trenes de un país y que eso no ocurra. La autonomía de la Generalitat es tan limitada que lo único que ha hecho en medio de este caos es abrir un expediente por una huelga encubierta de maquinistas. Pero este caos informativo y de gestión no puede quedar impune. No puede ser que haya un Gobierno que no lidere, que no informe y que pida «paciencia» a los usuarios. Y llueve sobre mojado.
Y este segundo día consecutivo sin trenes de Rodalies y media distancia no es el único síntoma que tenemos de un país colapsado. Hoy también somos un país sin autopista y también somos un país donde mucha gente no puede acceder a una vivienda. Un país con unas listas de espera infrahumanas en la sanidad pública, donde la educación tampoco vive su mejor momento y donde la lengua sufre una situación de emergencia lingüística. Cataluña es un país de 8 millones de habitantes con unos servicios públicos que no dan abasto ante la nueva realidad del país. Y algunos ya hablan de la Cataluña de los diez millones… Hace unos años queríamos hacer la independencia y salimos a las calles a defenderla, pero la frustración actual no se canaliza en las calles ni se presiona a unos responsables públicos que no están a la altura de la situación. Hemos abandonado la autoestima y hemos caído en la resignación ante un país que se desmorona. Hay que reaccionar para ponerle remedio antes de que sea demasiado tarde.

