Natza Farré, guionista, articulista, presentadora, humorista, escritora, acaba de presentar en la librería Ona de Barcelona, llena como un huevo de codorniz, una novela de no ficción. Usted nos guía, señor Capote. Se llama La última vez que te digo adiós. La última vez que dijo adiós a su hermano, adicto a la heroína, que murió de sida. Farré explica su calvario de adolescente golpeada, la devastación que acompañó a su hermano y que sacudió a su familia, que antes ya había sido diezmada con la muerte del padre. Con un estilo directo, conciso, descarnado, a menudo áspero y en algún momento cómico, Natza Farré recupera una época y una gente que ya parecen lejísimos. Con el mismo culto a la síntesis que la caracteriza, solo cabe decir que leer este texto nos hace humanos. Aunque ella advierte que está cansada, de los humanos, sobre todo cuando se juntan en grupo.

¿Este libro es una catarsis al estilo de los griegos? Sigmund Freud también se refería al método catártico…

A medio camino. Tengo la sensación de que la hice, la catarsis, antes de escribir el libro. Una vez me puse a escribirlo, ya estaba hecha. Sí es verdad que mientras lo escribía hubo cosas que salieron y que no me esperaba. Cosas que no esperaba que salieran con esta intensidad. Este libro solo lo he podido hacer con un trabajo previo de terapia, de catarsis… Un trabajo previo necesario para poderlo hacer con la serenidad que necesitaba para explicar todas estas emociones. Con las emociones que llevaba dentro tampoco lo habría podido escribir como lo he escrito.

¿Cómo se hace una catarsis así?

[Sonríe]. Con mucho tiempo. Muchos años. Ha sido un proceso muy, muy lento. Es un proceso que va y viene. Hay un momento, como me ha pasado ahora, y una edad, que es lo que cuento, en que ya no puedes más y necesitas expulsarlo porque te ocupa mucho espacio en la cabeza. A mí me estaba molestando. Intentaba desviar la mirada y volvía solo. La única manera de que desapareciera de mi cabeza fue ponerme a escribir el libro, hablar con la editora, fijar una fecha de entrega y a partir de ahí ver qué pasaba. Y lo que ha pasado es que esa parte de la cabeza ha hecho limpieza.

¿Ya tiene la cabeza limpia? ¿El alma limpia?

El alma, pobre, la tengo como puedo. [Ríe]. Pero la cabeza, en ese sentido, sí. Me he liberado mucho mentalmente. Mucho. Me pesaba mucho esto y tenía mucha necesidad de contarlo, porque tenía la sensación de que es un tema y un punto de vista poco tratados. Tenía como la necesidad de compartirlo. No por dar pena, ni nada de eso, sino porque es el retrato de una época de la que aún hemos hablado poco.

Un tema poco tratado, desde el punto de vista de los otros hermanos. El sufrimiento de los padres ya había sido muy explicado…

Exacto. Pero, desde el punto de vista de los hermanos, que éramos los que estábamos allí en el mismo espacio que los padres, encontraba que esta voz se había narrado poco. Yo, que he tenido la mala suerte de ser una de estas hermanas, quería dejar por escrito este testimonio.

Con los padres es difícil establecer complicidades en un caso así, porque los padres solo tienen ojos para el hijo adicto, pero con los otros hermanos habría sido más fácil… Quizás porque usted era la pequeña eso no pudo ser?

Noooo, porque somos una familia complicadita. Todos tenemos unas personalidades fuertes y las relaciones familiares también son muy intensas. Muchos años antes de morir mi hermano, murió mi padre. Mi padre era, en cierto modo, el pilar de la familia. Cuando muere, todos nos perdemos un poco entre nosotros.

Eran seis. ¿No hay ningún hermano o hermana que tome el relevo cuando muere el padre?

No. Con la muerte de mi padre, todo cambia mucho. El pilar era mi padre. Eso se desmorona y cada uno hace lo que puede con su existencia. En nuestro caso, eso no pudo ser así.

¿Su madre, tampoco? ¿No lo sustituyó?

No. Mi madre, tampoco. A mi madre le costó mucho superar la muerte de mi padre. No tenía tampoco antes este papel familiar y no lo asumió una vez murió mi padre. Nos quedamos todos un poco… Cada uno en su órbita, tirando adelante como podíamos, y nuestras relaciones en muchos casos se rompieron.

El día de la presentación del libro en Ona, una persona del público se dirigió a usted irónicamente y le recriminó querer ser hija única. Le dijo: “Usted no sabe qué es ser hijo único”.

[Ríe]. ¡Porque yo quería ser hija única! Piensa que yo vivía en una casa donde éramos muchos hermanos, donde siempre había mucha gente, y además, allí estaba la consulta pediátrica de mi padre. ¡Siempre había gente en aquella casa! Yo era una niña que quería un poco más de tranquilidad y en aquellas circunstancias dices: “¡Ostras, que desaparezca todo el mundo!”.

¿Sus hermanos han leído el libro?

Que yo sepa, solo mi hermana mayor, que es con quien mantengo mejor relación.

Yo me quedo estupefacto. Soy hijo de una familia donde éramos tres y se me escapan las circunstancias que vive un hijo único o el bullicio de una familia numerosa. Yo mantenía una relación estrecha con mis dos hermanos…

Depende, depende. He conocido casos de todo. De familias que se entiendan muy bien, yo conozco poquísimas. También es verdad que en nuestro caso, nuestros padres también tuvieron mala relación con sus hermanos en ciertos períodos. Todo lo que vives en casa lo acabas trasladando también. No diré que es una herencia, pero casi. Si ves de pequeña que las peleas entre hermanos son normales, como yo lo vi en el caso de mis padres, tampoco encuentras extraordinario pelearte con los tuyos. O dejar de hablarles una temporada o no saber nada de ellos. No lo encuentro tan extraordinario porque es lo que he mamado en casa. De la misma manera que he mamado leer, he mamado esto. Por lo tanto, reproducirlo cuando eres mayor, en cierta manera, no se te hace tan extraño. Pero no es agradable, eh. Quiero decir, que no estoy contenta con esta situación, pero es la que hay.

