El año 2025 se despide con un nuevo récord –un récord astronómico– en el precio de un cómic con grapas. Se les llama «con grapas» a aquellos que se publican grapados, a diferencia de aquellos que se editan con el lomo pegado. Los cómics «con grapas» antiguos suelen estar hechos en papel que a menudo recuerda al papel de estraza –o al de patata– y con una calidad en la impresión para echar a correr. El tiempo es inclemente con estas revistillas. Cuando pasan los años, el papel se amarillea, la tinta a merced del sol se difumina y el espacio donde está la grapa suele oxidarse por el contacto con ese hierro barato e implacable… La cultura popular, muy popular, paga estos peajes.
Este comic book –en jerga norteamericana del género–, el del récord, llegó a los quioscos en 1939, costaba 10 centavos y suponía la irrupción con colección propia de un superhéroe que marcó una nueva era: Superman. El número 1 de Superman se subastó el pasado 22 de noviembre en la casa de subastas norteamericana por excelencia: Heritage, que tiene su sede social y sus millonarios socios en Dallas.
Visitar la página web de Heritage Auctions es un viaje a la nostalgia, a las chucherías, a los sueños, a las quimeras y el coleccionismo más difícil de interpretar y justificar. Los incrédulos se santiguarían si supieran cuánto llegan a pagar los yanquis o los confederados más alocados por una pistola de la guerra de Secesión.
Los cómics –en tebeo impreso y en original– representan una de las partidas más determinantes de la casa de Dallas. En este último récord, alguien del cual no sabemos ni historia ni circunstancias, pagó 9.120.000 dólares por el número 1 de Superman. ¡Nueve millones de dólares! Averiguar el porqué es cosa de la psicología, pero el cómic en cuestión, aparte de ser el número 1 de la colección –los primeros siempre son míticos–, se encontraba en un estado más que saludable de conservación: un 9 sobre 10.
Cómo se ha hecho banal cuando aparecen momias tan lucrativas, detrás de este primer número hay toda una historia digna de documental. Tal vez de ficción tal vez real. Una madre que junto con su hermano lo conservaba, entre otras publicaciones de la época, en un desván, pensando que tal vez con el tiempo aquello sería importante… Muere la señora de los nueve millones y les dice a los hijos que, desaparecido antes el hermano, es la propietaria de una caja de cartón donde hay alguna revista digna de atención preferente… Los hijos la encuentran y preguntan a un especialista el precio de aquel cómic en cuestión… Se subasta y cuando saben el precio al final prefieren mantener el anonimato al estilo de los ganadores del gordo de Navidad…
¿Quién determina el precio?
Quién determina el estado de conservación de un cómic es otro de los embrollos apasionantes del mundo de los cómics anglosajones. Hay empresas especializadas en fijarlo. Deben hacerlo con cuidado y profesionalidad. Porque su palabra –sus números– es la ley. Trabajan con una calificación que se mueve entre el 0 y el 10. Como las notas de cuando la enseñanza en este país imponía respeto. Si ellos dicen 6, es 6. Y si dicen 9 o 10, ¡guau! Reciben los ejemplares, los inspeccionan, los analizan, les hacen una ficha de preservación, los encapsulan en un ataúd transparente de plástico y los marcan con lacre para que nadie los pueda abrir y manipular sin deshacer el artefacto.
En abril de 2024 el mundo de la compra y venta de cómics en los Estados Unidos sufrió un terremoto de celulosa cuando se supo que una de las casas de valoración más prestigiosas, la CGC, había evaluado un número indeterminado de cómics por encima de su estado de conservación real. Según proclamaron los directivos de la CGC, un empleado suyo se había dejado embaucar por unos estafadores y, a cambio de una comisión en el negocio, había sobrevalorado algunos cómics muy importantes para los coleccionistas. ¡Dios mío! Parecía que el mundo se hundía, pero el drama pasó rápido y de puntillas y el mercado continuó vendiendo y comprando sin más consecuencias amargas.

