Las elecciones en Castilla y León celebradas este domingo han sido un ejercicio de nostalgia. Una década y media después de las múltiples disrupciones que rompieron el tablero político español a raíz de la Gran Recesión, con la irrupción de las izquierdas nacidas del 15M -la otra- y la ampliación de la voz de la derecha del PP, las Cortes de Castilla dibuja un equilibrio parlamentario abierto a la nostalgia: con el 100% escrutado, el Partido Popular ha mejorado los 31 escaños que habían llevado a Alfonso Fernández Mañueco a la presidencia, y ha escalado hasta los 33; mientras que el PSOE, lejos del batacazo previsto, ha defendido su territorio e incluso lo ha ampliado, hasta los 30 escaños. Lejos de los dos partidos mayoritarios, Vox no ha logrado aferrarse a la ola reaccionaria que debería impulsarlo a prácticamente todo el Estado, y se ha quedado congelado en los 14 escaños, sólo uno más que hace cuatro años. Al otro lado del espectro político, la izquierda a la izquierda de los socialistas, en plena descomposición, ha perdido todos los procuradores. Podemos y la coalición de Sumar y Izquierda Unida no han llegado, entre ambos, ni a los 37.000 votos; una cifra que los elimina de un plumazo del foro público en la región. Con la extrema derecha estancada y las izquierdas en plena «catástrofe«, el PP y el PSOE afilan las armas para recuperar la España que sabían suya. Castilla y León es la zona cero de la resurrección del Régimen del 78.

Las extremas derechas españolas esperaban un escenario muy diferente. De hecho, el presidente de Vox, Santiago Abascal, ya había organizado las festividades. A juicio del ex-popular, la jornada electoral en Castilla y León debía ser el primer capítulo del sorpasso a Alberto Núñez-Feijóo. Lejos de dar voz a sus representantes en Valladolid, Abascal había centralizado todas las valoraciones de la noche en la sede de los ultras, en Madrid; para celebrar el fin de una guerra que veía como un proxy contra la derecha españolista tradicional. En lugar de eso, el dirigente reaccionario se ha visto obligado a bajar la cabeza y abrir de par en par la puerta a los pactos autonómicos con el PP. «A partir de mañana, tres regiones españolas esperan urgentemente un cambio de rumbo, y lo tendrán», declaró el líder de Vox; en referencia a Extremadura y Aragón, además de Castilla, dos ejecutivos en los que sus bloqueos impedían la investidura de los candidatos conservadores.

Los populares leen la situación en los mismos términos, pero con un ánimo diametralmente diferente. El secretario general del PP, Miguel Tellado, celebró ayer un resultado «rotundo». «El PP gana y se queda como el único partido capaz de formar gobierno, y el PSOE pierde y no tiene ninguna opción de gobernar», insistía Tellado. A pesar de los dardos a los socialistas, el núcleo de la comparecencia del secretario general fue el mensaje a Vox de cara a los nombramientos de Maria Guardiola en Extremadura y Jorge Azcón en Aragón. La derrota de los ultras, plantean, debería servir para que abran de par en par la puerta a las coaliciones autonómicas. «Esperamos que, por parte de Vox, ahora sí quieran avanzar en las negociaciones», presionaba. De hecho, Feijóo ha centrado el final de su campaña en el cuerpo a cuerpo con Abascal por los conflictos en Zaragoza y Mérida, acusándolo de «bloquear» las alianzas del «centroderecha». Los populares, cabe decir, aún no han recuperado del todo su espacio natural en Castilla: bajo el mandato de Aznar, los conservadores españoles llegaron a los 50 procuradores en las elecciones autonómicas de 1995.

El candidato socialista a la presidencia de Castilla y León, Carlos Martínez, celebrando el resultado electoral / EP
El candidato socialista a la presidencia de Castilla y León, Carlos Martínez, celebrando el resultado electoral / EP

El PSOE y, después, nada

Al igual que los populares, el PSOE cerró la noche con una celebración. El secretario general de los socialistas en la región, Carlos Martínez, ha visto la oportunidad de recuperar el impulso en una comunidad donde había establecido feudos relevantes, como las comarcas mineras de León. «Al lío, que habrá partido de vuelta», exclamaba Martínez ante los simpatizantes. También en paralelo a los conservadores, el centro-izquierda español ha aprovechado los resultados para menospreciar a Vox como «la muleta permanente del PP».

Los de Martínez, además, han ganado todo su espacio potencial -con las pequeñas excepciones de los partidos regionales, que han sumado solo cinco procuradores- con el hundimiento sin paliativos de Podemos y la candidatura de Izquierda Unida y Sumar. «Hemos dicho que la tierra no se vende, que el PSOE es la alternativa sólida de cambio», se ha permitido lanzar el secretario general, sin tener que preocuparse por ningún adversario a su izquierda.

Por su parte, las caras más largas de la noche las mostraron los portavoces de las izquierdas, Lara Hernández (Sumar) y Pablo Fernández (Podemos). Entre ambos no han llegado ni siquiera al 3% de los votos emitidos, y se han quedado sin ninguna representación parlamentaria. Cuestionados por la decisión de concurrir separados a los comicios, sin embargo, ambos han preferido mantener la disputa que los separa desde la salida de los morados del gobierno español. «La unidad, por sí sola, no es suficiente. Hay que construir proyectos ganadores», reflexionaba Hernández, sin un camino claro para el programa que debería llevar a los suyos de vuelta a las Cortes. Por su parte, Fernández tampoco ha querido tender la mano al otro partido del espacio, y ha instado a los suyos a «tomar las mejores decisiones para que la izquierda se refuerce y la ciudadanía vuelva a confiar». «Hay esperanza», suspiraba el portavoz, devastado.

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