Tengo un amigo también de Barcelona, del Eixample, con un montón de hermanos en casa, nueve o diez, que siempre me ha dicho que hay algunos que ni los conoce, que se han tratado poquísimo.

Eso es así. Explico mucho esto en mi libro en relación con mi hermano drogadicto, porque con la diferencia de edad, siete años, cuando yo empiezo a tener conciencia, mi hermano ya es adolescente. Y aquí ya entramos en problemas. En realidad, sin estar drogado o bajo las consecuencias de la droga, yo no sé quién es esta persona. Nunca lo he conocido limpio. Encuentro este hecho muy literario. Esta extrañeza de hermanos. Somos personas que estamos en un mismo espacio, conviviendo, con unas mismas normas, pero cada uno tiene su personalidad. Nosotros somos la típica familia catalana que tampoco tenemos una gran comunicación… [Ríe]. Igual que los afectos también son relativos.

«Nosotros somos más hacia adentro»/ Anna Munujos

Son como son.

Exacto. Tampoco tenemos una comunicación de cómo te sientes.

No son como los sicilianos, como los napolitanos o como los valencianos.

Noooo. ¡Exacto! Nosotros somos más hacia adentro. Y claro, entre que se habla poco, etcétera, etcétera… Sí, son tus hermanos, es tu sangre, tenemos maneras de hablar que son iguales, tenemos gestos que son idénticos, pero no sabemos exactamente quiénes somos.

Ahora que habla de la sangre. Usted cuestiona el mito de la sangre en el libro. Para las familias de estas tribus mediterráneas más alteradas, la sangre es sagrada. Empezamos por la sangre de Cristo… Eso supera cualquier racionalidad.

Totalmente. Y es así, seguramente. Piensa que hay un fenómeno que es bastante curioso. Yo puedo criticar a mi familia, puedo decir barbaridades, pero, si las dices tú, no dejaré que las digas. Decimos lo que queremos de ellos, pero lo decimos nosotros. Ni se te ocurra decir absolutamente nada. La sangre es eso. ¿Cómo nos une? Seguramente es más fácil deshacerte de la persona con la que no tienes esta relación sanguínea. Es bastante más fácil cortar con ella. Pero eso no significa que tengas una relación mejor con alguien solo porque tienes la misma sangre.

Dice usted que, además de contar la historia de su hermano, también quiere retratar una época. El cuadro es incompleto. En la adolescencia de una persona está la familia y la crisálida propia, pero también están los amigos, la política, el sexo, lo que llaman despertar sexual…

Lo explico, la época, en relación con mi hermano. Aquí tomé una decisión. Estos temas van apareciendo, pero… De todos estos temas hay muchas columnas. Al final, aparecían en la escritura, pero realmente solo quería seguir el hilo de esta columna concreta. Si no, se me abrían unos frentes que habrían hecho el libro larguísimo. No lo quería, eso. Eso habría abarcado muchísimos temas que, seguramente, querré tocar en otras ocasiones, aunque no autobiográficamente. Aquí tenía muy claro que solo debía seguir esta espina. Todo lo demás era muy desbordante.

¿Cómo definiría su sentido del humor? En el libro dice que la vida es una tragicomedia y, textualmente, que “esta paradoja me flipa”…

El mío es un humor bastante negro. Yo entiendo a las personas que buscan la manera de huir de lo que es vivir. Creo que la vida es muy difícil, pero no la vida circunstancial. El hecho de vivir es muy complicado. El mismo hecho de que tengas que ir tomando decisiones y tengas que dejar muchas cosas a un lado, porque no tienes más posibilidades y solo hay una vida. Encuentro este existencialismo muy duro, y a mí me cuesta. Entonces cojo el sentido del humor de ver que sí, que es así, pero que, claro, nos tenemos que reír un poco de todo, porque si no, no podemos avanzar. Yo diría que tengo un humor que seguramente es catalán y que seguramente es también portugués e inglés. Es más de esta línea [Ríe]…

Yo no me identifico, pero me hace cierta gracia…

Porque eres valenciano. Los valencianos tenéis un humor diferente.

Más abierto, más bestia. Un valenciano se encuentra con otro y le puede soltar: “¿Cómo estás, hijo de puta?”. Y el otro no se enfada.

Bueno, eso lo hago yo bastante también con amigas, eh…

Porque deben tener un punto valenciano…

[Ríe fuerte]. Pero sí que es verdad. El catalán es otro tipo de humor.

Un humor reservado…

No lo sé, no lo sé. Es lo que es. A mí me gusta, me hace mucha gracia. A mí personalmente me hacen gracia muchas cosas absurdas, como las caídas. La típica caída. El slapstick, Buster Keaton… Con todo eso yo me parto de risa.

Eso es universal, ¿no?

No. Hay gente que no. Por ejemplo, con las caídas. Hay gente que no las soporta. De inmediato piensan en el daño que se ha hecho la persona que cae. Bueno, es una manera de verlo. Es que somos todos tan diferentes con esto… A mí, como espectadora, me gusta un tipo de humor muy amplio, pero reconozco que el muy vulgar no me hace mucha gracia. Pero en general hay muchas cosas que me hacen reír. Ahora, cuando yo lo tengo que hacer, soy más cáustica. Tiro más hacia adentro. Es un estilo. Es un estilo que no gusta a todo el mundo, pero hay mucha gente a la que le gusta.

¿Cree que en el libro hay momentos de risa?

Hay momentos en los que la gente ríe.

A mí me ha angustiado mucho.

¿No has reído en ningún momento?

