Júlia Sentís (Barcelona, 1995) es reflexiva. Le gusta darle dos vueltas, como mínimo, a todo lo que hace. Se ha estrenado con Palpentes, de Edicions Cap de Brot, el cual le ha valido el premio del VIII Certamen de Arte Joven de Poesía Salvador Iborra de 2025. Se trata de un poemario en el que la joven autora barcelonesa investiga la manera de fusionar la poesía con el cuerpo en movimiento y la pedagogía. Todo ello, con una reflexión sobre la cotidianidad y la manera que tenemos de relacionarnos con lo que nos rodea, desde la materia hasta las personas. Pasar de una mirada general, a la precisión, a la tactilidad. En esta entrevista con El Món, Sentís se adentra en las fronteras permeables de la prosa y la poesía, la influencia de la narrativa en los poemarios, y la necesidad de cambiar la percepción de la cultura, quitándole peso a la industria.
Vienes de triunfar con Palpentes en el Certamen de Arte Joven de Poesía Salvador Iborra. ¿De dónde te viene la pasión por escribir poesía?
Yo he escrito desde muy joven, desde muy pequeña. Y diría que desde el principio ya empecé a escribir poesía. Con los años he ido entendiendo que quizás tiene que ver con mi manera de estar, de pensar. Es un lugar donde me encuentro a gusto. Está relacionado con cómo me siento, con la manera de estar, de percibir, de relacionarme con las cosas… Hay una afinidad con el espacio que posibilita la poesía. También he probado de escribir narrativa y otras cosas, pero hay algo con el espacio de la poesía que me hace sentir a gusto.
¿Qué tiene de diferente el espacio de la poesía?
Es un temón [ríe]. Pienso que la división entre prosa y poesía no solo es muy compleja, sino que también está muy discutida. La frontera [entre prosa y poesía] para mí es mucho más móvil de lo que a veces pensamos, y si tenemos que establecer un corte, una diferencia, estamos cerrando posibilidades a un lado y otro. Yo soy partidaria de que se puedan cruzar las fronteras siempre, o, como mínimo, ponerlas en cuestión. Para mí, me imagino la poesía mucho más visual. La narrativa quizás se despliega en el tiempo de una forma mucho más lineal, pero aquí ya me encuentro con dificultades, porque hay muchas que no lo hacen así [ríe]. Es mucho más complejo. El uso que hace del lenguaje [la narrativa] lleva a cierta sintaxis que es muy diferente del de la poesía, que hay otra apertura a poder jugar con ella.
¿Abre más puertas a la creatividad?
Creo que lo hace de una forma diferente, no diría que lo hace más. A mí la narrativa me encanta y leo mucha. De hecho, mucho de lo que escribo se nutre de la narrativa, evidentemente, porque dentro de la narrativa también hay mucha poesía. Pienso que es interesante que podamos volver a entender la relación que tiene la poesía con formas de relacionarnos con el lenguaje, que no pasan solo por el registro de la escritura, sino también formas orales. O, incluso, formas del pensamiento. Yo voy mucho hacia aquí, o como mínimo lo intento, cuando escribo poesía. Que el momento de poner el texto por escrito, o la narrativa, que tiene unos marcos muy concretos, de alguna manera parece que nuestra relación con el lenguaje debe ser otra cosa, porque está por escrito.

¿Es por eso que has optado por darle movimiento a la poesía dejando unos versos más espaciados que otros?
También tiene mucho que ver con el ritmo que se va construyendo dentro del poema. Un ritmo que es material en el espacio de la página, pero que también está en el momento en que se lee. A mí me gusta mucho escribir y leer en voz alta, hacer este recorrido constante de vuelta, porque la poesía está para ser dicha, aunque sea dicha en silencio. Cuando leemos también hay una voz presente.
¿Cuál ha sido el proceso creativo de Palpentes?
En este caso, de alguna manera, descubrí que estaba escribiendo Palpentes sin saberlo del todo. Tenía algunos poemas, y de repente empecé a dedicarle más tiempo. Entendí que había un universo que se estaba desplegando ahí dentro. En este caso, el proceso bebió mucho de lecturas, de cosas en las que estaba pensando en ese momento, y en las que sigo, y de otras experiencias que tenía en otros contextos. Vengo del mundo de la danza, hago investigación de movimiento, trabajo en la improvisación. Para mí, todo este universo, estas prácticas, están muy presentes en el momento de escribir, aunque sea de manera muy indirecta. Hay mucho de la experiencia pasada por el cuerpo que está presente en Palpentes, que viene de prácticas que tengo muy cerca. Ponerse a escribir, para mí, también viene de un espacio más reflexivo y de una escucha hacia algo que se va desplegando. Para mí habla mucho de lo que hago cuando escribo.
