Presten atención. Aquí, a continuación, hay una parte de la historia de la saga Dorca. La completa podría llenar un folleto de caña y cordel. Y más. Salvador Dorca, el bisabuelo de Joaquim, se fue a Cuba, regresó «con dinero» y fundó una pequeña entidad, la Banca Dorca, que acabó adquiriendo Florenci Pujol, el padre del presidente de la Generalitat. Es un buen comienzo.
El final, el penúltimo eslabón de la cadena, corresponde a Joaquim, que ahora es director de Marketing, Comunicación, Estrategias y Nuevos Negocios de Devir, una de las empresas de ámbito mundial más importantes en el tablero de los juegos de mesa y otras actividades paraculturales dignas de la máxima atención y el elogio unánime.
Joaquim Dorca, de cuna robusta, sacó poco de una familia tan singular y tuvo que ganarse la vida a pico y pala. Él mismo comenta que cuando empezó no tenía un duro y tuvo que vivir del PIRMI mientras su esposa limpiaba baños. Desde una posición actual mucho más cómoda, se considera “conservador, anglófilo, sionista, escéptico e independentista”.
Durante el Procés fue expulsado de la Asamblea Nacional por haber impulsado la sectorial de Defensa, que tocaba un ámbito tabú para la gente bienpensante. Ahora dedica los ratos y los euros libres, además de jugar y perpetrar juegos, a la Sociedad de Estudios Militares. Mientras espera que cambien los vientos, no se está de acusar a los líderes políticos del Procés de haber “roto la confianza entre catalanes” y de pedirles que abandonen, de una vez por todas, la política.
¿Quién fue Salvador Dorca?
¡Hombre! Salvador Dorca Turon. Este era un tío de Ridaura, de una familia que, por la parte que yo sé, eran muchos hijos. Durante las guerras carlistas –no sé cuál exactamente, pero diría que la segunda–, hartos de pagar impuestos a unos y a otros cada vez que pasaban por el pueblo, él y un amigo suyo de apellido Feliu se fueron a Sant Feliu de Guíxols a trabajar de maestros de hacha. Como los amos no les podían pagar, lo hicieron con un viaje a Cuba. Fue, estuvo haciendo carreteras –haciéndolas [lo recalca y simula con los brazos un movimiento de pala]– y después tuvo un grupo de gente que trabajaba para él, hizo dinero, regresó y montó un banco, la Banca Dorca.
Un banco que pasó a sus hijos, Joan, Alfred y Claudi.
Sí. Murió en los años 20. Joan, Alfred, Claudi y la tía Irene también, aunque no estaba vinculada. Quien lo llevaba era Alfred, que es mi abuelo. Un señor de Barcelona de esos con un gran bigote. Ya iba marcado por la vida, porque sus socios eran ingleses y él mismo era anglófilo. Y también anticlerical, republicano y de derechas. En fin, que tenía todos los puntos para que fueran a buscarle a casa. Y efectivamente, el 19 de julio fueron a buscarlo a casa y se fue. [Ríe].
Y no lo agarraron…
No. Le avisó el portero de la finca cuando iban a entrar. Les dijo que lo esperaban arriba, a él, a mi padre y a su hermano, también.
Huyeron los tres.
Sí. Fueron a Toulouse, que es donde los esperaba su madre, que también había huido. Mi padre se fue a Inglaterra y mi tío se fue a Italia con mi abuela.
Diversos destinos.
Sí, porque mis abuelos estaban separados. Mi abuelo se había separado de mi abuela.
¡Vaya! ¡Qué modernos! Con dinero, anglófilo, de derechas, anticlerical, republicano, separado… ¿Era catalanista?
¡Uy! ¡Mucho! Era de la Liga, pero después se hizo del partido aquel, el Partido Republicano Catalanista, o algo así. Lo integraba gente así, de calidad, de no sé cuántos apellidos catalanes, que creían en el país, Prat de la Riba y todo eso… Tuvieron que salir todos corriendo. [Ríe]. Por unos y por otros.
¿Volvió cuando terminó la guerra?
Mi abuelo estuvo a punto de hacerse suizo, porque se terminó refugiando allí, pero quiso volver y tuvo que hacer un pacto. Porque una cosa es que los rojos quisieran matarlos y otra es que el régimen aceptara su regreso. Hizo sus movimientos y tuvo que ceder propiedades al ayuntamiento y cosas de esas que se hacían entonces. Al final, lo consiguió.
Francesc Cambó no lo logró…
Todo era muy complicado. Al final, mi abuelo, harto de todo eso, se suicidó. Yo no lo sabía y me enteré hace poco. Se suicidó cuando vendió el banco y se encontró mayor. Era un hombre con un humor negro muy especial. Llamó por teléfono a mi padre y le dijo: “Mira, Quim, estoy aquí, en el balneario, en Caldes. Mañana por la mañana, que ya no estaré, ven a buscarme”. Se tomó unos barbitúricos y lo dejó estar. Pero bueno, era una generación para la cual todo eso era normal.
Normal, normal, no sé yo si…
No el suicidio, pero era una generación que sufrió mucho. Los engancharon con un pie a cada lado. Tú ves fotos de ellos antes de la guerra, cómo hacían las cosas… Él fue de la última junta del Ateneo, ganó las elecciones, que también es mala suerte, en junio del 36, y quien lo pudo sacar de Barcelona fue el padre de Heribert Barrera, que era de la UGT. Fue quien le montó el coche para llevarlo a Sabadell, y con un avión lo sacaron a él y a mi tío Alfred, el heredero, que era el mayor. Los sacaron en avión. Estas son las historias que he ido recopilando.
¿Cuando vuelve su abuelo el banco todavía existía?
Sí.
¿Le permitieron retomarlo?
Sí.
