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Ferran Torrent acaba de cumplir 75 años. Los últimos cuatro o cinco han sido “los peores de mi vida”, como reconoce con cierta amargura, pero al mismo tiempo matiza que también han sido los más creativos, un hecho que le sorprende. Torrent ha soportado, con estoicismo o sin él, la epidemia y el confinamiento, un cáncer de próstata y la dana de l’Horta Sud, que le inundó la planta baja de la casa en Sedaví. Tres desgracias en cadena. Eppur si muove. En Valencia, la Generalitat quiso felicitarlo un año antes con la concesión del Premio de las Letras, que el escritor recogió y luego devolvió desafiantemente cuando comprobó la política lingüística que perpetra el tándem del PP y VOX. Torrent escribe en catalán y el gobierno valenciano escribe con sangre y en el idioma de la Real Academia.

Ferran Torrent ha venido estos días a Barcelona para asistir a la presentación del libro que ha escrito Salvador Ortells: Entre los libros y la vida, “un ejercicio de lucidez y memoria que va más allá del relato biográfico”. Lo edita Columna, cabeza y casa de la literatura torrentina. Ortells, que ya había explorado a Joan Fuster y Josep Palàcios, conversa con el escritor de Sedaví y reflexiona con pinceladas que abarcan su literatura y la vida. Como el novelista ha cumplido 75 años, preceptivamente la Institució de les Lletres Catalanes le ha dedicado un pequeño homenaje en la Biblioteca Gabriel García Márquez de Barcelona. En la sala de actos de la institución Ferran Torrent volvió a demostrar que es el tigre de las letras catalanas. Peso mosca, pero tigre.

Setenta y cinco años. Ahora le hacen homenajes. ¿Qué se siente a los setenta y cinco años?
De momento, no tengo demasiados dolores. De verdad. Es extraño, pero, como ya tengo la cuota de cosas, el organismo dice: “De momento, no te toca”. Yo he tenido mucha suerte en esta vida. Fíjate que del 20 al 24 tengo la epidemia, que pasamos todos, el cáncer de próstata y la riada. La riada fue algo que aún no he asumido. No tuve desgracias personales, pero hacía cinco meses que había hecho una reforma en la casa e hice un vídeo para enseñar a los amigos. Eso es un poco lo que me ha salvado, porque para el seguro me ha venido de puta madre: “Mire, esto es lo que era y esto lo que ha quedado”.

No me lo podía creer. Bajaba la escalera y veía la nevera flotando, todo allí. “Si no llueve. ¿Qué cojones pasa aquí?”. Pensaba que eran las alcantarillas. No me enteré hasta el día siguiente. Los muertos… En mi pueblo, once. Leonor, la del horno; Isabel, la Marinera; Txetxu, que era un chico del ayuntamiento que tenía cuarenta y pocos años, que estaba un poco paralizado por un ictus y que por salvar el coche se quedó dentro hablando con la mujer… Cosas absolutamente horrorosas que nunca pensabas que pasarían. Entonces tú dices: “¡Hostia, tres! No pueden pasarme más. Esto es una racha, pero las rachas se acaban”. No lo sé. Espero que esta se haya acabado. Ahora les toca a otros.

[Ríe]. Ahora toca la invasión zombi, que será la última…
La invasión de los zombis ya la tenemos en Valencia con el PP. [Ríe].

¿Le ha afectado mucho todo aquello de la dana? ¿Todavía lo arrastra?
Te lo diré. Me fui a vivir a casa de Ferran Montesa. No sé si lo conoces. Es quien lleva Le Monde Diplomatique en español. Me dijo: “Vente a casa”. Yo no quería irme, pero los bomberos me dijeron que tenía que irme porque allí había un foco de infección. El domingo comíamos en el piso de arriba, donde había una psicóloga que no ejerce y se dedica a dar conferencias por el mundo. Fue ella quien me dijo: “Ahora no sentirás nada, porque estás en el nervio de reconstruir, pero cuando pase todo seguramente tendrás un bajón”. No me ha pasado. No he tenido un bajón. Probablemente porque cuando terminé de reconstruir tenía que presentar una novela y después tenía que pensar en otra. ¿Sabes qué pasa? Mi vida no ha parado en 43 años. No tengo tiempo para eso. Siempre digo: “O pastilla o paella”.

Aún no he entendido esa frase. A cierta edad para poder comerte una paella necesitas unas cuantas pastillas: la de la tensión, la del colesterol…
Con respeto por la gente que tiene depresiones, evidentemente. Yo he elegido paella y no pastilla.

De acuerdo. Es eso, entonces. Pastilla para la depresión.
Pastilla psicológica o paella. Es eso, sí, y todo es metafórico. [Ríe]. Yo no tomo nada… solo para dormir. Después, eso del cáncer no me ha afectado… No me ha afectado… Sí que me ha afectado, pero no tanto como yo pensaba. El médico me dijo que tenía un tumor y la primera pregunta que le hice fue si necesitaba quimio. –“No, no”. –“¿Y cómo saldré de aquí?”. –“Yo creo que saldrás bien. Morir, no te vas a morir”. Pensé que ya teníamos dos cosas importantes. La quimio, que, por lo que me cuentan, es una cosa jodida. Y después, quería saber cuánto tiempo me quedaba. Un mes, dos años, tres años… Para hacer lo que no he hecho en la vida. Me dijo que no. Me tocó un médico muy bueno para operar, pero comunicaba como un pez hervido, el cabrón. Le pregunté si después de eso mi vida debía durar más o menos por haberlo tenido. Y me contestó: “Tú tienes las mismas posibilidades de coger un cáncer que otra persona”. ¡Ah, muy bien! Cojonudo. Me fui de allí contentísimo. “Soy normal. [Ríe]. Soy normal”.

Hay la epidemia, hay el cáncer, hay la dana, y hay que, al final, usted sigue… Paellas…
[Ríe]. En plan metafórico, porque ya no las como. Son de digestión demasiado pesada. Pero fíjate que es la época en la que hago las novelas más complicadas. Memorias de mí mismo, El yo que no muere y una que estoy haciendo ahora que todavía es más complicada que las otras dos. ¡Hostia! Y tú dices: “¿Qué ha pasado?”. Es como si de repente dijera: “Me queda poco tiempo y tengo que dar todo lo que pueda de mí”. No he sabido aún relacionar esos dos hechos. El hecho de que pases cuatro o cinco años los peores de tu vida pero, en cambio, son muy productivos literariamente. No lo sé. No tengo explicación.