Es que no es el humor que me hace gracia a mí…

[Ríe fuerte]. ¿Lo ves? Eso depende. Pero, en cambio, hay gente que sí ha reído y que ha agradecido encontrarse con algunos párrafos más humorísticos, donde se ha podido relajar un poco.

Dice de usted que es una persona muy discreta y que la externalización excesiva la hace sufrir. ¿No ha sufrido pensando que todo lo que ha escrito después será leído por mucha gente?

Es verdad. Ha sido un desnudamiento bastante heavy viniendo de donde vengo, pero, como he encontrado que era interesante hablar de ello… Ahora me estoy dando cuenta de la cantidad de gente que no ha hablado todavía. No era un exhibicionismo porque sí. Era un exhibicionismo, si quieres, relacionado con una cosa que ha estado muy escondida. Por lo tanto, dar un poco el pistoletazo de salida a este desnudamiento emocional me ha parecido que sí. Que en este caso, sí. Lo que no hago es un exhibicionismo porque sí, por hacerlo, creo yo.

A alguna gente esta Natza Farré no les gustará.

Pero hay mucha gente a la que Natza Farré no les gusta. Me da igual. No estoy aquí para complacer a todo el mundo. Es imposible. Eso lo tengo muy asumido. Hay mucha gente que me quiere y mucha que no me quiere. Es la vida. Si no, ya no haría nada.

¿No quiere que la quiera todo el mundo? La gente que sale por televisión quiere que la quiera todo el mundo.

Noooo. Soy consciente. Yo también tengo una manera de hacer humor que no gusta a todo el mundo. A mí tampoco me gusta todo el mundo y yo no quiero a todo el mundo. Claro que quieres que te quieran, yo vivo para que me quieran. Ayer en la presentación del libro, por ejemplo, había mucho amor. Hay gente que me quiere de verdad, pero no soy tan ambiciosa. En el sentido de todos, no! Es imposible. Porque a mí mucha gente tampoco me gusta. No la querré. Entonces, ¿cómo quiero que me quiera todo el mundo? ¡No! Pero aún creo que tiene bastante mérito que, siendo yo como soy, me quiera tanta gente. [Ríe].

Rema contracorriente. Últimamente la moda en el mundo de los comunicadores, de los escritores, es amar, pedir que te amen, regalar abrazos y repartir corazoncitos. Sobre todo, en el mundo de las mujeres.

Yo creo que en el mundo de los hombres pasa más, pero no lo confiesan.

Es posible.

Y tanto. Los hombres, con su ego, además, tienen una necesidad de ser amados brutal.

«Me ha hecho mucho daño personalmente la rabia»/ Anna Munujos

Precisamente, como van de duros, no hacen este exhibicionismo coral de amor. Algunas escritoras llevan el abrazo como estandarte… Tanto corazoncito… [Ríe].

Que cada uno haga lo que se sienta bien haciendo. Yo no criticaré estas cosas.

Usted es un rara avis.

Sí. Un poco. Por eso digo que tiene mucho mérito que me quiera la gente que me quiere [Ríe].

Hay un sentimiento que recorre todas las páginas del libro, que es la rabia.

Me ha hecho mucho daño personalmente la rabia. Mucho. Mucho, mucho, mucho. La he vivido mucho, no la he trabajado hasta tarde. Me ha hecho mucho daño internamente. Mucho. Además, se fueron juntando diversas rabias. Ya la tenía de adolescente, sobre todo, que es la rabia que ya llevas por la edad, más la rabia del hermano, después la rabia de la muerte de mi padre… Fui acumulando rabias fuertes.

Si la rabia no es esporádica y se junta con una intransigencia más permanente, el cóctel se vuelve peligroso… ¿Le ha pasado esto?

Me ha pasado durante una época, pero sobre todo me hacía daño a mí. Mucho daño a mí misma. Después afortunadamente empecé a trabajármela y fui rebajándola. El viaje ha sido… Te diré que prácticamente ha desaparecido, que no queda nada. De aquella rabia, ya no queda nada. Lo digo en el libro también, la rabia al final se fue convirtiendo en tristeza, más que en rabia.

¿Y la intransigencia? Usted explica que cuando alguien perjudicado se le acerca ahora a pedirle un euro no puede aguantarse las ganas de enviarlo a paseo…

Eso es muy fuerte. Tiene que ver con el trauma. Te viene como de golpe. El adicto te viene y aquí sí que aparece el trauma y es como “no, a mí, no. A mí más, no”. Es algo que también he hablado con la psicóloga. Es algo normal entre comillas. Normal. Es como de repente volver allí, y yo digo: “No, no. Si yo ya he hecho todo un camino… Déjame en paz, ve al de al lado, no te acerques”.

Pero entonces no está tan limpia.

No, no, no estoy tan limpia. Eso yo no lo he dicho.

Ha dicho que se había vaciado…

Había vaciado la cabeza, pero el alma… Ya te he dicho que no la tenía tan limpia. No, no, no… [Sonríe] A ver, este trauma, yo no lo superaré nunca. No es algo que se supere. La muerte de un hermano como esta es durísima. Yo no puedo haber superado eso. No lo he superado.

¿Y la mala conciencia?

La mala conciencia es terrorífica.

¿La tiene?

Ahora mucha menos.

Entonces la tenía. Cada vez que se enfadaba…

Era automático, pero automático. Primeramente una cosa y después otra. Te diré una cosa. Yo no soy mala persona. [Ríe]. Soy muy imperfecta, pero no soy mala persona. No tengo esa cosa de ser mala persona. Yo, por ejemplo, soy una persona que pide muy a menudo perdón. Cuando me doy cuenta de que me he equivocado, lo hago enseguida, porque no tengo ninguna necesidad de no hacerlo. Me duele haber herido a alguien involuntariamente. Voluntariamente no lo hago, porque no tengo ninguna necesidad, pero me duele mucho haber herido a alguien. Yo pido perdón. Y en cambio a mí me ha costado mucho más darme este perdón. El sentimiento de culpa era espantoso, espantoso. Es una mierda, eso del sentimiento de culpa.