¿Y por qué en el año 59 lo venden a Florenci Pujol y su socio?
Tenían dos ofertas. La del padre de Jordi Pujol y otra de Banco Hispano Americano. Yo sé la historia que se cuenta en casa, que no tiene nada que ver con la que cuenta Pujol. Mi padre, que es quien lo facilitó, era conocido de Florenci. Mi padre trabajaba en la bolsa desde que tenía 14 años y lo conocía. Supongo que mi abuelo debía querer hacer limpieza. Los hermanos Dorca –es decir, mis tíos y mi padre– eran los únicos descendientes del abuelo Salvador, porque ni Claudi, ni Irene, ni Joan tuvieron hijos. Solo los tuvo Alfred, que era quien lo llevaba. Y sus hijos tampoco quisieron implicarse. Mi padre trabajaba en la bolsa, el otro, en marroquinería y el último, en otra historia. Lo vendieron y santas pascuas. Eligieron la oferta de Florenci y su socio, Moisés David Tennembaum.
¿Cuál es la diferencia entre la versión que cuenta Jordi Pujol de la adquisición del banco y la que le contaba su familia?
La discrepancia es sobre quién convenció a quién. Nosotros decimos que no teníamos un interés específico por vender. El abuelo se lo planteó y enseguida recibió una oferta del Hispano Americano. Al final, por una decisión que no quiero decir porque yo no estaba allí y mi padre tampoco me lo explicó, eligieron la de Pujol. Lo que sí sé es una frase que siempre se decía en casa. Mi padre le dijo a Florenci: “Le tienes que decir a tu hijo que debe elegir entre ser político o ser banquero. Son dos cosas totalmente contradictorias”.
Coincidían, su padre y el del presidente Pujol, por lo que se sabe.
Florenci estaba totalmente de acuerdo, sí.
¿Su abuelo les dejó una herencia también, en Suiza o en Andorra?
No, pero dejó mucho dinero, el abuelo. Pero se lo gastaron. Yo no he visto ni uno. [Ríe].
¿Quién se lo gastó? ¿Su padre y sus hermanos?
Mi padre, sus hermanos… Mi padre tenía una frase que es muy buena. Decía: “Mira, hay dos vidas. Hay una que está muy bien, pero es cara. [Ríe]. Y hay otra que no está tan bien y es más barata. Tienes que elegir cuál quieres”.
Él eligió la cara…
Sí, pero no lo decía solo por el dinero. Algunas decisiones en la vida también son caras. Y son las que tienes que elegir. Les fue bien, hicieron sus cosas… Mi padre continuó trabajando en la bolsa, hasta que murió aún joven.
¿Y cómo no le llegó a usted ni un duro?
Mi madre, que no trabajaba ni tenía grandes pensiones, fue viviendo de lo que quedaba de mi padre hasta que murió. Y no pienses que eran muchísimos millones de pesetas. En cuanto a la herencia, en Suiza, nada, pero en Andorra, sí, claro. Todo el mundo tenía dinero en Andorra, ¿no?
Ah, ¿sí?
A ver. Pensemos en esto: burguesía catalana que tuvo que salir corriendo en los años 30, muere el general y vienen todos estos, los falangistas de la UCD, que también querían su dinero, y toda esta gente de las izquierdas. Todo el que podía tener cinco, diez, doce millones de pesetas intentaba tenerlos en Andorra. Porque en aquel momento, en los años setenta y ochenta, no sabías si tendrías que salir corriendo ni de quién huirías. De hecho, el golpe de Estado de Tejero podría haber ido por otros caminos, que yo creo que no, y ya habríamos vuelto a estar en lo mismo. Era una cuestión de responsabilidad prácticamente patriótica tener dinero en Andorra. [Ríe]. Otra cosa es ser presidente de la Generalitat y dar lecciones de civismo y todo eso con ese dinero fuera. En todo caso, al señor Pujol yo no le reprocho nada más que haber sido un mal padre.

¿En qué sentido?
Todo esto lo hizo por los hijos. No era porque él, en lugar de comer tortilla francesa, quisiera comer gambas cada noche. Él ya tenía dinero, pero la protección excesiva, por el recuerdo de las cosas que había pasado… Supongo, ¿eh? Que yo ahora aquí hago política ficción. Pero creo que es un ejemplo de eso. Y esto [baja la voz con complicidad irónica] es muy catalán también.
¿Cómo marca venir de familia rica del Eixample de Barcelona?
Esta es una pregunta… Mira, lo que te voy a contar ahora lo he ido descubriendo a medida que me he ido haciendo más viejo. Yo no he tenido un duro nunca. Me lo he currado todo yo. No tenía un duro, he cobrado el PIRMI, mi esposa ha limpiado baños… O sea, todo lo que quieras de eso, pero, en todo caso, siempre he sido independiente, me he dedicado a un negocio con el que mi familia no tenía ninguna relación, no estudié derecho para que me enchufaran en la compañía de agua, que es donde trabajaba mi padre… No hice nada de lo que se esperaba. Pero haber nacido donde nací sí que te da una cosa que es muy injusta para el resto de la sociedad. Esto te da expectativas. Si he tenido un poco de éxito profesional, es en parte por esto. Yo no pensaba quedarme mirando al aire con un salario corriente trabajando para alguien que me hiciera cosas que no me gustaban. Para eso ya hice la mili. Es mejor arruinarte un par de veces y acabar flotando que no, creo yo, hacer lo que no te gusta. Hay gente que se siente cómoda, pero yo no. Y me han salvado las expectativas.
¿Su abuelo era anglófilo? ¿Usted también?
¡Sí! Y mi padre también. De hecho, la mayoría de los amigos de mi padre no eran catalanes. Eran británicos, eran judíos polacos y cosas de esas…
¿Y lo llevaron a una escuela inglesa de pequeño?