Siempre se ha dicho que las mejores creaciones se hacen cuando el artista sufre. La tuberculosis que destruía a los románticos…
Yo me encuentro mejor que antes de la operación. Una mujer que conoces y de la que no te diré el nombre porque lo lleva un poco en secreto tuvo un problema digestivo, no de cáncer. De colon. Le dije que saldría mejor que antes. “Me lo dices para animarme”. Pero después me comentó: “Estoy mejor que antes, sí”. No sé si eso es mental, psicológico, pero yo me encontraba mejor. Le dije al médico: “Debería operarme cada año, a ver si así progreso”. Yo no sé si eso es porque… Bueno, tú ahora también estás en condiciones de saberlo. Quizás después te encuentras mejor porque eres más consciente de que tienes que cuidarte y antes no dabas tanta importancia a la salud.

La dana destruyó la planta baja de su casa de Sedaví. Sobre Sedaví, nunca habla de sus padres. ¿Qué hacían allí?
Es que fue una relación muy difícil, con mis padres. Sobre todo, con mi madre, que era muy facha y muy autoritaria. En mi casa había un matriarcado claramente, pero mi padre era inútil físicamente. Siempre estaba enfermo. Mi madre era una mujer que yo creo que no quería tener hijos y que los tuvo por tenerlos. Y, por tanto… A mí me han llegado a decir en alguna relación que he tenido con mujeres: “Tienes que superar la relación con tu madre”. “Tengo sesenta años, hostia, ¿qué quieres que supere ya?”. Yo, de mi madre, ni me acuerdo. Es decir, yo entraba en las casas, veía una madre besando al hijo y decía: “Pero qué raros son aquí”. Mi madre en la puta vida nos besó ni a mi hermana ni a mí. Nunca. Y a mi hermana la martirizaba como mujer que era. No tengo recuerdos porque tengo la ventaja de que mi cerebro es muy pragmático. Rechaza todo lo que no me interesa. O no debería interesarme. No tengo memoria para las cosas malas.

Porque eso de la dana, lo del cáncer… Sí, lo recuerdo, pero… Le dije a la pareja que tenía entonces que cuando me llevaran a la UCI –la dejaron entrar porque yo conocía al director– me hiciera fotos. Estás allí medio anestesiado, lleno de tubos… “Es que quiero recordarlo, porque, si no lo hacemos así, no me acordaré”. “Quiero saber que me he salvado”. Ya te digo, William Hurt murió de cáncer de próstata. Hablamos de hace dos o tres años. Y las fotos me obligan a recordarlo porque yo no me acordaría.

De hecho, ese día que me dicen que tengo el tumor un amigo que tengo y que se llama el Roget –que es rojo y eso– y que había pasado otro cáncer y yo nos fuimos a la marisquería Civera de Valencia. No a celebrarlo, que eso sería una infantilada, sino a decir: “¡Hostia, no sé las gambas que nos quedan. ¡Empecemos!”. Y nos comimos gambas, nos comimos de todo, hicimos un festín allí en la barra de Civera. Y ya está”. Porque, además, la dana se la ha llevado, pero el médico me hizo un dibujo donde había todo a mano. Y pensé que debía enmarcarlo porque estaba muy bien explicado.

Dice que su padre siempre estaba enfermo, pero ¿qué hacía? ¿Era agricultor?
Agricultor, poco. Siempre tenía ayudantes porque físicamente no estaba bien. Por la tarde iba a lo que llamaban la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos, que era el sindicato franquista del sector. Yo tenía que ayudarlo con la máquina de escribir, porque se agotaba. Él tenía un enfisema pulmonar. No de fumar, que también había fumado, pero no mucho, sino porque tuvo muy mala infancia. Se quedó huérfano de padre y madre cuando tenía cuatro años. Supongo que tenían que ganarse la vida y no le hacían mucho caso.

¿Usted ha vivido siempre en Sedaví?
Sí. Excepto ocho años en mi segundo matrimonio, que viví en la Ribera de Cabanes.

¿Esta casa donde vive ahora era casa de los padres?
Era casa de los abuelos. Me trasladé allí a los nueve años.

¿La diferencia entre el Sedaví de su infancia y el de ahora?
¡Brutal! Había el franquismo, pero nosotros teníamos una vida… Yo estudiaba en los Jesuitas, de donde me expulsaron a los quince años. Me pasaron a los Jesuitas profesionales para que aprendiera un oficio. [Ríe]. A los seis meses me expulsaron también de allí. Nosotros vivíamos en los cines. Sedaví, Alfafar, Benetússer, Catarroja, Valencia… En el Coliseum de Valencia. Allí estrenaban cada lunes tres películas. Vivíamos en los cines y teníamos Valencia como un laberinto de impunidad. En el pueblo tú no podías hacer nada. Por tanto, tenías que ir a Valencia, donde no te conocía nadie. Aún tengo esa idea: “Me voy a Valencia a hacer no sé qué, pero en el pueblo, no”. De hecho, cuando he tenido, así, pareja o pareja disfuncional nunca entro por la plaza. Siempre entro por la calle, porque… Porque yo qué sé, para que no me pregunten. Igual que cuando viene la tele. Les digo que no me lleven a la calle, porque allí no paran de preguntarme…

«Mi padre tenía un enfisema pulmonar porque tuvo una mala infancia» / Anna Munujos

Eso significa que todavía hay un Sedaví Sedaví, el de toda la vida…
Sí. El que yo practico, porque es la gente del pueblo que conoces de niño, de adolescente, de juventud… Esas amistades se mantienen.

Hay otro Sedaví consecuencia de los Planes de Desarrollo y la industrialización, con el que usted no mantiene relación.
Claro. Es que hay mucha gente que yo ya no conozco. Gente que me saluda, que son hijos de quien sea, pero que yo ya no conozco. Yo conocí un Sedaví de 3.000 habitantes y ahora tiene más de 10.000. Sedaví aún ha tenido la suerte de que el desvío del río Turia –gracias, Generalísimo!– no se tragó el pueblo. Piensa que de Sedaví a Pinedo y el Saler hay los arrozales. No puede crecer por aquí, no puede crecer por allá y tenemos una ventana enorme abierta. Sedaví es uno de los mejores pueblos de la comarca. No se ha convertido en un barrio de Valencia.