Decían antes los marxistas que eso es la carga judeocristiana.

Es que lo es. Lo es. Esta mierda de la religión cristiana nos ha matado a todos, eh. Sí, sí. Yo lo encuentro un desastre, eso. Un desastre. La religión, esta y todas, un desastre…

Le iba a preguntar ahora si cree en Dios, pero bueno…

[Ríe muy fuerte]. Creo que ha quedado bastante claro. No, no, no.

«Se defiende poco la soledad» / Anna Munujos

Habla también de la soledad. Precisamente en una familia numerosa usted se encontraba sola…

Eso es algo que pasa muchas veces entre mucha gente. Esta soledad entre tanta gente. Después, eso que decías antes de las modas… La gente tiene ahora una aversión a la soledad. Y se defiende poco la soledad.

Con el móvil todo el mundo se siente acompañado, aunque eso sea engañarse.

Sí, sí, totalmente. En muchas ocasiones estar sola es muy necesario y es muy gratificante también. Hay esta obsesión de decir que hay gente que está muy sola. Sí, hay gente que está muy sola y es muy triste. Y hay situaciones realmente dramáticas de soledad, pero yo creo que también necesitamos estar solos bastantes veces. Y cada vez lo estamos menos. Eso que dices: el móvil, todo tipo de conexiones, no sé qué… Para mí eso es un poco como aburrirme, ¿no? Yo defiendo el aburrimiento. “¿Usted qué hace? ¿Yo? ¡Nada! Descanso”. Te quedas un rato sola, piensas en tus cosas y no hace falta que hagas algo productivo todo el tiempo…

Pero usted se aburre? Yo no lo diría.

¡No! Yo no me aburro. Mira, yo voy mucho al campo. Y a mí me gusta mucho la contemplación del campo. Claro, no me aburro allí, pero viene otra persona y dice: –“¿Pero qué haces ahí?”. –“Nada, estoy allí mirando cómo han crecido las plantas. Yo qué sé. Mirando el paisaje, el cielo. –“Pero eso es aburrido. No hay ninguna actividad”. –“¡Esa es una actividad!”.

Los entretenimientos del mundo son inescrutables.

Hoy en día tienes que ir en bicicleta, tienes que ir en parapente, tienes que hacer no sé qué… Bueno, escuche, yo no tengo ganas de hacer esas cosas. Déjeme, ¿no? Hay como una presión de hacer cosas todo el tiempo. Déjeme en paz. A mí me gusta mucho hacer fotos, por ejemplo, y combino la contemplación con el hecho de hacer fotos de cositas pequeñas que me distraen. En relación con la naturaleza, que yo defiendo mucho, siempre pienso que eso sí que te relaja. Eso sí que te quita toda la rabia y todo el estrés del mundo. A mí me conecta mucho esto.

La naturaleza es muy cruel…

Sí, es muy cruel, pero es también muy apasionante y es muy preciosa. A mí la belleza me puede, y la naturaleza es muy preciosa. Tengo una tendencia a ver las cosas bonitas [ríe].

¿A ver las cosas bonitas o a buscar lo bonito en las cosas?

También, también…

Le gusta la soledad y le debe gustar el silencio, pero usted habla de él, del silencio, de una manera muy peyorativa. Se queja de que aquel fue un tiempo de silencio, en el cual arrastraba las penas sin poder expresarlas… ¿Ha leído Tiempo de silencio?

¡Sí, hombre! ¡Y tanto!

Luis Martín Santos…

Se hizo una película.

Sí, pero no la vi. Leí la novela… Posguerra inmediata en Madrid. Ciudad de silencios devastadores… El silencio era un muro para evitar problemas. ¿Así lo ha vivido usted?

En este caso era como funcionaban en aquella época muchas familias. ¿No? Ha habido un cambio generacional muy bestia en lo que son los padres hoy en día, que lo hablan todo con los hijos. Entonces se hablaba de muy pocas cosas. Iban mucho a lo práctico. Qué necesitan, cómo van al cole, pum, pum, pum. No había esta mandanga de cómo estás…

Es que ahora solo tienen uno, de hijo, o ninguno.

No, pero incluso en la gente que no tenían tantos hijos, que no eran familias como la nuestra, no había este tipo de comunicación. Aquí ha habido un salto que seguramente es positivo, porque también, claro… Pero es que [ríe] no hay un término medio. Tengo la sensación de que de una generación a otra lo estamos cambiando todo, pero muy de golpe. No puedo juzgarlo porque no sé ni qué pensar.

Hay conversaciones hoy en día entre padres e hijos que yo no habría tenido nunca con mis padres.

¡No!

Quiero decir que antes me habría muerto que tener una conversación así. ¿Qué tenía que hacer mi padre? No tenía que hacer nada.

[Ríe]. Pero tú tienes hijos. ¿Has tenido estas conversaciones con tus hijos?

Mi defensa, la defensa del pudor, siempre ha sido utilizar la ironía, la causticidad…

¡Ah! Entonces vienes a las mías. ¡Ya no eres tan valenciano! ¡Ya veo que cuando te interesa…

He tenido que vencer mucho pudor. Y no hablo solo de sexualidad. Porque, además, no sé, quiero ser 007, pero, en lugar de vivir y dejar morir, vivo y dejo vivir. Yo no me meto en la vida de mis hijos…

Entiendo que son mayores de edad…

Ahora sí. De pequeños quería observar sin intromisiones excesivas. Como me gustaba que me hicieran a mí.

Sí, pero tú les das una educación, que ya es un estilo de educación, les das una intendencia, que también es un estilo de intendencia…

Para que sobrevivan solos.