No. Pero en casa permanentemente había franceses e ingleses con relación familiar, para entendernos. Yo he hablado inglés desde siempre y francés también.
¿Cómo vivió su familia –si es que lo vivió de alguna manera– el final de Banca Catalana?
Mi padre se compró con unos socios una urbanización en Llafranc, para construir en ella, y un Chrysler Imperial…
No. No me ha entendido. Digo la intervención por parte del Estado y la actuación de la justicia, con Felipe González y Narcís Serra en el gobierno, de Banca Catalana.
[Ríe]. ¡Aaaaaah, perdón! Esto lo recuerdo mucho porque mi padre me hizo escribirle una carta a Pujol. Personal. Diciéndole que los Dorca consideraban que no había hecho nada fuera de lugar, que era una cacería política y que lamentablemente iban a por el sistema financiero catalán, toda esta gente.
¿Su padre tenía eso bien claro, que era un golpe contra el sistema financiero catalán?
Como todos sus amigos agentes de cambio y bolsa que fueron a la cárcel… Él decía que tenía más amigos en la Modelo que fuera. Porque una cosa que no se hizo en la bolsa de Valencia, en la de Bilbao o en la de Madrid, es ir a buscar a todos los agentes y apoderados que hacían negocios, no solo para no pagar más impuestos o no para no pagar impuestos, sino porque hacían muchas operaciones opacas. Se daban la mano el jueves, lo vendían el lunes, había cambiado el precio… Todas esas cosas que, investigando, con la ley en la mano, te podían llevar a la cárcel, que es lo que hacían Alejo Baixeras y lo que hacía toda esta gente que acabó en la cárcel… Esto lo hicieron solo aquí. Hubo una cacería contra la Bolsa de Barcelona. Es evidente.
La Bolsa de Barcelona ahora es un recuerdo, una corteza de patata.
Esta es la gran estafa. Quitarte la capacidad financiera, quitarte los bancos, las cajas, quitarte la Bolsa, y traerte los Juegos Olímpicos y el turismo.
¿Eso último lo han hecho ellos o lo han hecho los catalanes?
Eso lo hemos hecho nosotros, pero es que ¿a dónde quieres que vayan los dineros?
¡A donde sea!
¿Hablas de los tuyos? Eso es muy fácil. Eso es hacer trampa. Y no es el turismo. Es el ladrillo. Nosotros, Devir, somos una compañía que somos pobres, hemos crecido a pulmón, sin grandes inversores, y ahora somos un grupo muy potente. Esta oficina nos costó, no sé, 600.000 euros y nos hemos gastado 300.000 en arreglarla. Costó un poco menos de un millón y, una vez ya está arreglada, nos ofrecían 1.700.000. ¿A dónde quieres que vayan los dineros? A mí generar 700.000 euros de margen me parece un gran negocio.
Esto ha ocurrido en Barcelona, ha ocurrido en Madrid y ha ocurrido en todas las grandes ciudades. Y en Madrid toda la economía no se ha decantado por el ladrillo…
Porque ellos tienen el BOE y tienen muchas otras cosas. Aquí había la iniciativa privada, las compañías que cometieron el error de creerse la autarquía. Este compromiso tan catalán, tan de la Liga, del intervencionismo desde aquí, ¿no? Vosotros nos mantenéis el precio de la peseta que nos interesa, nosotros fabricamos, ¡copiando!, buena copia, pero copiando, para vender al mercado español. El final de eso no se puede desligar de la Unión Europea. Si quieres que te explique cómo lo veo yo, te lo explico…
¡Venga!
Todas estas compañías que habían hecho una copia local de algo que internacionalmente funcionaba, por ósmosis y por relación, acabaron también distribuyendo el producto que ellos habían copiado. Porque tenían la logística y la distribución, el conocimiento del producto y del mercado. Todos. Hasta que llega un momento en que el último dueño de aquí lo vende a aquellos, a menudo a cambio –o no– de que su hijo continúe siendo director general. Entonces tocan dinero, esta gente. Y haces una pregunta, sobre todo en una industria como la nuestra, donde hay muchas adquisiciones y gente joven que ha tocado dinero: “Has vendido la compañía y te han tocado cinco millones de euros o de dólares. ¿Qué haces con eso? ¿Vuelves a montar una compañía de juegos? ¡Pero si ya la tenías!”.
Antes lo hacían.
Pero ahora la globalización está hecha de una manera… Todas las industrias, todos los sectores, tienen un alfa, un mee to, y si son globales, localmente pueden tener eso en pequeño. No hay nada más. Todo lo demás es gente de nicho, muy bien especializada, por distribución local o por tipología de producto. Todo funciona igual. Tú, cuando has construido algo y te lo han comprado, ¿tienes que volver al mismo sector y montar otra? Lo puedes hacer como distracción solo.
Estamos hartos de verlo. El tío que tenía en una ciudad mediana su industria cárnica o su fábrica de zapatos o un matadero hace todo este proceso, lo vende al extranjero. Con la fábrica de dentro de la villa llega a un acuerdo con el ayuntamiento, se la recalifican y monta un hotel con encanto o una discoteca. Y sus hijos ahí hacen de conserjes. Esto es lo que ha hecho mucha gente, que después se ha comprado la casa a cuatro vientos en la Cerdanya.
A ver. El dinero no es ni valiente ni cobarde. El dinero lo que quiere es sobrevivir. ¿Dónde tienes que ir a luchar si lo que más da es el ladrillo? ¿Qué harás? ¿No ir tú? Irá igual otro. Los espacios que no ocupas, los ocupará otro.
Todo esto, junto con el fortísimo movimiento centrípeto del Estado hacia Madrid, lleva la economía catalana hacia la subsidiariedad y la marginalidad.