¿Usted por qué empieza a escribir en valenciano? ¿Dónde lo aprende?
Lo aprendo de leer. Nunca he hecho un curso. Piensa que en nuestro caso la estructura literaria es castellana. Hacíamos toda la enseñanza en castellano. Ahora, más o menos, los alumnos ya tienen una idea de valenciano, pero nosotros, no. Yo me presento a un concurso en Vila-real donde me acompaña Josep Iborra. Él formaba parte del jurado y lo llevé en mi coche. Aquel concurso premiaba a un ganador y cinco accésits. Y a mí me dieron uno. [Sonríe]. Fue él quien me dijo: “Te podrías dedicar…”. Le comenté que siempre había escrito. Desde la adolescencia. Mi primera narración para entretener a la gente del pueblo, mis amigos, se llamaba Las olimpiadas de Follalandia. Lástima que la perdí. Y cada noche les hacía un capítulo.

¿En valenciano?
Sí, sí.

¿Por qué?
Bueno, un valenciano de aquella manera. Como me escriben a mí mis amigos de Sedaví. Un valenciano que para decir “lo dije” escriben “Heu vach dir”. Me lo paso bien leyéndolo. Yo debía tener dieciséis o diecisiete años.

¿De dónde le venía esa manía? Normalmente en aquella época toda la gente de su edad escribía en castellano.
Porque era lector.

En valenciano.
Noooo. En valenciano no podías leer.

No lo acabo de entender.
Porque lo hablábamos. En el colegio había dos clases sociales. Los que hablábamos valenciano y los castellanohablantes. Salíamos al patio y los de Massanassa, Sedaví, Alfafar, nos juntábamos. Y nos peleábamos con los otros. Decíamos: “Estos maricones hablan castellano!”. ¿Sabes? Eran como marionetas.

En el pueblo lo hablaba todo el mundo, pero a la hora de escribir todos escribían en castellano.
Sí, pero… Es muy… Mira, el ejemplo es perfecto. Mis amigos y conocidos del pueblo cuando me ponen un what me lo ponen en valenciano. No lo saben escribir, pero no conciben, no les cabe en la cabeza, escribirte en castellano, porque hablas continuamente en valenciano con ellos. Y eso seguramente es lo que me pasaba a mí. Yo no tenía conciencia del valenciano ni nada. No como Eliseu Climent, que cuando nació o cuando hizo un año ya la tenía. [Reímos]. Era porque hablábamos en valenciano y lo hacíamos en valenciano todo. De hecho, a Sanleón, el pintor de Catarroja, el cabo Zapatones le dio una hostia por hablar en valenciano. Sanleón decía: “Valencianista, no lo he sido nunca, pero yo hablo siempre en valenciano”. Toda la presión que había era en valenciano, justamente al revés de lo que pasa ahora. Tengo un hijo adoptado. Lo adopté casi con once años. Era castellanohablante. Yo le hablaba en valenciano y él lo empezó a hablar en un mes porque salía a jugar allí en la Ribera de Cabanes y todos los chicos hablaban en valenciano. Los idiomas se aprenden así.

«Pedrolo/ me resultaba muy pesado en el idioma, muy espeso» / Anna Munujos

¿Qué leía usted en valenciano? Los primeros libros.
¡Ostras! No me acuerdo. Probablemente, Enric Valor. Todo lo que había entonces. No los vanguardistas [sonríe], porque no podía… Como decía Joan Fuster: “Si compras este libro, te regalan también un pollo”.

Fuster lo decía concretamente refiriéndose a la primera novela de Amadeu Fabregat: “Si compras Falles folles fetes foc, Eliseu Climent te regala un pollo”.
[Ríe]. Sí. Me acuerdo. Debía leer Isa Tròlec, Manuel de Pedrolo… Pedrolo me resultaba muy pesado en idioma. Muy espeso. No me acuerdo bien.

Ya que habla de Fuster, ¿qué relación mantuvo con él?
Fui cuatro o cinco veces a Sueca a hablar con él. Una vez, acompañado de Pepito Guia y no sé si venía también Maria Conca. Tengo dos cartas suyas… Siempre he pensado que Vicent Andrés Estellés a mí no me interesaba como persona. Lo encontraba un llorón. Pero, en cambio, Fuster, siempre lo encontré una persona digna. Piensa también que el catalán de Fuster en los años sesenta era un catalán modernísimo. Para mí siempre ha sido un ejemplo. Él y Josep Pla como escritores. Más aún Fuster que Pla. Fuster era… ¡hostia! Tú lees aún el nivel de catalán que tenía y dices: “Es una puta maravilla este tío”. ¡Cómo escribía! Tú tomas traducciones al catalán –La cartuja de Parma, de Stendhal, o Crimen y castigo, que tradujo Andreu Nin– y aquello es para que se los lleve la guardia civil. Nin, quizás lo mataron por eso. Por el tipo de catalán que usaba. ¡No he podido leerlas! Ahora ya las puedes leer porque han hecho nuevas traducciones. Pero aquellas traducciones y las de los años sesenta, setenta, incluso ochenta, de clásicos, son horrorosas. Y después tenías a los que escribían en catalán en los años setenta y también ochenta, que pensaban que la palabra más difícil era la más literaria.

O muchas veces, la más diferente del castellano. Marcas de generación.
Exactamente. Y eso a mí no se me pegó. Con No emprenyeu el comissari tengo dos sorpresas. Una, que hago una broma y se la toman en serio. Se la toman como una novela negra. ¡Pero si he hecho una parodia de la novela negra! Y la otra, que entendí que no podía escribir ni nogensmenys, ni hom, ni nada de eso. Porque estaba escribiendo una novela en el año 83.

Antes de entrar en todo esto, ¿qué le decía Fuster cuando leía sus novelas?
Que yo recuerde, le gustó mucho un reportaje que hice en la revista El Temps sobre el boxeo en Estados Unidos. Era una mezcla literaria y de boxeo. Eso me lo comentó, pero sobre mis novelas nunca me dijo nada. [Ríe]. Afortunadamente, porque Fuster era muy crítico.

Se salvó, sí. Antes de No emprenyeu el comissari, publicó La gola del llop, una novela escrita con Josep Lluís Seguí. Usted siempre explica cómo dejó de colaborar con él, pero nunca ha contado por qué se le ocurrió hacer una novela a cuatro manos…
Porque teníamos amistad. Él ya había escrito, ya había publicado. No sé dónde la hicimos, la amistad. Quizás en la Universitat Catalana d’Estiu. O a través de Rosanna Cantavella, que conocíamos los dos. El caso es que hicimos amistad. Y no sé de quién fue la idea, de verdad, porque, cuando pasan los años… Sí que recuerdo eso que le explico a Voro [Salvador Ortells], que es que empiezo a escribir No emprenyeu el comissari y a los cincuenta o sesenta folios se los enseño y le digo de hacerla juntos, y, literalmente, me dice: “No. Tú haz tu carrera, que yo haré la mía”.

