Sergio Ríos, el chófer de Luis Bárcenas y personaje clave de la ‘operación Kitchen, ha admitido en sede judicial que el comisario de inteligencia ahora jubilado José Manuel Villarejo lo reclutó como confidente y fue su «controlador». De hecho, lo ha relatado con todo tipo de detalles este miércoles por la mañana. Como acusado, ha subido al estrado de la Audiencia Nacional en el juicio por el operativo clandestino para robar información delicada sobre la financiación del PP que hipotéticamente tenía Luis Bárcenas, el extesorero de la formación, los famosos papeles de Bárcenas. Ríos, para quien el ministerio fiscal reclama 12 años de prisión, ha anunciado que respondería a las preguntas del ministerio fiscal, del tribunal que preside con perspicacia y una extraordinaria atención Teresa Palacios y del resto de defensas. Una sorpresa, porque la estrategia de gran parte de las defensas ha pasado por esquivar las preguntas del ministerio público.
El ex chófer de Bárcenas también ha advertido al tribunal que estaba nervioso y nada acostumbrado a declarar. Por eso, ha pedido paciencia y que si veían que se despistaba, le advirtieran. «Usted esté tranquilo», le ha recomendado Palacios, quien ha repreguntado varias veces porque el fiscal César de Rivas ha titubeado al principio del interrogatorio porque posiblemente no esperaba que el acusado le respondiera. Incluso, ha dejado participar a las defensas cuando las preguntas y las respuestas parecían contradictorias. Tanto es así, que la magistrada ha ayudado al acusado, ha reprendido a la fiscalía y ha regañado con destreza al abogado del chófer, cuando le ha hecho saber que tenía razón pero le ha suplicado que moderara el tono: «¡Es que usted siempre habla enfadado!».

Tarea concreta
Ríos ha narrado con desenvoltura que le pidieron que «no obstaculizara los seguimientos» a Rosalía Iglesias, la esposa de Bárcenas, y que «facilitara los lugares donde» la llevaba, así como «las personas con las que se reunía, los números de teléfono que pudiera tener de prepago y las matrículas de los vehículos» que utilizaban. También el dinero que transportaba. En resumen, ha resumido que el trabajo que le pedían consistía en «las mismas tareas de un conductor, pero simplemente informando como parte del trabajo».
El chófer, reclutado por 2.000 euros al mes, una pistola Glock y una oposición regalada al CNP, ha detallado que en un primer momento quien intentó convencerlo fue el comisario Enrique García Castaño, alias El Gordo, para quien la causa se ha archivado a raíz de un ictus. Ríos ha justificado que pensó que era un detective privado de su esposa porque estaba en un procedimiento de divorcio con una batalla por la patria potestad de los hijos. Ríos llamó entonces al comisario Andrés Gómez Gordo, exjefe de seguridad de Dolores de Cospedal y uno de los jefes de sección de la UDEF, también acusado en este juicio, a quien había conocido anteriormente y quien le transmitió que le presentaría a un comisario, que finalmente sería Villarejo.
De confidente momentáneo a latente
Según Ríos, el comisario Andrés Gómez Gordo –que ha declarado antes– le presentó a Villarejo. Fue una petición de Villarejo que Gómez Gordo, entonces inspector en jefe, no podía rechazar porque Villarejo ya era comisario, un rango superior. El comisario de inteligencia le hizo creer que «había una figura dentro del Cuerpo Nacional de Policía que era el confidente momentáneo, es decir, para una única operación». Le proporcionó unos teléfonos «ilocalizables» y sin internet que en el argot policial se conocen como «canutos«, además de darle consejos de seguridad y autoprotección. Con estos móviles informaba de «cualquier tipo de problema que tuviera, de algún tipo de sospecha sobre posibles testaferros, reuniones o cenas con personas de aspecto nórdico». Una información que transmitía cada día por la tarde inicialmente y, después, cada dos o tres días, aunque alguna vez se reunían en puntos acordados como restaurantes, bares o cafeterías.
La declaración de Ríos también ha avalado la declaración anterior del comisario Andrés Gómez Gordo, que durante tres meses fue su «controlador» antes de que le presentaran a Villarejo. Tres meses durante los cuales Gómez Gordo firmaba los recibos de los fondos reservados para pagar a Ríos. Durante estos tres meses, Ríos solo tenía que vigilar los movimientos de dos vehículos de gran cilindrada que tenía Bárcenas en el garaje. Entonces era un confidente «latente». De hecho, Gordo ha afirmado que los pagos eran orden de la Dirección Adjunta Operativa del CNP, entonces en manos del comisario Eugenio Pino, y que la intención era controlar lo que en aquel momento era «el delincuente número uno de España, Bárcenas». «No hacía falta ser un genio para ver que querían fichar al chófer como confidente», ha ironizado cuando ha explicado que fue él quien presentó a Villarejo a Ríos. Un detalle interesante ha sido que haya dicho que Villarejo incluso financiaba estas operaciones, porque a menudo adelantaba el dinero para pagar a los confidentes y luego reclamaba su devolución al DAO. Como también ocurrió en el caso de la operación Catalunya con el pago a Javier de la Rosa a cambio de información contra los Pujol- Ferrusola.