Palpentes se puede definir como una reflexión sobre la cotidianidad. Comentas que comenzaste a escribir el libro sin saber bien que lo estabas escribiendo. Una vez tomas conciencia, ¿la temática fue una elección activa?
Para mí el proceso fue darme cuenta de que estaba escribiendo, pero de entrada no había un tema o un marco muy concreto que quisiera explorar. Eran más cuestiones que me ocupaban, y me continúan ocupando. Sí que todo resuena con lo que comentas de la cotidianidad, y es un aspecto con el que continúo trabajando. Tiene que ver con extrañarnos de la manera en que habitualmente nos relacionamos con las cosas y aquí aparece algo, que está muy presente en el libro, que tiene que ver con la escala. Con los cambios de escala. De ir del macro al más micro. Es otra manera de relacionarnos con aquello que, realmente, siempre tenemos una relación. Es también lo que le da título: ir a la tactilidad. Creo que Palpentes puede ser todo lo que el lector quiera que sea.
Ir a la tactilidad también es una manera de aterrizar todo lo que nos pasa. ¿Lo hacemos lo suficiente?
No sé hasta qué punto diría que no lo hacemos lo suficiente, pero para mí la pregunta a hacernos es desde dónde nos relacionamos con las cosas. Por ejemplo, ¿desde dónde nos relacionamos con la materia? Para mí es un tema muy central en Palpentes, pero también en general en todo lo que investigo. Qué cortes, qué binarios, nos están marcando la relación. La cuestión es dónde ponemos la atención y de qué manera lo hacemos. De qué manera estamos en relación con las cosas que estamos siempre en relación.
¿Reflexionamos lo suficiente sobre cómo nos relacionamos con lo que nos rodea?
Quizás diría que no. Y es generalizar mucho, pero creo que a veces, esta reflexión, pasa mucho por ciertos lugares de la teoría muy analíticos y generan una distancia. Hay cuestiones que damos mucho por hechas, y hay muchos espacios o cuestiones que no llegamos a preguntarnos, como por ejemplo aspectos que tienen que ver con la subjetividad o con la etiqueta de humano. Cuestiones que ahora se están poniendo mucho sobre la mesa porque hay una necesidad de que se mueva algo en relación con este aspecto, y porque nos interpela a nivel ético en muchos aspectos.

La poesía es un género literario que suele pasar más desapercibido y que tiene menos presencia en las librerías. ¿Crees que no se apuesta suficiente por la poesía?
Ahora, con el grupo de finalistas del Iborra, pienso que se está escribiendo mucha poesía, pero más allá de eso, creo que es todo un tema el lugar que tiene la poesía. Cuesta llegar a personas que no son del mismo círculo, que creo que también pasa con otros ámbitos artísticos. Claramente, hay una valoración de la prosa muy diferente de la de la poesía, porque la poesía necesita tiempo. Y la lectura de poesía no es como la que puedes hacer de una novela, que es una velocidad mucho más cercana a la rapidez en la que estamos. A la aceleración actual. Un poemario quizás te lo tienes que leer dos veces, y la poesía te invita a detenerte. O a ir muy rápido, pero eso quizás te hace volver atrás después y detenerte para tener el tiempo de sedimentación, tiempo de dejarte tocar por lo que está pasando en el poema. Quizás nos tenemos que preguntar qué espacios y tiempos podemos abrir para disfrutar de la poesía, y también cómo podríamos compartirla.
¿Cuál crees que es la mejor manera?
Compartir espacios de lectura es algo precioso, que se hace mucho menos de lo que deberíamos hacerlo, y en poesía aún menos. Sería una manera de acercarnos más a la poesía.
¿Y crear estos espacios de lectura de poesía de quién es responsabilidad?
Creo que debería pasar por muchos frentes a la vez. Un espacio donde podría haber mucha más poesía es en las escuelas e institutos. Yo he trabajado como profesora de secundaria unos años y, con mis alumnos, he intentado llevar la poesía al aula. Sé lo que implica, y sé que es complejo, pero también sé que hay vías de entrada. Hay posibilidades. Y cuanto más lo hacemos, más cerca están desde pequeños y pequeñas a otra manera de relacionarse con el lenguaje.
¿Cuál era la reacción de tus alumnos cuando les llevabas la poesía al aula?
De entrada tienen ciertas ideas de la poesía. Yo les llevaba poemas para romper con lo que ya conocían, otras propuestas menos clásicas, y de entrada había la pregunta de: ¿esto es poesía? Que para mí es una pregunta maravillosa, porque si nos estamos preguntando si esto es poesía, ya nos estamos preguntando qué puede ser la poesía. Para mí esto es muy valioso. Había de todo. Había momentos en que decían que era un rollo, que no entendían nada, pero también momentos preciosos donde, de repente, alguien que parece que no, le pasaba algo [al leer un poema]. Por pequeño que sea, hay una conexión importante. Y aquí aparecen las ganas de escribir, también, que para mí es lo más bonito.