Nunca he querido hacer broma de eso, porque él lo sintió mucho. No ha tenido suerte. Ahora está en una residencia. Él era bastante rarito, ¿eh? Dejó de hablarme. Nos vimos una vez en Canal Nou, en la sala donde servían los canapés. Fui a saludarlo y me dio la manita como la daba Franco. Así, suelta. Otra vez había una comida con quince o veinte personas y empezó a hacer el payaso delante de mí, sin decirme nada. A beber mucho, como si lo necesitara. No sé si en ese momento aún publicaba. Se había ido a vivir a Alcoi. Creo que lo ha pasado bastante mal. Por el hecho de que a mí me ha ido bien y a él, no. Pero no lo sé, porque no lo he hablado con él.

Una diferencia entre él y usted, sí, es el éxito. ¿A qué atribuye el que le ha correspondido?
Pues no lo sé. Es un misterio. Yo hago No emprenyeu el comissari y no podía imaginarme que tendría éxito. Es imposible que con una primera novela… En aquel momento también pasaba una cosa: había poca competencia. Ahora entras en una librería y no conoces el 70 por ciento de los autores. Sobre todo, en Cataluña. Además, ha cambiado un poco el registro lector. No creo que ahora lean mis novelas gente más joven de 35 o 40 años. De hecho, en esta novela que ahora escribo hago una broma sobre Blas Piñar, porque es el año 73, y me tocará poner un asterisco. Porque incluso los de más edad no sabrán quién es Blas Piñar.

Pero sus lectores ahora son nuevos, ¿son los de siempre?
No lo sé. Veo unas hornadas de lectores de hace quince o veinte años… Por el tipo de literatura que se publica hay una tipología de lector nueva que no es la mía. Yo soy aún muy tradicional. Personajes, argumento, todo bien hilado… Y ahora se explican muchas desgracias. [Ríe]. Todo es bullying, no sé qué… Bullying en la escuela, en la mili… Yo hice la mili en Capitanía General. Cuidado, ¿eh?, que aquello era duro. Pero todo eso que han contado Vicent Partal y Àlex Gorina en aquel documental… Para mí eso es brutal. Yo no lo pasé, eso. Muy de facha, ¿eh?, muy de facha. “Si quieres venir al edificio tal, allí estamos los de Falange”… Yo estaba en Hojas de Servicio. Éramos tres. El teniente Bravo –xe, Bravo no, que ese es el de Marsé–, el teniente Moreno y una tía que era más facha que su puta madre. El teniente me decía: “No la puedo soportar”. ¡El teniente! Y era el año 73. Hubo el golpe en Chile y el teniente comentó: “Yo no sé por qué los militares se meten en política”. Y aquella lo quería matar.

Le cuento una historieta sobre el éxito. Una vez hace muchos años, cuando publicó Gràcies per la propina, Manuel Vicent me preguntó si la novela en catalán se vendía. Le comenté que algunos autores, como Ferran Torrent, vendían muchas. Cien mil ejemplares, creo que le dije. Y me contestó que se había equivocado de lengua…
Hombre, cien mil, no, pero yo recuerdo que los primeros cinco o seis meses vendí veinticinco mil. ¡Una barbaridad, eh!

Yo le dije cien porque fue la cifra que más adelante me dijo Miquel Alzueta.
No, ya está bien, ya está bien. [Ríe]. Conozco a Vicent. Es muy leído en columna de prensa, pero no tanto leído en novela. A ver, leído-leído como Manuel Jabois. Si escribes en El País y tienes voz en la SER, un público de entrada, lo tienes…

Sus primeros trabajos fueron de supervivencia. El primero que hace con un poco de sentido es el de periodista…
Sí, en la revista Qué y Dónde, con Josep Torrent, que todo el mundo pensaba que era hermano mío.

Después pasa a El Temps.
Yo creo que paso porque Rosa Raga, la mujer del editor, me convocaba a su casa para corregir No emprenyeu el comissari. Creo que paso a El Temps por eso.

A usted le fascina el periodismo.
¡Y tanto! El reportaje. Yo no soy columnista, pero el reportaje, sí. El otro día lo pensaba. Tengo libro electrónico y el otro día compré el libro de Tom Wolfe sobre el Nuevo Periodismo. Resulta que yo, sin haberlo leído, ya hacía reportaje con diálogos. ¡Hostia!

Usted se parecía bastante a su escuela, sí.
Sí, pero sin haberlo leído.

Los nuevos periodistas norteamericanos decían que los mejores escritores de ese momento eran ellos mismos. Que ellos eran la literatura.
Que la novela ya se había acabado. Y que eso que hacían la sustituiría. Aquello duró diez años. Cuando yo empecé a escribir así nadie me decía que aquello era Nuevo Periodismo, ni yo tampoco tenía conciencia. Años después, cuando leí a Tom Wolfe pensé: “¡Hostia, resulta que yo he hecho Nuevo Periodismo sin saberlo!”. Ahora se podría volver a hacer eso, porque lees unos reportajes que son unas bombonas hostia que…

En El Temps había un grupo de redactores que escribían muy muy bien, muy espabilados literariamente…
No debes hablar de Vicent Martí [ríe].

También.
Polseguera, le decía yo. ¡Se estaba tres días para hacer un artículo!

Sí, pero después era muy bueno.
Ah, sí. Es verdad. Muy bueno, muy bueno. Era el que mejor insultaba. Le dijo a Emili Piera que era el segundo mejor periodista de Sueca. Y Piera le decía a Jesús Civera: “¿Quién debe ser el primero?”. Y aquel le contestaba: “Debo ser yo, que soy de Sueca también”. [Ríe]. Martí insultaba muy bien.