Y lleva también hacia la aparición del independentismo de centro derecha, burgués. El pacto con Madrid, que presupone que ellos te pueden proteger el mercado, con la Unión Europea desaparece. El pacto con Madrid, que conlleva que ellos te pueden mantener la divisa para que tú puedas hacer negocio en Estados Unidos o en Alemania, desaparece con el euro. El primero que rompe el pacto con la burguesía productiva catalana es Madrid a raíz de la entrada en la Unión Europea. Madrid no nos defiende de nada económicamente. Lo único que hace es coger dinero y pagar su monstruo. Pero yo no creo que esto sea un declive. Es un cambio de modelo muy importante.
Si el cambio de modelo es hacia el ladrillo…
No, no, no. Esto tiene que acabar. Mi punto de vista es más político que empresarial en este sentido, pero hablo desde el punto de vista de una empresa globalista. La solución es el pacto de los periféricos con los globalistas, que arrincone el puente aéreo. Arrinconando a la gente que se ha decantado por este statu quo que tiene patrimonializado el Penedés. Que paga 30 céntimos a los campesinos. Es contra esta gente que nos tenemos que mover.
¿Periféricos y globalistas? ¿Qué es esto?
Los globalistas soy yo. Es la gente que construye empresa multinacional con sedes en diferentes lugares, que trabaja en el mercado internacional con diez monedas y doce idiomas diferentes, que produce donde sea del mundo, que almacena en cualquier lugar del mundo, que crea con gente de cualquier lugar, porque el pasaporte no tiene nada que ver…
¿Cuántos hay, como usted, en Barcelona? ¿Son muchos?
Sí, hombre, sí. Y es hacia donde tenemos que ir. ¿A dónde irás, si no? No puedes copiar modelos. Y aquí nos equivocamos porque lo que hacemos es subvencionarlo, que es la garantía de que aquello no prosperará como industria.
¿Quién subvenciona? ¿La Generalitat?
Cualquiera. Este relato que ahora se ha extendido sobre la industria del videojuego –y no quiero ir en contra– crea industrias culturales adictas con dinero público. Subvencionan en lugar de ofrecer las condiciones a los bussines angels o a las rondas de inversión para que sea más atractivo poner dinero en estudios de videojuegos locales que convertir la fábrica del abuelo en un hotel con encanto. Mientras sea más barato y dé más dinero el hotel esto no pasará. ¿Te ha gustado?

Sí. Usted pasó por Juguetes Borrás y por Ediciones Zinco. Por empresas que no eran suyas y que se dedicaban al juego de mesa. Después se independizó. Dice usted: “He llegado donde estoy jugando”. ¿De dónde le viene esa pasión?
De la anglomanía familiar. En casa jugábamos al bridge de siempre. Jugábamos a cartas cada tarde. Gracias a mi abuelo materno, con mi hermano yo jugaba a soldaditos con el reglamento de H. G. Wells. Después, también con mi hermano, que es más mayor que yo, como íbamos a Inglaterra, conocimos todo el tema de las miniaturas y del wargame con soldados de plomo. Mi tiempo de ocio normalmente siempre ha sido jugar.
¿Cómo nació Devir?
En un entorno en el que la distribución de juegos de cartas coleccionables –en aquel momento, Magic y Pokémon– estaba en manos de Planeta, donde yo trabajaba. Los americanos pedían que Planeta se comprometiera más. Y Planeta no estaba preparado porque era un negocio que a ellos no les rendía. No era estratégico para ellos. Daba dinero, pero no mucho. Los americanos se decepcionaron, buscaron socios para venir aquí y eligieron Devir, que era una compañía que operaba en Portugal y Brasil.
Pero Devir no era suyo.
Nooo. Yo estaba en Planeta. La gente de Devir se me acercó y me dijo que estaban en conversaciones con los americanos y que querían que yo trabajara con ellos. Me pidieron que dejara Planeta, lo hice, me fui a casa y cuando Devir llegó a un acuerdo con Wizards of the Coast me llamaron para hacerme socio y llevar el negocio aquí.
Le dieron una participación, entonces.
Sí. Eso era Devir del año 2000.
¿Y después?
Al principio, Devir solo trabajaba en Brasil y Portugal. Después con lo que se ganaba aquí se abrió Devir Estados Unidos, una compañía que se llama Devir Américas para servir todos los mercados hispanohablantes latinoamericanos. Se abrió también Devir Italia, Devir Chile, Devir México y Devir Colombia… Y ahora somos nueve compañías. A raíz de todo esto se hizo una gran reestructuración del accionariado en la que dentro de la compañía somos un grupo de socios que, aparte de controlarla, tenemos participación en el grupo.
No lo acabo de entender. ¿Usted dónde tiene la participación?
En Devir Investments, que es el grupo.
¿Mucha o poca?
Suficiente.
¿Su opinión es determinante?
La de nadie es determinante.
Siempre tienen que llegar a acuerdos.
Sí.
De acuerdo. ¿El juego de mesa es cultura?
¡Por supuesto! Me sabe mal tener que justificarlo.
Se ha tenido que justificar con el cine, el jazz, el cómic…
El juego es cultura, pero, además, con unas raíces bien profundas… ¡Huizinga! Johan Huizinga dice que el juego no es más que una metáfora de la realidad en la que interactúas de una manera segura. Es una herramienta de transmisión cultural. Y ahora, con la sofisticación que hay en todo el juego que sale, es una herramienta de combate cultural, también. No es igual hacer un juego sobre un tema que sobre otro. Con un tratamiento de la mujer de una manera o de otra. Ya estamos hilando muy fino.
Hace años que su sector pelea por conseguir el mismo IVA que los otros productos culturales. ¿Lo han logrado?