¿Crees que la escuela también es una buena puerta de entrada para incentivar el consumo cultural de la gente más joven?
Hay muchas capas, porque el consumo también ha cambiado mucho con la llegada del mundo digital. Los parámetros que nos servían antes para entender el consumo cultural, o la relación con la cultura, ya no nos sirven de la misma manera. Hay un cambio en la forma en que nos relacionamos con esta cultura. Primero que la entendemos como producto, y a mí eso me gustaría problematizarlo, porque cultura es mucha más cosa, y está en muchos más lugares, que no solo en las instituciones culturales. Cuando establecemos alguna diferencia entre alta y baja cultura, que para mí, cuando establecemos esta diferencia, estamos generando una distancia de esas personas que sienten que les queda muy lejos la alta cultura, y que lo que hacen o conocen no puede entrar dentro de esta categoría.

¿Cómo definirías la cultura en Cataluña?
Qué pregunta más difícil de responder [ríe]. Creo que, la cultura, hoy en Cataluña, no se puede entender sin las relaciones globales. Las fricciones entre lenguas, culturas, tradiciones… Creo que es importante porque continúa habiendo una mirada muy eurocentrada, también en Cataluña. No solo es injusta y perpetúa dinámicas coloniales, sino que no es real. No se corresponde con la realidad de Cataluña ahora mismo.
Esto también está muy relacionado con la industria cultural. ¿Debería ponerse más en valor el aspecto artístico?
Totalmente. Creo que el uso del concepto de las industrias culturales ha hecho mucho daño. Es verdad que en Barcelona, que es el ámbito que conozco más, en los últimos años, ha habido una deriva en la que cada vez se ponen más dificultades a espacios no institucionales del ámbito artístico para hacer su trabajo, para generar espacios de investigación, de creación. Hay muchos espacios que han tenido que cerrar. Esto está pasando. Evidentemente, también hay una necesidad económica en el sector artístico. Hay mucha precariedad, motivo por el cual tampoco tiene sentido querer hacerlo todo underground y ser todos precarios. Que está muy bien, pero tampoco queremos seguir reforzando la precariedad. Desde mi punto de vista, es necesario que la inversión de dinero, o los modelos de inversión, se correspondan con el trabajo y las necesidades de los artistas.
¿En qué sentido?
Es decir, hacer las convocatorias con unos requisitos muy cerrados y con unos tiempos que no son realistas para los procesos creativos, no son convocatorias hechas por los artistas, están hechas por las instituciones. Están pensadas para generar un producto cultural. Creo que lo que se necesita, desde las artistas, son recursos y tiempo para dedicar al proceso creativo sin una presión productiva como la que encontramos en muchas convocatorias de muchas instituciones. Y más recursos. Claramente, las convocatorias están saturadas de muchísima gente que quiere hacer cosas y es evidente que no hay suficientes recursos.
La administración, entonces, debería cambiar el modelo de convocatoria, tanto en el ámbito literario como artístico en general.
Sí, pero eso también es un debate. ¿Hasta qué punto debemos entrar en el circuito institucional? ¿Hasta qué punto tiene sentido que haya cosas que queden fuera? Yo pienso que sí. Creo que hay algunos ámbitos artísticos, fuera del literario, que hay más recorrido y más historia de qué espacios son institucionales, cuáles no, qué recursos hay, cómo se reparten… No sé si hay tanto recorrido en el ámbito literario. Creo que debería haber muchos recursos, sobre todo para apoyar el proceso de creación. Porque, tú escribes un poemario, lo presentas al premio, lo ganas, hay un dinero asociado, normalmente y un contrato de edición, pero, y todo el tiempo previo en el que tú has estado escribiendo, ¿cómo lo sustentas? Y aquí entra la renta de artistas, porque es necesaria. La otra opción es, que es lo que hace la mayoría de gente, tener otro trabajo, con todo lo que eso implica.
Una renta obliga a reconocer que ser artista es una profesión.
Con una renta estamos enseñando a las nuevas generaciones que ser artista puede ser su vida. Si hay este modelo, este marco, también hay una pregunta sobre qué es un trabajo productivo. Esta idea del trabajo como servicio a la comunidad. Creo que hay muchas cosas que tienen que ver con los marcos que nos hemos movido, que tienen que ver con la industrialización y la modernidad, pero que cuestionarlos implica poner en duda muchas capas de la sociedad. Y eso también implica la separación entre trabajo y ocio, que eso está muy relacionada con la industria del entretenimiento y el ocio. Y eso, muchas veces, no interesa.