Debía referirse a Bernat y Baldoví… ¿Y ahora no le pica el reporterismo?
Es que ahora toda la energía que tengo, que es lógico que sea menos, la dedico a la novela. La novela tiene una parte inmaterial que es pensar y pensar. Y pensar si eso que piensas es bueno para la novela. Si te equivocas en la página cincuenta, tienes que volver atrás. Tienes que hacer pruebas continuamente. Prueba contra prueba. Yo mismo, poniendo problemas a esa idea que he tenido. A mí las novelas me salen de un deseo. Y yo lo fuerzo, ese deseo. “Por aquí no vas bien…”. Lo fuerzo, lo fuerzo. Y al final le saco punta a base de violarlo continuamente. Esa idea es buena. Bueno, es buena pero quizás no te da para una novela. Pierde mucho tiempo. Y es un tiempo que no se valora.

Pude perderlo porque usted es uno de los pocos escritores de la literatura catalana que se profesionalizó hace muchos años y que ha vivido de su oficio.
Sí. Fue una inconsciencia total. Una insensatez total. En aquel momento yo no tenía el hijo. Había pasado dos años en la Conselleria de Cultura. Allí escribí la segunda novela, Penja els guants, Butxana. Y el conseller Ciprià Císcar me ofreció la posibilidad, que no sé si aún existe, de hacerme funcionario sin pasar oposiciones. Te podías pasar toda la vida. Conozco gente que ha estado hasta la jubilación. Pero pensé: “Si me quedo aquí, no escribiré, porque me haré un vago de cojones. Me haré funcionario total”. Porque yo allí no hacía nada. ¡No hacía nada! De hecho, allí había una revista que se llamaba Papers –y que un tío muy culto de Las Provincias pronunciaba a la inglesa– y yo les daba ideas. Me decían: “Sí, sí, ya lo haremos”…

Allí estábamos Joan Josep Pérez Benlloch y yo. Primero nos pusieron en un almacén descargando libros. Y yo le decía: “¡Pero si somos los únicos que sabemos firmar y mira dónde nos han puesto!”. [Ríe]. Después tanto él como yo nos fuimos. No aceptamos la propuesta aquella funcionarial. Estando allí, cuando ya había hecho la segunda novela, me daba cuenta de que tenía el sueldo, pero… A alguien le he oído decir yo que la nómina hace tontos. A ver, todo el mundo ha de tener una nómina y tal, en una administración o en una empresa, pero el que elige ese camino por comodidad… ¡Uf! Llega a los cuarenta o a los cuarenta y cinco años y estás vacío, ¿eh? Tengo amigos que lo han hecho y les he propuesto que hagan un dietario del tedio. Un dietario del tedio, hablando del aburrimiento, está muy bien. “¡No seas hijo de puta, Ferran!”. [Ríe].

Cuando yo aprobé una oposición en la Diputación de Valencia tenía que pasar el filtro de una entrevista posterior con el secretario. Aquel era un hombre completamente franquista que tenía fama de violento y llevaba pistola. En la imprenta provincial me habían enseñado las marcas de las balas que habían quedado en las paredes después de una pelea con otro funcionario. Se me quedó mirando en la puerta de su despacho y me preguntó todo serio: “¿Usted tiene cojones?”. No sabía qué contestarle y le solté: “Cuando he llegado a la puerta sí que tenía”. Y me respondió, riendo muchísimo y tocándoselos: “Le harán falta, porque aquí nos pasamos el día tocándonoslos”.
¡Genial! ¡Genial! ¡Qué romántico! ¡Duelos a tiros por la imprenta!

«Eliseu Climent es un tipo que me ha caído muy bien siempre» / Anna Munujos

Ha hablado antes de Rosa Raga y no ha dicho nada de Eliseu Climent. Se están haciendo mayores. ¿Qué piensa ahora, de Eliseu?
Hòstia, pues me da un poco de pena. Porque ya sabes que ha sido un hombre muy activo y la última vez que lo vi… Está sordo como una tapia. Y está jodido. Rosa también, pero creo que no tanto. Aún la veo mejor a ella que a él. Eliseu es un tipo que me ha caído muy bien siempre. Pero creo que era de aquellos que necesitan que seamos minoría para mandar él seguro. Si en aquel momento hubiera habido un partido como ahora Compromís, claro, la tiendecita se le habría escapado de las manos.

Siempre me ha caído bien, Eliseu, y mira que yo he tenido discusiones con él. Una vez íbamos a entrevistar a la gente de Terra Lliure. Íbamos Jesús Ciscar, el fotógrafo, y yo. Y Eliseu nos iba diciendo la gente que eran de Acció Cultural del País Valencià para que pasáramos la noche en casa de ellos. Jesús y yo íbamos por la autopista y caía un agua… Nos detuvimos en un hotel de la autopista, que debía ser de los caros… Recuerdo que en aquel momento el director de El Temps era Paco Pérez. Jesús me hizo fotografías en calzoncillos, que después mezclé con las de Terra Lliure. Paco, agarrado a la pipa como siempre, nos dijo: “¿Eso os parece gracioso?”. [Ríe]. ¿Qué quieres que te diga? Nos hemos jugado la vida con los de Terra Lliure…

Hòstia puta. Terra Lliure… Tenían allí la escenografía aquella… Con un bazuca y todo. Y yo les decía: “Pero ¿eso funciona?”. Porque pensaba que era de plástico. Nos pusieron unas gafas oscuras en el Castillo de Perpiñán que te dejaban verlo todo por los costados. Yo pensaba: “Pero así ¿cómo nos tienen que liberar estos?”. Eran dos tíos y una tía encapuchados. Pero, claro, a la tía se le notaba la voz de tía. Contactan conmigo en la Universitat Catalana d’Estiu. “¿A ti te interesa una entrevista?”. Y yo les digo: “Hombre, claro”. Una vez en Valencia, me convocaron a Andorra. Llego a Andorra al hotel donde me habían citado, viene un tío y me dice: “Tal día, a tal hora, en Perpiñán”. “Xe, ¿y eso no me lo puedes decir por teléfono?”. ¡Me habían hecho ir a Andorra! Hòstia, ¡qué profesionalidad! Podían haber hecho lo que me hacían a mí cuando militaba en el Partido del Trabajo de España. Me llamaban al Casino y si me decían miércoles a las seis, era viernes a las ocho. Me llamaban al Casino, que no estaba controlado, y siempre era dos días y dos horas después de lo que me decían. Y no perdías tanto tiempo.

Nos hemos quedado en el hotel de la autopista. ¿Os lo pagó Eliseu?
Sí, sí. Yo le reivindicaba muchas cosas. Entonces cobraba 62.000 o 63.000 pesetas al mes.

¡Madre de Dios! ¡Sueldo de gran fichaje en el caso de Eliseu!
Total, total.