Nooooo. Ni lo conseguiremos. Es imposible eso.
Pero, si es cultura, ¿en qué quedamos?
¿Cómo quieres que un político actual lo entienda? No puede.
¿El juego de mesa o de participación es guerra?
Es competencia. Una de las patas… Hay un decálogo sobre el juego. Ahora no sé si me acordaré de cada afirmación. Es sociabilidad, es descubrimiento, es competitividad, es libertad…
¿Es masculinidad, virilidad?
Nooooo. Esta industria se ha hecho grande, no porque se abrieran los frikis incels [ríe] que jugaban a esto porque no jugaban al fútbol y no ligaban. No es que ellos se abrieran, sino que las compañías abrimos la idea del juego como punto de encuentro personal a las mujeres jóvenes. Esto pasó en el año 90 en Alemania y a principios del 2000 aquí. Esta es una de las cosas que hizo más fuerte al sector.
Por tanto, el juego al comienzo era masculinidad hasta que comenzó a ser también feminidad.
Era masculinidad porque el hombre iba a trabajar y en su tiempo libre hacía lo que le daba la gana. Cuando la mujer en teoría no tenía tiempo libre porque tenía que cuidar de los abuelos o de los niños, hacerles una tortilla francesa. Hay un cambio social importante. Se atrae a la mujer al juego en primer lugar por una cuestión de sociabilidad, porque es algo importante que los grupos, sean amigos o sean familia, estén juntos. Y aparte, porque a ellas también les gusta jugar, como también les gusta leer.
¿En el juego ha pasado como en las películas Disney, que han transitado de la princesita boba a la guerrera con arco y espada?
También. Como en el mundo de la ficción heroica o del pulp. Antes había muy pocas autoras. Pero, desde que hubo Anne Rice, con Entrevista con el vampiro, y salieron Crepúsculo o Los juegos del hambre… Todo eso son autoras femeninas. Y Joanne Kathleen Rowling, con Harry Potter. Sobre todo, Harry Potter.
Antes había habido autoras como Agatha Christie…
No, no, no. Porque las protagonistas vivían la feminidad de otra manera. Esto ha pasado en muchos otros ámbitos. Y ha pasado también al revés. El cambio social es tan importante, que también pasó cuando los hombres empezaron a cuidar su cuerpo, a depilarse y a ponerse productos. La industria de la cosmética dobló el mercado.
Retomo el hilo. Harry Potter y Pokémon. Pokémon es como Harry Potter. Antes de Pokémon las niñas no coleccionaban cartas y no hacían casi colecciones de cromos. El coleccionismo siempre había estado reservado mucho más a los hombres. Esto se ve con los fascículos. La industria del fascículo siempre había sido así. Pero Pokémon multiplica el mercado por dos porque las niñas también se apuntan. Porque los muñecos son cozy. Son muy monos. Y Harry Potter literariamente, también. De hecho, Harry Potter es una saga que acompaña en ficción el paso de la infancia a la adolescencia en generaciones de niños y niñas. Esto no había pasado nunca antes.
Esto de que el mundo nerd o el mundo friki se feminice te lo demuestran también los box office. Cuando nosotros abrimos en el 2000 tuvimos una reunión y miramos cuáles habían sido las películas más vistas del año: Lord of the Rings, Shrek, Harry Potter, Marvel… ¡Todo, todo!, venía del nerdismo o del frikismo. El cambio es tan espectacular –Big Bang Theory–, que se concreta de manera pop para todos. También para la gente que había despreciado el frikismo antes. Ahora ya no lo sé, pero hace unos años en las high schools americanas el que más ligaba ya no era el capitán del equipo de fútbol americano, sino el tío más friki de las gafas de concha que no se enteraba de nada.
¡Spider-Man! ¡Qué pena, nosotros, haber nacido tan tarde!
¡Aaaaah! Pero no habríamos sido frikis. Gastas mucho tiempo para ser un friki como Dios manda, ¿eh! [Ríe]. No se puede tener todo. En cualquier caso, esto es un cambio cultural extraordinario.
Dice que las mujeres entraron. Muy bien. Pero ¿las mujeres coleccionan?
No.
¿Por qué?
No lo sé. Hay preguntas de estas que siempre me llevan a la gran disyuntiva de si esto es biológico o cultural. No me quiero meter. No lo sé. No sé si es entrenado o genético. No sé si la protección de la comunidad y del nido es cultural o biológica. Y me da igual. Pero por ahora todavía está. Cuando yo digo que a las mujeres se las convenció de que abordaran el juego de mesa a través de la sociabilidad intergeneracional o a través de la sociabilidad del padre con los hijos o a través de que vengan a casa los cuñados y no se peleen y hagan otra cosa, eso es verdad. Eso es una verdad objetiva. Y eso no quiere decir que a ellas no les guste jugar. ¡Claro que les gusta jugar! Probablemente, no sé si es cultural o biológico, a ellos les gusta más ganar que jugar. En proporción a ellas. Lo cual tampoco es del todo verdad. También hay tiburones mujeres jugando a juegos.
Todavía no me ha dicho por qué las mujeres no son coleccionistas…
No lo sé. Yo lo sé porque me lo han dicho responsables editoriales.
Yo lo sé porque de cada diez hombres que conozco que coleccionan lo que sea apenas hay una mujer. O ninguna.
Cierto. Yo lo sé por amigos míos que han trabajado en la industria del fascículo, que decían que las curvas de venta de los productos de hombre o de mujer no tenían nada que ver. Con ellos salías y vendías del primer número 25.000 y la curva iba bajando lentamente hasta 3.000, y en el caso de ellas, el primer número veía 150.000; el segundo, 100.000; el tercero, 5.000, y al final era residual lo que se vendía.