Fue esta empresa la que puntuó el primer número de Superman con una valoración de 9 sobre 10 un año y medio más tarde. Y todos se lo creyeron. O al menos así se lo creyó el comprador de este cómic que vale más que algunos cuadros de grandes maestros de la pintura. ¿Y todavía dicen que el cómic, como el pescado caro, es un “arte menor”?
Nueve millones son mucho dinero, pero la cantidad no desconcierta si sabemos, por ejemplo, que por la aparición de Superman en la colección Action Comics, anterior a la propia del personaje, con un estado de conservación de 8.5, un anónimo resoluto llegó a pagar seis millones de dólares… Si alguien paga eso por un cómic es porque le sobran millones, porque es un loco de las historias impresas o porque sabe que cuando pasen unos años podrá venderlo más caro. Es eso primero, eso segundo y eso tercero, porque desde hace una década los fondos de inversión han irrumpido en este mundo. Como las compras son anónimas, vaya a saber quién adquiere aquello y con qué intenciones lo ha hecho.
El abismo que marcan los originales
Sea como sea, de los precios de los cómics con grapas de hace unos años a los actuales hay un abismo de diferencia hacia arriba. Quien compra hoy a diez sabe que podrá vender mañana a veinte o cuarenta. Una visita minuciosa a la web de Heritage y una revisión de precios de las últimas dos décadas marca con contundencia el camino de la inversión… o de la especulación. Arriba, siempre arriba. Y todavía nadie se ha atrevido a hablar de burbuja en este ámbito tan peculiar y excéntrico para muchos.
Todo esto se refiere a cómics, a los humildes cómics con grapas. Siempre norteamericanos, eso sí, porque cada país marca circunstancia. Y hay que son mucho más humildes. Pero todavía hay un ámbito en este noveno arte que es el arte con mayúsculas: los originales. ¿Qué es un original? El dibujo matriz. La creación, casi siempre sobre papel y en tinta china, del dibujante, que luego será impresa en un proceso industrial. El original es la madre de esta expresión artística.
Durante años nadie hacía caso. O casi nadie. Los dibujantes los enviaban a los periódicos o a los sindicatos de distribución en cadena y casi nunca pedían que se los devolvieran. Los responsables de los periódicos o los sindicatos a menudo los trituraban o los tiraban porque les faltaba espacio. Los dibujantes recortaban las viñetas de las páginas y las enviaban a sus fans con dedicatorias de cercanía o de lejanía.
Un original era poco o no era nada hasta que empezaron a recibir atención preferente allá por los años sesenta. La atención se convirtió poco a poco en devoción y más tarde en culto sagrado. Los teóricos los reivindicaron y los mismos dibujantes cambiaron de actitud. Ahora ya no los cedían. Enviaban una copia o exigían a periódicos o sindicatos, que eran las empresas que los distribuían por todos los Estados Unidos y más allá, el retorno puntual y minucioso.
La consideración de “arte” –un arte tan importante como su hermana pintura– dio lugar a un comercio de venta y compra que toma mil dimensiones y formatos. Hay dibujantes que los venden personalmente, hay que los ceden a galerías, que han brotado como setas, hay que los subastan personalmente…
¿Quién ha dicho “pintura”? Exactamente ahora los originales de cómic tienen esta dimensión. Por eso no es extraño que una página original de Tintín llegue a los tres millones de euros. Hergé soltó muy pocos. Regalaba, con cuentagotas, a los amigos. Casi todas quedaron en manos de la fundación que lleva su nombre. Las restantes se cotizan alto o más alto, en medio de polémicas y conflictos judiciales, porque Nick Rodwell, marido de Fanny Rodwell, viuda de Georges Remi y administrador de la sociedad Moulinsart SA, la rama comercial que promociona y comercializa la obra del artista, no pasa ni una. Rodwell tiene un carácter audaz y áspero. Moulinsart factura más de 15 millones de euros anuales…

Frank Frazzeta, el rey de los récords
Pero quien últimamente bate los récords de cotización en subasta no es Hergé, sino Frank Frazetta, ilustrador y creador de historietas nacido en Brooklyn en 1928 y muerto en 2010. Poco se imaginó él que acabaría siendo el dibujante más cotizado del mundo. Frazetta, discípulo de los grandes clásicos del cómic norteamericano de los años treinta y cuarenta, como Hal Foster o Alex Raymond, se dedicó al género de la ciencia ficción en series tan populares como Conan.
No son las páginas originales de estos cómics las que revientan el mercado, sino los cuadros al óleo que Frazzeta pintaba para ilustrar las portadas. Aunque el autor es considerado el gran renovador del género, esta devoción no justifica los precios en subasta de sus portadas. Existe el fenómeno Frazzeta y definir sus causas requeriría los estudios con los que los expertos en el género suelen embaucar a los ingenuos en las revistas especializadas.

Esta lógica poco explicable pero fascinante se ha concretado en una espiral de precios que deja a todos boquiabiertos. En la misma casa Heritage en 2018 se saldó el óleo Death Dealer 6 por 1.792.500 dólares. En 2019 Egyptian Queen rompía el listón y alcanzaba el precio de 5.400.000 dólares. Frazzeta indomable. La década de los veinte consagraba las dos cifras. En 2023 Dark Kingdom se vendía por 6.000.000 de dólares. Finalmente, el pasado mes de septiembre Frank Frazzeta reventaba la banca y su portada de Conan se subastaba por 13.500.000 de dólares. ¿Te ha tocado o te ha hecho aire?

En noviembre de 2022 Christie’s subastó un cuadro de Joan Miró a un precio récord: 20 millones de euros. ¿Cuánto le costará a Frazzeta superarlo? El fenómeno Frazzeta es la anécdota de una categoría indiscutible: el mundo del cómic se ha hecho espacio a codazos en el universo del arte especulado y especulativo. ¡Gloria al cómic!