¿Y la entrevista? Esa no la recuerdo publicada…
Es que Eliseu no la quiso publicar. Algo lógico, porque sus abogados le dijeron que le traería problemas.

Años después sí que publicó otra… Joan Fuster y Eliseu Climent… Hay más gente que para usted fue muy importante en una etapa determinada. Está también Paco Roig, el expresidente del Valencia CF…
Sí. A mí una vez me preguntó Antonio Calpe, que ha faltado, el del Levante: “¿Pero tú por qué estás con Paco Roig?”. “Porque es el único que puede hundir al Valencia”. [Ríe]. Paco Roig… Tú tenías allí una puta biblia para hacer de Paco Roig. En la época de Guinea, cuando él me explica que enviaba vacas a Guinea, ponían comida en el barco a las vacas, pero por el oleaje no pudieron llegar a tiempo, pasaron cuatro días, y las vacas tenían un hambre de cojones. Abre la compuerta aquella, las vacas ven todo lo que hay sembrado allí y salen corriendo a comer. Paco llama al ministerio y dice: “Ya están aquí las vacas… y repartidas”. [Ríe]. Después me explica cómo los soborna a todos. Paco es un fenómeno. Lo que pasa es que ahora tiene ochenta y siete años, te pones a hablar con él y no coordina.

¿Trabajó mucho tiempo con él?
No. Yo no trabajé con él. No cobré de él en la vida.

¿Era solo amistad?
Amistad.

¿Y usted iba al Mestalla a ver al Valencia?
¡En tribuna, sí!

¡Pero si usted no es del Valencia!
Pero era de Paco. José Vicente Aleixandre, periodista deportivo que también ha fallecido, me decía: “¡Me cago en Dios, no ves que es un populista? ¡Es un facha!”. Y yo le contestaba: “Es nuestro facha. Habla en valenciano. ¿Qué te crees que, si tenemos un país, no tendremos fachas o qué?”. Pues, ya lo tenemos, tío. Esa es la ceguera del nacionalismo valenciano. Un escritor de quien ya no recuerdo el nombre me preguntó un día que me lo encontré en un autobús: “¿Cómo puedes ser amigo de Paco Roig?”. –“Pero si Paco Roig es la actualidad. Ni tú ni yo somos la actualidad. Es que vivís en una burbuja. La realidad es esa. La realidad no es nuestra, es de los otros. Y hay que estar donde está la realidad”.

¿Le presentó alguna vez a su hermano Juan, el propietario de Mercadona?
Sí. Paco cumplió setenta y cinco años y el único que fue a la celebración y que no era de la familia fui yo. Fue en Aragón 53, un restaurante de Valencia, en la planta baja. Lo cerraron todo para ellos. Había cuarenta o cincuenta personas. Se me acerca Juan Roig y me dice: “Ya sé que eres amigo de mi hermano. Es que mi hermano se lleva los deberes a casa”. Entendí la metáfora. Se llevaba la caja a casa. [Ríe]. Le contesté: “No sé nada de eso”. Aún tengo fotos de aquel día. Además, ellos tienen un hermano que no estaba bien, que llevaba una persona cuidándolo, y que quería fumar y quería fumar. Al final lo tuvieron que sacar arriba para que fumara. Yo me senté en la mesa con Paco. Invitó a todos los de la familia. He tenido mucha amistad con él, con Magdalena Melchor, su mujer. También con Jesús Martínez, el líbero del Valencia. Aún como con él.

¡Collons, Jesús Martínez! ¡Eso es una leyenda!
¡Un fenómeno! Me río mucho con él.

¿Solo tuvo ese contacto con Juan Roig?
No. Otra vez me invitó a ver el baloncesto y vino a saludarme.

¿Y qué le parece, Juan Roig?
¿A mí? ¡Fenomenal! Un tío que crea tantos puestos de trabajo… Cuantos más puestos de trabajo, menos impuestos tendremos que pagar, porque no los crea el estado. A más estado, menos libertad individual. Eso lo tengo claro. Lo que pasa es que ahora tienes que tener muy en cuenta lo que dices, porque, si no estás de acuerdo con algunas cosas, ya eres de derechas, ya eres facha. Tú imagínate ahora la contradicción, fundamentalmente de la izquierda, que son tan estatistas. El estado está quitándonos la personalidad. Y la gente se acostumbra a que el estado le arregle todo. ¿Qué pasa? Que tú ya no decides, que decide el estado, pero yo quiero decidir por mí. Yo quiero tener una responsabilidad como persona. Y además, si no entiendes la libertad individual, ¿cómo has de entender las colectivas? Cada vez más el estado se lo agarra todo. Y eso agobia mucho.

Cataluña, por ejemplo, es superburocrática. Te cuento una anécdota. Yo colaboro con un programa que se llama Sense fronteres. Lo hacen el sábado por la noche en Catalunya Ràdio. Lo acepté porque era una cosa de tres minutos y que no me obligaba mucho. Llega el primer mes, me envían la factura y yo no podía aclararme. Total, que le digo a Kílian Cebrià, que es quien lleva el programa: “Te regalo el mes de septiembre, pero me niego a hacer esas facturas”. –“Hombre, me sabe mal”. Entonces me llamó la subdirectora y me dijo: “No te preocupes, que nosotros te haremos la factura”. Ahora ya no me la hacen porque tengo un gestor que sabe. Pero yo no quería. Me niego. Me niego rotundamente cuando me pedían hacer burocracia.

Una factura electrónica es una bomba adosada…
Es una bomba. Necesitas un gestor para llenarla. Pero ¿qué es todo esto? Es un control absoluto. ¿Cómo pueden pedir todo esto? Entra, llena, ratifica, vuelve a ratificar… Pero, escucha, si te doy el carnet, te doy el nombre y el apellido, te doy la cuenta y el número de factura… ¿No es suficiente?

¡No! Nunca tienen suficiente. Hemos hablado de Paco Roig y del Valencia, pero no hemos hablado del Barça.
¡Alto! Yo soy del Barça desde que tenía doce años, ¿eh? Del Barça y del Levante.