¿Quién juega a los 50 años es idiota?
¡No! ¿Por qué?
Le pregunto.
No. De ninguna manera.
Hablemos de juegos que no sean los del casino.
Eso no es un juego. Eso son apuestas. Eso lo tienes mal entendido.

De acuerdo. Si tú juegas a un juego de mesa o de participación a los 50 años, ¿qué eres? ¿Una criatura? ¿Un bobo?
Eres una persona inteligente que tiene un alto concepto de sí mismo. Salen 5.000 juegos al año. Hay para todos, con la duración y la dificultad que quieras. El juego es un anzuelo o una excusa para relacionarte personalmente con otros humanos. Si la gente prefiere tener otras actividades con otros humanos, que las tenga, pero el juego es básicamente inofensivo. Volvamos al decálogo. El juego es un reto. A veces no es competitivo. Puede ser también cooperativo.
Pero puede parecer que aquel que recurre al juego es porque no le ha ido bien en la vida.
Eso también lo decían de… Querían prohibir que las mujeres leyeran novelas porque eso las desligaba de sus deberes familiares como hembras. Eso es una tontería.
¿Y el solitario? ¿Eso que se hacía antes con la baraja de cartas?
El solitario acepta el reto. Quizás no tiene amigos o quizás sus amigos no siempre están disponibles. Una de las cosas difíciles para jugar es encontrar el tiempo, el espacio y la coincidencia de agenda. Además de la lucha contra las pantallas. Pero, si tú haces un buen juego para el mercado global, acostumbras a incluir un reglamento en solitario.
Ya que habla de pantallas, ¿las pantallas les han hecho daño?
No. Al contrario. Nos han dado toda la vida posible.
Pero ustedes no hacen.
No.
¿Por qué?
Porque no tiene nada que ver. Antes te referías al mundo de la fantasía. Nosotros sí que tratamos el mundo real. Nosotros tratamos básicamente el mundo real. Lo que no es el mundo real son las pantallas. [Ríe].
Contra las pantallas, por tanto.
No, no. Nosotros convivimos con las pantallas. Sin las pantallas, sin redes sociales, no se habría desarrollado la industria del juego de mesa moderno. Porque internet y las pantallas generan una comunidad de interés global alrededor del juego de mesa. Es el gran foro donde va toda la gente a la que le gusta esto. Antes en Barcelona tenías que convencer a la gente uno a uno: “Ven a casa, por favor, que jugaremos a un wargame, y ya te explicaré el reglamento…”. Ya no hace falta. Ahora está todo en internet. A ti te interesa algo, vas allí y tienes un tutorial. Hay una página, el Board Game, que es el vademécum de los juegos. Están todos. Pones el ranking, si te ha gustado, vas a los foros, comentas la jugada, criticas, conoces a los autores…
Por tanto, las pantallas les hacen de motor.
Lo han sido. Pero pasa que son dos productos diferentes. Esto es como el cibersexo o tener pareja. [Ríe]. No tiene nada que ver. Bueno, sí, pero no es lo mismo.
¿Y la inteligencia artificial?
¿Qué pasa con la inteligencia artificial?
¿Cambiará su mundo?
Lo cambiará todo.
¿Y los juegos?
Mmmmmm…Hay un cierto proteccionismo por parte de toda la industria, que quiere proteger todo lo que es la creación. Ahora cuando haces juegos de mesa es tan competitivo, que no puedes dar un juego que sea feo. Tiene que ser un producto que, por el precio que pagas, sea bonito. Está muy penalizado utilizar la inteligencia artificial para ilustrar. Aún ahora. Yo no sé qué pasará. Tampoco sé qué pasará con el cómic. No tengo ni idea.
Lo que sé con la IA es que ayuda con los playtests. Antes cuando tenías que hacer uno serio con un juego quizás le tenías que echar 300 partidas con humanos. Ahora se hacen con plataformas digitales. Tú subes el juego a una plataforma digital e invitas a la gente a una sala para que lo prueben. Con la inteligencia artificial también autojuegas. Es decir, siempre que la veamos como una herramienta que acelere cosas construidas con talento, muy bien.
La inteligencia artificial te podría hacer el reglamento de un nuevo juego, pero también te hace discos de Sam Cooke sin Sam Cooke… Lo que yo creo que veremos pronto es que todo esto será etiquetado como IA. Tanto en Spotify, que ya ha pasado, como en YouTube, donde espero que pase pronto, como en cualquier industria cultural. Me parece que fue Amazon que dijo a sus autores que no podían presentar más de dos novedades por semana. Porque la gente empezó a hacer novelas con IA como locos.
¿Ha jugado alguna vez contra una IA?
Los juegos de ordenador ya son eso.
Digo en un juego de mesa.
¡Ah! Los uso como bot. A veces cuando juego con esquizo, que no quiere decir que tenga un reglamento preparado para jugar en solitario, sino que juego a un juego de dos haciendo los dos papeles, cuando tengo una duda de qué haría le pregunto a la IA cuál es la solución más racional o más arriesgada. Porque, si no, me hago trampa a mí mismo.
¿Cuántos juegos tienen en catalán?
De los que son juego propio, no bajo licencia, yo diría que el 90 por ciento. Todos los que pueden sacarse en forma de más de un idioma, que no dependen, todos están en catalán. Es decir, tú compras un juego de Devir en Singapur, y tienes el reglamento en inglés, italiano, catalán, castellano y portugués.
¿Tienen éxito?
Sí, pero no porque sean en catalán. El catalán es un servicio. Un servicio al consumidor, que tiene derecho. Si somos una empresa que está aquí, es lógico.
¿Todo el trabajo que conlleva la producción industrial en catalán queda compensado con la venta?