Sí. Exacto. Que es esta independencia que quieres de los hijos. Quieres crear personas que puedan sobrevivir en esta jungla. Ese era también el objetivo de la generación de mis padres: “¡Tira!”. Un poco esta cosa de “Te doy la base, pero tú tira”. Mis padres lo hicieron así y en ese sentido creo que lo hicieron muy bien. Cada uno con sus dificultades, pero esta cosa de “tira”, la hemos tenido todos.

Venían a decir: “Yo te enseño el solfeo, pero tú te compras el instrumento e interpretas la melodía”.

Sí. [Ríe]. A mí una cosa que me flipa hoy en día son esos padres que hacen con sus hijos los trabajos de la universidad. Yo alucino con estas cosas. A nosotros, ¡ni los deberes de la EGB! Pero ya te digo, no sé qué pensar porque afortunadamente no he tenido, de hijos. Afortunadamente para ellos. No he tenido y por lo tanto… De todas maneras, entiendo que cada generación hace lo que puede. Y eso está también en el libro. Me ha gustado cómo ha quedado. No hay juicios hacia nadie. No es un libro de reproches. Cada uno hizo lo que pudo. Lo vivieron como pudieron. Fue una época muy complicada, con muchos silencios, con muy poca comunicación, con muy poca información. Estoy especialmente contenta. Esa era mi voluntad.

No es moralista…

¡Nada!

«Entiendo a mi hermano, pero no lo justifico»/ Anna Munujos

No le gusta ni impartir moral ni la moralina.

¡Nada! No lo soporto. ¡Nada! Yo tengo mi opinión de las cosas, pero creo que soy una persona que tiene suficiente empatía para intentar entender muchas situaciones. Y para entender que una persona llegue a hacer según qué.

Eso no puede justificarlo todo.

¡No! No digo justificar, digo entender. Son dos cosas diferentes.

Entiende a su hermano, pero no lo justifica.

Entiendo a mi hermano, pero no lo justifico… [Sonríe]. Eso es difícil. No. Lo que pasa es que en el caso de mi hermano… Mmmmm… Me da tanta tristeza su vida… Me habría gustado tanto que hubiera sido todo tan diferente… Eeeee… No sé, me cuesta mucho, en el caso de mi hermano. Lo entiendo. Lo entiendo y he tenido un proceso muy bestia con él, pero… llegar a entenderlo, seguramente sí. Para mí ya era seguramente lo máximo que podía hacer.

Entender las debilidades, las fragilidades de los demás es complicado?

No. Para mí, no.

Porque la adicción de su hermano era consecuencia de una fragilidad, ¿no?

Sí. Todo esto tiene mucho que ver con la personalidad. Yo he nacido de una determinada manera y después la vida me ha ido creando un molde diferente o un poco diferente. Yo de pequeña era una niña que en la escuela, si quería hacer una cosa, la hacía. No miraba si lo podía hacer como niña o no. Lo hacía. Ya me dirían si lo podía hacer. Eso forma parte de una personalidad. Si ya de pequeña tienes esta cosa de no pedir permiso y ya me dirán si lo puedo hacer o no, y la niña de al lado es una niña miedosa que no se atreve a nada, es porque ella tiene esta personalidad. Eso es algo que no elegimos, que ya nos viene dado de fábrica. ¿Por qué yo no he sido adicta a las drogas? Seguramente porque tengo una tendencia menos adictiva, porque he visto lo que ha pasado en el caso de mi hermano. Podría haberlo sido perfectamente si hubiera tenido una tendencia adictiva. ¿Que me ha servido esta experiencia? Sí. Pero podría haberme tirado hacia otro tipo de droga o a otro tipo de vida…

Hoy que se ha estudiado el trastorno obsesivo-compulsivo, por ejemplo, eso sí que podemos decir que es una enfermedad que puede conducir a adicciones…

No. Es que la droga es una enfermedad. Es que esa es la cosa. Pero es una enfermedad que se ve muy diferente al resto de enfermedades. ¿Por qué? Este es un tema que me interesa mucho y que he pensado mucho, que he leído mucho. Es el tema de la voluntad. Cuando hay cosas de estas dicen: “Si quiere, lo puede dejar”. ¡No! De la misma manera que “si quieres, puedes”. No. No, la vida no va así. No es si quieres, puedes. La voluntad no funciona de esta manera. Y en estos casos es una enfermedad. En estos casos siempre pongo un ejemplo. Si vas a una persona que tiene cáncer y le dices: “Si quieres, puedes deshacerte de él”… ¡No! No puedes.

Es un poco diferente, pero los médicos suelen decir a una persona con cáncer que una parte importante en el proceso de curación depende de la voluntad de curarse…

En el caso de los adictos, si no quieren desengancharse, no lo harán. Aquí sí que hay una voluntad. Pero están atrapados. Ellos son los primeros que están atrapados en una red de la que no pueden salir. Porque no saben cómo salir. Es que es muy complicado, eh. En el caso de la heroína, ostras, es que es una droga muy adictiva y que, según explicaba mi hermano, te llevaba a lugares muy interesantes para querer desengancharte. Claro, si comparas dónde te lleva la droga con el mundo en el que vivimos… escucha, yo lo entiendo. Lo que pasa es que lo destroza todo a su paso. Todo. La persona y todo lo que tiene a su alrededor.

El libro es honesto. Usted se describe como una persona honesta. ¿No sabe mentir?

No soy mucho de mentir…

Mira que los catalanes mienten…

No te gustan los catalanes… [Ríe cómplice].

Me gustan tanto, que incluso me considero uno… Del sur, pero… [Reímos].

Yo soy una persona muy directa. Además, también está esa cosa de la memoria. Tienes que recordar la mentira.

Si no, estás perdido. Las personas que no tienen memoria no pueden ser mentirosas…

Por eso yo no me arriesgo.

¿Cuántas mentiras hacen falta al día para sobrevivir?

En mi caso, ninguna. No. Es que en mi caso, no, no.

¿No nos hace civilizados la mentira?

