El conflicto de Pedro Sánchez con Donald Trump no es innovador. Ni mucho menos. De hecho, a lo largo de la historia España y EE.UU. han tenido muchos puntos de divergencia que han marcado la vida política y geoestratégica de ambos estados. La valoración del golpe de estado del 23-F que hicieron los americanos, que lo consideraron un «asunto interno»; la conexión española de la CIA de ayuda a cambio de contención del comunismo; la negativa de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando era jefe de la oposición, a levantarse al pasar la bandera de EE.UU. por delante de la tribuna de autoridades del desfile del 12-O de 2003, en protesta por la guerra de Irak, o el hecho de que Alfonso Guerra se negara a recibir a Ronald Reagan durante su visita a España, con Felipe González en la Moncloa, son algunos de los ejemplos de esta relación complicada.

Pero si hay un hecho que une la historia de España a la de EE.UU. es la Guerra de Cuba. Una contienda que supuso la pérdida de esta colonia de ultramar española y el nacimiento de EE.UU. como potencia mundial. Un conflicto militar desencadenado o impulsado por un desliz diplomático español de manual. En concreto, una carta del embajador español de la época en EE.UU., Enrique Dupuy de Lôme, que dejaba como un trapo sucio al presidente norteamericano del momento, William McKinley. La carta y una poderosa campaña de la prensa popular, liderada por los medios del emperador de la comunicación de masas del momento, Rudolph Random Hearst, alentaron la entrada en guerra de EE.UU. para expulsar a España de Cuba. Una conflagración que supuso una humillación histórica para España en toda regla.

Cabecera de la carta del embajador español en EE.UU. criticando al presidente del país por su postura sobre Cuba/Archivos Nacionales EE.UU.
Cabecera de la carta del embajador español en EE.UU. criticando al presidente del país por su postura sobre Cuba/Archivos Nacionales EE.UU.

Un «presidente débil, un politicastro»

La carta, que se guarda como un tesoro en los Archivos Nacionales de EE.UU., debe contextualizarse en una época de grandes tensiones entre España y los norteamericanos a raíz de la revuelta de los independentistas cubanos en 1895. Cuba era una de las últimas colonias españolas y España reprimió la revuelta de manera muy violenta. La brutalidad de la represión y la incipiente fuerza de la comunicación de masas y la formación de la opinión pública moderna hicieron que el gran público norteamericano no solo condenara las atrocidades españolas, sino que se forjara una corriente de opinión para que EE.UU. reclamara Cuba.

El gobierno de entonces de EE.UU., que aún se recuperaba de una sangrienta guerra civil, si bien presionaba a España para que detuviera la represión en Cuba, se alejaba de cualquier intervención militar en la isla del Caribe. En diciembre de 1897, sin embargo, las cosas cambiaron. En su discurso anual al Congreso, el presidente McKinley insistió en que no tenía ninguna intención de anexionarse Cuba, pero advirtió que si España no cambiaba su política en Cuba, EE.UU. podría intervenir por la «fuerza».

Este discurso fue diplomáticamente analizado por Dupuy de Lôme, quien dirigió una misiva a José Canalejas, hombre de enlace sobre Cuba con el jefe del gobierno español, entonces Práxedes Mateo Sagasta. En esta carta, el embajador aseguraba que el discurso de McKinley no era beneficioso para España. Además, criticaba duramente al presidente norteamericano, a quien calificaba de «débil» y prisionero de «la admiración de las masas». «Es un aspirante a político —un politicastro— que intenta dejarse una puerta abierta detrás mientras se mantiene en buenos términos con los belicistas de su partido», decía.

Portada del New York Journal del 9 de febrero de 1898 que difundía la famosa carta/Biblioteca del Congreso de EE.UU.
Portada del New York Journal del 9 de febrero de 1898 que difundía la famosa carta/Biblioteca del Congreso de EE.UU.

Una carta interceptada

La misiva diplomática fue interceptada por los independentistas cubanos. El documento llegó a la cadena de medios de Hearst. El 9 de febrero de 1898, se publicaba una traducción de la carta en el diario New York Journal, uno de los más influyentes del país. El titular era lo suficientemente inspirador: «El peor insulto de su historia a los Estados Unidos». De hecho, según uno de los mejores conocedores de este episodio, el historiador James M. Lindsay, los insultos a McKinley no eran nuevos. La opinión pública norteamericana compartía la opinión de Enrique Dupuy de Lôme. Sin embargo, los norteamericanos no admitieron que unos españoles, precedidos por su fama de crueles en la batalla cubana, se permitieran insultar a su presidente. La animadversión contra España fue creciendo, así como el apoyo a la idea de entrar en guerra para anexionarse Cuba.

Casualidad o no, seis días después de que la carta de Dupuy de Lôme se hiciera pública, el acorazado USS Maine, que había entrado en el puerto de La Habana para proteger los intereses norteamericanos en Cuba, explotó. Murieron 266 marineros. EE.UU. culpó a una mina española de la tragedia y la escalada de tensión se disparó. Cabe decir que siempre ha existido la duda de si la explosión fue accidental. En todo caso, el Maine supuso que el 25 de abril de 1898 EE.UU. y España entraran en guerra. Un conflicto que terminó en agosto de ese mismo año con la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. El episodio conocido como Desastre del 98 para España, y el impulso que colocó a EE.UU. en la pole position en la carrera por convertirse en potencia mundial.

Una fotografía del USS Maine hundido que guarda con celo el US NAVAL INSTITUTE
Una fotografía del USS Maine hundido que guarda con celo el US NAVAL INSTITUTE

 

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