La pregunta debería ser diferente. Si hago juegos monolingües en catalán, ¿son rentables? Entonces, te diré que los juegos que hemos sacado en catalán monolingüe han funcionado todos. Son juegos diferentes, pero sí. Evidentemente, no puedes sacar todo, porque el volumen de negocio no lo permite. Tampoco los países del tamaño de Cataluña lo sacan todo en lengua local. Pero es una falacia que no se pueda editar en catalán.
¿Y sobre Cataluña, sobre la historia de Cataluña?
Hemos hecho algunos. Hemos hecho dos juegos de castellers diferentes, el 1714 y ahora hemos hecho el Gaudí, que saldrá en octubre…
¿Funcionan fuera?
Sí.
¿Hay alguno que haya destacado mucho por funcionar muy bien fuera?
¿De estos que te digo? Claro, pero es que esto ahora es diferente, porque los de castellers, por ejemplo, los sacamos cuando no teníamos tanta presencia en el mercado norteamericano… Pero estoy convencido de que el de Gaudí, que lo sacaremos este año, triunfará.
Eso es trampa [sonrío]. Gaudí es muy fácil…
[Ríe]. ¿Un tema fácil? Yo no veo que nadie más lo haya hecho…
Porque una cosa es que sea fácil y otra que haya suficiente inteligencia para pensarlo. [Río].
Sí. La inteligencia es un distintivo de nuestra compañía.
¡De nada! [Ríe]. ¿El juego es política?
¡Síííííí! ¡Todo es política!
¿Hablamos de política?
Sí.
Muy bien. Tienen un juego que es el 1714, ¿no harán otro sobre el Procés?
Noooooo.
¿Por qué?
Hay una frase de Woody Allen que dice “Tragedia más tiempo, igual a humor”. Todavía estamos demasiado cerca. No creo que la cosa permita todavía reírse de ello. Además, en su momento, durante el Procés, ya nos preguntábamos si haríamos un juego. Y era bastante contraintuitivo, porque todas las cartas o todas las acciones a favor de la independencia eran cartas españolas. Es decir, las acciones que hacía España eran las que fomentaban el independentismo. Era muy contraintuitivo, no se podía hacer. No era un juego. Era un discurso político.
Perdón, pero no lo acabo de entender…
¡Sí, hombre! Por ejemplo, el Barça gana el Sextete… eso favorece a España, no a la independencia…
Quiere decir que hay demasiadas contradicciones.
Exacto.

De acuerdo. Y sin juegos, ¿cómo vivió y cómo intervino usted en el Procés? Recuerdo que participó en un vídeo de la Asamblea Nacional en 2010 sobre empresarios e independencia…
Yo participé en la creación de dos sectoriales, la de Defensa, de donde nos echaron, porque los catalanes no podemos pensar en términos de defensa. De defensa, ¿eh?, no de lucha armada. Planteábamos cuál debería ser nuestra posición ante la OTAN o ante la geopolítica europea y todo eso…
¿Y quién les echó?
La Asamblea. Y entonces, montamos la SEM, la Sociedad de Estudios Militares, que todavía funciona. Es un think tank, que no depende de dinero público y que funciona muy bien. Todo es privado. La gente que da dinero lo da porque quiere.
¿Eso sirve para algo?
[Lo dice en voz muy baja, con ironía]. No, eso no sirve para nada. No sé por qué lo hacen. [Recupera el volumen habitual]. Hombre, sirve para tener interlocutores académicos internacionalmente, sirve para invitar expertos sobre Oriente Medio, sirve para invitar expertos sobre ejércitos de leva o ejércitos profesionales…
Una vez un israelí me dijo que ellos no perderían ni un minuto con los catalanes porque los catalanes no estaban dispuestos a jugar fuerte, no son serios…
Tienen toda la razón del mundo. Ya lo viste. Aparte de que la gente no nos lo creímos…
¿Usted se lo creyó?
Sí. Uno de los peajes que he pagado yo es mi credibilidad política ante mis amigos internacionales. Tengo muchos y de muy importantes.
O sea, que se lo creyó.
Sí. Y es un peaje duro. Pero les he explicado lo que ha pasado también.
¿Y qué ha pasado? ¿Por qué fracasó?
Mira, la mejor definición la dio Jordi Fernández, que es un amigo mío de toda la vida y director de instituto en Lleida. Estuvo en Reagrupament y ahora, evidentemente, no quiere saber nada de política. Él me dijo: “Lo peor es que los nuestros, nuestros políticos, en su mundo de moquetas y coches oficiales creyeron que España pactaría”. Y ya no digo que pactaran la independencia, digo que pactaran un concierto fiscal o las selecciones nacionales. Esto es un error. En primer lugar, es un error de cálculo por parte de nuestros políticos. Y después es una estafa con todas las letras a la gente. Hay gente muy loca que estaba dispuesta a hacer cosas muy bestias. Como dicen en su declaración de independencia los americanos, a pagar o con la vida o con la hacienda. Con su patrimonio. Y eso la gente no se lo ha perdonado.
Yo no lo viví en primera fila, porque no estuve en ningún sanedrín especial. Desde la segunda fila, porque conozco a mucha gente, me moví internacionalmente con círculos americanos y británicos. Y después me lo tuve que comer todo con patatas. ¡Gracias!
¿Qué queda de todo aquello? Vino la pandemia y lo borró todo. Después de la pandemia todo aquello ya era pasado. Justo antes de la pandemia, sin embargo, todavía había habido el caso de Hasél y la gente todavía estaba en la calle.
Yo siempre he sido conservador, anglófilo, sionista y escéptico. Sigo igual. Y independentista. Eso lo sabe todo el mundo. No es de ahora. En los años 80 ya lo era. No me he escondido nunca. Y creo que fue una pérdida de una oportunidad muy buena para nosotros y una pérdida muy importante de una oportunidad para los españoles.