Sííííí… A ver, hay un tipo de mentira que no considero mentira. Te refieres a las mentiras piadosas…

No, no, no. A las mentiras piadosas y a las mentiras que te ayudan a sobrevivir. Si vas al trabajo y le dices a tu jefe qué piensas de él… A la primera imbecilidad que hace no le dices que es un imbécil…

Yo me he peleado con muchos jefes, eh… Pero es que me pones cada ejemplo… [Ríe].

A veces es necesario mentir y a veces no hace falta decir la verdad.

Tienes razón. A veces no hace falta, pero a veces hace falta. Sí, sí, tienes razón, pero cuando no hace falta no dices nada. Y eso no es mentir explícitamente.

Callar también puede ser mentir.

Lo podemos discutir largamente. En todo caso, yo soy una persona directa. Tal como escribo. Tú me conoces un poco. Hablo muy directamente. No doy muchas vueltas a las cosas. Y acepto que no me quieras. Lo acepto. Lo acepto, pero necesito amor…

No se entiende. Eso puede ser contradictorio. Tal vez necesita poco amor de mucha gente y mucho amor de poca gente…

Exacto. Bueno, poca, de la que sea. Porque, ahora que me doy cuenta, no es poca.

¿Tiene miedo a decepcionarlos?

Mucha.

Pues, eso es un peso horrible.

Sí, pero también es verdad que mi entorno más directo me ayuda mucho a quitarme esta angustia. Porque es un miedo que viene de la autoexigencia, yo creo, que en mi caso es muy fuerte.

Usted parece toda la fila. La intransigencia puede empezar por la autoexigencia…

Sí, sí, sí. Lo soy muchísimo. Me gustan las cosas muy bien hechas y me gusta que la persona con quien estoy se sienta muy cómoda a mi lado.

¡Qué sufrimiento! Usted no parará de sufrir en la vida.

No. Eso lo tengo muy asumido. Pero cada vez, menos. Cada vez disfruto más. He aprendido mucho.

La edad aquieta.

Sí, yo de joven he sufrido mucho más que ahora. Muchísimo más. Eso es algo que me da tristeza. Ver a la Natza de joven. Haber perdido un poco la juventud sufriendo mucho. Fui consciente de ello bastante más grande y dije: “Ahora voy a permitirme muchas cosas”. Incluso he hecho cosas que no había hecho nunca. Por ejemplo, yo de joven salía muy poco. Era una tía bastante cerrada. No iba a discotecas ni hacía cosas de esas. En cambio, de mayor, no es que vaya a discotecas porque no sé ni dónde están, pero me he deshecho de eso, me he relajado y he hecho cosas que no hice de joven. He disfrutado más de la vida, de la compañía, de la alegría, de la música… Todo eso lo he hecho más de grande.

Otro frente del libro es el sida. Su hermano lo contrajo. Usted se refiere a los moralistas como una plaga… Ahora hay muchos. Parece que cada vez hay más…

Sí, es terrorífico. Es terrorífico, es terrorífico. Pero si te tengo que decir la verdad, yo ahora confío poco en el ser humano. Siempre he confiado relativamente poco. Por un lado, he confiado mucho, porque me han dado muchas alegrías muchos seres humanos -los conocidos y los no conocidos-, pero creo que no tenemos solución como especie. Siempre estaremos hablando, repitiendo temas, hablando de las mismas historias, viendo hacia dónde vamos, hacia dónde dejamos de ir. Ahora nos toca esta época muy cutre en la cual algunas tenemos que sufrir más que otras, por ser como somos. Es muy desesperante. Estoy cansada de esto, del ser humano. Estoy muy cansada. Y por otro lado, convivo y tengo cerca seres humanos que encuentro que hacen la vida maravillosa. Es todo el tiempo esta contradicción.

Hay más, de contradicciones. Hay muchos moralistas ahora, pero, por otro lado, los jefes de los estados más potentes no lo son en absoluto. Van al grano. Ahora son unas bestias. Antes aún intentaban justificarse, dar lecciones. De moral, de economía, de justicia, de democracia o de dictadura del proletariado…

Hay una cosa en todo esto… Lo he hablado con amigos y tiene que ver con las formas. Por ejemplo, Trump es lo que es, no deja de sorprenderte cada vez y ha roto todas las formas. Las ha roto absolutamente. Hace muchas cosas que no nos gustan. Pero, si miras atrás, y hablo de los presidentes estadounidenses, mantenían las formas, pero destrozaron lo que no está escrito. Países, personas… Han causado unos desastres… Ahora, eso sí, mantenían las formas. Estos días estoy pensando en ello. En realidad, cabrones, lo han sido todos, todos han sido de la misma mala calaña. Han hecho mucho daño al mundo. Mucho.

Tradición británica. Educado, elegante y displicente en las formas y abrasivo en los hechos…

Claro. ¿Qué preferimos?

¿Qué prefiere?

No tengo ni idea. Pero cuando pienso en este tipo de maldad mucho más soterrada, del tipo que es simpático, que te viene, que te seduce, y el otro, que es un grosero, que es un machista, que es un desgraciado, que da repelús físicamente… Es un teatro bastante curioso de ver y de ir comparando. No sé qué decirte. ¿Qué prefiero? Ninguna de las dos cosas, obviamente. Me gustaría unos líderes, ya no te digo perfectos, porque no los hay, de personas perfectas, pero, ostras, un poco de consuelo.

Sería como elegir entre Rajoy y Abascal… Alguien contenido, incluso educado, y alguien desbocado… Hay quienes eligen a Abascal porque dicen que va de frente…

No, no, no. En absoluto. Si me haces elegir entre una cosa y la otra, elijo tirarme desde un puente. [Reímos]. ¿Sabes? O sea, ¡no! Pero creo que nos hemos olvidado un poco de que las formas han escondido muchas cosas terroríficas que se han hecho históricamente.