Lo he visto sufrir como un loco. Recuerdo haberlo visto en una final de la Copa dejar la grada e irse fuera del campo porque no podía aguantar la tensión…
[Ríe]. Puede que haya tenido el tumor por culpa del Barça. Tú sabes las preocupaciones que me da… Ahora se me ha pasado un poquito, pero antes no podía ver los partidos. Aún ahora. El otro día, el Barça-Madrid, no lo vi. Tengo un hábito que lo voy dejando lamentablemente, que es enterarme al día siguiente. Así no me joden la noche. Bueno, no me la joden, pero me voy cabreado. ¡Ostras! Entré y 1-2. “¡Eso te pasa por burro!”. Tú puedes cambiar de novia, puedes cambiar de trabajo, pero nunca cambias de equipo. Yo a veces digo: “¡No quiero saber nada del Barça!”. ¡No ni poco!

¿Qué piensa ahora de Joan Laporta?
Laporta es un tío cojonudo. Para mí es el mejor presidente que ha tenido el Barça. El mejor. Y al final, dos copas de Europa, tantos títulos… Dicen que tiene una flor en el culo. Yo creo que tiene un instinto brutal. Y eso es muy importante también. ¡El mejor presidente! Yo ya era laportista, pero cuando veo que el tío antes de ser elegido de nuevo le pone una pancarta al Madrid donde se lee: “Ganas de volver a veros”, digo: “¡Qué grande!”. Qué grande porque, además, es educado. Nadie le puede reprochar que diga: “Os estoy esperando”. Hòstia, tío… Tú tienes un ejército así chiquito como lo tienen ellos, la puta miseria, te vas al rey de todo y le plantas cara. Le plantas la bandera en su terreno. Eso levanta el ánimo. Es fantástico para levantar el ánimo, el tío. No, no, yo soy laportista.

Hablemos de sus novelas, pero antes le quería recordar dos pequeños conflictos…
¿Dos solo?

Bueno, hay bastantes, pero estos los encuentro bastante significativos. El primero fue, después de haber publicado No emprenyeu el comissari, cuando deja Tres i Quatre, la editorial de Eliseu Climent, y se va hacia Quaderns Crema.
[Ríe] Y después, de Quaderns Crema a Columna.

Exacto. En Quaderns Crema estaba Jaume Vallcorba…
¡Gran editor!

He leído y sé que le ayudó mucho a definir su estilo literario en ese momento.
Sí, sí. Para mí fue un descubrimiento, porque yo a él no lo conocía. Conocía a Quim Monzó. De repente me llega una carta suya, que Voro Ortells publica en el libro, y me voy a Barcelona a hablar con él. Acepté todo, porque era una editorial que a mí me extrañaba que estuviera encantado de publicar a un individuo como yo, que hacía el tipo de novela que hacía. Vallcorba también era de los que corregían la novela codo a codo contigo.

¿Eso le pasó solo con él?
No. Emili Rosales, de 62, por ejemplo, es un tío que está encima de las novelas, a pesar del trabajo que tiene. Yo me quejaba a Vallcorba y le decía que necesitaba un director literario. Porque trabajas solo, sobre todo cuando haces giros en tu trayectoria. Memòries de mi mateix, por ejemplo, no tiene nada que ver con lo que había hecho hasta ese momento…

Usted va por ciclos.
¡Exacto! Voy por ciclos. Siempre pienso que o cambio yo o los lectores me dejarán. Porque con 43 que llevo… Yo veo un autor o un actor por televisión que tiene ochenta años y pienso: “Pero ¿ese cabrón aún va por ahí?”. Pero enseguida pienso también: “Tú también vas por ahí aún, dando por saco”. Por tanto, calla. Intento no aparecer demasiado en los medios de comunicación. Ahora toca y toca, pero intento no aceptar nada que no sea que tenga relación con algo que haya hecho.

Cuando Vallcorba me envía la carta me voy a Eliseu y le digo: “Mira, Eliseu, me voy allá”. Y ahora te explicaré una cosa que no quiero que pongas, porque él no se debe acordar, pero que fue verdad. Me contestó: “Tú sabes que yo mando de TV3 aquí…”.

¡Así ya lo explica Ortells en el libro!
Ah, ¿sí? Pues, explícalo si quieres. Amablemente, tomándonos un café, Eliseu me dijo que ya no saldría por TV3. Pero me daba igual. Pensaba que, si no iba a Barcelona, en poco tiempo poca cosa haría más. La novela se leyó mucho en Barcelona gracias a Ramon Barnils, que escribió un artículo en El Món que se llamaba “Queremos más Butxana y mejor”.

¿En El Món o en El Temps?
En El Món, que era una revista semanal. Y, precisamente cuando voy a Andorra a hablar con el tipo aquel que me dijo “en Perpiñán a las once”, veo un artículo en El Quadern de El País de Pilar Rahola hablando también de mí.

Allí comienza el ciclo de novela negra.
Sí, que terminó con dos novelas de transición horrorosas: Cavall i rei y L’any de l’embotit. Y aún otra que no publiqué y que tengo en casa, que se llamaba El meu germà Santi, que era una novela de humor. Y cuando me envían las galeradas –tú sabes que tardaban tres meses en enviarte las galeradas, no como ahora– la leí y pensé: “¡Hostia, esto es muy malo. Ya he hecho dos malas y ahora no haré otra”. Y Vallcorba me replicó: “Escucha, que aquel y aquel otro también se equivocan”. Sí, pero se equivocan sin querer y yo lo haría a propósito. Yo sé que es mala. No la publiqué y la encontré durante la epidemia.

¡Nada, que la tiene que publicar ahora!
Que no, que no, que es horrorosa.

Entonces lo llamó Miquel Alzueta…
Es un fenómeno Miquel Alzueta.

Un fenómeno total. Le llama y, ya se sabe cómo van estas cosas, le ofrece ganar el Premio Sant Jordi.
Hombre, no digas esas cosas, que ahora me sabe mal.

Bueno, pues, no se lo digo así. [Ríe]. Pero le dice que edite con él y entonces Jaume Vallcorba se cabrea mucho con usted.
Mucho. Incluso dice una mentira pública. Afirma que a la novela le faltaba cocina y él no la había leído. No la había leído, pero estaba muy cabreado. Otra cosa que no he contado nunca pero que ahora te cuento a ti es que años después viene a Valencia a verme y me hace una oferta de quince millones de pesetas por dos novelas. Y yo le dije que no, que estaba bien en Columna, donde me trataban bien. Jaume tenía una editorial cojonuda, paraba mucho cuidado en la edición, pero yo allí no ganaba el mismo dinero, porque piensa que Columna tenía mejor distribución que Crema. Pero Crema era una gran editorial y yo le estoy muy agradecido, porque Crema, de alguna manera, me dio prestigio. Yo no les aportaba prestigio, me lo daban ellos a mí.