¿Cree de verdad que había mucha gente que estaba dispuesta a perderlo todo? ¿Patrimonio y vida?
Sí. Creo que eso es así. Gente que estaba poco ligada a la realidad política y a la del país, pero. Yo no creo que eso debería haberse hecho, pero hubo un momento en que parecía que había un conflicto abierto y que la Unión Europea no dejaría que la represión pasara de un punto –un punto que podía ser violento, ¿eh?– y que tendría que haber algún pacto o martingala más bueno o más malo para Cataluña dentro o fuera de España. O como un ente vagando por el espacio exterior. No lo sé. Había mucha gente que se lo creía, que creía que eso es lo que se debería haber hecho.
¿Cómo mira a los líderes del Procés que aún ahora se mantienen en primera línea de la política?
Con mucha conmiseración. Yo no entiendo que tengan la desfachatez de seguir haciendo política. Yo no sé si no tienen dónde…, si viven en este mundo de moquetas y coches oficiales y piensan que es su forma de vida, no sé si no tienen otro oficio, pero, por dignidad torera, conozco a más de uno que se ha ido de la primera línea política.
Muy pocos…
Muy poquitos, pero alguno conozco. Yo no sé cómo no tienen vergüenza de hacer esto. Porque, además, lo más importante no es no haber conseguido la independencia de Cataluña. Creo que lo más importante es haber roto la confianza entre catalanes. Nadie se cree nada. Todo el mundo se insulta. Todo el mundo está atrincherado. Todo el mundo se acusa de woke o de nazi o de antifascista o de lo que sea. Cuando el 1 de octubre o antes del 1 de octubre entre la gente que estuvimos dando conferencias y la gente que estuvimos reuniendo gente nadie preguntaba por ideologías ni martingalas de estas.
Yo fui a hacer presentaciones de Empresarios por la Independencia con una chica, por aquello de antes de los Dorca que tuvieron que salir por piernas, que su abuelo era de la FAI. Probablemente, de los que mataron a mi bisabuelo. Y no pasaba nada. Aquello era la guerra de España, algo muy sobrevenido a Cataluña. Nos cayó encima. Aquel tío que era falangista y que después trabajó en Destino, ahora no recuerdo el nombre, que tiene una historia de la guerra civil en Cataluña, dice que antes de la guerra había 400, de falangistas en Cataluña…
Parece ser Josep Maria Fontana Tarrats…
Sí. En todo caso, aquello es un tema pasado. Romper la confianza entre catalanes es lo más grave que ha pasado ahora. La gente se siente huérfana y no les vota, no les quiere votar, o vota con la pinza en la nariz. Han entregado el país al 155. Han hecho que la única respuesta nacionalista y nueva tenga que ser Alianza Catalana, que creo que es un error para el país. Yo no digo que la gente que los quiera votar esté equivocada o que no sea una buena opción. Ni siquiera hablaré mal de Sílvia Orriols o de nadie. Pero yo creo que nos estigmatiza como movimiento y que no arregla nada. De hecho, encuentro que es un discurso bastante cursi. Se tienen que preparar otras alternativas.
¿Las entidades cívicas que participaron, Òmnium y la Asamblea, todavía son útiles para el independentismo?
Noooo. No, no. Òmnium es una máquina con suficiente presupuesto para continuar haciendo cosas y para encontrar salidas profesionales para gente que viene rebotada de la política. Es una puerta giratoria más. Y la Asamblea debería haber cerrado. O haber montado un partido inmediatamente por encima de convergentes y todo eso… Pero estaban entregados a Esquerra y Convergencia. Ya lo estaban. Las genuflexiones… Liderar un movimiento de liberación nacional y después ir a ver a los partidos que no te habían hecho caso hasta hacía seis minutos, arrodillarse ante ellos, es algo que yo ya no entendía en ese momento.
Si Alianza Catalana no es una opción válida, ¿qué debería hacer el independentismo ahora para revivir políticamente?
Creo que se deben encontrar causas comunes, que puedan reunir al mayor número posible de gente.
Será difícil que los independentistas más frustrados dejen de lado el ácido que lanzan cada día contra las propias filas…
Siempre hay un escenario peor. También VOX y PP en Madrid podrían catalizar cosas. Quizás, ¿eh? Y quizás no.
¿Cree que la victoria de la derecha y la extrema derecha en España –valga la redundancia– podría sacudir el independentismo? ¿O eso podría hacer que el eje ideológico, las izquierdas catalanas, se unieran más?
No lo sé. A ver, desde el punto de vista nacional, da igual que gobierne el PSOE, Podemos o VOX. Es exactamente lo mismo. Eso es lo que la gente debería entender. La gente no lo entiende. Es exactamente lo mismo. Unos más violentos, con otro relato y tal… El relato de VOX quizás haría que la gente intentara no pegarse demasiado aquí. O más de lo necesario. Yo no digo que sea positivo, pero es que nada es positivo si nos gobierna Madrid.
Cuando digo causas comunes digo echar a Renfe de Cataluña. Eso que están montando los… eso está bien, porque es algo que se puede hacer. El Parlamento puede denunciar el contrato con Renfe y buscarse otro operador. Reunamos gente y… Es algo que no sé quién puede estar en contra. No lo entiendo.
El PSC…
Quiero decir de la población normal. No te pueden decir que es anticonstitucional, porque no lo es. Hay otra cosa que hace mucho tiempo que me gustaría hacer, que es una nueva ley electoral…
Imposible. Se necesita una mayoría cualificada de partidos y…
Me da igual. Pero si vas con 500.000 firmas, que no la voten, que no la pasen. Si tienes 500.000 firmas, después montas el partido político. [Sube el tono de voz, desafiante]. Que no me la