Se me ocurre otro ejemplo. Muy tópico. Un padre tosco de campo y un padre fino de ciudad. El padre urbano te podía hacer mucho daño suavemente y el padre rural te podía dar un coscorrón que te tiraba de espaldas. Uno es sincero y el otro, no.

En el Eixample creo que también hubo unas cuantas bofetadas, aunque no era el caso de mi padre…

No eran tan fuertes, esas bofetadas, en todo caso, porque en las casas del Eixample no tenían a mano ramas de naranjo…

[Ríe]. ¡Aaah! Eso influye mucho, eso influye mucho. Sí. No lo sé. No te lo puedo decir porque mi padre no era así. Pero no me hagas elegir. Es elegir entre el mal y el mal. Yo prefiero elegir el bien. El bien… Quiero decir, el placer, las cosas agradables, la belleza. El bien, no sé qué es el bien. Pero no me hagas elegir entre la mierda y la mierda. No me gusta estar ahí, entre la mierda. Me gusta estar con gente agradable, cosas bonitas…

Es usted quien ha sacado la cuestión, cuando se refería a elegir entre Trump y sus predecesores, quien hablaba de elegir…

Es verdad. Es verdad. [Ríe]. Pues, retiro todo lo que he dicho. ¡A la mierda! ¡A la mierda las entrevistas! No dan tiempo para pensar. No, no. Solo te he explicado una reflexión que estoy haciendo con todos estos energúmenos que nos gobiernan. Yo querría unos líderes compatibles con ciertos valores.

¿Los líderes son el reflejo de la sociedad?

[Respira hondo]. Sssssí.

¿Pero quién los elige?

¿Tú sabes cómo los elige la gente? He hablado con gente que ha votado todo el espectro que hay de partidos. Me lo han explicado así: “Bueno, yo voy probando, probando, porque claro…”. Yo les pregunto: “Pero, ¿cómo puedes ir de aquí a aquí?”. Pues, ¡van! El grupo –también hablo de esto en el libro–, el conjunto, es el mal. Suele ser mala cosa. Porque cuando tú tomas las personas individualmente es una cosa, pero el grupo es otra. Y todo el mundo quiere pertenecer a un grupo. ¿Por qué gana ahora este grupo? Porque la gente quiere pertenecer a lo que es la mayoría. Lo que decías tú: “Es que quiero que me quiera todo el mundo”…

¿Rousseau o Hobbes? ¿El hombre es bueno y la sociedad lo hace malo o el hombre es un lobo para el hombre?

El hombre no es ni un lobo ni es bueno por naturaleza. Hay lobos, pero hay hombres buenos, y eso es un hecho también. Hay muy buenas personas. Hay personas que hacen cosas muy buenas por el mundo. Muy buenas. Y eso es así. Ahora, tienen mucha publicidad los que lo destrozamos. Y mucho poder.

¿La bondad no es a menudo una muestra más de narcisismo?

Depende. Es como la generosidad. Depende de cómo la ejerzas, claro.

¿Pero cree en la especie humana o no cree en ella? ¡Me confunde!

[Ríe]. En genérico, no. No, no, no. Soy mucho de entretenerme persona a persona. Los grupos me cuestan mucho. Y la masa, ¡ay, la masa! Es un poco como cuando ves grupos de adolescentes. Yo los miro con mucha ternura, siempre a los adolescentes. Me dan ternura. Si ves a un adolescente solo, en el transporte público, lo ves de una determinada manera. Hay una cierta timidez, esa cosa de no saber estar todavía en el mundo. En cambio, cuando los ves en grupo los ves haciendo el tonto, esa cosa inmadura… Gritan, no sé qué, y tal. ¿Con qué te quedas?

Y también está el macho alfa, que suele ser terrible…

No entremos en todo eso. Si me preguntas sobre el macho alfa, fuera, fuera y fuera. Eso, no quiero ni verlo. Bueno, sí, si son chicos, hay esa cosa, la testosterona, y si son chicas, hue, hue, hue… Ellos solos son otro tipo de persona. Totalmente diferente. Pero la gente no quiere estar sola. Es normal, porque somos seres sociables y queremos pertenecer a algún lugar. Creo que mucha gente quiere pertenecer a algo, aunque esa cosa sea terrorífica. Quizás porque no le han dado dos vueltas o quizás sí, pero son unos hijos de puta, que también los hay.

Por lo tanto, el gregarismo segrega monstruos.

[Lo piensa un rato]. Creo que debemos mirar a los individuos muy personalmente.

Pero no los podemos separar, seleccionar… Vivimos en grupo.

Por eso vivir en este mundo es tan complicado. Por eso vivir es tan difícil. Porque nos encontramos con todas estas preguntas, de las cuales es muy difícil obtener una respuesta categórica. Y en cambio, tenemos que convivir con todo esto. A mí me cuesta decir eso de buenas o malas personas, pero, en todo caso, tenemos que convivir con gente que no haría nada bueno… Es mucho el Eichmann de Hannah Arendt. Es la banalidad del mal. Eso, lo veo todo el tiempo. Son los carceleros de campo de concentración. Para mí, es mucho peor la gente que cumple las órdenes que quien las da. Porque tú las puedes dar y que nadie las ejecute. En cambio, hay tantísima gente que las ejecuta… Y toda esta corte que rodea los liderazgos, esta peña… Estos sí que me dan un asco que no los soporto. Estos que están allí lamiendo los culos. Yo, estos… A mí, eso, es lo que me parece la maldad. El líder, Trump, si no tiene toda esta peña, ¿qué hace solo?

No sería Trump…

Nadie, nadie. Y ese es el problema de la historia también. Sale uno y los otros, qüi, qüi, qüi… Estos son los que a mí me parecen terroríficos. Y me dan un miedo que te mueres. Trump, no tanto, porque solo…

«La especie humana no se cargará el planeta porque la naturaleza es resistente»/ Anna Munujos

¿La especie humana conseguirá cargarse el planeta?