«Yo siempre hablaré bien de Miquel Alzueta» / Anna Munujos

Y Alzueta es un genio…
Alzueta es un genio… Yo recuerdo una anécdota que es cojonuda. Teníamos que hacer un contrato nuevo. Y me envía una empleada suya que creo que se llamaba Oblit. Me la llevo al Saler, nos tomamos dos botellas de vino y firmamos en una servilleta doce millones de pesetas al año de contrato para la próxima novela. ¡Al año, eh! Y después me llama Alzueta y me dice: “¿Qué le has hecho firmar?”. –“Yo no le he hecho firmar nada, que lo ha hecho ella”. Pero el tío había sido antes muy elegante conmigo. Antes de dispararse Gràcies per la propina, dos días después de publicarla, me dijo de hacer un contrato para la próxima novela. Me lo hizo y al ver yo cómo estaba yendo Gràcies per la propina le dije: “Hòstia, cómo me la has clavado”. Él contestó: “No te preocupes. Lo rompemos”. Y rompió el contrato. Después, pues, yo le dije: “De acuerdo, rompo la servilleta, pero que sepas que, como yo ya veía que había ganado un montón de dinero, he ido a Hugo Boss y me he comprado ropa pensándome que podía hacerlo”. [Ríe]. En fin, ese contrato, esa servilleta, era abusiva.

Yo siempre hablaré bien de Miquel Alzueta. Es un tío muy inteligente, autodidacta e inteligente, y además, una gran persona. Muy sensible.

Miremos los ciclos de sus novelas. El primero, la negra, comienza en Tres i Quatre y se despliega en Quaderns Crema. Después de escribir con Seguí La gola del llop llegan No emprenyeu el comissari, Penja els guants, Butxana, Un negre amb un saxo, Cavall i rei y L’any de l’embotit… En aquel momento usted considera que las historias de Toni Butxana y Hèctor Barrera van perdiendo calidad…
Sí. Me autoexigí un cambio. Hay gente que me dice que debería haber continuado. Pero yo les contesto: “Si te hago caso, cinco años después me habrías reprochado que siempre hago lo mismo”. Yo era consciente de que tenía que cambiar. Salvador Ortells dice que tengo un gran sentido de la oportunidad. Es posible. Pero no está estudiado, es una necesidad que tengo.

En 2002 abre uno nuevo, de ciclo, que es el de la corrupción. Lo inicia con Societat limitada y lo continúa con Espècies protegides y Judici final. Usted considera que Societat limitada es su gran novela…
Eso dice Salvador Ortells. Yo es que… Pffff… No me detengo mucho en eso. No sabría decirte. Porque siempre tengo la ambición de poder superar las cosas que he hecho. Ya firmaría porque todas tuvieran el éxito de crítica y lectura que Gràcies per la propina o Societat limitada. Gràcies per la propina me ha dado mucho por culo a mí. Me pilló una tía por Valencia y, sin decirme ni buenos días, me soltó: “¡Tú no volverás a hacer una novela como Gràcies per la propina!.” Vale, de acuerdo, muchas gracias. Le contesté: “¡Señora, que la he hecho yo, eh!”. De acuerdo, pero es mía. Fíjate, se me quedó grabado: Hòstia, al final me asaltaban por la calle y todo.

Aquel nuevo ciclo muestra la ciudad de Valencia en estado puro. La ciudad había sido su escenario desde el principio, pero no tan intensa…
Sí, pero era muy epidérmico, también. Gràcies ya no lo había sido tanto, pero todas las anteriores, sí. Sobre todo, eso se nota en Societat limitada, porque es social, política…

La sociedad más bestia –empresarios y políticos– queda bien retratada. ¿Por qué este cambio?
Porque es lo que conozco. Si tú quieres hacer una novela realista, tienes que explicar cosas que conoces y, geográficamente, el mundo que también conoces. Es mucho más fácil. Y piensa que yo soy de un pueblo que se industrializó. Conocía a los empresarios que apenas sabían firmar en aquel momento. He tratado mucho a los mueblistas. Aún los trato. Son una especie… Ahora ya se han extinguido, porque prácticamente se han jubilado o están muertos, pero eran… Hijos de agricultores. Me invitaban mucho a los almuerzos que hacían y tenían dos obsesiones: el jamón y la gamba. Eso es muy de pobre. Comían toneladas de jamón y toneladas de gambas. Porque todos habían sido trabajadores. Trabajadores mal pagados, desde niños. Piensa una cosa. Cuando hablan de Manchester hablan de los niños de diez años… Los niños de diez años… Yo eso lo he visto en mi pueblo. Los he visto en los talleres: “Niño, lleva la botella. Niño, ve al banco. Niño, trae tabaco”. A los doce, lijando y a los catorce, aprendices. Pero a los diez, en el taller. Aprendieron antes a lijar que a leer. A ganarse la vida que a leer. Solo por eso ya merecen un respeto. Yo he conocido la mentalidad de los empresarios de aquella época.

Ahora, en los últimos años, ha tenido mucha relación con una familia de grandes empresarios valencianos, los Calabuig, de Castelló, que llevan el grupo Aguas de Valencia. ¿Son diferentes?
Sí, sí. Y tanto. Los Calabuig ya son señores. Educados, con cultura, hablan inglés… Es que hablar inglés ya supone un nivel. En personas de sesenta o sesenta y cinco años. ¿Lo entiendes? Es otro trato.

¿Hay una nueva hornada de empresarios valencianos que ya son homologables con Europa?
¡Ya lo creo!

Eso quizás civilizará el país. Hasta ahora pocos empresarios valencianos han sido valencianos…
No hemos tenido una derecha liberal, no. Ahora diré una tontería. Pero yo veo a la Marquesa hablando, a Cayetana Álvarez de Toledo, y digo: “Hòstia, tiene un fondo de cultura…”. Muy españolista, sí, pero hay un fondo.

Clasista.
¡Y tanto!

Parece más noble displicente que empresaria liberal.
A partir de ahí puedes poner todos los peros que quieras. Pero tú la ves hablar y… Yo no sé por qué la gente no quiere dedicarse a la política. Hay gente que conozco que les han ofrecido consejerías y que no han querido.

Porque la política en los últimos años destruye a la gente. Tu imagen, tu intimidad, tu entorno… Te insultan sin parar. Cobras poco y puedes acabar en la cárcel…
El resultado es que yo he visto directores generales y consejeros que dices: “Hòstia, ¿este es director general o consejero?”

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