Seguramente, pero no, porque la naturaleza es resistente.

La naturaleza sobrevivirá al ser humano…

Absolutamente, absolutamente. Eso está demostrado. La naturaleza tiene una fuerza que es espectacular. Mira, yo hice un viaje que no repetiría, porque era a Estados Unidos, pero estaba muy fascinada con Detroit, con la ciudad de Detroit. Una ciudad abandonada. La cosa de los abandonos también me gusta mucho. Tenía muchas ganas de ver una ciudad enorme abandonada, que es lo que le pasó a Detroit. Y fui allí. ¿Qué ves en esa ciudad? Es muy esperpéntico lo que ves allí. Ves edificios, casas, casas, casas, todas cubiertas por vegetación. Todas. Bfffff. Una cosa muy pictórica…

El planeta de los simios…

Sí. Eso. Muchas casas. Fábricas rotas… Era como muy espectacular. Era muy gráfico para poder decir: “Cuando dejamos las cosas, cuando las abandonamos, sucias y dejadas, la naturaleza renace”. Todo el tiempo está renaciendo. Todo el tiempo, todo el tiempo… Y la naturaleza seguirá su curso. Y tanto que seguirá su curso, hasta que el sol decida que ya no brilla más… Pero tampoco creo que nos extingamos, eh.

Sí, mientras no lleguemos al sol… Y si llegamos, espero que nos achicharremos…

[Ríe]. Eso, también. Yo antes tomaba mucho el sol y ahora cada vez lo tomo menos. Cansa el sol. Tú ponte gorra, sobre todo. Yo, porque ya tengo una buena melena, pero tú ponte gorra, por si acaso.

Se agradece la sinceridad…

[Ríe].

Hablemos un poco de su estilo. Dice que se estima profundamente la brevedad y cuando relee lo que ha escrito siempre lo deja más corto. Hace capítulos cortos. Quien estima tanto la brevedad debe haber sufrido mucho para terminar 200 páginas…

[Ríe]. Por eso sufría tanto. No sé cómo lo he conseguido. Creo que fue el hecho de ponerme a escribir seguido. Así salieron más páginas, pero las iba recortando muchísimo. Tengo esta obsesión. Yo vengo, como cualquier adolescente, del mundo de la poesía. Pero no solo de haber escrito mucha, sino que posteriormente he leído mucha. Era mi género literario preferido. La poesía te influye mucho en la brevedad y en la capacidad de decir en muy pocas palabras muchas cosas. Estoy muy influida poéticamente. Y también es verdad que muchos de mis referentes, muchas autoras que a mí me entusiasman, son autoras de decir muy directamente las cosas y de ser muy breves.

Tolstoi para usted debe ser un monstruo…

Noooo, no, no. No sé qué ha pasado ahora con los rusos. Cuando yo era joven los leíamos mucho. Nuestra generación los leyó mucho. En aquella época yo estaba fascinada por los autores rusos. Dostoievski a mí me alucinaba…

Pero no son autores de brevedad y concisión.

No son breves, pero, a ver, es que tú eres puñetero! [Ríe]. Te lo agarras todo… A mí me gustan muchas cosas. Pero mi estilo… entre la influencia de la poesía y que hay muchas autoras que me entusiasman… Por ejemplo, hay una autora que no sé si conoces, Agota Kristof, que tiene la autobiografía más sensacional que he leído en la vida. Se titula La analfabeta. Es más delgada que mi libro y allí está toda su vida. Admiro muchísimo eso. Esa capacidad de síntesis. La admiro muchísimo, muchísimo.

Durante una época en Cataluña se hizo muy potente una corriente de concisión estilística máxima que encabezaba Quim Monzó, donde había también Sergi Pàmies, Gabriel Galmés, Empar Moliner… ¿Los siente como referentes?

Es gente que yo respeto mucho, pero no sé si todo esto ha pasado un poco de moda. Quizás lo tendremos que volver a poner… ¿A ti te gusta lo que es corto o lo que es largo?

¡Todo!

[Ríe]. ¿Lo ves?! ¿Lo ves?!

Pero, si tuviera que escribir me inclinaría por los textos largos…

Porque eres valenciano y os enrolláis como persianas…

Y ahora me dirá que somos barrocos y todos los tópicos al uso…

[Ríe mucho].

¿Y ahora qué?

Ahora a disfrutar… De momento, a disfrutar. Pero, aparte, ya sabes que yo trabajo de cosas, no me dedico solo a escribir libros…

Le hablo de proyectos literarios…

Pero es que yo escribo un artículo cada semana, también hago cosas de guiones, escribo mis cosas. Escribir, yo escribo muy a menudo. Y de momento, hace una semana –¡una semana!– que ha salido el libro. Estoy desbordadísima. No solo por la presentación de ayer, que yo creo que fue una recepción muy emocionante del libro, sino porque no paro de recibir mensajes de gente que me cuenta cosas muy heavys

Quizás le pasará como a Mireia Prats con el documental sobre la mili y le tocará hacer segundas o terceras partes…

No lo haré yo. Soy una persona que, si te fijas también, sobre todo en los libros, ha ido haciendo cosas muy diferentes. Me gusta mucho cambiar el rollo. Este tema para mí ya está hecho. Todos estos mensajes me impactan mucho, creo que el libro puede acompañar a mucha gente en lo que ha vivido cada uno, no solo en referencia a la heroína, sino en el tema emocional… Hay una cosa que me han dicho que es muy chula. Hay gente que sin haber vivido esta historia, como el libro son recuerdos personales, mucha gente reconoce muchas cosas, todo eso les lleva a pensar en sus propios recuerdos. Eso lo tiene la literatura. Cuando lees un libro, aunque pase no sé dónde, lo personalizas. Eso también lo está llevando este libro. Entonces, ahora quiero disfrutarlo un poco.

¿No le hace escrúpulos convertirse en un referente emocional?

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